La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo tres — Tres reglas y una firma #2
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Capítulo tres — Tres reglas y una firma #2

—Y una última cosa de este bloque —dijo Daniel—: protocolo de detección. Si alguien sospecha, no se niega en seco. Negar en seco es confirmar. Se bromea, se desvía y se notifica a la otra parte en el siguiente café de calibrado.

—¿Y si sospecha mi madre? —dije.

Daniel me miró muy serio; se había estudiado el plano del edificio.

—Entonces no bromeamos —dijo—. Con tu madre se juega a otra cosa. Con tu madre le doy la razón en todo y le llevo la contraria en nada hasta que se aburra de ganar. Es lo que hago con mi jefa de proyecto y llevo cuatro años sin un conflicto.

—Anotad eso —dijo Blanca—. Eso es sabiduría, no ingeniería.

—Apartado cuatro —dijo Daniel, y carraspeó, y aquí conviene decir que Daniel Beltrán no carraspeaba casi nunca—. Protocolo de contacto físico.

Blanca dejó la botella en la barra y se acercó con su vaso.

—Este apartado lo negocio yo —dijo Lucía—. Me encanta este apartado.

—El apartado propone —leyó Daniel—: contacto de manos permitido en público, con aviso previo de treinta segundos salvo situación de fuerza mayor. Abrazos de saludo y despedida según protocolo familiar estándar. Besos: solo con justificación táctica y aviso previo a la otra parte.

—¿«Justificación táctica»? —dije.

—Un beso tiene que servir para algo —dijo, y lo dijo mirando el papel, no a mí—. Para cerrar una sospecha, para ganar una discusión de miradas con tu prima, para lo que sea. Un beso que no sirve para nada es un riesgo sin retorno.

—Qué bonito —dijo Blanca, con su sonrisa de cuchillo envuelto en algodón—. «Un beso que no sirve para nada.» Voy a escribirlo en la pizarra de los vinos.

—Es la regla correcta —insistió Daniel—. Todo lo que se hace sin justificación, se hace dos veces: la primera delante de la gente y la segunda pensándolo en casa.

Yo no dije nada. Tenía una respuesta lista —algo sobre que los besos no son tornillos— y me la tragué, porque me di cuenta de una cosa incómoda: la regla me gustaba.

La regla significaba que nada iba a pasar entre nosotros que no estuviera presupuestado.

Y a mí, tres años después de Mario, lo que más me tranquilizaba en el mundo era un presupuesto.

—Aceptado el apartado cuatro —dije—. Pero el aviso previo lo bajo a diez segundos. Treinta es de anuncio de telediario.

—Veinte —dijo él.

—Quince, y en fuerza mayor se puede sin aviso si la otra parte lo aprueba después.

—«Aprobación retroactiva» —murmuró Daniel, anotando—. Riesgoso. Aceptable. Anotado.

—Una pregunta —dijo Blanca, que llevaba un rato girando el vaso entre los dedos—. ¿Quién decide qué es fuerza mayor? Porque yo he visto bodas. En las bodas todo es fuerza mayor a partir de la segunda copa.

—La parte que la invoca —dijo Daniel—. Con justificación posterior documentada.

—Pues vaya dos —dijo Blanca, y no quedó claro si era un insulto o un cumplido, que es donde viven casi todas las frases de Blanca.

Daniel anotó algo más. Yo miré el techo. Lucía miraba alternativamente a los dos, satisfecha: le cuadraba la columna.

—Me estáis poniendo nerviosa —dijo Blanca, terminando su vaso—. Y mira que yo he visto negociar a los del pescado.

Llegamos al apartado seis pasada la medianoche. El apartado seis se titulaba «Restricciones», y Daniel lo leyó en voz alta con el tono de quien lee las instrucciones de un extintor.

—Restricción primera —dijo—. Prohibido enamorarse.

Silencio. Lucía dejó de escribir. Blanca dejó de beber. Yo me reí, porque era la reacción obvia, y me encontré con que Daniel no se estaba riendo.

—Es una broma, ¿no? —dije.

—Es la restricción que mantiene esto limpio —dijo—. Si nadie se enamora, nadie sale dañado. Es la única regla que protege a las dos partes por igual. Y para que sea comprobable, lleva anexo: todo atisbo se documentará y notificará a la otra parte.

—¿«Atisbo»? —dijo Lucía—. Has escrito «atisbo» en un documento legal-festivo.

—Es la palabra correcta —dijo Daniel—. Un atisbo es una señal débil. Las señales débiles se registran antes de que se conviertan en señales fuertes. Es mantenimiento preventivo.

—Es una cláusula de no competencia emocional —dijo Lucía, encantada, escribiendo—. Me la apunto para el bar. «Prohibido enamorarse del proveedor.»

—Una pregunta de contabilidad emocional —dijo Lucía, que ya no se resistía—. ¿El atisbo se notifica en el momento o en el café de calibrado semanal?

—En el momento —dijo Daniel—. Las señales débiles tienen fecha de caducidad informativa.

—¿Y si la otra parte no quiere saberlo? —pregunté yo.

—La notificación no requiere consentimiento del receptor —dijo Daniel—. Requiere acuse de recibo. Como los paquetes.

