Capítulo cuatro — Conocer a los Beltrán
El domingo veinticinco de abril me levanté a las ocho sin despertador, lo cual mi cuerpo solo hace en dos circunstancias: cuando hay una entrega de proyecto y cuando hay un evento clasificado como crítico.
La comida en casa de mis padres era, contractualmente, el evento familiar número uno de dos.
Yo lo tenía registrado así, con su numerito, y esa numeración me daba una tranquilidad que reconozco como artificial y que aun así me funcionaba: si solo eran dos, esto era la mitad del problema, no el principio de una expansión ilimitada.
Las cláusulas sirven para eso. Para que las cosas tengan borde.
Bug me observó elegir camisa durante veinte minutos.
Rechacé la azul de entrevistas —demasiado formal para una comida de domingo—, la gris de todos los días —demasiado «cliente habitual del fondo»— y una con cuadros que compré en dos mil diecinueve y que Nuria odiaba.
Nuria llevaba tres años fuera de mi vida y seguía votando en mi armario.
Elegí la azul clara, la que no dice nada, que era exactamente el mensaje del día: no decir nada que no esté en el documento.
Antes de salir releí la cronología. Habíamos tenido ya dos cafés de calibrado —el primero el martes veinte, cuarenta minutos, rendimiento notable: Irene llegó con diez minutos de retraso, pidió un cortado, memorizó mis tres anécdotas en una pasada y me corrigió dos datos de las suyas— y la cronología conjunta estaba ya en la versión tres.
Nos conocimos en abril de dos mil veintiséis, día de la avería de fibra, lentejas de por medio.
Amistad de barra consolidada en otoño. Noviembre: «empezamos a hablar de verdad» —ese era el puente oficial entre cliente y pareja—.
Febrero: primer beso, primero oficial, el de la cronología, no presupuestado todavía en la vida real.
Ese beso existía solo en el papel y aun así ocupaba ya un espacio extraño en mi cabeza: lo habíamos situado «después de un martes de Ramón», con el bar vacío, y yo me lo sabía como otros se saben los recuerdos verdaderos.
Eso debería haberme preocupado. Me preocupó. Lo anoté.
—¿Y si no me cae bien tu madre? —había preguntado Irene en el segundo calibrado.
—Imposible —dije—. Mi madre cae bien por defecto. Lo que tienes que temer es lo contrario.
—¿Que yo le caiga bien?
—Que le caigas demasiado bien. Mi madre con afecto es un sistema sin freno.
A las doce y media quedé con Irene en la puerta del bar para el repaso final.
Ella llegó con un vestido de flores discretas —«modo nuera», informó, girando sobre sí misma para que yo aprobara el atuendo, trámite que completé con un «correcto» que le pareció escaso y un «muy correcto» que le pareció sospechoso— y con una bolsa de pasteles de la pastelería de la esquina.
—¿Repasamos? —dijo.
—Repasamos.
—Nos conocimos en abril del año pasado, aquí, el día que se fue la fibra en tu calle.
Empezamos a salir en febrero. Anécdota uno: el datáfono.
Anécdota dos: las lentejas. Anécdota tres: el TPV de enero.
Tu madre se llama Belén, tu padre Andrés, no hablamos de futuro, no hablamos de Mario, no hablamos de la boda salvo que ellos la saquen. ¿Algo más?
—Si te preguntan a qué me dedico: ingeniero de software, logística, en remoto. No digas «algo de ordenadores».
—¿Por qué no?
—Porque mi madre lleva ocho años diciendo «algo de ordenadores» y por una vez quiero que alguien le dé la versión larga. Se la merece.
Irene me miró con una expresión que no supe catalogar —tendría que haberla catalogado, era mi trabajo ese día— y dijo:
—Trato hecho. Y relájate, Daniel. Es una comida, no una auditoría.
—Las comidas de mi madre son auditorías —dije—. Con tortilla.
Mis padres viven en Tetuán, en el piso de siempre, el de la foto de mi primera comunión encima de la tele y el mantel de hule de los domingos. Llegamos a las dos menos cinco, porque la puntualidad es el único idioma que mi madre y yo hablamos con la misma gramática.
En el portal, Irene se detuvo un segundo, se ajustó el vestido y me pidió, muy seria:
—Si me pierdo, me pierdo con dignidad. No me rescates a mitad de frase, que se nota más. Dame tiempo.
—Autonomía concedida —dije—. Solo intervengo si mi madre saca el tema de los nietos.
—Si tu madre saca el tema de los nietos, Daniel, no intervengas tú: huye. Yo cubro la retirada.
Subimos. Tercer piso, ascensor estrecho, olor a comida de domingo de todo el rellano —la vecina del segundo hace croquetas y no hay tecnología que compita con eso—.
Irene olió el aire y dijo «croquetas del segundo» y yo supe, con una certeza nueva, que iba a salvar la tarde: estaba leyendo el edificio como lee su barrio, entero y de una vez.
Mi madre abrió la puerta.
