La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo cinco — La otra familia #2
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Capítulo cinco — La otra familia #2

La comida fue un campo de minas con mantel, y Daniel lo cruzó con elegancia: se había memorizado la matriz.

Mi madre no preguntaba: afirmaba y esperaba.

«Daniel es de comer poco.» —«Como bien, Rosa, es que el jamón de mi madre no tiene rival.

» —Mi madre anotó el punto y el mérito de haber traído a alguien con madre de jamón.

«Los ingenieros ganan mucho y no tienen vida.

» —«Gano lo justo y tengo mucha vida, solo que la mayoría pasa por una mesa del fondo de un bar.

» —Mi madre sonrió a la fuente de los callos.

Yo contemplaba la escena desde el otro lado de la mesa con una sensación rara en el estómago, que catalogué como acidez y que no era acidez.

Hubo dos minas gordas que cuento para que conste mi nivel. La primera:

—Si empezasteis en febrero, os pilló San Valentín en medio. —Mi madre, sirviendo los callos, sin levantar la vista—. Qué te regaló.

—Un datáfono —dije yo, que soy rápida hasta para caer.

—Un datáfono no.

—La reparación de un datáfono —corrigió Daniel, y se lanzó con una serenidad que yo no le conocía—: Le regalé cuarenta minutos de mi tiempo, Rosa, que es lo único que tengo que no se puede comprar.

El datáfono fue en abril. En San Valentín le llevé al bar un portátil prestado cuando el suyo murió el día del cierre de mes.

Ella no lo llama regalo. Yo tampoco. Pero fue lo más parecido.

Todo eso era verdad, me consta que era verdad, y ese era el problema: Daniel había contestado a la trampa de mi madre con hechos reales del archivo, y los hechos reales sonaban más a noviazgo que cualquier mentira de la matriz. Mi madre lo miró, me miró, y dijo:

—Pues me gusta más que los bombones.

La segunda mina:

—Y tú qué le ves a mi hija —dijo mi madre, que había decidido que ya no éramos invitados sino familia, y la familia se interroga en serio.

—Rosa —dijo Daniel, dejando el tenedor—, su hija no se deja ver de una vez.

—Se lo pensó, y yo vi que se lo pensaba de verdad, que no estaba tirando de guion—.

Todo el mundo ve lo rápido que es Irene, lo que arregla, lo que aguanta.

Yo veo cuándo para. Cuando cree que no la mira nadie, a la una, cerrando, se queda un minuto mirando el bar como si estuviera contando algo.

Las mesas, supongo. O los años. No lo sé. No lo sé todavía.

El comedor se quedó tan quieto que se oyó la tele del salón, donde mi padre ya esperaba el partido.

—Come, hombre, que se enfría —dijo mi madre, y le sirvió más callos, y yo supe que Daniel Beltrán acababa de aprobar un examen que no existía en ninguna matriz.

Yo me levanté a por el pan que nadie necesitaba.

En la cocina, sola, apoyé las manos en el mármol y respiré.

«Cuando cree que no la mira nadie.» Eso no estaba en la cronología.

Eso no lo habíamos ensayado. Eso era un hombre diciendo en casa de mi madre, con la voz de quien lee un parte técnico, que me lleva un año mirando.

Apareció mi madre por la puerta corredera, me encontró allí de pie con el pan en la mano como una estatua de la merienda, y dijo:

—Ese no habla mucho, pero cuando habla, hija. —Sacudió la cabeza—. Cuando habla.

A las cuatro y cuarto sonó el himno del Getafe por la tele y mi padre se incorporó medio centímetro, que en él es saltar de la silla. Daniel se levantó de la mesa, llevó su plato al fregadero — gesto que mi madre siguió con los ojos como se sigue un penalti— y se sentó en el extremo libre del sofá.

Lo que pasó en ese sofá durante la primera parte no lo vi entero, porque estaba fregando con mi madre, pero lo oí, y oír bastaba.

Mi padre comenta el fútbol en monosílabos y gruñidos: «Mira.

» —«Ese no.» —«Ya está.» Daniel, que no sabe de fútbol —me lo había confesado en el segundo calibrado, «soy futbolísticamente analfabeto, úsalo como dato si hace falta»—, comentó el partido como un ingeniero: «Ese pase no llega porque el once siempre tarda medio segundo de más.

» Mi padre lo miró de reojo. «Desde enero», dijo mi padre.

«Entonces es un patrón», dijo Daniel. «Es un patrón», confirmó mi padre, y con eso estaban los dos viendo el mismo partido, que es lo que los hombres de mi familia no habían conseguido conmigo en treinta y dos años: estar de acuerdo sin hablar de mí.

En la cocina, mi madre fregaba los callos y me miraba las manos.

Desde el salón llegaban a intervalos los sonidos de la tregua masculina.

Oí a Daniel decir «ese central despeja siempre al centro, es un error de diseño», y a mi padre contestar «desde hace dos años», y los dos hombres cayeron en uno de esos silencios compartidos que yo solo había visto entre mi padre y mi tío Ramón, el silencio de la gente que ha decidido que la otra persona es de fiar.

En el descanso, mi padre hizo algo inédito: se levantó, fue al mueble bar, y sirvió dos copitas de ese licor que solo sale cuando hay algo que celebrar o alguien que medir.

Dos copitas. Una para él, una para el ingeniero.

—¿Y bien? —le oí decir a mi padre, voz baja, pensando que la campana de la cocina me tapaba, y mi madre y yo nos quedamos inmóviles como dos espías con estropajo—. ¿Qué planes tenéis?

—Planes pocos, Pepe —dijo Daniel—. Su hija es de presente. Yo estoy aprendiendo.

—Es buena escuela —dijo mi padre—. Aunque la maestra sea dura.

—La maestra —dijo Daniel— es la mejor persona que conozco.

Mi madre, a mi lado, cerró los ojos un segundo como si le doliera algo bonito. Yo miré el estropajo. Había que comprar estropajos.

—Se lleva bien con tu padre —dijo.

—Parece.

—Tu padre no se ha llevado bien con nadie que hayas traído. —Enjuagó—. Mario le caía bien, pero hablaba mucho.

—Mario es buen chico.

—Mario es buen chico —repitió mi madre, y ahí se detuvo, porque mi madre sabe dónde se detienen las frases—. Este es otra cosa.

No contesté. Fregar era de repente una tarea apasionante.

—Irene. —Mi madre cerró el grifo y se secó las manos con el paño, despacio, con el ritual completo de las cosas importantes—. Mírame.

La miré.

—Con lo tuyo, hija —dijo—, que dure.

Y ahí estaba otra vez, la frase de siempre, el parte de tormenta.

Pero esta vez venía con un segundo renglón que no le había oído nunca: mi madre me miraba con una mezcla de esperanza y miedo que le arrugaba los ojos, y entendí que «con lo tuyo» no era una maldición que me echaban: era la única plegaria que mi madre sabía rezar.

Mi madre me ha visto lanzarme de cabeza a todas las piscinas vacías de mi vida —los cursos que dejé, los planes que abandoné, Mario, que duró cuatro años y se fue despacio— y había decidido que yo era así: la que no sienta la cabeza, la que se estrella con entusiasmo.

Su pesimismo era cariño que había aprendido a protegerse.

Y yo, que había crecido dentro de ese pesimismo, había construido mi propia versión: si todo lo mío se rompe antes o después, mejor que se rompa por contrato, con fecha y sin reproches.