Capítulo tres — Tres reglas y una firma #3
Lucía carraspeó, abrió el cajón de debajo de la caja registradora y sacó el sello de la sociedad —el sello de verdad, el de «La Media Naranja S.L.», con el que sellamos las facturas de los proveedores— y un tampón azul.
—Como notaria de guardia de este establecimiento —declaró—, y en virtud de los poderes que nadie me ha dado, procedo a sellar el acuerdo. ¿Alguna objeción?
—Ninguna —dijo Daniel, y le vi sonreír por primera vez en toda la noche, una sonrisa pequeña y técnica, como de máquina que aprueba su propio diagnóstico.
Imprimimos el contrato definitivo en la impresora vieja del bar, la que usamos para los menús del día, que escupió las dos páginas con la lentitud y los chirridos de una funcionaria a punto de jubilarse.
Daniel cambió el cero punto uno por uno punto cero en la portada —«todo cambio posterior irá en anexos», anunció, y nadie le hizo caso— y el texto quedó así, para la historia:
«CONTRATO DE ACOMPAÑAMIENTO Y REPRESENTACIÓN DE PAREJA — v1.
0. Regla primera: Prohibido enamorarse. Todo atisbo se documentará y notificará a la otra parte.
Regla segunda: Demostraciones públicas de afecto: solo con justificación táctica y aviso previo.
Regla tercera: Familias al mínimo: máximo dos eventos por parte; prohibido hablar de futuro.
Cláusula de expiración: El contrato expira a las 12:00 del día siguiente a la boda. Sin reproches.»
Daniel firmó las dos copias primero, con una firma pequeña, ordenada y legible, una firma de hombre que no teme que se la lean; Lucía las selló con el tampón azul y la solemnidad de una alcaldesa de pueblo, y Blanca sirvió el cava de dos euros noventa en los vasos de vino y propuso un brindis.
Yo dije que firmaba después, que primero el brindis, que para algo se había abierto la botella.
Nadie protestó. Era mentira que fuera por la botella.
—Por la letra pequeña —dijo—. Que es donde vive la gente interesante.
Brindamos. Y fue en el brindis, con el vaso en alto, cuando desde la mesa del rincón se oyó una tos discreta.
Hugo, el abogado de la mesa del rincón —cliente de años, siempre con carpetas de expedientes, siempre con el café solo y el periódico económico, un hombre que parecía cobrar por respirar—, estaba allí.
Estaba allí desde antes del cierre, en la penumbra, y ninguno de los cuatro nos habíamos dado cuenta.
—Si me permitís una observación profesional —dijo, sin levantarse, doblando el periódico con la calma de quien ha visto firmar cosas peores—, entonces os diré una sola cosa: si ese contrato termina como terminan todos los que yo he visto, entonces la cláusula que os va a salvar no es ninguna de las escritas.
—¿Cuál, entonces? —preguntó Daniel, que no podía no preguntar.
Hugo se levantó, dejó dos euros junto a la taza, se echó el abrigo al hombro y nos sonrió con la cortesía cara de los abogados buenos.
—Si lo supiera —dijo—, entonces no cobraría por horas. Buenas noches, pareja.
Y se fue, dejando la puerta entreabierta y a cuatro personas mirando sus vasos como si en el fondo del cava de dos euros noventa hubiera una respuesta.
—Me cae bien ese hombre —dijo Lucía.
—A mí me da miedo —dijo Blanca.
—Es abogado —dije—. Las dos cosas son compatibles.
Lucía pasó la hoja de su libreta y leyó el acta en voz alta, con la satisfacción de una notaria de verbena:
—Resumen de la sesión: dos cafés semanales, narrativa febrero, tres anécdotas —una por cabeza, como los juegos—, manos con aviso, besos con justificación, familias a dos eventos por parte, futuro prohibido, enamorarse prohibido, expiración a las doce del treinta de mayo, sin reproches.
Penalización por tercer evento: cena. —Cerró la libreta—.
Es el contrato más romántico que he auditado en mi vida, y lo digo habiendo auditado tres.
—Tres —repitió Blanca—. Los tres acabaron mal, bonita.
—Los tres acabaron en numeritos rojos —corrigió Lucía—. Que no es lo mismo. Este, de momento, cierra en azul.
Daniel recogió su copia, la grapó a la carpeta, guardó la carpeta en la mochila como se archiva un tesoro, y se despidió en la puerta con un «hasta el martes, entonces —primer café de calibrado—» que sonaba a cita y a orden de trabajo a la vez.
Lucía y Blanca se fueron poco después, discutiendo en voz baja sobre si el apartado cuatro era romántico o patológico, y yo me quedé sola, apagando luces, con mi copia del contrato bajo el brazo.
Firmé las dos copias a la una y cuarto, ya con todo cerrado, porque Lucía había sellado antes de que yo firmara y había que dejarlo completo.
Y al firmar —aquí está la parte que no le he contado a nadie— me tembló la mano.
No un temblor poético: un temblor tonto, de la muñeca, que me hizo la rúbrica torcida, irreconocible, la firma de una mujer que firma su propia sentencia con prisa.
Le eché la culpa al café. Tres cafés con leche desde las cinco, me dije. La cafeína. Cosas del oficio.
Metí el contrato en el cajón de la caja registradora, debajo del rollo de papel de repuesto, apagué la última luz y subí la escalera de casa pensando en la lista de la compra del lunes.
Si eso no es talento para no pensar, que venga alguien y me lo discuta.