Capítulo 29 #2
La cena del patronato terminó sin postre o con el postre servido a gente que ya no sabía dónde mirar.
No lo sé. Nos sacaron de la sala pequeña por grupos.
Los adultos se quedaron dentro. Al pasar junto al pasillo, vi a varios padres hablando en voz baja, a antiguos alumnos con caras cerradas, a Nuria Albornoz discutiendo con una profesora sobre la custodia de las tarjetas de testimonios.
Vi a Héctor junto a su padre. Vi a Jaime solo, junto a una columna, con los ojos rojos.
Vi a Nicolás abrazar a Rafael. No fue un abrazo largo.
No fue perfecto. Pero fue. Y eso, en ciertas familias, ya era casi una revolución.
Martina me esperaba fuera.
Cuando me vio, no preguntó nada. Me abrazó.
Esta vez no fue rápido ni torpe. Fue un abrazo de verdad, en mitad de un pasillo lleno de gente, con el uniforme arrugándose y mi cara contra su hombro. Yo tardé un segundo en devolverlo. Luego lo hice. Sin chiste. Sin defensa.
—Sergio está en su casa —murmuré.
—¿Lo has oído?
—No.
Martina entendió. Me apretó más fuerte.
—Pero está en su casa.
—Eso dicen.
—Vale.
No era suficiente.
Pero era algo a lo que agarrarse hasta la mañana.
Nora apareció con los ojos brillantes.
—He pensado muchas frases y ninguna ayuda.
—Eso es nuevo —dije.
—Lo sé. Estoy creciendo en el peor momento.
Amina se quedó a su lado. Celia llegó detrás, con la carpeta contra el pecho y la cara agotada.
—Tenemos que dormir —dijo.
—No voy a poder —contesté.
—Nadie va a poder. Pero tenemos que intentarlo.
—Eso ha sonado a Valdés.
—Me lo tomo como cumplido práctico.
Subimos a Bruma juntas. Esta vez nadie cuestionó que yo no durmiera en la 226.
Ni siquiera yo. Beatriz estaba en el vestíbulo cuando llegamos.
Se había perdido la parte final de la revisión de la cámara porque la habían enviado a controlar residencias, supuse.
O porque alguien no quería que estuviera allí.
No lo sabía. Pero nos vio entrar y sus ojos se detuvieron en mí.
No parecía la prefecta de siempre.
Parecía una chica de diecisiete años con demasiadas llaves en los bolsillos.
—Alma —dijo.
Me detuve.
Las demás también.
Beatriz miró a Martina, a Nora, a Amina, a Celia. Después volvió a mí.
—Necesito hablar contigo.
—No sola —respondió Martina.
Beatriz asintió.
—Lo sé.
Aquello nos descolocó más que cualquier orden.
Fuimos a la sala común de Bruma. Estaba vacía, con las lámparas bajas y las cortinas cerradas. Beatriz dejó su carpeta sobre una mesa y se sentó. No en la cabecera. En un sillón lateral. Casi como una alumna más. Casi.
Nosotras nos quedamos de pie hasta que Amina, con esa capacidad suya de resolver incomodidades prácticas, se sentó primero. Luego Nora. Luego Martina conmigo. Celia cerró la puerta.
Beatriz miró sus manos.
—Las notas las escribí yo.
Nadie habló.
Ni siquiera yo.
Durante varios segundos, solo oí el latido en mis oídos.
—¿Qué? —dijo Martina al fin.
Beatriz no levantó la vista.
—La del dibujo. La de la taquilla. La de la cena.
Mi cuerpo tardó en reaccionar. Primero frío. Luego calor. Luego una rabia tan limpia que casi me dejó sin palabras.
Casi.
—Entraste en mi habitación.
—Sí.
—Tocaste el dibujo de mi hermano.
—Sí.
—¿Tienes idea de lo que eso…?
—Sí —dijo Beatriz, levantando los ojos por fin—. La tengo.
—No. No la tienes.
—Alma —dijo Celia, pero no para callarme. Para que no me rompiera contra la frase.
Yo me levanté.
—¿Por qué? ¿Para asustarme? ¿Para jugar a ser fantasma? ¿Para empujarme como todos los demás empujan cosas aquí y luego decir que era por mi bien?
Beatriz aguantó.
No se defendió enseguida. Eso me enfadó más.
—Porque estabas en la 226 —dijo—. Porque encontraste las iniciales. Porque sabía que si alguien podía tirar del hilo, eras tú.
—¿Y decidiste escribirme amenazas como una psicópata elegante?