Hay que describir a Belén Beltrán en el momento en que conoce a la novia de su hijo, porque es un fenómeno con estructura: primero la sonrisa —completa, de maestra recibiendo a los padres en septiembre—; luego los ojos, que recorrieron a Irene de los zapatos a las flores del vestido en un barrido de segundo y medio; luego las dos manos en las mejillas de Irene, que es un movimiento que mi madre ejecuta sin pedir permiso desde antes de que existieran los permisos.
—Irene —dijo, como si la conociera de toda la vida, que es exactamente la trampa—. Qué guapa. Entra, entra. Andrés, ¡que están aquí!
Mi padre se levantó del sofá, se quitó las gafas de leer, estrechó la mano de Irene con la solemnidad de un hombre que estrecha pocas manos, y dijo:
—Bienvenida.
Dos sílabas. En mi padre, dos sílabas son un discurso inaugural.
Miré a Irene para ver si lo entendía y descubrí que lo había entendido perfectamente, porque le contestó «gracias, Andrés» con la entonación exacta de quien ha recibido un discurso inaugural.
Ocho años de barra, pensé. La mujer lee jerarquías de silencio como otros leen el periódico.
El aperitivo fue el primer contacto con fuego real. Mi madre sirvió las aceitunas, se sentó frente a Irene —frente, no al lado; mi madre se sienta frente a lo que quiere examinar— y abrió fuego con la suavidad de quien no abre fuego:
—Y vosotros dos, a ver. ¿Cuánto lleváis?
—Desde febrero —dijo Irene.
—Unos seis meses —dije yo.
El silencio que siguió tiene un expediente técnico que me es familiar: se produce cuando dos fuentes de datos devuelven valores incompatibles para el mismo campo. Mi madre nos miró alternativamente. Mi padre, detrás del periódico, bajó el papel dos centímetros.
—Febrero —dijo Irene, sin inmutarse, con la mano ya en mi brazo como si llevara años poniéndola ahí—.
Lo que pasa es que Daniel cuenta desde noviembre, que fue cuando empezamos a hablar de verdad.
Se conocimos en abril, nos hicimos amigos en noviembre y en febrero ya fue…
esto. Él es de fechas exactas. Yo soy de «desde febrero» y sanseacabó.
—Abril, noviembre, febrero —dijo mi madre, ordenando el inventario—. Tres fechas. Muy completo.
—Es que él me hace fichas —dijo Irene, y me miró con adoración de dos meses y medio de antigüedad fabricada—. ¿A que sí, cariño?
—No son fichas —dije—. Es una cronología.
—Una cronología de nosotros —tradujo ella para mi madre—. Tiene una cronología, Belén. Con fechas y todo.
Y ahí ocurrió algo que no estaba en ningún anexo: a mi madre le encantó. A mi madre, maestra durante treinta y cinco años, clasificadora profesional de la realidad, le brillaron los ojos ante la noticia de que su hijo llevaba una cronología de su noviazgo.
—Es que este niño siempre fue así —dijo, cogiendo la mano de Irene entre las suyas—. De pequeño fichaba los tebeos por editorial. ¿Y tú, Irene? ¿Tú eres de fichar o de no fichar?
—Yo soy de apuntar los pedidos y de que no se me escape una copa —dijo Irene—. Cada uno ficha lo suyo.
Mi madre soltó la carcajada. Mi padre subió el periódico, que en él es una forma de aplauso contenido.
Yo registré, con la mitad del cerebro que seguía trabajando para el contrato, que Irene acababa de desactivar la primera inconsistencia grave de la operación en veinte segundos y sin mirar el guion.
La otra mitad de mi cerebro estaba ocupada con su mano en mi brazo, que no había solicitado aviso previo de quince segundos y que, por tanto, técnicamente, constituía una infracción del apartado cuatro que yo no pensaba notificar.
La comida fue tortilla, ensaladilla y filetes rusos, que es el menú de presentación oficial de la casa, y durante dos platos enteros Irene jugó el mejor partido que yo le he visto jugar a nadie en esa mesa, incluidos todos los novios y novias que esta familia ha traído a comer desde el ochenta y cinco, que por mi parte eran cero, pero mi madre guardaba marcador histórico.
Lo hizo como lo hacen las camareras buenas: sin parecer que trabajaba.
Mi madre preguntaba y Irene contestaba, pero cada respuesta devolvía algo —una pregunta sobre el colegio donde mi madre había enseñado, un elogio de la ensaladilla con petición de truco incluida, una historia del bar que hizo reír a mi padre— y a la altura de los filetes rusos la conversación ya no era un interrogatorio: era una sobremesa.
Mi madre hablaba de sus alumnos. Mi padre dijo cuatro frases completas, lo que estableció un récord trimestral.
Para que conste, el interrogatorio tuvo su artillería pesada antes de eso. Enumeró mi madre, en orden creciente de calibre:
«¿Vivís juntos ya?» —No, Belén, yo vivo encima del bar y él a doce minutos, y nos gusta así, que cada uno duerma en su casa es la base de la convivencia moderna—. Respuesta aceptada con una ceja.
«¿Y no habéis pensado…?» —Eso es hablar de futuro, Belén, y nosotros no hablamos de futuro: es nuestra única norma de pareja—. Mi madre halló esto «muy sano, muy maduro», y yo bebí vino para no explicar de dónde salía esa norma.