Capítulo cuatro — Conocer a los Beltrán #2
«¿Qué come Daniel en tu casa?» —Lo que me sobra del bar, que es mejor que lo que se hace él, y él me arregla la impresora a cambio: economía de trueque—. Mi madre asintió: el trueque le pareció la forma de amor más sensata que había oído en años.
«¿Has conocido a sus amigos?» —Manu, Puri y Beni son sus amigos, quiera él o no; los de verdad, los suyos, me los presenta usted otro día—. Mi madre anotó mentalmente «otro día», y ese otro día empezó a existir en ese instante.
Y entonces, con la segunda copa de vino, preguntó de pronto, directa:
—¿Y tú qué quieres de mi hijo, Irene?
Irene aguantó la mirada medio segundo.
—Que siga viniendo al bar, Belén. Que venga, que se siente en su mesa y que me arregle los aparatos. Lo demás se va haciendo.
—«Lo demás se va haciendo» —repitió mi madre, encantada—. Oído, Andrés. Se va haciendo.
Y entonces, por completar el cuadro, mi madre me miró a mí:
—¿Y tú qué sientes por ella?
Aquí el expediente técnico se complica. La respuesta correcta, la respuesta de novio de febrero, era una frase corta y caliente que yo no tenía presupuestada.
La respuesta prohibida era la verdad: que llevaba un año con una atracción archivada que aquella mañana, al verla girar con el vestido de flores, había dejado de comportarse como un archivo y había empezado a comportarse como un proceso en primer plano.
Así que mi sistema hizo lo que hace cuando no encuentra la salida correcta: usó la herramienta por defecto.
—Una correlación estadísticamente significativa —dije— entre su presencia y mi estabilidad emocional.
Silencio.
Mi padre bajó el periódico diez centímetros, que es su máximo histórico. Mi madre me miró, miró a Irene, volvió a mirarme, y entonces sacó del bolso —mi madre lleva pañuelos de papel en el bolso desde el setenta y cuatro, es parte de su equipamiento profesional— un pañuelo, y se secó los ojos.
—Ay, hijo —dijo.
—Mamá, no…
—Es que nadie en esta familia había dicho nunca una cosa así —dijo, con la voz rota de la emoción—. Tu padre, el día que me pidió, me dijo «pues si quieres, nos casamos». Toda la vida con «pues si quieres». Y mi hijo va y dice… eso de la correlación.
—Belén —dije, alarmado—, es una definición técnica.
—Ya lo sé, hijo. Ya lo sé. Por eso.
Yo no entendía nada. Había emitido una definición y el público la había recibido como una declaración.
El canal estaba averiado en mi favor, lo cual me desconcertó más que si hubiera fallado en mi contra.
Miré a Irene pidiendo soporte técnico y la encontré mirándome con la cabeza ladeada y una sonrisa rara, pequeña, como de haber visto pasar algo por la mesa que no estaba en la carta.
—Es que es así —dijo Irene en voz baja, para mi madre pero sin quitarme los ojos—. Dice esas cosas y luego no sabe que las ha dicho.
—Ay, los dos —dijo mi madre, y se sonó.
En el café, mi madre sacó el álbum. No el digital: el físico, el de las fundas de plástico, porque mi madre entiende que una novia se presenta con fotos en papel.
Irene vio mi primera comunión —«qué cara de no fiarte del fotógrafo, Daniel, si ya se lo decías todo con la cara»—, mi graduación, tres veranos en el pueblo de mi abuelo y una foto del noventa y ocho en la que llevo unas gafas que merecían juicio.
Se rio en los sitios correctos. Preguntó en los sitios correctos.
Cuando mi madre fue a la cocina por más café, Irene me apretó la rodilla bajo la mesa, una vez, como se firma un parte: servicio correcto, continúe.
Hubo un momento delicado, y lo registro porque lo sorteamos por medio centímetro. Mi madre, cerrando el álbum, suspiró con toda la intención:
—Pues la hija de la del primero se casa en septiembre. Qué ilusión, una boda. A mí las bodas me dan mucha vida.
El aire de la sala se quedó en pausa. Yo tenía una boda en el horizonte —la de Mario, la de verdad, la del objeto del contrato— y la regla tres prohibía hablar de futuro y el sentido común prohibía hablar de esa boda en concreto.
Irene recibió el balón con el pecho, como dicen los que entienden de fútbol:
—A mí también me dan vida, Belén. Sobre todo la parte de la barra libre. Soy profesional: en las bodas yo no disfruto, yo audito el servicio.
