Capítulo 30 #2
Beltrán entró cinco minutos tarde, con la carpeta azul bajo el brazo y ojeras discretas. No hizo comentario sobre su retraso. Cerró la puerta, dejó la carpeta sobre la mesa y nos miró como si acabara de decidir si éramos alumnos o testigos. Quizá éramos ambas cosas. Quizá siempre lo habíamos sido.
—Hoy no voy a fingir que esta clase ocurre en el vacío —dijo.
El aula se quedó en silencio.
Jaime no estaba. Eso me llamó la atención. Héctor sí, sentado con la mandíbula tensa. Nicolás estaba al fondo. Mauro, más cerca de la puerta. Celia se había sentado dos filas detrás de mí, con Amina y Nora cerca. Martina, a mi lado. Jimena, delante, muy quieta.
Beltrán continuó:
—Ayer se dijeron cosas graves. Algunas pertenecen al ámbito de los adultos y de los procedimientos que deberán abrirse.
Otras, por desgracia, ya os pertenecen a vosotros porque os han alcanzado.
No voy a pediros que hagáis como si nada.
Hacer como si nada suele ser el primer borrador de una mentira.
Nadie escribió. Ni siquiera los de Cumbre.
—Pero sí voy a pediros una cosa: no convirtáis el dolor en espectáculo. No convirtáis a personas reales en piezas de un juego. No confundáis descubrir la verdad con poseerla.
Me dio.
Bastante.
Porque yo lo había hecho. Un poco. A ratos. Lucía, Sergio, Rafael, Irene, incluso Beatriz. Los había convertido en pistas cuando necesitaba ordenar el miedo. Como a una persona, había dicho Amina. Como a una persona.
Beltrán abrió la carpeta.
—Dicho eso, hay verdades que necesitan protección. Y una verdad protegida no es una verdad escondida. Es una verdad que se cuida para que no la rompan antes de llegar donde debe.
Sacó una hoja.
No una hoja cualquiera.
Una impresión.
La dejó boca abajo sobre la mesa.
Mi corazón supo antes que mi cabeza.
—Ayer, durante la revisión de la cámara, se realizaron dos copias del archivo fotográfico —dijo—. Una quedó en dirección. La otra, por solicitud del director y con testigos presentes, quedó sellada para la comisión de revisión.
Comisión de revisión. Sonaba tan oficial que casi parecía seguro. Casi.
—La comisión se reunirá esta tarde —continuó—. Mientras tanto, no voy a mostrar ninguna imagen. No corresponde. Pero sí voy a hacer un ejercicio.
Nora, detrás, soltó un suspiro casi imperceptible. Un ejercicio. Claro. El hombre podía esconder un incendio dentro de un ejercicio y encima pedirnos buena letra.
Beltrán se volvió hacia la pizarra y escribió:
Describir no es interpretar.
Luego miró a Mauro.
—Mauro, tú viste la fotografía original en cámara. Sin ampliación técnica externa, pero la viste. Quiero que describas lo que recuerdas. Solo describir. No explicar.
Mauro se puso pálido.
—¿Ahora?
—Ahora. Puedes negarte.
Mauro miró a Celia. Celia no movió la cabeza. No le dijo sí ni no. Le dejó elegir. Eso también era una forma de cuidado.
Mauro tragó saliva.
—La torre estaba a la derecha de la imagen. La puerta abierta hacia dentro. Había una figura de pie junto a la entrada, con uniforme antiguo. No se le veía la cara. Tenía una cinta en una mano. La niebla tapaba parte del fondo.
—Bien —dijo Beltrán—. ¿Qué más?
—En la siguiente foto, la figura ya no estaba. La puerta seguía abierta o empezaba a cerrarse. Sergio dijo que, ampliando, se veía algo en el marco.
—No lo que Sergio dijo. Lo que tú viste.
—Yo… no llegué a verlo ampliado. Solo vi la foto en la sala.
—Bien.
Beltrán miró a Héctor.
—Héctor. Sergio habló contigo. Describe lo que te dijo, sin añadir.
Héctor respiró hondo.
—Dijo que había alguien junto a la torre que no era del grupo. Que llevaba uniforme antiguo. Que la puerta estaba abierta. Que en otra foto había una mano en el marco. Que no sabía si la mano estaba empujando desde dentro o agarrándose para salir.
Agarrándose para salir.
Aquello me dio frío.
Beltrán escribió en la pizarra:
mano en el marco
empujar / agarrarse
dentro / saliendo
Luego miró a la clase.
—¿Veis la diferencia? Una descripción abre posibilidades. Una interpretación, si llega demasiado pronto, las cierra.
Celia estaba escribiendo como si le fuera la vida. Amina también. Yo no podía. Tenía los dedos rígidos.
—Ahora —dijo Beltrán—, trabajaremos con un fragmento anónimo.
Sacó otra hoja y empezó a leer.
No era un poema. Era prosa. Una entrada de diario o una carta.
La voz hablaba de una torre después de muchos años.
Decía que una puerta podía quedarse en la memoria no por lo que escondía, sino por lo que obligaba a admitir a quienes habían pasado de largo.
Decía que a veces una mano no pedía ayuda, sino testigos.
Que una mano en un marco podía estar cerrando o abriendo, entrando o saliendo, deteniendo a otro o llamándolo.
Al final, la frase decía:
Lo importante no era la mano. Era preguntarse por qué nadie quería que viéramos el brazo.
Beltrán dejó de leer.
—Ejercicio: escribid cinco preguntas descriptivas sobre esa imagen. No conclusiones. Preguntas. Tened cuidado con los verbos.
Cinco preguntas.
