La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 30 #3
90%

Capítulo 30 #3

Martina se llevó una mano a la boca.

Amina cerró los ojos un instante.

Yo cogí la hoja doblada.

El papel estaba amarillento, escrito con una letra que ya conocía.

Pequeña. Apretada. Cuidadosa.

La misma letra de las notas de Beatriz no. No era la de Beatriz.

Era otra.

Más antigua.

La letra que alguien había copiado.

Leí en voz alta, porque si no lo hacía quizá me rompía por dentro:

Si alguien encuentra esto, Lucía salió viva.

No creáis la nieve. No creáis la puerta.

No creáis a los que digan que se fue tranquila.

La llevaron al cuarto del fondo porque no podían explicar la torre.

Yo no pude entrar. Marta tampoco. Irene no paraba de decir que la habían dejado fuera.

La señora V. cerró el pasillo y dijo que era por su bien.

Me tembló la voz, pero seguí:

Lucía me dio la cinta blanca antes de desmayarse. Dijo que si venía su madre, se la entregara. No me dejaron verla más. Al día siguiente, su cama estaba limpia. Yo guardé esto porque alguien tiene que recordar que hubo una noche antes de la versión.

Abajo había una firma.

No de Lucía.

No de Marta.

No de Irene.

Clara Albornoz. Bruma. 2009.

Clara Albornoz.

Me quedé mirando el nombre.

—Albornoz —susurró Martina.

Nora abrió mucho los ojos.

—Nuria Albornoz.

La editora de la revista.

Leire asintió despacio.

—Clara era su hermana mayor.

Celia se apartó de la puerta.

—Por eso Nuria ayuda.

—No solo por eso —dijo Leire—. Porque Clara nunca volvió a ser la misma. Y porque murió hace cuatro años sin haber contado todo lo que sabía.

El aire de la habitación 226 se volvió irrespirable.

Miré la caja. La cinta blanca. La fotografía. La pluma seca. La carta.

La mano llevaba manga blanca.

La cinta blanca era de Lucía.

La caja estaba en la 226 porque aquel cuarto había sido el lugar donde intentaron esconder la noche antes de convertirla en versión.

Y de pronto entendí algo.

La letra de las primeras notas no era de Beatriz en su origen. Beatriz había imitado una letra antigua. La letra de Clara Albornoz. Había encontrado copias, notas, rastros. Había usado la voz de una alumna muerta para empujarme.

Quise enfadarme otra vez.

No pude.

La habitación estaba demasiado llena de chicas que habían intentado guardar algo porque los adultos habían decidido mirar hacia otro lado.

Lucía. Marta. Irene. Clara. Beatriz. Nosotras.

Leire tocó la caja con la punta de los dedos.

—Esta es la razón por la que no podíamos dejar que dirección cerrara todo con la figura de Beatriz.

Celia habló muy despacio.

—La caja prueba que después de la torre la llevaron aquí.

—Sí —dijo Leire.

—Y que Vionnet lo sabía.

Leire tragó saliva.

—Sí.

Miré la carta otra vez.

La señora V. cerró el pasillo.

Vionnet.

La señora V.

La adulta que decía que Lucía tenía problemas de adaptación.

La adulta que había ordenado bien la verdad durante doce años.

Sentí la rabia subir. Pero esta vez no venía sola. Venía con algo más afilado. Más claro.

—Necesitamos a Nuria Albornoz —dije.

—Ya viene —respondió Leire.

Como si la hubiera invocado, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Celia abrió.

Nuria Albornoz estaba al otro lado.

No venía sola.

A su lado estaba Beatriz.

Y detrás, pálida pero firme, Irene Pardo.

La editora miró la caja sobre la cama. Su rostro cambió antes de que nadie dijera nada.

—Clara —susurró.

Entró despacio, como si la habitación fuera una tumba. Cogió la carta con manos temblorosas. La leyó. No lloró al principio. Solo se le deshizo la cara de adulta joven, de editora dura, de chica que corregía comas con violencia emocional. Se le deshizo hasta quedar una hermana.

—Ella siempre dijo que había guardado algo —murmuró—. Mi familia pensó que era una obsesión. Yo pensé que era culpa. Nadie la escuchó lo suficiente.

Nadie dijo nada.

Porque no había nada decente que decir.

Irene Pardo se acercó a la cinta blanca.

—Es de Lucía —dijo.

—¿Segura? —preguntó Celia.

Irene asintió.

—La llevaba en la muñeca, no en el pelo. Era de su madre. Una cinta de una caja de costura. Decía que le daba suerte en los exámenes.

—¿Y la azul? —pregunté.

Irene miró a Beatriz.

—La azul era mía. Se la presté aquella noche porque hacía frío y se le soltaba el pelo.

Beatriz cerró los ojos.

Había usado una cinta de Irene creyendo que era de Lucía.

Y aun así había abierto una puerta real.

Qué manera tenía esa historia de corregirnos cada vez que creíamos entenderla.

Nuria Albornoz dejó la carta sobre la cama con mucho cuidado.

—Esto tiene que salir del colegio —dijo.

Celia asintió.

—Sí.

Leire respiró hondo.

—Esta vez no va a quedarse en revisión interna.

Yo miré la caja.

La fotografía pequeña seguía sin abrir.

La cogí.

Era una foto de tres chicas en el invernadero.

Lucía Mansilla, Marta Soler e Irene Pardo.

Detrás, en la esquina del cristal, se veía el reflejo borroso de otra chica sosteniendo la cámara.

Clara Albornoz.

Cuatro chicas.

Una de ellas desaparecida.

Otra marchándose al año siguiente.

Otra callando doce años.

Otra guardando una caja hasta morirse sin que nadie le creyera del todo.

Tragué saliva.

—No fue la nieve —dije.

Irene Pardo negó.

—No.

Miró la carta de Clara, la cinta blanca, la habitación pequeña.

—Fue lo que hicieron después.

Y ahí, por fin, el centro exacto del horror quedó claro.

Lucía sobrevivió a la puerta.

No sobrevivió a la versión.