Capítulo dos — Pliego de condiciones #3
La miré. Irene Salcedo, treinta y dos años, dueña del bar donde yo había pasado un año fingiendo interés por la documentación técnica, estaba pidiéndome que interpretara el papel de su pareja.
Hay una categoría de acontecimientos que los ingenieros llamamos «fuera de especificación»: el sistema recibe una entrada que nadie previó y todo lo que sale es válido y sospechoso a la vez.
—¿Por qué yo? —pregunté.
Se encogió de hombros con una honestidad que no me esperaba.
—Porque eres el único hombre de este barrio que no me pone nerviosa.
Y porque has arreglado mi datáfono y mi TPV y nunca has cobrado.
Y porque traes los vasos a la barra. —Lo enumeró como quien lee una lista de la compra, y luego añadió, más bajo —: Y porque cuando estás aquí el bar es más tranquilo. No lo preguntes, no sabría explicarlo.
Yo tampoco supe explicar lo que hizo mi pulso con esa frase, así que hice lo que sé hacer: pedí requisitos.
—Necesito cuarenta y ocho horas —dije—. Y un documento de especificaciones por tu parte: número de eventos, público objetivo de la representación, nivel de afecto requerido, historia de cobertura y condiciones de finalización.
Irene parpadeó.
—¿«Condiciones de finalización»?
—Cuándo termina —dije.
—Cuando termine la boda. Obvio.
—La boda es el veintinueve —dije—. ¿El contrato termina el veintinueve, el treinta, la semana siguiente? Necesito una fecha, Irene. Las cosas sin fecha no terminan: se pudren.
Me miró raro. A la semana siguiente entendería por qué, pero aquella noche solo vi que apretaba la mandíbula medio segundo antes de contestar.
—Termina al día siguiente de la boda. A las doce del mediodía, si quieres precisión.
—¿Y después?
—Después cada uno a su vida. Sin reproches, sin deberse nada. ¿Tanto cuesta?
—No cuesta —dije—. Pregunto. Es mi trabajo preguntar. Y te lo vuelvo a preguntar una tercera vez porque es la única cláusula que de verdad importa: ¿seguro que quieres fecha de caducidad?
—Sí —dijo, demasiado rápido—. Sí. Es lo primero que quiero.
Anoté mentalmente: la parte contratante exige la cláusula de expiración con una vehemencia estadísticamente significativa. Eso no es un requisito; eso es un miedo con formato de requisito. Pero no soy psicólogo, soy ingeniero, así que lo dejé en el registro interno y asentí.
—Cuarenta y ocho horas —dije—. El sábado por la noche, después del cierre, te traigo mi respuesta.
—¿Tu respuesta o tu anexo?
—Veremos —dije.
Irene se levantó, se llevó su caña, y a los dos pasos se giró.
—Daniel.
—¿Sí?
—Gracias por no reírte.
—Me rio por dentro —dije—. Con mucho respeto.
Se fue detrás de la barra y yo volví a mi pantalla. No leí una línea en lo que quedaba de noche. Me consta que Blanca, al pasar con la caja de las botellas, murmuró algo así como «ay, los viernes», pero es posible que lo inventara mi propia cabeza, ocupada como estaba en otras tareas.
Aquella noche no dormí. Bug lo notó y se sentó a supervisar.
Lo primero que hice fue lo que haría cualquier profesional: abrí un documento en blanco y definí el problema.
Problema: representación de pareja, duración aproximada seis semanas, público variado, objeto: no defraudar a una mujer que me acababa de decir, sin saberlo, la única frase que llevaba un año esperando: «cuando estás aquí el bar es más tranquilo».
Lo segundo que hice fue lo que haría cualquier cobarde: buscar motivos para decir que no.
Los encontré. Eran buenos motivos: riesgo reputacional, riesgo emocional, incompatibilidad manifiesta entre mi naturaleza contractual y cualquier relación, incluso falsa.
Los listé en la página dos. La página dos quedó muy sólida.
Lo tercero fue mirar la página dos, mirar a Bug, y aceptar la verdad con la serenidad del que firma un parte: no estaba evaluando si decir que sí.
Llevaba un año queriendo decir que sí a algo que no sabía formular, y la vida me lo había entregado en el único formato que yo sé abrir: alcance definido, salida definida, riesgo modelable.
Nuria tenía razón, probablemente. No sé querer sin pliego de condiciones.
Pero resulta que alguien me había traído un pliego.
A las dos de la mañana borré la página dos.
A las tres tenía siete apartados: objeto, alcance, calendario de eventos, narrativa de cobertura con cronología interna coherente, protocolo de comunicación entre las partes, protocolo de contacto físico —redactado con adjetivos neutros, en principio— y gestión de riesgos.
A las tres y media añadí un octavo apartado titulado «conducta en caso de detección», porque en toda operación hay que decidir antes qué se hace cuando el plan falla, no durante.
A las cuatro y doce guardé el documento, le puse nombre con la convención de siempre y me fui a la cama con la certeza tranquila del técnico que ha hecho todo lo que estaba en su mano.
El archivo se llamaba «Requisitos_operacionales_v0.1.pdf».
Catorce páginas.
Que Dios me ayudara, pensé, que es una frase que nunca digo, porque a la mañana siguiente, al releerlo con café, comprobé que el apartado siete —«protocolo de contacto físico»— me había quedado redactado con un nivel de detalle que no era profesional.
Era entusiasta.
Y eso, en mi sistema de clasificación, no era un estado transitorio de baja utilidad.
Era el principio de otra cosa.