Capítulo uno — El más uno #2
Apagué y encendí. Nada. Desconecté y reconecté. Nada. Le di un golpecito, que es la solución técnica oficial de este bar desde el noventa y seis. El datáfono respondió con un pitido de ultratumba y se quedó azul.
—Tengo efectivo —dijo Beni, solidario, desde el extremo de la barra.
—Yo también —dijo Puri, aunque Puri paga a fin de mes y todo el bar lo sabe.
—Yo pago mañana —dijo Manu, que paga cuando paga.
El señor de la corbata miró el reloj otra vez. Le sonreí. Sonreír es gratis y es lo único que no se me había roto todavía.
Y entonces, de la mesa del fondo, se levantó Daniel.
Hay que explicar quién es Daniel, aunque en aquel momento yo no hubiera sabido explicarlo bien.
Daniel es cliente desde hace un año. Viene tres o cuatro tardes por semana, se sienta en la mesa del fondo —la única que tiene enchufe, por eso la eligió, no por romanticismo—, pide una caña y un vaso de agua, abre el portátil y se pasa tres horas leyendo documentos con cara de quien está desactivando una bomba.
Paga siempre con tarjeta, deja siempre propina redonda, dice gracias hasta cuando le cambio el posavasos.
Es ingeniero de algo informático, trabaja en remoto, tiene treinta y pocos y hasta aquí lo que yo sabía de Daniel.
Un mueble amable. Parte de la decoración del bar, como los azulejos.
Se acercó a la barra, se inclinó sobre el datáfono sin pedir permiso ni hacer aspavientos, miró la pantalla, desconectó el cable de red, sopló en el conector —gesto que me pareció poco científico—, lo volvió a conectar, mantuvo pulsados dos botones a la vez hasta que la pantalla parpadeó, y esperó.
—No está estropeado —dijo, mientras la máquina reiniciaba—.
Está en estado de error recuperable. Que es distinto.
Estropeado significa que el hardware ha fallado; error recuperable significa que el proceso de cierre de lote se ha quedado bloqueado esperando una confirmación del servidor que no ha llegado.
La máquina no está rota: está esperando una respuesta que nadie le va a dar. Le he forzado el cierre.
Yo lo miré.
Él me miró.
—O sea —dije—, que estaba de brazos cruzados esperando que le contestaran.
—Eso. Una definición más corta.
—Me vale la larga —dijo Puri desde su taburete—. Ha sido muy instructiva.
El datáfono volvió a la vida con un pitido alegre, imprimió el ticket del señor de la corbata y la mesa de seis pagó por separado, que es lo que había que hacer.
Todo el bar soltó un aplausito tímido. Daniel recibió el aplauso con una pequeña inclinación de cabeza, más propia de un albarán firmado que de una tarde salvada, y se volvió a su mesa del fondo.
Lucía, con la vista clavada en las cuentas, tiró una caña y la dejó sobre la barra.
—Invita la casa —le dije a Daniel.
—Gracias —dijo. Y entonces hizo una cosa rara: empujó la caña hacia mí, despacio, dos dedos sobre el vaso—. Bébetela tú. Llevas toda la tarde con cara de que el mundo te debe una.
Y se volvió a sus documentos.
Me quedé con la caña en la mano.
Aquí es donde debería decir algo elegante sobre cómo fue ese el momento en que vi a Daniel por primera vez de verdad.
Pero no fue un momento. Fue un repaso. Fue como si mi cerebro, que es un desastre para casi todo menos para esto, sacara de golpe la ficha completa del cliente Daniel y me la pusiera delante: un año de martes y jueves.
El mes de enero, cuando el TPV se volvió loco y él se quedó cuarenta minutos después del cierre reconfigurándolo gratis, diciendo que «le daba pena el aparato».
La vez que Puri se dejó el paraguas y él se lo subió al portal, que está a dos calles, sin que nadie se lo pidiera.
Las noches que se queda hasta que echo el cierre, no por molestar, sino porque termina lo suyo, apaga el portátil, recoge los vasos de su mesa — los trae a la barra, ¿sabéis lo raro que es un cliente que trae los vasos a la barra? — y se va deseando buenas noches.
Un año entero de buenas noches y yo no le había preguntado ni a qué se dedicaba exactamente.