—Qué sistema tan feo para una cosa tan bonita —dijo Blanca.

—Qué sistema tan robusto —dijo Lucía.

—Las dos cosas —dijo Daniel—. Es la idea.

—Pues a mí me parece tristísimo —dijo Blanca, despacio, mirando su cava—. Perdona. Se me ha escapado. Era un cumplido mal envuelto: me parece la regla de dos personas a las que les han hecho mucho daño.

Nadie contestó. Daniel miró su documento; yo miré mi albarán. En algún lugar de la trastienda, el frigorífico hizo su ruido de siempre, que es el ruido de este bar cuando nadie quiere hablar.

—Aceptada —dije—. Prohibido enamorarse. Firmo eso con los ojos cerrados. Siguiente.

—Restricción segunda —dijo Daniel—: las demostraciones públicas de afecto, como queda dicho, solo con justificación táctica y aviso previo.

—Ya está negociado —dije—. Siguiente.

—Restricción tercera: familias al mínimo. Máximo dos eventos por parte. Y prohibido hablar de futuro.

—¿«De futuro»? —dijo Lucía.

—Planes, hipótesis, «cuando vivamos juntos», «el año que viene» —enumeró Daniel—. Los verbos en futuro crean expectativas en los testigos. Las expectativas de los testigos son el principal riesgo residual de esta operación.

—Mi madre va a hablar de futuro desde el primer minuto —dije—. Es su lengua materna.

—Entonces la regla es para nosotros: nosotros no hablamos de futuro, y cuando ellos hablen, nosotros no confirmamos. Dos eventos por parte, Irene. Tu comida familiar y mi comida familiar. La boda no cuenta, la boda es el objeto del contrato. Dos. El que pida un tercero paga una penalización.

—¿Qué penalización?

Daniel se quedó pensando tres segundos.

—Cena —dijo—. El que pida un tercer evento invita a la otra parte a cenar. Sin justificación. —Lo anotó—. Es una penalización simétrica y con valor disuasorio.

Blanca soltó una risita en su vaso. Yo fingí no entender por qué.

Y entonces llegamos a la última página. Daniel la pasó, y vi que tenía un solo párrafo, en negrita, con espacio para dos firmas debajo.

—Cláusula de expiración —dijo—. La pediste tú, la he redactado yo: «El presente contrato expira a las doce en punto del día siguiente a la boda.»

—Añade una cosa —dije.

—Dime.

—«Sin reproches.»

Daniel levantó la vista.

—Ya está implícito —dijo—. Si el contrato expira, expira. Nadie reprocha nada porque no hay incumplimiento.

—Ponlo —dije. Y lo oí en mi propia voz: salió más rápido y más alto de lo que pretendía, salió como salen las cosas que llevabas mucho rato sujetando—.

Ponlo. «Sin reproches.» Que quede escrito que nadie puede reprochar nada a nadie cuando esto termine.

Que termine es lo que tiene que hacer. Que nadie se quede a medias ni salga diciendo que el otro le debía algo.

Lucía me miró. Blanca me miró. Daniel me miró medio segundo más de lo profesional, y luego cogió el bolígrafo y escribió, en la copia, al final del párrafo en negrita: «Sin reproches.»

—Hecho —dijo, suave, y esa suavidad no estaba en ningún apartado—. Consta. Termina, y termina limpio.

Eso fue lo que dijo. Y yo asentí como si eso fuera exactamente lo que quería, porque era exactamente lo que quería, y no voy a fingir ahora, escribiendo esto, que no sabía lo que estaba haciendo.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: estaba comprando una puerta de salida antes de entrar en la casa.

Llevo toda la vida haciéndolo. Que le pregunten a Mario, que entró sin contrato y tardó cuatro años en descubrir que yo ya llevaba tres con la mano en el pomo.

Porque hay una cosa que no dije aquella noche, ni a Daniel ni a Lucía ni a Blanca ni a Puri en la penumbra: a mí no me asustaba la boda.

La boda era un día, un vestido y veinte copas de vino ajeno.

Lo que me asustaba era lo de antes: los cafés, las comidas, las semanas de representación, esa distancia larga donde la gente —la gente normal, la gente sin apartados— se cansa, se despista, se va.

Mario no se fue mal; se fue despacio, que es peor, porque no te enteras hasta que la puerta ya está cerrada y hace semanas que cerró.

Un contrato con fecha de caducidad no se va despacio.

Un contrato termina a las doce en punto, te mira a la cara al terminar, y no le debe nada a nadie.

«Sin reproches.» Esa era mi armadura y yo la pedí a gritos, con la voz demasiado alta, delante de testigos.

Daniel no preguntó. Quiero dejar constancia de eso: vio mi voz salirse de madre, escuchó la urgencia, y no preguntó.

Se limitó a escribir las dos palabras con su letra pequeña y ordenada, como quien pone una tranca en la puerta que tú le has señalado, sin preguntar de qué lado viene el viento.

Hay gente que pregunta y gente que tranca.

Aquella noche a mí me hizo falta un cerrajero, y el universo, que es un cachondo, me mandó un ingeniero.