Capítulo cinco — La otra familia #3
Mi madre no sabía nada de esto. Mi madre solo me miraba, con el paño en la mano, rezando su plegaria torcida.
—Va a durar, mamá —dije, y por dentro algo se partió un poquito, sin ruido, como se parten las cosas en las cocinas.
La sobremesa fue corta porque el Getafe ganó —«bien», dijo mi padre, eufórico— y porque mi madre tenía sueño de domingo. Al despedirnos en la puerta, mi madre me retuvo un segundo y me lo dijo bajito, como un delito menor:
—El sábado que viene he quedado a tomar café con Belén.
—¿Con Belén?
—Las madres tenemos que hablar —dijo, con una solemnidad que le quedaba enorme—. De todo. De vosotros. De cómo sois. —Bajó la voz—: Me cae bien esa mujer, Irene. Dice que Daniel fichaba los tebeos.
—Ya me lo has dicho.
—Es que me gusta el detalle. —Me dio dos besos—. No la fastidies, hija.
En el metro de vuelta, Daniel iba callado con la bolsa de los tápers —mi madre también los da; se los cambiaron como rehenes— y al cabo de dos paradas dijo:
—Tu padre me ha enseñado la foto del campeonato del taller de 1997.
—Entonces estás dentro —dije—. Esa foto no la ve cualquiera.
—Ya lo sé —dijo, grave—. Me ha dicho que la enmarcó él.
—Daniel.
—¿Sí?
—Ha sido tu segundo evento familiar. Dos de dos. Cupo agotado.
Se quedó mirando el túnel por la ventanilla.
—Registrado —dijo—. A partir de aquí, cualquier evento adicional es una infracción de la regla tres. —Pausa—. Me ha gustado tu padre.
—A mi padre le has gustado tú. Te ha hablado del Getafe. Contigo tiene un patrón desde enero.
—Es un buen hombre —dijo, y luego, con la voz más baja—: Tu madre te quiere mucho. Pregunta sin interrogante pero te quiere mucho.
Miré el túnel yo también.
—Ya —dije—. Esa es la parte difícil.
No dije más y él no preguntó, porque en el contrato no hay cláusula para cuando tu novio de mentira dice la verdad más grande de la tarde. Llegamos a la calle del Pez, nos dimos el abrazo protocolario —presupuestado, correcto, cada día menos protocolario— y cada uno se fue a su casa.
Yo no me fui a mi casa. Me fui a mi bar, que es mi casa de abajo, donde Lucía y Blanca habían decidido, sin consultarme, montar el tribunal de cuentas del domingo por la noche. Estaban las dos en la barra con sendos vasos y la cara de quien ha esperado dos horas por un estreno.
—Puntúa —ordenó Lucía, libreta en mano.
—¿El qué?
—Todo. Comida, madre, padre, actuación del novio. Puntuación del uno al diez y una justificación de una frase. Es mi formato, no lo hago yo.
—Comida: ocho, los callos de mi madre son historia de España. Madre: seis, interrogó sin interrogación pero aprobó. Padre: nueve, le enseñó la foto del taller. Novio… —me detuve—. Novio: no puntúo.
—¿Cómo que no puntúas? —dijo Lucía—. Tengo una hoja.
—Dijo una cosa de mí que no estaba en el guion —admití—. Dijo que cuando cierro el bar me quedo un minuto mirándolo, contando los años. Y mi madre se lo creyó entero. Y yo… — Busqué la palabra profesional—. Yo no tenía respuesta en la matriz.
Blanca, que no había dicho nada, apuró su vaso con la calma de una estatua de piedra y soltó, amabilísima:
—Qué bien trabaja el chico, ¿verdad? Menos mal que es de mentira. Imagina que de verdad te llevara un año mirando.
Nadie rio. Lucía bajó la vista a su libreta y escribió algo que no me dejó ver. Yo subí a casa diciendo buenas noches demasiado alto, que es mi manera de cerrar las conversaciones que no sé cerrar.
A las once de la noche, el grupo «Los de siempre» explotó.
Ángela había mandado un audio de cuarenta segundos que no abrí porque para qué. Debajo, el mensaje de texto:
«GENTE. Cena pre-boda: sábado 8 de mayo, 21:00, Mesón El Portón.
Mario y Elena confirman. Se puede y se DEBE traer pareja, familia política y/o acompañante oficial.
Irene, esto significa que traigas al ingeniero, que tenemos que aprobarlo entre todos, es la ley de la peña, no la hago yo. Confirmad YA.»
Debajo, César había puesto un gif de una campana. Javi había escrito «yo ya lo sabía desde diciembre», que era su frase de siempre y seguía sin ser verdad nunca.
Miré el mensaje mucho rato. Primera representación pública.
Toda la peña. Mario. Elena. Veinte testigos con memoria y copas de vino.
Y nosotros sin ensayo general, con una cronología en versión tres y un contrato que prohibía enamorarse pero no decía nada —nada, lo comprobé, lo leí otra vez esa noche— sobre qué hacer cuando el contrato empieza a parecer lo de menos.
Escribí a Daniel: «Sábado 8. Cena de la peña. Fuego real.»
Contestó a los cuarenta segundos, que para él es inmediato:
«Recibido. Traeré corbata.»
Y luego, un minuto después, un segundo mensaje, que no era operativo ni contractual ni tenía justificación táctica de ningún tipo:
«Duerme bien, Irene.»
Leí ese mensaje tres veces. No respondí. Apagué la luz y estuve un rato mirando el techo de mi cuarto, encima del bar que heredé de mi tío, con un novio de mentira que me deseaba buenas noches y una madre que rezaba por mí con pesimismo, y pensé, con total claridad y ninguna utilidad:
Que dure, pensé también yo. Mierda. Que dure.