—¡Ay, claro! —se rio mi madre—. Tú lo ves todo con ojos de dueña.
—Todo —dijo Irene—. No le pida a una camarera que se relaje en una boda. Sufre por el personal.
Y la conversación se fue por los camareros de las bodas, y el tema «boda y familia Beltrán» pasó de largo sin saber lo cerca que había estado de explotar.
Mi madre no insistió. Recuerdo que pensé: qué suerte.
Qué suerte que a mi madre no se le ocurra atar cabos.
Mi madre, que ataba cabos sueltos por afición profesional desde antes de que yo naciera, no ató ese. Qué suerte.
Qué suerte.
—Una cosa, Irene —dijo mi madre volviendo con la cafetera—. Pásame el teléfono de tu madre.
Parpadeé. Irene no parpadeó.
—¿Para qué lo quieres, Belén?
—Pues para felicitarla, mujer. Ha criado a una hija estupenda y estará tan orgullosa como yo de mi hijo, que por una vez ha traído a casa a alguien que contesta cuando se le habla.
—Mi madre me fulminó con la dulzura de una maestra—.
Y además, si esto va en serio, las madres tenemos que hablar. Cosas de madres.
Irene me miró una décima de segundo —la décima en la que se negocian las cláusulas que no están escritas— y sonrió.
—Claro que sí. Apunta. —Dictó el número. Mi madre lo guardó en su móvil como se levanta un acta—. Te aviso de dos cosas: que mi madre se llama Rosa y que mi madre lo sabe todo antes de que pase. Si te cuenta que sabía que ibas a llamar, es verdad.
—Me caerá bien —dijo mi madre.
—Os vais a caer bien o os vais a odiar —dijo Irene—. No hay término medio con Rosa.
—Conmigo tampoco lo hay —dijo mi madre, feliz.
Yo anoté mentalmente: intercambio de contactos entre progenitoras, efectuado.
El apartado de riesgos del documento original tenía una línea para esto —«contacto horizontal entre familias: monitorizar»— y la levanté en el registro interno sin concederle la alarma que quizá merecía.
Mi madre iba a hablar con su madre. Dos mujeres de sesenta años con teléfono. Qué podía pasar.
El episodio de la tablet lo cuento tal como ocurrió, porque yo no le di importancia entonces y es inútil fingir lo contrario.
A media tarde mi madre quiso ver las fotos del móvil de Irene —las del bar, la terraza, las naranjas de la pared— y el móvil de Irene estaba al tres por ciento de batería.
Mi madre dijo «ponlas en la tablet de Daniel, que se ven grandes», y yo, que estaba recogiendo los platos con mi padre, le pasé la tablet desbloqueada y volví a la cocina.
Estuvo diez minutos en el sofá, pasando fotos con Irene al lado.
Cuando volví con las tazas, mi madre me devolvió la tablet con ambas manos y una expresión que archivé como «madre contenta con la sobremesa».
Un detalle, ahora que reconstruyo: cuando desbloqueé la tablet a la mañana siguiente, la aplicación abierta no era el álbum de fotos.
Era la lista de archivos. Le di a volver sin mirar —mi madre habría tocado algo sin querer, pensé, los mayores tocan cosas— y no registré nada más.
Una maestra jubilada de sesenta y un años no navega por un gestor de archivos ajenos buscando nada.
Eso pensé. Eso exactamente pensé.
Lo de la cocina con mi padre merece párrafo aparte, porque lavar los platos con Andrés Beltrán es la actividad más parecida a una terapia que yo he conocido: dos hombres, agua caliente, y un silencio tan bien construido que las frases, cuando caen, caen colocadas.
Mi padre lavaba, yo secaba, y a la altura de la fuente de la ensaladilla dijo, sin mirarme:
—Buena chica.
—Sí —dije.
—Y lista.
—Sí.
Mi padre enjuagó la fuente, la escurrió, y añadió, con la economía de quien ha decidido gastar el presupuesto semanal de palabras en una sola compra:
—A ver si es verdad, Daniel.
Me quedé con el paño en la mano. Mi padre no es un hombre perspicaz; mi padre es un hombre que no habla, que es distinto: no hablar te da cuarenta años de datos.
Él no sabía nada —no podía saber nada—, pero había visto a su hijo llegar a una comida familiar con una mujer que le apretaba la rodilla por debajo de la mesa y unas respuestas demasiado bien ensayadas, y había emitido su diagnóstico de cinco palabras.
—Es complicado —dije.
—Todo lo bueno lo es —dijo mi padre, y se puso a fregar la sartén de la tortilla, fin de la sesión.