Capítulo 32 #2
El ala norte estaba iluminada por lámparas portátiles y parecía una versión enferma del colegio.
Las paredes estaban a medio pintar. Había muebles cubiertos, plásticos, cables, polvo.
Una reforma eterna. Un sitio donde cualquier cosa podía justificarse como pendiente, provisional, fuera de uso.
Me pregunté cuántas instituciones del mundo guardaban sus verdades así: detrás de un cartel de mantenimiento.
—Quiero ver la sala —dijo Irene Pardo.
Alderete se volvió hacia ella.
—Ahora no es conveniente.
Irene Pardo soltó una risa breve.
—Director, he esperado doce años a que algo fuera conveniente.
Beltrán miró a Alderete.
—Déjala.
No fue una sugerencia.
Alderete cedió.
Entramos en la sala de descanso. No todos.
Irene Pardo, Rafael, Leire había ido con Sergio, así que Beltrán nos acompañó; también Carmen ya no estaba.
Vionnet se quedó fuera, pero la inspectora no estaba y eso me inquietó.
Aun así, entramos: Irene Pardo, Rafael, Nicolás, Beltrán, Celia, Martina, Amina, Nora, Inés, Nuria Albornoz y yo. Beatriz se quedó en la puerta.
La sala era pequeña. Más grande que la 226, pero no mucho.
Tenía una ventana alta, casi inaccesible, cubierta por una lámina opaca.
Una camilla plegable apoyada contra la pared.
Un armario metálico. Una mesa. Dos sillas.
Olor a humedad, polvo y algo químico. Si allí habían llevado a Lucía con hipotermia, no la habían llevado a un lugar de cuidado.
La habían llevado a un lugar de espera. De espera para decidir qué versión convenía.
Irene Pardo se quedó en mitad de la sala.
No lloró.
Eso habría sido más fácil para todos.
—Aquí —dijo.
Una palabra.
Rafael miró alrededor con la cara rota.
—Yo nunca llegué.
—No —dijo Irene—. Te sacaron antes.
—Debería haber vuelto.
Irene se giró hacia él.
—Tenías quince años.
—También tenía manos.
—Y las usaste hasta sangrar.
Rafael bajó la cabeza.
—No bastó.
—No tenía que bastar —dijo ella—. No eras tú quien tenía la llave.
Aquello hizo que todos miráramos la puerta.
No era la puerta de la torre. No era la puerta del cuarto de Beatriz. No era la puerta de mi habitación. Pero era otra puerta de la misma historia. Una puerta donde los chicos y chicas habían acabado golpeando mientras los adultos discutían qué palabra usar.
Nuria Albornoz abrió su libreta. No escribió. Solo la sostuvo.
—Clara dijo que la señora V. cerró el pasillo.
Vionnet, fuera, debía oír. No entró.
Irene Pardo asintió.
—Lo cerraron allí —señaló el corredor—. Pusieron una pantalla de madera y dijeron que había una incidencia médica. Marta y yo nos quedamos al otro lado hasta que una prefecta nos obligó a volver a Bruma.
—¿Quién estaba dentro? —preguntó Celia.
Irene Pardo cerró los ojos, buscando.
—Vionnet. Iriarte. Una enfermera auxiliar, creo. No del centro, alguien llamado por teléfono. Alderete no era director entonces; había otro. Alonso Arriaga entró una vez. Leonor no. Rafael tampoco. Clara llegó después, cuando ya no nos dejaban acercarnos. No sé cómo consiguió ver a Lucía.
—Clara escribió que Lucía le dio la cinta blanca antes de desmayarse —dijo Nuria Albornoz.
Irene Pardo se llevó una mano a la boca.
—Entonces la vio antes de que cerraran el pasillo. Yo no lo sabía.
Cada nueva pieza no completaba la historia. La hacía más humana y más insoportable. No era un misterio de relojes, coartadas y objetos escondidos. Era una sucesión de personas entrando tarde, mirando poco, callando mucho, guardando lo que podían.
La verdad no estaba en una sola caja.
Estaba repartida entre culpables, cobardes, testigos y niñas.
Beltrán se agachó junto al marco de la puerta. Pasó los dedos sin tocar demasiado.
—Hay marcas antiguas.
Nos acercamos.
En la madera, cerca del picaporte, había arañazos. Viejos. Cubiertos en parte por pintura, pero visibles si una sabía mirar. No profundos como los de la torre quizá, pero ahí estaban: líneas cortas, desesperadas, unas sobre otras.
Irene Pardo se quedó blanca.
—Marta —dijo.
—¿Qué?
—Marta arañó esta puerta. Cuando no nos dejaban entrar. Yo estaba sentada en el suelo. No podía moverme. Clara lloraba. Marta golpeó y arañó. Una prefecta le sujetó las manos.
Marta Soler.
