Capítulo 30
La mano dentro de la torre nos dejó sin desayuno.
Bueno, no literalmente. El desayuno seguía allí, servido en el comedor con su puntualidad insultante: tostadas, fruta, café, leche, cereales, huevos para quien viviera una vida con más proteínas y menos crisis institucionales.
Pero una cosa era que el desayuno existiera y otra muy distinta que mi estómago quisiera reconocerlo como posibilidad.
Mauro volvió a leer el mensaje de Sergio tres veces.
No porque hiciera falta. Lo había entendido todo el mundo a la primera. Lo leyó porque a veces repetir una frase es la única manera de comprobar que no se deshace entre las manos.
La figura no me asustó tanto como otra cosa: en la siguiente foto, antes de que la puerta se cerrara, se ve una mano dentro de la torre.
Una mano.
No la de Beatriz. No si Beatriz estaba fuera, vestida con uniforme antiguo, sosteniendo la cinta azul de Lucía.
Una mano dentro, en el marco de la puerta, antes de que se cerrara.
Alguien más. Alguien que Sergio había visto al ampliar la foto.
Alguien que quizá estaba escondido dentro de la torre mientras Beatriz hacía su puesta en escena.
Alguien que quizá había abierto la puerta desde dentro.
Alguien que, por motivos bastante poco tranquilizadores, no había querido aparecer entero.
La sala común de Bruma estaba fría, aunque la calefacción funcionaba.
O quizá era yo. Nos habíamos reunido allí antes del desayuno: Martina, Nora, Amina, Celia, Mauro, Inés, Beatriz y yo.
Jimena estaba en la puerta, vigilando con cara de no saber exactamente en qué momento su vida se había convertido en esto, pero aceptándolo con una dignidad cada vez menos heredada y más propia.
Beatriz no había dicho nada desde que Mauro leyó el mensaje.
Estaba sentada en el borde de un sillón, con las manos juntas, la espalda recta y las cicatrices cubiertas otra vez por la manga.
La prefecta perfecta había regresado a su postura, pero ya no funcionaba igual.
Ahora todas sabíamos que debajo de esa postura había una chica que había arañado una puerta hasta sangrar y que, años después, había decidido disfrazarse de fantasma para obligar al colegio a mirar.
Muy normal todo. Un martes cualquiera.
—Repasa exactamente lo que hiciste —dijo Celia.
Beatriz levantó la mirada.
—Ya lo dije.
—Repítelo.
Celia no fue cruel. Fue precisa. Eso a veces se parecía mucho.
Beatriz respiró hondo.
—Cogí el uniforme antiguo del archivo de teatro. Lo había visto semanas antes, buscando material para una actividad de casa. La cinta estaba en una caja de objetos antiguos de Bruma. No sabía que fuera de Lucía. Solo sabía que estaba etiquetada con 2009.
—¿Etiquetada cómo? —preguntó Inés.
—Una etiqueta vieja. “Bruma. Invierno 09.” Nada más.
—¿Dónde está esa caja ahora? —pregunté.
Beatriz cerró los ojos un segundo.
—En el archivo de teatro. O debería.
—“O debería” es la frase favorita de los problemas —murmuró Nora.
Amina le tocó el brazo, pero esta vez no para callarla. Más bien por costumbre.
—Seguí al grupo de la excursión por el sendero secundario —continuó Beatriz—.
Había subido antes, temprano, para dejar el uniforme escondido cerca de la torre.
Cuando Rivas dio la pausa, me cambié detrás de la propia torre.
Abrí el candado con la llave de actividades exteriores, dejé la puerta entornada y me coloqué junto al marco.
Quería que alguien hiciera una foto. Solo eso.
—¿Entraste en la torre? —preguntó Celia.
—No.
—¿Seguro?
Beatriz la miró con cansancio.
—Sí.
—¿Miraste dentro?
Una pausa.
Pequeña.
Pero pausa.
—No del todo.
Ahí se movió algo en la sala. Martina se incorporó un poco. Mauro levantó la cabeza. Yo sentí que el estómago me hacía esa cosa desagradable de cuando una frase abre otra.
—¿Qué significa no del todo? —pregunté.
Beatriz se frotó las manos.
—La puerta estaba dura. El candado abrió, pero la madera se había hinchado. La empujé lo suficiente para que se viera abierta. Dentro estaba oscuro. Olía a humedad. No entré porque no quería manchar el uniforme ni dejar huellas.
—Qué considerada con el montaje fantasmagórico —dije.
Lo dije con veneno. Beatriz la aceptó.
—Sí.
Eso me desarmó un poco. Me habría sido más fácil si se defendía mal.
—¿Oíste algo? —preguntó Amina.
Beatriz tardó demasiado.
—Un ruido.
Celia dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Qué ruido?
—Como madera. O metal. No sé. Pensé que era la puerta.
—¿Antes o después de ponerte junto a la torre?
—Después.
—¿Dentro?
Beatriz bajó la mirada.
—Puede ser.
Martina se llevó una mano al cuello.
—Había alguien dentro y no miraste.
Aquello quedó en el aire con una crueldad involuntaria.
Beatriz palideció.
Porque esa era la herida exacta.
No mirar dentro.
No preguntes quién abrió la puerta. Pregunta quién decidió no mirar dentro.
—No sabía que había alguien —dijo Beatriz.
—Pero oíste algo —insistió Martina, y su voz no tembló.
Beatriz la miró. No con enfado. Con dolor.
