La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo uno — El más uno
2%
La boda ajena (Las del bar 1)

La boda ajena (Las del bar 1)

Por Jimena Corral

© inepub.com

Capítulo uno — El más uno

El lunes doce de abril empezó como empiezan todos los lunes en La Media Naranja: con la persiana a medias, el primer café malo de la semana y Puri esperando en la acera desde diez minutos antes de que yo llegara.

—Ya era hora —dijo, entrando detrás de mí.

—Puri, son las cinco y dos. Abrimos a las cinco.

—Pues yo llevo aquí desde las cuatro y media. La puntualidad es una cosa y la verdad otra.

No discutí. Puri tiene setenta y tantos años, una libreta donde apunta resultados de fútbol que nadie le ha pedido, y la costumbre de ver la telenovela de la tarde en el bar porque en su casa, dice, la tele «no sabe igual».

Es clienta desde los tiempos de mi tío Ramón, y en La Media Naranja la antigüedad es un título nobiliario.

Yo heredé el bar en dos mil veinticuatro, cuando mi tío decidió que casi treinta años detrás de una barra eran suficientes para cualquier espalda, pero Puri lleva aquí más que el grifo de la caña. Hay que respetar la jerarquía.

El bar está en la calle del Pez, en Malasaña, y tiene exactamente lo que promete: una barra de zinc que mi tío se niega a que toquemos, ocho mesas si aprietas, una pared de azulejos con naranjas pintadas que dan nombre a la casa y una clientela que se conoce las vidas unos de otros mejor que la propia.

Yo llevo trabajando aquí desde los veinticuatro, ocho años, primero de camarera de mi tío y ahora de dueña del alquiler, las facturas y los dolores de cabeza.

No me quejo. Bueno, sí me quejo, pero con cariño.

A las seis ya estaba el cuadro completo del lunes: Puri frente a la tele con su cortado, comentando la telenovela en voz alta aunque yo no la sigo desde dos mil diecinueve; Manu en la mesa de la ventana con el portátil, los cascos y el café solo que le dura tres horas —es diseñador freelance y paga el alquiler de la mesa en cafés y en buen humor—; y Beni, callado como siempre en el extremo de la barra, con su vaso de siempre, ese que solo usa él y que lavo yo a mano porque el lavavajillas «le quita el gusto», según él.

Nunca ha explicado esa frase y nadie se atreve a pedírselo.

Lucía estaba al fondo de la barra con el cuaderno de cuentas y esa cara que pone cuando los números le cuentan chismes.

—Marzo cierra con cuatrocientos euros más que febrero —dijo sin levantar la vista—. Que en este bar es como ganar la liga, ojo.

—Pues ponte la medalla —dije, pasando el trapo por la barra.

—Me la pondría si no fuera porque abril empieza con el pedido de vinos, el seguro y la cuota del TPV. Tu medalla vale exactamente tres facturas.

Lucía es así. Lleva las cuentas del bar desde que lo heredé, es socia, amiga desde los quince años y la única persona que conozco capaz de decirte «te quiero» con una tabla de Excel.

Blanca, la tercera pata, estaba en la trastienda revisando el albarán de la fruta y la verdura para los pinchos, y de vez en cuando se asomaba con esa sonrisa suya de notaria amable que esconde la navaja más afilada de Malasaña.

Un lunes cualquiera. Eso es lo que era. Que conste.

A las siete y veinte empezó a vibrar mi móvil sobre la barra. Una vez. Dos. Siete. Once.

El grupo de la peña, «Los de siempre», solo se pone así para tres cosas: un ascenso, una lesión grave o una desgracia ajena de las buenas. Terminé de tirar la caña que tenía entre manos, se la puse a Beni delante y miré el móvil.

Ángela había mandado un PDF. Debajo, diecisiete mensajes seguidos.

«NO ME LO CREO», decía Ángela.

«POR FIN», decía César.

«Yo ya lo sabía desde diciembre», decía Javi, que no sabe nada nunca pero le gusta la experiencia.

Abrí el PDF.

Era una invitación de boda. Fondo crema, letra dorada con florituras, unas ramitas de olivo dibujadas en las esquinas. Y en el centro, con esa tipografía que parece escrita por alguien que nunca ha tenido prisa en la vida:

«Mario y Elena tienen el gusto de invitaros a su boda, que se celebrará el sábado 29 de mayo de 2027, a las 19:30, en la Finca Los Almendros. Confirma asistencia y acompañante antes del 30 de abril.»

Lo leí dos veces. No porque no lo entendiera, sino porque mi cerebro se negaba a procesar la última línea.

Acompañante.

Se le quedó la cara a una de mirar un word en blanco, me diría Lucía después. Yo no diría tanto. Diría que se me quedó la cara de hostia contenida, que es una cara que las camareras dominamos en el segundo año de oficio.

—¿Qué pasa? —preguntó Puri desde su taburete, con el radar de abuela que detecta drama a veinte metros.

—Nada. Una invitación.

—¿De boda?

—Sí.

—¿De quién?

Silencio de tres segundos. Error. En este bar un silencio de tres segundos es una declaración firmada.

—De Mario —dijo Lucía desde la barra, sin que nadie se lo hubiera dicho, leyéndome como lee las cuentas—. Mario se casa.

Y ahí se armó.

Antes de que el bar entero opinara, el grupo «Los de siempre» siguió explotando en mi mano. César mandó tres emojis de iglesia. Javi mandó una encuesta absurda sobre el menú. Y entonces escribió ella.