La chica que escribió que la cama estaba limpia.
La que se fue al curso siguiente.
La que también había dejado marcas.
Me acerqué a la puerta. No la toqué. No pude. Pensé en la frase de Martina en clase: No fue la puerta lo que la encerró, sino todas las personas que pasaron junto a ella llamándola pared.
No sabía si amar esa frase u odiarla.
Quizá ambas.
Desde el pasillo llegó la voz de Carmen Robles. Había vuelto.
—Necesito que todos salgan de esta sala.
Entró con Valdés detrás. Sergio ya no estaba con ellos.
—Sergio está en enfermería con Mauro y Leire. He hablado con servicios externos. Vendrán a revisarlo y a tomar declaración. También he solicitado presencia policial.
La palabra policial hizo que Nora inhalara tan fuerte que casi se tragó su propio susto.
Vionnet apareció en la puerta.
—Carmen, eso es una medida desproporcionada.
—Una alumna desaparecida de los registros, un antiguo testimonio oculto, un alumno actual encerrado en una sala restringida y una posible manipulación de pruebas no me parecen proporciones menores.
—No sabemos que Sergio fuera encerrado con intención de daño.
Carmen Robles se volvió lentamente hacia ella.
—¿Y eso le parece el listón adecuado para tranquilizarnos?
Vionnet no respondió.
Alderete llegó detrás, con la cara cerrada.
—He localizado al profesor Iriarte.
Todas nos tensamos.
—¿Dónde está? —preguntó Carmen.
—En su despacho.
—Quiero hablar con él.
—Ya está con el jefe de estudios.
—No. Ahora está conmigo.
Alderete dudó.
Carmen Robles no.
—Y con presencia de otro adulto externo al centro. No de dirección.
—No hay otro adulto externo disponible con competencia…
—Sí lo hay —dijo Rafael desde el fondo.
Todos lo miramos.
—Yo soy abogado.
No sé si eso era cierto, si ejercía, si trabajaba de otra cosa o si en ese momento lo dijo con toda la intención de clavar un cuchillo en la mesa. Pero funcionó. Alonso Arriaga apareció al fondo del pasillo justo a tiempo para oírlo, y su cara fue un espectáculo pequeño y delicioso.
—Rafael —dijo—, no te corresponde intervenir.
—Otra tradición familiar que vamos a revisar.
Nicolás bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Yo casi también. No era momento. Pero alguna parte adolescente mía, la que seguía viva pese a todo, disfrutó muchísimo.
Carmen Robles aceptó.
—Venga conmigo.
Rafael miró a Irene Pardo.
—¿Estarás bien?
—No —dijo ella—. Pero ve.
Eso fue todo.
Carmen, Rafael, Alderete y Valdés se fueron hacia el despacho de Iriarte. Vionnet intentó seguirlos, pero Carmen se giró.
—Usted se queda.
Aquellas palabras fueron una puerta cerrándose.
Por primera vez, del otro lado quedó Vionnet.
Nos llevaron de vuelta al vestíbulo. No a las residencias, todavía.
Nadie sabía qué hacer con nosotros. Éramos demasiados alumnos para mandar a dormir y demasiados testigos para dejar sueltos.
La cena del patronato era ya una ruina completa.
Algunos padres habían sido invitados a retirarse.
Otros se negaban. Los antiguos alumnos hablaban entre ellos.
Las tarjetas de testimonios estaban guardadas bajo custodia de Nuria Albornoz y Leire.
La caja de Clara, con Carmen Robles. El libro de Lumbre, también.
La cámara, duplicada. Sergio, vivo y revisado.
Aquello no era justicia aún.
Pero era desorden.
Y el desorden, en un sitio obsesionado con parecer limpio, era el primer síntoma de vida.
Martina se sentó conmigo en un banco del vestíbulo.
Estábamos agotadas. Nora se dejó caer en el suelo directamente, porque al parecer había alcanzado un nivel de cansancio donde el decoro ya no cotizaba.
Amina se sentó a su lado. Celia permaneció de pie, claro.
Celia probablemente dormiría de pie si eso le permitiera vigilar mejor.
—¿Creéis que Iriarte hablará? —preguntó Nora.
—No —dijo Celia.
—Qué rápida.
—Pero otros sí.
Miré hacia el pasillo donde había desaparecido Rafael.
—Rafael.
—Irene Pardo —dijo Amina.
—Leonor —añadió Martina.
—Sergio —dije.
Nora apoyó la cabeza contra la pared.
—Lucía no.
Nadie respondió.
Lucía no.
Esa era la injusticia central. Todas las demás voces estaban llegando tarde.
Algunas por culpa, otras por miedo, otras por rabia, otras porque por fin había una puerta abierta.
Pero Lucía no podía contarnos qué le hicieron después.
