La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—¿Tú encontraste la letra de Clara?

Beatriz tragó saliva.

—En recortes. En notas del archivo no catalogado. En una copia de su carta que no tenía firma. No sabía que era tu hermana al principio. Después sí.

—Y la imitaste.

—Sí.

—Usaste su letra para asustar a Alma.

Beatriz bajó la cabeza.

—Sí.

Nuria Albornoz la miró durante un segundo largo. Yo esperé un golpe verbal. Lo merecía. Quizá incluso Beatriz lo esperaba.

Pero Nuria dijo:

—Mi hermana habría odiado que la imitaran mal.

Nora soltó una especie de risa ahogada, mitad nervios, mitad sorpresa.

Beatriz levantó la vista.

Nuria Albornoz no sonreía.

—No te perdono —añadió—. Pero si esto sirve para que la escuchen de una vez, ya decidiré más tarde cuánto te odio.

Beatriz asintió.

—Me parece justo.

—No lo es. Pero es lo que hay.

Salimos de la 226 en dos grupos. Primero Leire, Irene Pardo y Nuria Albornoz con la caja dentro de una bolsa de tela que parecía contener libros.

Después nosotras. Beatriz se quedó al final del pasillo, como si quisiera comprobar que nadie más entrara en mi habitación. O quizá como si no supiera adónde ir.

En la escalera, Martina me agarró la mano.

No fue por miedo esta vez. O no solo.

—Lucía estuvo en tu habitación —susurró.

No supe qué responder.

Porque sí. No como ocupante. No como alumna asignada.

Pero estuvo. Su miedo estuvo. Su cuerpo herido quizá estuvo sobre una silla, una camilla improvisada, una manta.

Su cinta blanca estuvo allí. Su versión verdadera estuvo escondida detrás de mi armario mientras yo dormía a medio metro, quejándome de la humedad y sintiéndome sola.

Me dio vergüenza haberme sentido sola en una habitación tan llena de ausencias.

Luego pensé que eso era una estupidez. Una podía estar acompañada por fantasmas y seguir necesitando a alguien vivo que le dijera buenas noches.

En el vestíbulo principal, la cena del patronato ya se había deshecho del todo. Quedaban pequeños grupos, adultos hablando en voz baja, personal retirando copas, profesores moviéndose con tensión. Alderete estaba junto a Vionnet y Alonso Arriaga. Iriarte no se veía. Eso me gustó menos que verlo.

Leire llevó a Irene Pardo hacia una mujer de unos cincuenta años, pelo corto, traje oscuro, mirada directa.

Carmen Robles, supuse. La inspectora. La mujer escuchó durante diez segundos, miró la bolsa, luego la carta que Irene Pardo le mostró en el móvil, y su rostro cambió.

No mucho. Lo suficiente para saber que, fuera del idioma del Aurora, aquello tenía otro nombre.

No oí la conversación. No hacía falta.

Vi cuando Carmen Robles pidió hablar con Alderete.

Vi cuando Alderete se puso rígido.

Vi cuando Vionnet entendió que la caja ya no era asunto suyo.

Aquello sí fue bonito.

No bonito de felicidad. Bonito de justicia asomando la cabeza por una grieta.

—¿Eso significa que ya está? —preguntó Nora a mi lado.

—No —dijo Amina.

—Ya. Lo sabía. Pero una parte tonta de mí quería que dijeras sí.

—Una parte tonta de todas —respondió Amina.

Nos quedamos mirando cómo los adultos hablaban, se apartaban, volvían a hablar.

Beltrán apareció junto a Leire. Nuria Albornoz estaba cerca de la inspectora, con los brazos cruzados y los ojos rojos.

Irene Pardo no soltaba la bolsa. Rafael y Nicolás estaban al otro lado del vestíbulo con Leonor.

Alonso no se acercaba a ellos. O no se atrevía.

Héctor hablaba con su padre en voz baja. Jaime no estaba. Tampoco Iriarte.

Celia lo notó al mismo tiempo.

—¿Dónde está Iriarte?

La pregunta hizo que todo el cansancio se convirtiera otra vez en alarma.

—Estaba en la sala de la cámara —dijo Mauro, que acababa de llegar desde el pasillo lateral.

—¿Y después?

—No sé.

Beatriz apareció a nuestra espalda.

—Lo vi subir hacia el ala norte.

Todas giramos hacia ella.

—¿Cuándo? —preguntó Celia.

—Hace unos minutos. Mientras Leire hablaba con la inspectora.

—¿Solo?

—Sí.

La puerta de cristal esmerilado. La zona restringida. La sala donde habían llevado a Lucía. El lugar que no íbamos a tocar hasta tener testigos.

Iriarte estaba allí.

Y entonces, desde el fondo del edificio, sonó un golpe.

Uno.

Seco.

Lejano.

No muy fuerte.