No conclusiones.
Miré mi cuaderno.
Escribí:
1. ¿La mano estaba dentro o fuera del marco?
2. ¿Se veía manga, piel, anillo, pulsera, cicatriz?
3. ¿La mano parecía abrir, cerrar, sujetar o impedir?
4. ¿La puerta se movía hacia dentro o hacia fuera?
5. ¿Había sombra de otra persona dentro?
Martina escribió a mi lado, más despacio:
1. ¿La mano era adulta o adolescente?
2. ¿La posición parecía voluntaria o de caída?
3. ¿Estaba cerca de la cinta?
4. ¿La figura de fuera miraba la mano?
5. ¿La mano estaba antes de que la figura desapareciera?
Me incliné hacia su cuaderno.
—La cuarta es buena.
—No sé si buena o horrible.
—En este colegio suelen coincidir.
Beltrán fue recogiendo preguntas de distintos alumnos.
Algunas eran inocentes. Otras no. Nicolás preguntó si la mano tenía una manga visible.
Héctor preguntó si la puerta podía haberse abierto desde dentro.
Amina preguntó si había alguna marca en el marco que permitiera comparar altura.
Celia preguntó si existía continuidad temporal entre ambas fotos o si podía faltar una imagen intermedia.
Nora preguntó si alguien había revisado el reflejo en el cristal de la ventana superior de la torre.
Todos la miramos.
Nora levantó los hombros.
—¿Qué? En las películas pasa.
Beltrán sonrió apenas.
—Y en las fotografías reales, a veces también.
Anotó la pregunta.
Reflejo en ventana superior.
Joder con Nora.
La clase terminó con la sensación de que no habíamos recibido una prueba, pero sí una forma de pedirla sin dejarnos encerrar en la primera explicación. Al salir, Beltrán me devolvió mi hoja de preguntas. Debajo había escrito una sola línea:
La mano llevaba manga blanca.
Me quedé mirando la frase.
Manga blanca.
No uniforme antiguo. No chaqueta de alumna. Manga blanca.
—Martina —susurré.
Ella leyó y se quedó rígida.
Celia apareció a nuestro lado como si hubiera olido tinta peligrosa.
—¿Qué?
Le enseñé la hoja.
La leyó.
Su cara cambió.
—Manga blanca —dijo.
—¿Profesor? —preguntó Nora.
—O personal sanitario —dijo Amina.
—O cocina —dijo Martina.
—O laboratorio —añadió Celia—. Bata.
Bata.
La torre. El ala norte. Enfermería improvisada. Personal. Alguien con bata o camisa blanca dentro de la torre. Alguien que no era Beatriz. Alguien que quizá había estado allí para abrir, cerrar, mirar, recuperar algo.
Inés nos encontró en el pasillo antes de que pudiéramos seguir.
—Leire quiere veros —dijo.
—¿A quiénes? —preguntó Celia.
—A Alma, Martina, Celia, Amina y Nora.
—¿Mauro?
—Mauro está con Beltrán.
Mauro, otra vez separado. No me gustó. Pero Inés negó antes de que yo dijera nada.
—Está bien. De verdad. Beltrán lo va a acompañar a hablar con dirección sobre Sergio.
—¿Y nosotras? —pregunté.
—Con Leire.
—¿Dónde?
Inés bajó la voz.
—En la 226.
La habitación 226.
Mi habitación.
La que no existía como habitación en 2009. La que tenía iniciales en el cajón. La que estaba al final del pasillo de Bruma. La que había sido cuarto auxiliar. La que, de pronto, volvía al centro.
Subimos sin hablar. No porque no tuviéramos cosas que decir, sino porque las palabras ya no cabían en la escalera. Leire nos esperaba junto a la puerta de la 226 con una llave en la mano. No la mía. Otra. Una llave vieja, de metal oscuro.
—Gracias por venir —dijo.
—No ha sonado muy opcional —murmuró Nora.
Leire abrió la puerta.
La habitación estaba como la había dejado. Cama, escritorio, armario, mancha de humedad, cajón con L.M. Pero Leire no miró nada de eso. Fue directa al armario.
—Cuando hicieron la revisión de humedades —dijo—, el personal de mantenimiento encontró algo detrás de este panel. Me avisaron anoche, pero después de la cena no pude traerlo sin llamar la atención.
Retiró la ropa que colgaba y presionó una zona del fondo del armario. El panel crujió. No se abrió como en una película, gracias a Dios; se soltó torpemente, con polvo, madera hinchada y un olor a cerrado que me revolvió el estómago.
Detrás había un hueco.
Pequeño.
No una habitación secreta. No un pasadizo. Solo un espacio muerto entre el armario y la pared, quizá de una instalación antigua. Dentro había una caja metálica, oxidada en las esquinas.
Leire la sacó con cuidado y la dejó sobre la cama.
Nadie respiraba muy bien.
—No la he abierto —dijo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque no era mía.
Me miró.
—Y porque tu habitación ya ha sido invadida demasiadas veces.
Eso me tocó de una forma que no esperaba.
Leire me tendió la caja.
—Ábrela tú.
Mis manos temblaban un poco. Martina se colocó a mi lado. Amina también. Nora detrás. Celia frente a la puerta, vigilando por puro instinto.
La caja no tenía llave. Solo un cierre duro, viejo. Lo abrí.
Dentro había varios objetos envueltos en tela.
Una hoja doblada.
Una pluma seca.
Un botón del uniforme antiguo.
Una fotografía pequeña, arrugada.
Y una cinta.
No azul.
Blanca.
Una cinta blanca, manchada de algo marrón en un extremo.