—Sí.
—Y no miraste.
—No.
El silencio fue horrible.
No porque Beatriz fuera igual que los de 2009.
No lo era. Pero por un segundo la historia rimó demasiado.
Una puerta, un ruido, una decisión de no mirar para que el plan pudiera seguir.
La diferencia era que Beatriz estaba allí, delante de nosotras, diciéndolo.
La diferencia era pequeña y enorme a la vez.
—Luego vi al grupo moverse —continuó Beatriz—. Vi a Sergio con la cámara, o eso creo. Me quedé unos segundos. Volví detrás de la torre, cerré la puerta y me cambié. Bajé por el sendero secundario antes de que Rivas diera la orden de volver.
—¿Cerraste tú la puerta? —preguntó Celia.
—Sí.
—¿Desde fuera?
—Sí.
Mauro cerró los ojos.
—Entonces si había alguien dentro…
—No —dijo Beatriz, y esta vez se le rompió la voz—. No. La torre no se cierra desde fuera como antes. El candado queda en una argolla exterior, pero la puerta abre desde dentro si no pones el candado. Yo no lo puse. Solo la dejé encajada. No encerré a nadie.
—¿Estás segura? —preguntó Amina.
—Sí. No puse el candado. Lo guardé en el bolsillo. Lo volví a colocar más tarde, cuando ya no había nadie arriba.
—¿Más tarde cuándo? —dijo Celia.
—Después de la comida. Subí sola.
—¿Y la puerta seguía cerrada?
—Entornada. Como la dejé.
—¿Miraste dentro entonces?
Beatriz se quedó callada.
Ahí estuvo.
La segunda vez.
—No —dijo al fin.
Nora soltó aire muy despacio.
—Beatriz…
—Tenía miedo —dijo ella, casi en un susurro—. Y me odié por tener miedo, pero lo tenía. Pensé que si miraba y no había nada, todo lo que había hecho era una locura. Y si miraba y había algo… no sabía qué hacer con eso.
La sala común pareció más pequeña.
Yo quería seguir enfadada. Una parte de mí lo necesitaba, porque la rabia era más cómoda que esa mezcla asquerosa de comprensión y espanto.
Pero verla allí, prefecta, culpable, marcada por su propia versión de la puerta, diciendo que tuvo miedo de mirar, me hizo pensar en Leonor diciendo quise creerles .
En Irene quedándose en el colegio. En Rafael yéndose.
En Sergio sacado por su familia. En todos los modos que tenía una persona de fallar cuando una puerta pedía algo imposible.
Celia fue quien nos devolvió al suelo.
—Entonces hay tres posibilidades —dijo—. Una: Sergio se equivocó y la mano era un reflejo, una rama o parte del uniforme. Dos: había alguien dentro que salió después de que tú te fueras. Tres: había alguien dentro y siguió allí hasta que tú volviste, y aun así no lo viste porque no miraste.
—La tercera no —dijo Beatriz.
—No la descartes porque te haga daño.
Beatriz no contestó.
Mauro se puso de pie.
—Necesitamos la imagen ampliada.
—Sergio puede enviarla —dije.
—Lo intentó —respondió Mauro—. Dice que su padre le quitó el ordenador después del mensaje. Me escribió desde el móvil de su hermana. No sabe si podrá volver a conectar.
—¿Tiene la foto?
—No. Solo la vio en la cámara del centro. Pero la recuerda.
—Entonces necesitamos la copia de la cámara —dijo Amina.
—La tiene dirección —respondió Celia.
Nora levantó una mano, sin entusiasmo.
—Voy a decir una cosa poco graciosa: si la tiene dirección, igual la mano ya no existe.
Nadie le llevó la contraria.
Porque era posible.
Tan posible que dolía.
Inés se levantó.
—Hay otra opción.
Todas la miramos.
—Beltrán. Estuvo presente cuando hicieron la copia. Leire también. Si hubo duplicado, puede que uno de ellos sepa dónde está.
—No podemos ir a preguntarles así como así —dijo Celia.
—No —respondió Inés—. Pero hoy tenemos Literatura.
Miré el reloj. Faltaba menos de una hora.
Literatura.
Beltrán.
La pizarra, los textos incompletos, los libros que encontraban habitaciones indebidas.
—No vamos a hablar antes —dijo Nora.
—No —contestó Amina—. Vamos a escuchar.
Esa frase resumía demasiado bien nuestra nueva vida.
El desayuno fue una representación mediocre.
Nos sentamos juntas, comimos poco y miramos demasiado.
Beatriz no se sentó con las prefectas; desapareció después de la reunión.
Inés se fue al aula de publicaciones. Mauro volvió a Lumbre con cara de llevar una piedra en el pecho.
Celia desayunó de pie, cosa que me pareció un crimen contra cualquier digestión, pero nadie se atrevió a decírselo.
Martina me pasó una tostada sin preguntar.
Yo la cogí sin protestar. Otro milagro pequeño, menos espectacular que una torre abierta, pero quizá más importante para mi supervivencia diaria.
En la mesa de profesores, Beltrán estaba hablando con Leire. No parecían tranquilos. Vionnet no estaba. Iriarte tampoco. Rivas miraba su taza con una concentración extraña. Valdés hablaba con Alderete, serio. El colegio entero tenía resaca de verdad.
Y aun así sonó la campana.
Porque los horarios son animales sin compasión.
La clase de Literatura empezó con la pizarra vacía.
Eso fue raro.