La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Sergio Lamas no parecía una prueba.

Eso fue lo primero que pensé al verlo sentado en el suelo de la sala de descanso del ala norte, envuelto en la chaqueta de Amina, con el labio partido, los ojos rojos y las manos agarradas a la espalda de Mauro como si aún no estuviera seguro de que la puerta de verdad se había abierto.

No parecía una pieza del misterio, ni la confirmación de una teoría, ni el golpe perfecto contra la versión oficial.

Parecía un chico.

Un chico asustado.

Y eso hizo que todo fuera peor.

Porque durante días habíamos hablado de Sergio como se habla de una ausencia: el mensaje, la cámara, la tarjeta, el libro, la cama limpia, la retirada familiar.

Habíamos ido colocando su nombre en una lista al lado del de Lucía sin querer admitir del todo que, mientras lo hacíamos, él seguía respirando en algún sitio.

Y ahora estaba allí. No como pista. Como persona.

Con frío, con miedo y con una marca de sangre seca en el labio.

Mauro no lo soltaba.

—Estoy bien —murmuró Sergio, aunque era una mentira tan pobre que ni el Aurora habría conseguido ponerla en un comunicado.

—No estás bien —dijo Mauro.

—Ya. Pero estoy.

Eso sí era verdad.

Estaba.

Y de pronto estar pareció muchísimo.

Valdés se arrodilló junto a él con una calma que agradecí con todo el cuerpo.

No preguntó tonterías. No hizo escena. Le tocó el pulso, le miró el labio, le pidió que siguiera su dedo con los ojos, le preguntó si se había mareado, si había perdido el conocimiento, si le dolía la cabeza.

Sergio contestaba bajo, rápido, como si todavía tuviera que pedir permiso para ocupar tiempo.

—Necesita enfermería y una revisión médica externa —dijo Valdés, mirando a Carmen Robles, la inspectora—. Ahora.

—De acuerdo —respondió ella.

Vionnet seguía en la puerta, inmóvil. Nunca la había visto así. No descompuesta, porque Vionnet quizá no sabía descomponerse del todo, pero sí sin frase preparada. Y en una persona como ella, quedarse sin frase era casi quedarse desnuda.

Alderete tampoco hablaba. Tenía la mirada fija en Sergio, luego en la sala, luego en la botella de agua vacía, luego en el libro sobre el suelo. Poemas de invierno . Otra vez. Siempre. Como si aquel libro fuera una llave que alguien seguía dejando en distintos lugares para obligarnos a entrar.

Carmen Robles se agachó, no junto a Sergio, sino frente a él. No invadió su espacio. Eso me gustó.

—Sergio, soy Carmen Robles. Trabajo para la inspección educativa. Ahora mismo lo más importante es que estés atendido y seguro. Pero necesito hacerte una pregunta muy simple. ¿Quieres que avisemos a tu madre o a otro adulto de confianza que no sea del centro?

Sergio parpadeó.

—Mi madre no sabe que estoy aquí.

El silencio que siguió fue tan fuerte que casi dolió.

Mauro levantó la cabeza.

—¿Cómo que no sabe?

Sergio tragó saliva.

—Mi padre me trajo anoche. Dijo que íbamos a hablar con dirección para arreglarlo. Que si colaboraba, no pasaría nada. Que mi madre estaba nerviosa y que era mejor no preocuparla.

—¿Y después? —preguntó Carmen Robles.

Sergio miró hacia la puerta. Hacia Vionnet. Luego hacia el pasillo, como si temiera que alguien más apareciera.

—Me llevaron al despacho. Estaban la señora Vionnet, el profesor Iriarte y mi padre.

Me preguntaron por la foto. Dijeron que una alumna había hecho una tontería con un uniforme antiguo y que yo lo había malinterpretado.

Que tenía que escribir una declaración diciendo que me había asustado, que no vi nada más y que no quería seguir alimentando rumores.

Beatriz, detrás de nosotras, se quedó blanca.

No por la puesta en escena. Eso ya lo había confesado.

Por lo que el centro había hecho con ella.

La habían convertido en explicación total. En salida cómoda. En chica imprudente que justificaba cerrarlo todo.

Celia tenía la mandíbula apretada.

—¿Y la mano? —preguntó Mauro.

Sergio cerró los ojos.

—Les dije que había una mano en la foto. Que no era la figura. Que estaba dentro de la torre. El profesor Iriarte dijo que era una sombra. Yo dije que no. Entonces mi padre se enfadó. Me dijo que dejara de contradecir a los adultos para parecer interesante.

Aquello me dio asco.

No por teatral. Por cotidiana. Por demasiado posible.

—¿Tu padre se fue? —preguntó Carmen Robles.

—Sí. Después. Dijo que firmara la declaración y volviera a casa cuando todo estuviera aclarado. Yo no firmé.

—¿Y entonces?

Sergio se tocó el labio sin darse cuenta. Mauro le apartó la mano con suavidad.

—El profesor Iriarte me llevó aquí. Dijo que necesitaba calmarme. Que si seguía hablando así en medio del evento, iba a hacer daño a mi familia y al colegio. Yo quise salir. Me cogió del brazo. Me empujé contra la puerta… o contra él, no sé. Me golpeé el labio.

Iriarte no estaba allí para negarlo.

Qué conveniente.

—¿Te encerró? —preguntó Carmen Robles.

Sergio miró la puerta.

—Sí.

Vionnet habló por fin.

—Yo no autoricé eso.

Su voz sonó seca. Demasiado rápida. Demasiado adulta.

Carmen Robles se levantó lentamente.

—¿Sabía usted que Sergio Lamas estaba en el centro?

Vionnet no respondió enseguida.

Ahí estuvo la respuesta.

—Sabía que su padre lo traería para aclarar la situación —dijo al fin.

—¿Y aun así, hace menos de una hora, afirmó delante de varios testigos que Sergio estaba en su casa?

—Porque su familia así lo había solicitado.

—No le he preguntado qué solicitó su familia. Le he preguntado qué sabía usted.

Vionnet sostuvo la mirada de Carmen Robles.

Por primera vez, no parecía que el despacho estuviera de su lado.

—Sabía que estaba en el centro —admitió.

Mauro soltó una especie de risa, pero no de gracia. Sergio bajó la cabeza. Nora murmuró algo que no entendí, quizá porque Amina le había agarrado la mano con fuerza.

Yo miré a Vionnet y sentí una rabia más fría que antes. La rabia caliente te hace decir cosas. La fría te deja mirar.

Vionnet había sabido.

No todo, quizá. No que Iriarte lo había encerrado, si le creíamos.

No que la puerta estaba siendo golpeada mientras ella estaba en el vestíbulo.

Pero sí había sabido que Sergio no estaba en su casa.

Y aun así había dicho lo contrario. Lo había dicho con calma.

Con una frase correcta. Con esa manera suya de poner un mantel limpio sobre la mesa mientras debajo alguien seguía golpeando.

—¿Dónde está Iriarte? —preguntó Celia.

Nadie contestó.

Carmen Robles se giró hacia Alderete.

—Director.

Alderete parecía haber envejecido varios años en media hora.

—Lo localizaremos.

—Ahora.

—Sí.

Valdés se puso de pie.

—Voy a llevar a Sergio a enfermería. Y después, con permiso o sin él, llamaré a asistencia médica externa.

—Con permiso —dijo Carmen Robles—. Y yo iré con vosotros.

—Yo voy con él —dijo Mauro.

Nadie se atrevió a decirle que no. Ni siquiera Vionnet. O quizá, precisamente, nadie se atrevió a decirle que no delante de una inspectora que acababa de ver abrir una puerta cerrada.

Sergio intentó levantarse. Le temblaron las piernas. Valdés lo sostuvo por un brazo, Mauro por el otro. Antes de salir, Sergio miró el libro en el suelo.

—Eso no estaba cuando entré —dijo.

Todos miramos Poemas de invierno .

—¿Qué? —pregunté.

—El libro. No estaba. Lo tiraron dentro después.

—¿Quién? —dijo Celia.

Sergio negó.

—No vi. Estaba oscuro. Lo empujaron por debajo de la puerta hace un rato. Antes de que golpeara.

La puerta tenía un espacio bajo, suficiente para deslizar un libro pequeño.

Amina se agachó y lo cogió con un pañuelo, sin tocarlo directamente. Celia la miró con un orgullo casi científico.

—¿Lo abriste? —preguntó Carmen Robles.

Sergio negó.

—No quería tocar nada.

Bien. Sergio, a diferencia de algunos, conservaba instintos útiles bajo presión. Yo, en su lugar, lo habría abierto, olido, interrogado y quizá acusado de complicidad.

Amina dejó el libro sobre una mesa cubierta de polvo.

—No es el ejemplar de la biblioteca nueva —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Nora.

—El de la biblioteca nueva tenía el lomo más gastado y una marca en la esquina inferior. Este tiene sello de Lumbre.

Mauro se acercó a mirar y se quedó helado.

—Es el libro de Sergio.

El que Iriarte había retirado.

El que no estaba en la estantería.

El que debía estar, según el registro, en manos de Iriarte.

Celia no tocó el libro.

—Alguien lo devolvió a la escena.

—Como para cargarle algo a Sergio —dije.

—O para devolverle algo que era suyo —dijo Martina.

Amina miró el libro.

—O para que lo encontráramos aquí.

Todo podía ser ayuda. Todo podía ser trampa. Esa era la gracia nula del Aurora.

Carmen Robles sacó una bolsa transparente de su bolso. No sé por qué llevaba una bolsa transparente, pero agradecí muchísimo que algunos adultos fueran profesionales de verdad y no solo gente con llaves. Guardó el libro sin abrir.

—Esto también saldrá del centro —dijo.

Vionnet hizo un gesto.

—Es material de biblioteca.

Carmen Robles la miró.

—Ahora es material relacionado con un incidente grave.

Incidente grave.

No “conducta en relación con la salida”. No “privacidad familiar”. No “situación delicada”.

Incidente grave.

Qué poco poético.

Qué necesario.

Valdés se llevó a Sergio con Mauro y Carmen Robles.

Leire fue con ellos. Nosotras nos quedamos en el pasillo del ala norte, junto a Vionnet, Alderete, Beatriz, Beltrán, Inés, Nuria Albornoz e Irene Pardo.

Rafael y Nicolás estaban al fondo, hablando en voz baja con Leonor.

Alonso Arriaga no había entrado al ala norte; quizá no lo dejaron, quizá no quiso, quizá por primera vez en su vida entendió que había puertas que no podía atravesar solo por tener apellido.