Me bebí la caña. Estaba fría y me supo a tregua. Y cuando levanté la vista, Daniel seguía en su mesa, con la luz de la pantalla en las gafas —no lleva gafas; corrijo: con la luz de la pantalla en la cara—, ajeno por completo a que acababa de convertirse en el hombre más interesante del barrio.
No pensé nada más esa noche. Juro que no pensé nada más.
Pagué las cuentas, eché el cierre a la una, y al pasar por la mesa del fondo vi que había dejado el vaso de la caña —la mía, la que me cedió— en la barra, alineado con el grifo, con el posavasos debajo y doblado por la mitad encima, ordenadito.
Sonreí. Eso sí lo recuerdo.
Aquella noche, al echar el cierre, Lucía y Blanca se quedaron a ayudarme con la caja, que es el nombre técnico que damos a quedarnos a cotillear.
—Vale —dijo Lucía, contando billetes con cara de auditoría de banco—. Vamos a verlo con calma. Opción uno: vas sola. Coste económico, cero. Coste emocional: alto. Te pasas la boda en la mesa de los primos segundos explicando que estás «muy bien, de verdad».
—Siguiente.
—Opción dos: llevas a alguien de la peña. Descartada, porque todo bicho de la peña con un mínimo de cuello ya va confirmado con su pareja. Lo he mirado. Tengo ojos.
—Siguiente.
—Opción tres: te inventas una gripe.
—Irene no se inventa gripes —dijo Blanca, que fregaba vasos con la placidez de una estatua—. Irene va a la guerra con fiebre. Se casa una vez en la vida su ex y ella va a ir, y va a ir guapísima, y se lo va a pasar bien aunque le cueste un riñón. ¿A que sí, bonita?
No contesté. Blanca no esperaba respuesta; Blanca suelta sus diagnósticos como quien riega una planta y se va.
—Opción cuatro —dijo Lucía, cerrando la caja con un chasquido de veredicto—: llevas un acompañante de verdad. Alguien presentable, simpático, que no sea de la peña, que aguante cinco horas de vinos y que no se enamore de ti a la postre, que eso nos descuadra el plan.
—¿Y dónde está ese señor, Lucía? ¿En el cajón, con los datáfonos de repuesto?
—No lo sé —admitió ella—. Pero estadísticamente tiene que existir. España tiene cuarenta y tantos millones de personas. Alguna servirá.
Le di un trapo para que secara y me puse a cerrar la caja registradora.
Y no sé por qué —o sí lo sé, pero aquella noche todavía no lo sabía—, mientras contaba los billetes, mi cabeza hizo una sola cosa: volvió a la mesa del fondo, al vaso alineado con el grifo, a la caña empujada con dos dedos.
«Llevas toda la tarde con cara de que el mundo te debe una. »
Lo aparqué. Era lunes. Quedaban dieciocho días para el treinta de abril y yo aparco las cosas importantes con una eficiencia que asusta a los psicólogos.
El martes vino mi tío Ramón, como todos los martes.
Lo del martes es sagrado. Mi tío se jubiló del bar pero no del barrio, y cada martes a la una en punto aparece por la puerta, se sienta en la barra —en el sitio de Beni, que ese día cede el vaso y el taburete con una solemnidad de tratado internacional—, se toma un vermut y revisa.
Revisa el tiraje de la caña, la temperatura del vino, el estado de los azulejos y mi cara.
Dice que viene a echarme una mano, pero lo que viene es a comprobar que su legado no se desmorona.
El día que el bar cierre, mi tío lo sabrá antes que yo.
—La caña está bien tirada —dictaminó, que es el máximo elogio que Ramón ha emitido en su vida—. Y tú tienes mala cara.
—Duermo poco.
—¿Y eso?
Le conté lo de la boda. No me preguntó por Mario, que mi tío conoce a Mario desde que Mario entró por primera vez en este bar pidiendo un mosto en dos mil dieciocho. Me preguntó otra cosa.
—¿Y vas a ir sola?
—Tío.
—Pregunto.
—No lo sé. A lo mejor voy con Lucía y Blanca.
—Ah. La escuadrilla de la soltería —dijo, y se tomó su vermut con la paz del que ha soltado la bomba y no piensa recoger los trozos—. Está bien. Es un plan. Un plan de esos que se ven venir desde la carretera.
No le contesté porque tenía razón parcialmente y eso me molestó. Mi tío se fue a las tres, dejando sobre la barra dos euros exactos, una recomendación sobre el proveedor de aceitunas y una frase suelta que no sé si fue consejo o maldición: