La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo uno — El más uno #3
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Capítulo uno — El más uno #3

—Las bodas, Irene, o se va acompañada o no se va. Ir sola a la boda de un ex es como ir a un partido a animar al otro equipo: muy digno y muy triste.

El miércoles por la noche, a las once y cuarto, sonó el teléfono fijo del bar. Solo llama al fijo una persona: mi madre, que desconfía de los móviles para las conversaciones importantes, es decir, para todas.

—Hola, mamá.

—Hola, hija. No te quito tiempo. ¿Estás sola?

Miré el bar. Quedaban Manu, cerrando ya el portátil, y Daniel en su mesa del fondo, con la luz de la pantalla en la cara.

—Casi.

—Me ha llamado la madre de César.

Ahí estaba. La red de madres de la peña es más rápida que el correo certificado. César había confirmado su asistencia el lunes por la noche; el martes su madre lo sabía todo; el miércoles mi madre tenía el informe completo: fecha, finca, menú probable y estado civil de todos los asistentes.

—Ya —dije—. Lo de la boda. Sí, me ha llegado la invitación.

—Y me ha dicho que confirman con acompañante casi todos. Que Ángela va con el novio nuevo, y Javi con la mujer, y…

—Mamá.

—Yo no digo nada, Irene. Solo digo que hace tres años que lo dejasteis y que a mí me gustaría algún día…

—Mamá.

—…que no pasa nada, hija, que cada una va a su ritmo, que con lo tuyo mejor despacio, que dure…

Esa frase. «Con lo tuyo, hija.» Mi madre no la dice con maldad; la dice con ese pesimismo cariñoso de las madres que han visto a su hija estrellarse con entusiasmo demasiadas veces.

Con lo tuyo: con lo mío, con mi historial, con mi manía de lanzarme a las piscinas antes de mirar si hay agua.

Mi madre me quiere mucho y confía en mí poquísimo, y las dos cosas le caben en el corazón sin hacerse daño.

—Voy a ir a la boda —dije—. Y no voy a ir sola.

Silencio al otro lado. Un silencio de madre, que pesa más que la barra de zinc.

—¿Cómo?

Y aquí es donde la historia debería tener una pausa dramática. Un momento de lucidez. Una voz interior que dijera: Irene, no. Irene, para. Irene, estás a punto de decir una cosa que no se puede desdecir.

Mi voz interior estaba de descanso. Yo estaba mirando, no sé por qué, a la mesa del fondo, donde Daniel acababa de cerrar el portátil y alineaba su vaso con el grifo de mi barra, con esa pulcritud de hombre que trae los vasos de vuelta, y oí mi propia voz decir, clara, tranquila, con el tono profesional de quien anuncia el menú del día:

—Sí, mamá. Tengo pareja.

El silencio siguiente duró cuatro segundos y medio. Los conté. Cuatro segundos y medio es lo que tarda una madre en recalcular toda su vida.

—¿Pareja? —dijo por fin—. ¿Tú? ¿Desde cuándo?

—Desde hace unos meses —me oí decir. Unos meses. Precisión de relojera—. No quería decir nada hasta que fuera… serio.

—¿Serio?

—Muy serio.

—¿Y quién es? ¿Le conozco? ¿Es de la peña? Porque si es de la peña, hija, yo no sé…

—No es de la peña —dije, y entonces cometí el error de precisión, el que me delata siempre: di datos—. Se llama Daniel. Es ingeniero. Viene al bar.

—¿Un cliente? —La voz de mi madre subió una octava, entre el escándalo y la ilusión—. ¿Te has echado un novio cliente del bar?

—No es «un cliente del bar». Es un ingeniero que viene al bar. Son cosas distintas.

—Bueno, bueno, bueno —dijo mi madre, y en ese «bueno, bueno, bueno» ya se oían campanas, ya se oía la llamada a mi tía Mari, ya se oía el grupo de WhatsApp «Hermanas Salcedo» echando humo—. ¿Y va a ir a la boda contigo?

Miré a Daniel. Daniel, ajeno, doblaba el cargador del portátil con un cuidado que no era normal en un ser humano.

—Sí —dije—. Va a ir conmigo.

—Ay, hija.

Ese «ay, hija» me lo guardé. Mi madre no dijo «qué bien» ni «por fin»; dijo «ay, hija», que es la frase con la que las madres compran entradas para una función que todavía no se ha estrenado.

Colgué a las once y veintiséis. A las once y cuarenta y nueve me escribió mi prima Vero: «¿¿¿NOVIO?

??». A las once y cincuenta y dos, mi tía Mari mandó al grupo familiar un audio de dos minutos que no abrí.

A las doce y tres, mi madre mandó un mensaje que decía, textualmente: «Tu padre dice que le presentes pronto.

Yo digo que no la agobies. Pero que le presentes. »

Treinta y tres minutos. La mentira tardó treinta y tres minutos en recorrer a toda la familia Salcedo, de Getafe a San Blas. Hay epidemias con peor transmisión.

Daniel se fue a la una menos cuarto, como todas las noches. Recogió, trajo el vaso, deseó buenas noches.

—Buenas noches, Daniel —dije.

—Buenas noches, Irene —dijo. Y en la puerta se giró—. Ah. Lo del otro día, lo del datáfono. Si vuelve a salir el error cincuenta y siete, no le des golpes. Los golpes no arreglan los procesos bloqueados. Solo los enfadan.

Y se fue.

Yo me quedé detrás de la barra, con el móvil caliente en la mano, treinta y tres minutos de mentira familiar en el bolsillo y una invitación dorada con olivitos que me pedía un acompañante antes del treinta de abril.

Dieciséis días. Tenía dieciséis días, una familia entera ya enterada, un ingeniero que no sabía que era mi novio, y la cara de hostia contenida puesta desde el lunes.

Genial. Todo bajo control.