«Chicos, qué ilusión, de verdad», decía Elena. «Esperamos veros a todos. E Irene: sé que igual te parece raro, pero nos haría muchísima ilusión que vinieras. Mario dice que la peña no es la peña sin ti. Trae a quien quieras, ¿eh? Besos a todas.»

Elena es así. Ese es el problema. Si Elena fuera una arpía, yo tendría una excusa; pero Elena es una enfermera de pediatría que te manda besos aunque tú le debas cuatro años de noviazgo a su novio, y su buena voluntad es una trampa con lazo.

«Trae a quien quieras.» Traducción de madre, de peña y de destino: no vengas sola.

—¡¿Mario?! —Puri se giró del todo en el taburete, telenovela olvidada, que para eso es para lo único que Puri olvida la telenovela—. ¡El de la peña! ¿Con quién?

—Con Elena —dije—. La enfermera. Llevan desde el otoño pasado.

—¡Yo le conocí de pequeño! —Beni habló desde el extremo de la barra, y todo el bar se giró, porque Beni habla una vez al mes y siempre cuenta—. Le serví un bocadillo de tortilla en la verbena del dos mil diecinueve. Buen chico. Se comió la mitad y me dio la otra mitad.

—Eso es un testimonio precioso, Beni —dijo Blanca, asomando de la trastienda con el albarán bajo el brazo—. Lo pondremos en la esquela.

—¿Y tú vas a ir? —preguntó Manu, quitándose los cascos, oliéndose el cotilleo desde la ventana.

—Claro que va a ir —dijo Puri—. Si son amigos.

—Son amigos —repetí—. Somos amigos. Todo el mundo es amigo de todo el mundo. Es una peña, no un culebrón.

—Hija —dijo Puri, que ha visto cuarenta años de culebrones—, todo es un culebrón si miras lo suficiente.

Lucía cogió mi móvil sin pedir permiso —para Lucía, cogerlo ya es una forma de pedirlo— y examinó la invitación con gesto de experta.

—Pero ¿qué letra es esta? —dijo—. Parece el menú de un spa. «Confirma asistencia y acompañante»… Mira, Irene, hasta te ponen la casilla. Tienen casilla para tu drama.

—No tengo drama.

—Tienes una casilla. Que es peor. El drama se puede negar; la casilla hay que rellenarla.

Blanca dejó el albarán sobre la barra, se limpió las manos en el paño y sonrió con toda la dulzura del mundo.

—Qué bonita es, la verdad —dijo—. A Mario le ha quedado muy elegante. Con lo que le costaba a él decidirse por las cosas.

Y ahí está. Eso es Blanca. La frase más amable del bar y la única que llevaba un cuchillo dentro: Mario tardó cuatro años conmigo en no decidirse por nada, y con Elena ha tardado año y medio en pedirle matrimonio.

Blanca no dijo nada de eso. Blanca nunca dice nada de eso.

Blanca solo deja la frase sobre la barra, como quien deja un caramelo, y sigue revisando su albarán.

Le quité el móvil a Lucía y guardé la invitación en el bolsillo mental de «cosas que ya miraré».

Lo de Mario y Elena no era noticia de verdad: se lo dijeron a la peña en Nochevieja, lo de que se casaban en primavera.

La noticia era el PDF. La noticia era la fecha.

El veintinueve de mayo, un sábado, con toda la peña confirmada, con los amigos de él de padrinos —que son mis amigos también, porque cuando llevas cuatro años con alguien los amigos se reparten mal y nunca se devuelven—, y con una casilla dorada con olivitos que me pedía, por escrito y antes del treinta de abril, que declarara ante notario floral si iba a ir sola o acompañada.

Tres años. Hacía tres años que Mario y yo lo dejamos, y lo dejamos bien, que es como lo deja la gente sensata: sin gritos, sin cuernos, sin nada que contar en las cenas.

Simplemente un día nos miramos y supimos que éramos dos personas estupendas que no se querían de la manera correcta.

Él quería planes a diez años. Yo quería el bar y el presente.

Nadie tuvo la culpa. Se lo he explicado a todo el mundo unas cuarenta veces.

Y sin embargo, en la peña, yo sigo siendo «la que no sentó la cabeza».

Lo sé. Lo dicen con cariño, que es como se dicen las peores cosas.

«Irene, la del bar, encantadora, nunca se ha sentado la cabeza.

» Mario se casa y la frase se me queda pegada como una etiqueta de precio: si voy sola a esa boda, la etiqueta se convierte en cartel.

No pensé todo esto de golpe, claro. Lo pensé en los siguientes cuarenta minutos, mientras servía cinco cañas, dos vermuts y una copa de vino, y mientras la invitación me quemaba en el bolsillo del delantal.

Lo que sí pensé de golpe, mirando el móvil bajo la barra cuando nadie miraba, fue la palabra «acompañante», una y otra vez, como si mirarla mucho fuera a cambiarla.

No la cambió.

A las nueve y media llegó el colmo. El datáfono murió.

Murió en el peor momento posible, como mueren los datáfonos: con una mesa de seis queriendo pagar por separado, dos cañas esperando y un señor de corbata mirando el reloj. La pantalla se puso azul, escupió un papelito en blanco y soltó su epitafio: «LOTE CERRADO — ERROR 57».

—No pasa nada —dije, sonriendo con la cara de hostia contenida—. Un segundito.