La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo cuatro — Conocer a los Beltrán #3
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Capítulo cuatro — Conocer a los Beltrán #3

Nada más. Eso es todo lo que yo vi de la tarde. La pantalla se apagó, la tablet volvió a la mesita, la conversación siguió. En mi registro interno ese tramo de la tarde ocupa una línea: «16:40 — fotos en tablet. Sin incidencias.»

Sin incidencias.

Salimos a las siete y media, con dos tápers —mi madre no deja salir a nadie de esa casa sin táper desde el noventa— y con mi padre despidiéndonos en la puerta con una frase completa y media: «Volved cuando queráis. Los dos.»

En el portal, Irene soltó el aire como se suelta tras un servicio de doce horas.

—¿Qué nota? —preguntó.

—¿Nota de qué?

—De mi familia, Daniel. Dame datos. Te conozco.

Pensé. Datos: una inconsistencia temporal recuperada en veinte segundos; una definición técnica reconvertida en éxito emocional por causas que aún no comprendo; mi padre con récord de locuacidad; mi madre con un nuevo contacto en el móvil y un pañuelo menos en el bolso.

—Nueve —dije.

—¿Nueve?

—Nueve. Le quito un punto porque mi madre tiene ahora el teléfono de tu madre y ninguno de los dos documentos contempla ese escenario.

—Bah. Dos señoras. ¿Qué van a hacer?

—Palabras que envejecen mal —dije, y me gané un codazo, que no estaba en el presupuesto de contacto físico y que tampoco pensaba notificar.

La acompañé hasta el metro. Nos despedimos con el abrazo protocolario de saludo y despedida según el estándar familiar —este sí, presupuestado— y ella bajó las escaleras agitando la mano sin volverse.

Yo me quedé un momento en la boca del metro haciendo lo que no debería: recalculando la fecha de expiración del contrato como si fuera una cifra que me concerniera personalmente y no contractualmente.

Treinta y cuatro días. Lo recalculé dos veces.

Las dos veces salió lo mismo y las dos veces me pareció poco, y eso no era un dato que yo quisiera mirar de cerca.

Antes del abrazo hubo conversación, que la quiero dejar registrada. Camino del metro, Irene iba con los tápers en la bolsa y la sonrisa de la victoria honesta.

—Tu madre es un tanque con mantel de hule —dijo—. Y tu padre es un armario con periódico. Me caen bien los dos.

—¿«Armario»?

—Los armarios guardan cosas, Daniel. Ese señor guarda cosas. —Cambió de acera para esquivar a un grupo con patinetes—. Y tu madre tiene miedo.

—¿Miedo de qué?

—De algo de febrero —dijo, y yo me detuve medio paso, porque yo no le había hablado de febrero—.

No hace falta ser adivina. Las madres que aprietan así es porque han mirado el calendario de otra manera.

En el bar lo veo cada semana: la gente no se pone intensa por lo que quiere, se pone intensa por lo que teme. —Me miró—. ¿Qué pasó en febrero?

—Susto de tensión de mi padre. Se quedó en nada.

—No se quedó en nada —dijo Irene, despacio, y no era una contradicción, era un dictamen—. Se quedó en tu madre.

No contesté. Ahí estábamos, en la calle Bravo Murillo, con dos tápers de filetes rusos, y mi novia por contrato acababa de diagnosticar a mi familia en noventa segundos de observación.

Yo llevaba tres meses intentando modelar el comportamiento de mi madre desde febrero y ella lo había resuelto entre el portal y el semáforo.

—¿Qué? —dijo ella.

—Que tu profesión es más difícil que la mía —dije, y era la primera verdad completa del día—. Lo digo en serio. Yo arreglo sistemas que avisan cuando fallan. Tú arreglas sistemas que no avisan nunca.

Se quedó callada un segundo. Luego dijo «bueno, y que me dura menos la batería», y reímos, y en el metro nos dimos el abrazo protocolario.

Volví sobre mis pasos para decirle a Irene no sé qué —nada, probablemente; ya se había ido—, y como quería preguntarle además a mi madre una cosa del médico de mi padre, regresé hacia el portal de mis padres.

Me detuvo un sonido conocido: la voz de mi madre, bajita, filtrada por la ventana de la cocina que daba al patio.

Mi madre no sabe hablar bajito; mi madre habla «bajito» a un volumen que cualquier otra persona clasificaría como conferencia.

Estaba grabando un audio de WhatsApp.

—Rosa —decía la voz de mi madre, contenida, emocionada, conspirativa, con el nombre recién guardado en la agenda—, soy Belén, la madre de Daniel. No hace falta que me contestes… bueno, a esto sí. Rosa, tenemos que hablar.

Me quedé quieto tres segundos. Luego hice lo que hace cualquier ingeniero razonable ante un proceso desconocido ejecutándose en segundo plano: no toqué nada, me fui a casa, y le di de cenar a Bug.

A las once de la noche mi madre me mandó un mensaje: «Irene es encantadora. Tu padre dice que se la ve buena persona. No hace falta que me contestes.»

No contesté. Estaba ocupado abriendo el documento y añadiendo, en el registro interno de la operación, una línea que me resistí a escribir y escribí igual:

«Evento familiar 1 de 2: superado. Riesgo nuevo: las madres.»

Debajo, antes de cerrar, escribí una segunda línea que no pertenecía a ningún apartado y que borré dos veces antes de dejarla:

«Ha dicho «es que es así» y no era mentira del todo.»

Cerré el portátil. Bug se subió al router. En casa de mis padres, a quince minutos en metro, una maestra jubilada y una recepcionista de clínica empezaban a intercambiar audios, y ninguna de las dos tenía ninguna intención de no contestar.