No podía decir si salió con su madre, si la convencieron, si la escondieron, si la trasladaron, si la amenazaron, si había vivido todos esos años en algún sitio con otro nombre o si la historia tenía una oscuridad todavía peor esperando detrás.
—Quizá está viva —dijo Martina, en voz muy baja.
No sonó ingenuo. Sonó necesario.
Irene Pardo, que estaba cerca, la oyó.
—Ojalá.
Solo eso.
Ojalá.
No había esperanza grande. Solo esa palabra pequeña, cansada, sosteniendo un hueco de doce años.
Pasó casi una hora antes de que Carmen Robles volviera. Venía con Rafael y Valdés. Iriarte no venía. Alderete tampoco. El rostro de Carmen era serio, pero distinto. Más duro. Más decidido.
—El profesor Iriarte ha sido apartado preventivamente de sus funciones —dijo.
El vestíbulo entero pareció contener el aire.
—¿Ha confesado? —preguntó Mauro, que acababa de llegar desde enfermería.
—No —dijo Carmen—. Pero se han encontrado en su despacho la tarjeta original de la cámara de Sergio y varias copias de material relativo a 2009.
Irene Pardo cerró los ojos.
Rafael apretó los puños.
Vionnet, al otro lado del vestíbulo, se quedó inmóvil.
—¿Y el libro? —preguntó Celia.
—El ejemplar de Lumbre estaba en la sala donde encontramos a Sergio. El profesor Iriarte afirma que lo retiró para protegerlo de manipulaciones. No ha explicado por qué terminó bajo la puerta de una sala cerrada.
—Qué raro —dijo Nora—. Suena a que la explicación está atravesando una crisis personal.
Amina le dio un codazo suave.
Carmen, contra todo pronóstico, casi sonrió.
—Sergio ha declarado que Iriarte lo dejó en esa sala. También ha declarado que el profesor le presionó para firmar una versión falsa de lo ocurrido. Su padre será citado para aclarar su participación.
—¿Y Vionnet? —pregunté.
Lo dije mirando a Carmen, pero Vionnet lo oyó. Todos lo oyeron.
Carmen Robles me miró.
—También.
No añadió nada más.
Pero bastó.
Vionnet bajó la vista por primera vez.
No fue una victoria bonita.
Fue una grieta.
Y a veces, en sitios como el Aurora, una grieta era lo más parecido a empezar.
Nos mandaron por fin a las residencias pasada la medianoche.
Esta vez nadie protestó. Ni siquiera yo.
El cansancio me llegaba hasta los huesos.
La cabeza me ardía de nombres: Lucía, Clara, Marta, Irene, Rafael, Sergio, Beatriz, Vionnet, Iriarte.
Nombres enteros. Nombres que ya no quería reducir a iniciales porque entendía demasiado bien lo fácil que era empezar borrando letras y terminar borrando personas.
Al llegar a Bruma, Beatriz nos acompañó hasta el segundo piso.
No como prefecta.
O no solo.
Se detuvo frente a la 226. Mi puerta.
—No deberías dormir aquí esta noche —dijo.
—No pensaba.
Martina abrió la puerta de su habitación antes de que yo dijera nada.
—Duerme con nosotras.
Esta vez entré sin ceremonia.
Antes de hacerlo, miré la puerta de la 226.
El número pequeño. La madera vieja. La cerradura.
El pasillo al fondo. Ya no la odiaba. No sé si eso tenía sentido.
La habitación había sido parte del encubrimiento, sí, pero también había guardado la caja de Clara.
Había protegido algo cuando nadie más lo hizo.
Había esperado a que una chica pobre, bocazas y demasiado orgullosa llegara con una maleta vieja para volver a hablar.
—Buenas noches, Lucía —murmuré.
Martina me oyó.
No dijo nada.
Solo me tomó la mano y me llevó dentro.
Aquella noche dormimos tres en dos camas y una colchoneta. Jimena no se quejó. Nora apareció con una manta robada de la sala común y Amina con una botella de agua. Celia, antes de volver a Atlas, nos miró desde la puerta.
—Mañana será peor —dijo.
—Gracias por el arrullo —respondí.
—Pero también será más difícil que lo nieguen.
Eso sí era una nana aceptable.
Cuando se fue, apagué la luz.
No dormí enseguida. Escuché la respiración de Martina, la de Jimena, el crujido del edificio, la lluvia leve contra la ventana. Pensé en Sergio, vivo. En Iriarte apartado. En Vionnet citada. En la caja fuera del colegio. En la mano dentro de la torre, que todavía no sabíamos de quién era.
Y pensé en Lucía saliendo viva de una puerta para entrar en una versión que la tragó mejor que cualquier cerradura.
Mañana, quizá, empezaríamos a saber qué pasó después.
Pero esa noche, por primera vez, sentí que el Aurora no dormía tranquilo.
Y me pareció justo.