Pero todos lo oímos.

No todos los adultos. No todo el vestíbulo. Nosotros. Las que ya conocíamos ese sonido. Las que lo habíamos oído junto al ala norte, en el bosque, dentro de las historias.

Un golpe.

Luego otro.

Nora se quedó blanca.

—No —susurró.

Leire, desde el grupo de la inspectora, levantó la cabeza.

Rafael también.

Irene Pardo cerró los ojos.

Otro golpe.

Más fuerte.

Venía del ala norte.

No de la torre.

Del edificio.

—Esta vez sí miramos —dije.

Nadie me dijo que no.

Carmen Robles, la inspectora, giró hacia Alderete.

—Abra esa zona.

Alderete dudó.

Un segundo.

Demasiado.

—Ahora —dijo la inspectora.

Vionnet sacó un manojo de llaves con las manos tensas.

Fuimos hacia el ala norte no como alumnas colándose, sino como testigos siguiendo a adultos que por fin no podían decir que no habían oído nada.

Éramos demasiados: Carmen Robles, Alderete, Vionnet, Leire, Beltrán, Irene Pardo, Rafael, Nicolás, Celia, Martina, Amina, Nora, Mauro, Beatriz y yo.

Inés y Nuria Albornoz venían detrás. Algunos padres intentaron seguir, pero Valdés apareció de la nada y bloqueó el paso con una calma física muy útil.

La puerta de cristal esmerilado estaba al final del pasillo.

Cerrada.

Del otro lado llegó otro golpe.

Esta vez no hubo duda.

Alguien golpeaba desde dentro.

Vionnet metió la llave. Le costó. La cerradura estaba dura, vieja, como si llevara años esperando una escena con público suficiente.

Por un momento pensé que no abriría. Pensé en Rafael arañando la torre.

En Beatriz arañando una sala. En Lucía golpeando hasta quedarse sin fuerza.

Pensé que el Aurora entero era una colección de cerraduras que se atascaban justo cuando alguien necesitaba aire.

La puerta cedió.

El ala norte olía a polvo, humedad y pintura vieja. No estaba abandonada del todo. Había plásticos en el suelo, herramientas, lámparas portátiles, muebles cubiertos con sábanas. Una reforma eterna. Una excusa con paredes.

El golpe volvió.

Al fondo.

Corrimos.

Bueno, los adultos intentaron no correr. Nosotros sí. O casi.

Llegamos a una puerta interior, de madera clara, con un cartel caído que decía Sala de descanso . La puerta estaba cerrada. Desde dentro, una voz gritó:

—¡Abrid!

Era una voz de chico.

Mauro se quedó sin aire.

—Sergio.

Vionnet se giró hacia él, pálida.

—No puede ser.

Mauro golpeó la puerta.

—¡Sergio!

—¡Mauro! ¡Abrid, por favor!

Sergio.

Sergio estaba en el Aurora.

No en su casa.

No descansando.

No protegido por su familia.

Estaba encerrado en una sala del ala norte.

La inspectora miró a Vionnet con una frialdad absoluta.

—Abra.

—Esa llave no la tengo —dijo Vionnet, y por primera vez su voz sonó sin suelo.

Alderete buscó en su llavero. Nada. Beatriz avanzó, sacando una llave pequeña del bolsillo.

—Yo sí.

Todos la miraron.

—Prefectas —dijo, casi sin voz—. Llave de incidencias de residencia antigua.

Metió la llave.

Giró.

La puerta se abrió.

Sergio Lamas estaba dentro.

Sentado en el suelo, con la cara pálida, el labio partido y las manos temblando. No parecía gravemente herido, pero sí asustado de una forma que ningún comunicado familiar podía suavizar. A su lado había una silla caída, una botella de agua vacía y un libro.

Poemas de invierno.

Mauro entró primero.

No pidió permiso. No esperó a los adultos. Se arrodilló junto a Sergio y lo abrazó con una torpeza preciosa. Sergio se agarró a él como si llevara horas haciendo fuerza para no romperse.

—Dijeron que estabas en casa —murmuró Mauro.

—Me trajeron otra vez anoche —dijo Sergio, con la voz rota—. Mi padre me dejó en dirección. Dijo que era mejor arreglarlo aquí. Me quitaron el móvil. Yo no quería. Yo no…

No pudo seguir.

Amina entró con una calma casi médica, le puso la chaqueta sobre los hombros y miró a Valdés, que había conseguido llegar hasta la puerta.

—Necesita enfermería real —dijo.

Valdés asintió y se arrodilló junto a Sergio.

Carmen Robles no apartaba los ojos de Vionnet.

—¿Quién lo encerró aquí?

Vionnet no respondió.

No podía.

Porque por primera vez la versión no había llegado antes que la puerta.

La puerta estaba abierta.

Y todos mirábamos dentro.