La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Hasta ese momento, por mucho miedo que me diera, seguía siendo un sitio donde había dormido, guardado ropa, intentado hacer deberes y mirado una mancha de humedad con más atención de la recomendada.

Era pequeña, fría y triste, sí, pero una habitación al fin y al cabo.

Un espacio mío, aunque fuera prestado, defectuoso y colocado al final del pasillo como una disculpa arquitectónica.

Después de la caja, ya no.

Nuria Albornoz seguía sentada en mi cama, con la carta de su hermana en las manos.

No la leía ya. La sostenía. A veces una hoja deja de ser texto y se vuelve cuerpo.

Irene Pardo estaba junto al armario abierto, mirando el panel suelto como si detrás siguiera habiendo alguien.

Beatriz permanecía cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la cabeza baja.

Leire no se sentaba. Leire vigilaba el pasillo, la caja, nuestras caras, todo.

Martina estaba a mi lado. Amina, Nora y Celia habían formado, sin hablarlo, una especie de círculo alrededor de la cama.

Nadie tocaba la cinta blanca.

Estaba sobre la manta, pequeña, arrugada, con aquella mancha oscura en el extremo. No parecía un objeto importante. Eso la hacía peor. Las pruebas enormes tienen cierta dignidad. Una cinta manchada parece algo que alguien podría tirar sin saber que está tirando una vida.

—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo Celia.

Su voz salió baja, pero no tembló.

Leire asintió.

—Sí.

—Ahora —añadió Celia.

—Ahora no es tan sencillo.

—Justamente por eso ahora.

Nuria Albornoz levantó la vista de la carta.

—Celia tiene razón. Si Vionnet sabe que hemos encontrado algo, esa caja desaparece antes de la cena.

—Vionnet no sabe que está aquí —dijo Leire.

Yo la miré.

—¿Seguro?

Leire no contestó enseguida.

Qué manía tenía la gente adulta con tardar justo cuando una necesitaba una mentira rápida y tranquilizadora.

—No —admitió—. Seguro no.

Irene Pardo se acercó a la cama y señaló la carta.

—Esto no puede pasar por dirección.

—No va a pasar por dirección —dijo Leire.

—¿Entonces?

Leire respiró hondo. Por primera vez desde que la conocía, pareció menos tutora y más persona haciendo cuentas con el miedo.

—Hay una inspectora educativa entre los invitados del patronato.

No oficialmente como inspectora, pero lo es.

Carmen Robles. Antigua alumna de Atlas. Vino por la cena y por una reunión de colaboración con el centro.

Si le entregamos copia a ella, el colegio no podrá tratarlo solo como un asunto interno.

Celia parpadeó.

—¿Lo sabías?

—Sabía que venía. No sabía que encontraríamos esto.

—Pero pensabas usarla si hacía falta.

Leire sostuvo su mirada.

—Sí.

Me quedé mirando a Leire. La de la bufanda verde.

La que me había dicho que no dejara que el Aurora me ganara por agotamiento.

La que había recogido Poemas de invierno de mi mesa como si estuviera ordenando deberes.

La que ahora hablaba de una inspectora educativa como quien revela que había dejado una salida abierta al fondo del incendio.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo? —pregunté.

No sonó acusador del todo. Casi.

Leire se frotó la frente.

—Sabiendo, desde esta noche. Sospechando, años.

—¿Y no hiciste nada?

Me salió más duro de lo que esperaba.

Martina me tocó el brazo. No para frenarme. Para avisarme de que acababa de pisar un sitio doloroso.

Leire no se defendió rápido. Eso empezó a parecerme una señal de la gente que al menos intentaba decir la verdad.

—Hice poco —dijo—. Demasiado poco. Pregunté donde no debía. Recibí respuestas que parecían suficientes si una quería conservar el puesto, ayudar a las alumnas que tenía delante y no convertirse en otra adulta expulsada del sistema sin haber cambiado nada.

—Eso suena a excusa.

—Lo es.

Silencio.

Aquello me descolocó.

Leire tragó saliva.

—También es verdad. Las dos cosas pueden ser ciertas.

He ayudado a alumnas. He frenado algunas tradiciones.

He discutido con Beatriz cuando creí que estaba reproduciendo lo mismo que la dañó.

He protegido a chicas que necesitaban seguir aquí.

Y aun así, sí, durante demasiado tiempo acepté no tener pruebas como si fuera lo mismo que no tener responsabilidad.

No supe qué decir.

Porque una parte de mí quería gritarle. Otra entendía demasiado bien lo que era no poder permitirse romper el único lugar desde el que una podía hacer algo. El Aurora era experto en eso: en convertir la prudencia en una jaula con buenas intenciones.

Irene Pardo miró a Leire.

—Entonces esta vez no hagas poco.

Leire asintió.

—Esta vez no.

Celia tomó el mando sin pedir permiso, cosa que ya era casi tranquilizadora.

—Necesitamos copias de todo. Fotos, transcripción y custodia física. Si sacamos la caja completa, se notará. Si la dejamos, pueden encontrarla. Si solo hacemos fotos con dispositivos del centro, pueden rastrearlas.

—Tengo móvil personal —dijo Irene Pardo.

Todas la miramos.

—Los invitados sí tienen móvil —añadió, con una sonrisa triste—. Los adultos siguen teniendo derecho a comunicarse con el mundo exterior.

—Haga fotos de todo —dijo Celia—. Y envíelas fuera antes de salir de esta habitación.

—¿A quién? —preguntó Nora.

—A alguien que no dependa del Aurora —respondió Amina.

Nuria Albornoz levantó la cabeza.

—A mi madre.

La voz se le rompió en la última palabra.

—Clara era su hija. Tiene derecho a verlo antes que ningún despacho.

Nadie discutió.

Irene Pardo sacó el móvil y empezó a fotografiar la carta, la cinta, la caja, la fotografía, la pluma seca, el botón.

Celia le indicó ángulos, luz, detalles de la mancha, reverso de la foto, firma de Clara.

Amina sostuvo la lámpara del escritorio para que no hubiera sombras.

Martina transcribió la carta a mano. Nora, por increíble que parezca, no hizo ningún chiste durante casi cuatro minutos.

Eso fue, en sí mismo, una forma de respeto.

Yo me quedé mirando el hueco detrás del armario.

El cuarto que no existía.

—¿Por qué aquí? —pregunté.

Leire se volvió hacia mí.

—¿Qué?

—Si Lucía salió de la torre con hipotermia, pánico, manos heridas… ¿por qué traerla aquí? Esto no era enfermería.

Irene Pardo respondió antes que nadie.

—Porque la enfermería estaba en el edificio principal. Para llevarla allí había que cruzar demasiado pasillo. Demasiadas puertas. Demasiadas alumnas.

—La escondieron.

—La apartaron —corrigió Leire, con amargura—. Esa sería la palabra que usarían.

Irene Pardo negó.

—La escondieron.

Nadie la corrigió.

Beatriz, que había estado callada demasiado rato, levantó la vista.

—La 226 está cerca de la escalera de servicio.

Miramos hacia ella.

—¿Y?

—Desde la escalera de servicio se baja al corredor de mantenimiento. Desde ahí se puede salir hacia el ala norte sin pasar por la sala común de Bruma.

Celia se acercó.

—¿Cómo sabes eso?

Beatriz sonrió sin alegría.

—Las prefectas aprendemos muchos caminos para que las alumnas no los usen.

—¿El ala norte conecta con la torre?

—No directamente —dijo Leire—. Pero conecta con el patio de servicio y el camino secundario al mirador.

Las piezas se movieron con un sonido mudo dentro de mi cabeza.

Torre.

Camino secundario.

Patio de servicio.

Escalera de servicio.

Habitación 226.

Ala norte.

Enfermería improvisada.

Versión oficial.

No habían traído a Lucía aquí para cuidarla mejor. La habían traído para que nadie la viera.

—Entonces esta habitación no era el final —dije.

Leire me miró.

—No.

—Era un tránsito.

Irene Pardo cerró los ojos.

—Sí.

Un tránsito. Un sitio donde esperar a que llegara la versión. Qué horror de palabra aplicada a una niña temblando con una cinta blanca en la mano.

—¿Dónde está la sala del ala norte? —preguntó Celia.

—Cerrada —dijo Beatriz.

—Eso no responde.

—En la planta baja. Detrás de la puerta de cristal esmerilado.

La puerta.

La que yo había visto. La que había oído golpear. La zona restringida. La que parecía estar en reforma desde que la verdad necesitaba un cartel.

—Tenemos que verla —dije.

—No —respondieron varias voces a la vez.

Me ofendí por puro hábito.

—No he dicho ahora.

—Tu cara sí —dijo Nora.

Vale. Justo.

Leire fue tajante:

—No vais a entrar en el ala norte.

—Pero allí puede estar la respuesta.

—Precisamente por eso.

—Leire…

—Alma, escucha. Una cosa es encontrar una caja en tu habitación con varias adultas presentes.

Otra muy distinta es entrar en una zona restringida mientras el colegio está acorralado.

Esta vez lo hacemos bien. Con testigos. Con inspección.

Con copias fuera. Sin darles la excusa de decir que contaminasteis nada.

Celia asintió.

—Tiene razón.

Yo la miré con indignación.

—¿No podías tardar un poco más en traicionarme?

—No.

—Qué eficiencia tan desagradable.

Pero tenían razón. Otra vez. Mi vida se estaba llenando de gente con razón y empezaba a ser un problema de salud.

Irene Pardo terminó de hacer las fotos y las envió.

Primero a su propio correo personal. Luego a la madre de Nuria Albornoz.

Luego a una dirección que Leire le dictó en voz baja: Carmen Robles.

La inspectora. Cada envío tardó unos segundos eternos.

Cuando el último salió, todas respiramos un poco distinto.

No estábamos salvadas.

Pero la caja ya no podía desaparecer del todo.

Eso, en el Aurora, era casi una victoria.

—¿Y la caja física? —preguntó Martina.

Leire miró a Irene Pardo.

—La llevará usted.

Irene Pardo abrió mucho los ojos.

—¿Yo?

—Es mayor de edad, antigua alumna y testigo directa de los hechos. Si la lleva una alumna actual, dirección puede requisarla. Si la llevo yo, pueden alegar conflicto interno. Si la lleva usted hasta Carmen Robles, cambia el marco.

Celia parecía a punto de aplaudir con el alma. No lo hizo porque era Celia y todavía tenía una reputación que mantener.

Irene Pardo tomó la caja con cuidado.

—No la voy a soltar.

—Bien —dijo Leire.

Antes de salir, Nuria Albornoz se acercó a Beatriz.