La biblioteca de los reyes (Una aventura de Tom Wagner 2) 57. MONUMENTO NACIONAL MASÓNICO GEORGE WASHINGTON
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57. MONUMENTO NACIONAL MASÓNICO GEORGE WASHINGTON

MONUMENTO NACIONAL MASÓNICO GEORGE WASHINGTON

ALEXANDRIA, VIRGINIA, EE.UU.

Una larga fila de limusinas avanzaba lentamente por el serpenteante camino de acceso.

A través de los árboles de la finca se podían vislumbrar, de vez en cuando, partes de la majestuosa torre, hasta que finalmente se reveló en todo su esplendor.

Las glamurosas limusinas se detuvieron una tras otra al pie de la monumental escalinata frente al Monumento Nacional Masónico George Washington.

Una alfombra roja conducía por la escalinata, flanqueada por antorchas, hasta el pórtico.

Dos jóvenes con esmoquin recibían a los vehículos, abriendo las puertas y dando la bienvenida a los invitados vestidos con la más elegante ropa de gala.

Una ráfaga de flashes de los fotógrafos de prensa, alineados al pie de las escaleras, anunciaba cada nueva llegada.

La limusina que transportaba a Tom, Hellen, Scott y Noah no se detuvo en la escalinata como las demás, sino que condujo hacia un lateral del edificio. Debido a la silla de ruedas de Noah, Scott había dispuesto que entraran al edificio por la entrada lateral más elevada.

El papel de Noah era el de un generoso benefactor que había hecho una sustanciosa donación de última hora. El trabajo encubierto no era nada nuevo para el ex agente del Mossad; se metió fácilmente en su nuevo personaje. Una vez que encontraba su camino en un papel, podía resultar muy convincente.

El monumental Memorial Hall, con sus ocho gigantescas columnas de granito pulido que se elevaban a más de cuarenta pies de altura, era un espectáculo impresionante.

Al final del gran salón había una alcoba abovedada que contenía una estatua de bronce de George Washington de más de quince pies de altura, inaugurada en 1950 por el presidente Truman, quien había sido él mismo un Gran Maestro Masónico.

—Tengo que reconocer que ustedes los americanos saben cómo organizar una fiesta de lujo —dijo Hellen a Scott mientras observaba el ambiente y la gente.

La recepción con champán que precedío al concierto, estaba en pleno apogeo.

Celebridades de Washington, líderes empresariales y algunos rostros conocidos del mundo del espectáculo, se codeaban en la espectacular sala.

Las camareras se movían entre los invitados, ofreciéndoles champán.

Una joven con un portapapeles en la mano y vistiendo un sencillo vestido de cóctel y un auricular se acercó al equipo.

—¿Profesor Asher? Bienvenido —dijo, y extendió la mano hacia Scott. Para no atraer atención innecesaria, Scott no llevaba el uniforme de gala correspondiente a su rango militar, sino un esmoquin como Tom y Noah.

—Lamento decepcionarla, señorita —sonrió Scott, estrechando su mano—. Soy Scott Wagner. Pero permítame presentarle a mi sobrino, Thomas Maria Wagner y su encantadora acompañante, la doctora Hellen de Mey.

Tom con su esmoquin y Hellen a su lado con un impresionante vestido de noche escarlata formaban una pareja elegante.

Tom puso los ojos en blanco cuando Scott mencionó su segundo nombre, y Hellen no podía creer que Scott la hubiera presentado como "acompañante" de Tom. Luego Scott se volvió hacia Noah.

—Y, por último, pero no menos importante, nuestro filantrópico benefactor, el profesor Benjamin Asher.

Tom y Hellen se apartaron, y Noah se acercó rodando hacia la joven y le tendió la mano.

—Bienvenido al Monumento Nacional Masónico George Washington —lo saludó la anfitriona, sonriendo y estrechándole la mano—.

La señora Holten estaba muy complacida de recibir su generosa donación.

Ella quisiera expresarle su agradecimiento personalmente después de la presentación en el teatro.

Me reuniré con ustedes después del concierto y los acompañaré a la cena, que tendrá lugar en la planta baja en el Gran Salón Masónico.

Pero si lo desean, estaré encantada de ofrecerles primero un breve recorrido por este edificio único.

—Con mucho gusto. Y tengo muchas ganas de conocer a la señora Holten. Parece una mujer fascinante y admirable —dijo Noah, representando su papel de suave filántropo israelí.

—Maravilloso. ¿Si me siguen, por favor? —La joven anfitriona los condujo tras las masivas columnas de granito verde que enmarcaban el Memorial Hall, deteniéndose ante un extenso mural.

—La construcción del edificio comenzó en 1922.

Aquí tenemos uno de los dos impresionantes murales pintados por Allyn Cox; este representa a George Washington colocando la piedra fundacional del Capitolio el 18 de septiembre de 1793.

Cox lo pintó en la década de 1950. Ahora, si me acompañan al otro lado...

El recorrido se alargaba, y Tom comenzó a perder la paciencia.

—No podemos pasarnos horas recorriendo este lugar —susurró, inclinándose hacia Hellen—. Si Cloutard realmente pasó información a Ossana, ella podría aparecer en cualquier momento.

Pero Hellen estaba sumida en sus pensamientos y no escuchó ni una palabra de lo que dijo Tom.

Estaba atendiendo a la explicación de la joven sobre el edificio, sobre George Washington y los francmasones.

Mientras escuchaba, algo se le aclaró de repente, algo que ya sabía, pero que no había visto aún en el contexto adecuado.

Se volvió hacia Tom, queriendo compartir su pensamiento con él, aunque sabía que sonaba como la especulación más descabellada.

—Así que estamos en un templo masónico —susurró—.

Quien tuviera suficiente influencia para construir el archivo secreto también debió de ser francmasón.

Harry S. Truman se convirtió en presidente el mismo año en que la piedra llegó a América, y él era francmasón.

Este edificio no se terminó oficialmente hasta 1970, tiempo más que suficiente para esconder aquí una pista sobre la tercera parte de la piedra. Pero, ¿dónde?

Su anfitriona continuó:

—Por favor, síganme por aquí hasta el ascensor. En los niveles superiores tenemos nuestro observatorio, debajo de eso la capilla templaria, y en el séptimo piso hay una réplica del Templo de Salomón.

Al mencionar el Templo de Salomón, se encendió una luz en el cerebro de Hellen.