La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo dos — Pliego de condiciones #2
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Capítulo dos — Pliego de condiciones #2

Nuria lo leyó entero. Me consta porque lo subrayó.

Subrayó dos veces el apartado de objetivos trimestrales y escribió en un comentario lateral «¿esto es una broma?

», y hasta el día de hoy no sé si la peor respuesta era el sí o el no.

No era una broma. Era mi manera de decir: esto se está rompiendo y yo quiero repararlo, y yo solo sé reparar las cosas que puedo mirar por escrito.

A Nuria, que quería que la besara en mitad de la frase y no que le asignara una frecuencia semanal a los besos, aquello le pareció la prueba definitiva.

Y cuando me dejó, en la cocina de su piso de Lavapiés, con una dignidad que todavía me duele de admirar, me dijo la frase.

La tengo memorizada con el formato exacto:

«No sabes querer sin un pliego de condiciones.»

Nueve palabras. Nueve. Yo he olvidado cumpleaños, direcciones y la contraseña maestra de dos mil veintitrés, y recuerdo esas nueve palabras con la puntuación.

Hubo más, claro. Nuria no era cruel; era exacta.

Me dijo que conmigo todo iba bien sobre el papel y que ella no quería vivir sobre el papel.

Me dijo que un día iba a encontrar a alguien que firmara, y que entonces quizá me diera cuenta de que un contrato no es un abrazo.

Se lo agradecí. Tardé meses en entender que aquello no era una despedida: era un diagnóstico.

Lo peor no es que me doliera. Lo peor es que me lo creí.

Acepté la sentencia como se acepta un diagnóstico: Daniel Beltrán, treinta y cuatro años, incapaz de querer en modo espontáneo, compatible solo con el amor con anexos.

Si el amor es un sistema, yo soy el técnico que solo sabe entrar por la puerta de servicio.

Y como una cualidad que solo funciona con permiso escrito no parece una cualidad romántica, hice lo razonable: clasifiqué el asunto como defecto de fábrica y dejé de probar.

Hasta la primavera de dos mil veintiséis, cuando entré por primera vez en un bar de la calle del Pez porque necesitaba wifi y una mesa con enchufe.

El día exacto fue un jueves de abril en que la fibra de mi calle decidió tomarse el día libre y mi operadora me informó, con esa alegría de las operadoras, de que la avería se resolvería «en un plazo máximo de cuarenta y ocho horas laborables».

Salí a buscar wifi con el portátil bajo el brazo, pasé por delante de tres cafeterías de especialidad donde un café costaba lo que un ticket de severidad media, y acabé en un bar con azulejos de naranjas donde la contraseña del wifi estaba escrita en una pizarra, en tiza, junto al precio del menú: «lameranaranja, todo junto, sin mayúsculas».

La caña costaba un euro ochenta. La mujer de la barra me dijo «enchufe solo hay en la mesa del fondo, y si te quedas a comer el menú son doce euros».

Me quedé a comer. El menú eran lentejas.

No se puede volver de las lentejas de doce euros; eso no lo dice ningún manual pero lo sabe todo el mundo.

Hay que ser honesto, aunque sea en voz baja y en primera persona del pasado: no volví por el wifi.

Volví porque detrás de la barra había una mujer que funcionaba a una velocidad distinta del resto del mundo.

Irene tiraba cañas mientras discutía con la tele, resolvía la crisis de aceitunas con el proveedor por teléfono, consolaba a una clienta que lloraba en la mesa tres y le cantaba el cumpleaños a un señor de ochenta años, todo dentro del mismo cuarto de hora y sin perder el hilo de nada.

Yo he visto sistemas de trazabilidad menos eficientes.

Me senté en la mesa del fondo, la del enchufe, y al cabo de un mes me di cuenta de que había desarrollado una condición.

La condición, técnicamente, era esto: atracción sostenida, no correspondida en lo observable, de escasa utilidad práctica.

Mi diagnóstico interno lo formulé con la frialdad debida: «un estado transitorio de baja utilidad».

Los estados transitorios se esperan o se cierran.

Yo lo esperé. Doce meses. La utilidad, efectivamente, nunca llegó.

Lo transitorio, sin embargo, se empeñó en quedarse.

Así que lo archivé. Se puede archivar una cosa así: la metes en la misma carpeta que los cinco kilos que piensas perder y el alemán que piensas retomar, y sigues yendo al bar tres tardes por semana porque el wifi es bueno, la caña es correcta y nadie te pregunta nada.

Esa era mi versión oficial. La versión extraoficial es que una vez al mes, cuando Irene se reía de verdad —de esas risas que le arrugan la nariz y le hacen apoyarse en la barra—, yo bajaba la vista a mis documentos y fingía leer, porque resulta que puedes archivar una atracción pero no puedes impedir que haga ruido dentro de la carpeta.

Sabía de ella cosas que no constan en ningún documento.

Que los lunes discutía con los proveedores y los jueves reía más.

Que cuando el bar se llenaba se quitaba el reloj y lo dejaba junto a la caja, boca abajo.

Que llamaba «jefe» al de la frutería y «jefa» no lo llamaba a nadie.

Datos sueltos. Un año entero de datos sueltos que yo me negaba a totalizar, porque totalizarlos era admitir para qué los estaba recogiendo.

Ese era el estado del sistema el viernes dieciséis de abril cuando entré en La Media Naranja a las ocho menos cinco.

El bar estaba en su punto habitual de viernes temprano: la señora de la tele —Puri, jubilada, mando a distancia emocional del local— discutía con un presentador; Manu, el diseñador de la mesa de la ventana, recogía sus cables; Blanca, la encargada de proveedores, hacía inventario con un bolígrafo detrás de la oreja y la paciencia de ver morir tres albaranes en una semana.

—Mira, el ingeniero —me saludó Blanca, amabilísima—. Siéntese, que ya le pongo yo su caña. Y no se preocupe por el alquiler de la mesa del fondo: de momento se lo seguimos regalando.

Blanca habla así: te da lo que quieres y te deja el precio escrito en la servilleta. Sonreí, pedí mi caña y mi vaso de agua, y abrí el portátil en mi mesa.

A las ocho y media el bar empezó a llenarse.

A las nueve y cuarto, Irene dejó de servir.

Y aquí conviene decir que yo llevaba tres días observando una anomalía: desde el lunes, Irene me miraba.

No «me miraba» en el sentido social del término, sino en el sentido de diagnóstico: miradas cortas, de medio segundo, tipo ping.

La primera lo atribuí al azar. La quinta, al datáfono.

A la undécima empecé a registrar. Los ingenieros no tenemos intuición; tenemos recuento.

A las nueve y media cogió dos cañas, se acercó a mi mesa del fondo, puso una delante de mí y otra en la mano, y se sentó enfrente sin pedir permiso.

—Daniel —dijo.

—Irene.

—Voy al grano.

—Agradecido.

Se bebió medio vaso de golpe, apoyó el vaso, y me miró a los ojos con la expresión de una persona que ha decidido saltar y solo está comprobando la altura.

—Necesito que seas mi novio —dijo.

Procesé la frase. Le busqué la sintaxis alternativa, el matiz, la broma. No había broma. Bug, a quince kilómetros de distancia, seguramente sintió un cosquilleo en el lomo sin saber por qué.

—¿Matizas? —dije.

—Mi ex se casa. El veintinueve de mayo. Toda mi pandilla va, toda mi familia sabe ya —suspiró—, no importa, larga historia— que «tengo pareja», y la invitación pide confirmar acompañante antes del treinta de abril.

Necesito un novio para esa boda y para dos o tres eventos previos con familia y amigos.

Novio de mentira. Representado. Con contrato.

—¿Con contrato?

—Con contrato —repitió—. Que conste todo por escrito: qué se hace, qué no se hace, cuánto dura. Sin malentendidos. Tú eres de los de por escrito, ¿no?

—Soy de los de por escrito —admití—. Es mi único talento social documentado.

—Pues eso.

—Detalla el alcance —dije—. ¿Cuántos eventos?

—Tres o cuatro. La boda, claro. Una comida con mi familia, que mi madre ya ha olido algo y no va a soltar. Quizá una cena de la peña, que es como una comida familiar pero con más testigos y menos perdón. Y ya.

—¿Y qué espera el público de esos eventos?

—Pues que parezcamos pareja —dijo, con la paciencia de quien explica lo obvio—. Que hablemos el uno del otro con conocimiento de causa. Que nadie sospeche. Que mi madre no me mire con esa cara.

—¿Qué cara?

—Ya la conocerás —dijo, y hubo en su voz algo que mi registro interno archivó como dato, no como chiste—. Y la historia de cobertura la improvisamos: nos conocimos aquí, eres cliente, un día hablamos, otro día hablamos más.

—La improvisación es una fuente de errores —dije—. Las historias improvisadas divergen en cuanto dos testigos preguntan por separado.

—Pues la escribimos —concedió ella, como si escribir la historia fuera un favor que me hacía a mí y no la condición básica de supervivencia de la operación—. Por eso quiero contrato, Daniel. Contigo todo quedará claro. Eres el hombre más claro que conozco.

Hay que constatar que esa frase, destinada con toda probabilidad a tranquilizarme, produjo el efecto contrario: ser «el hombre más claro que conozco» es, sentimentalmente, lo mismo que ser un mueble bien etiquetado.

Pero era viernes por la noche, Irene estaba sentada enfrente con dos cañas, y mi archivo interno de estados transitorios empezaba a hacer ruido.