—No eran amenazas.
—En mi mundo, cuando alguien entra en tu cuarto y escribe “No todos vuelven” en un dibujo de tu hermano, no se llama invitación a merendar.
Beatriz cerró los ojos un segundo.
—Lo siento.
—Qué poco.
—Lo sé.
Nora habló, extrañamente seria.
—¿Cómo entraste en la habitación?
—Las prefectas tenemos llave maestra para emergencias de residencia.
—Y esto te pareció emergencia —dijo Celia.
Beatriz la miró.
—Sí.
—Explícate.
Beatriz se remangó la manga derecha.
Las cicatrices quedaron a la vista.
Tres líneas finas, blancas, casi paralelas. No eran enormes. No eran teatrales. Pero allí estaban, sobre la piel impecable de la prefecta perfecta.
—Hace dos años, en Bruma, intentaron recuperar una versión suave de la Vigilia —dijo—.
No en la torre. No de noche entera. No oficialmente peligrosa.
Una “actividad de carácter”. Nos dejaron en una sala antigua del ala norte durante una hora.
Sin móviles, sin luz, con la puerta cerrada.
Decían que era voluntario, pero todas sabíamos lo que significaba decir que no.
Martina se tapó la boca.
—¿Quién lo organizó?
—Alumnas mayores. Con permiso ambiguo de una tutora que prefirió no mirar demasiado. Nada extremo. Nada que no pudiera explicarse como tradición de casa. Pero la cerradura se atascó.
El aire de la sala cambió.
Beatriz miró sus cicatrices.
—Yo no sabía nada de Lucía entonces. No de verdad.
Había rumores, como siempre. Esa noche, cuando no pudieron abrir, una de las chicas empezó a gritar “otra vez no”.
Se llamaba Claudia. Había tenido una hermana mayor en Bruma.
Ella sí sabía. Yo… —tragó saliva— yo intenté abrir desde dentro.
Arañé la madera hasta hacerme sangre. No pasó nada grave.
Nos sacaron a los veinte minutos. Dijeron que exagerábamos. Que no hiciéramos de eso una historia.
No hiciéramos de eso una historia.
El Aurora entero parecía construido sobre esa frase.
—Después busqué —continuó Beatriz—. Encontré referencias. Nombres. Lucía. Marta. Irene. La torre. La Vigilia. Pero todo estaba roto, incompleto, escondido. Cuando te pusieron en la 226 y vi tu nombre en la lista de Bruma, me dio miedo.
—¿Por mí?
—Por lo que podía repetirse.
—¿Y en vez de advertirme normal, decidiste hacer esto?
Beatriz bajó la cabeza.
—Si te lo decía normal, habrías ido a Vionnet o a Leire. Habrían cerrado todo antes de que miraras. Si lo hacía demasiado claro, me encontrarían a mí. Necesitaba que preguntaras, pero no que supieran que alguien de dentro te empujaba.
—Me usaste.
Lo dije de forma simple.
Beatriz cerró los ojos.
—Sí.
No intentó maquillarlo.
Eso no lo arreglaba.
Pero lo hacía más difícil de odiar.
—También usaste a Sergio —dijo Mauro desde la puerta.
No lo habíamos oído entrar. O quizá había estado allí desde el principio. Venía con Inés detrás. La noche estaba reuniendo testigos como si ya no supiera hacer otra cosa.
Beatriz palideció.
—No. A Sergio no.
Mauro entró un paso.
—La figura de la torre. ¿Fuiste tú?
Beatriz no contestó.
—Beatriz —dijo Inés.
La prefecta apretó las manos.
—Sí.
Nora soltó un susurro.
—Madre mía.
Yo me senté de golpe, porque si seguía de pie quizá hacía algo absurdo.
—Te vestiste con uniforme antiguo —dije.
—Del archivo de teatro. La cinta estaba en una caja de objetos de Bruma. No sabía si era de Lucía hasta que vi la reacción de Irene esta noche. Solo sabía que estaba guardada con material de 2009.
—Abriste la torre —dijo Celia.
—Tengo acceso a llaves de apoyo para actividades exteriores. No todas. Pero sí a una copia del candado nuevo. La puerta no era la misma de 2009. Solo quería que alguien la fotografiara. Que hubiera una imagen que obligara a mirar la torre.
Mauro la miraba como si no pudiera decidir si odiarla o entenderla.
—Sergio la fotografió.
—No sabía que sería Sergio. Vi al grupo. Pensé que quizá Mauro, por la revista, haría fotos. O alguien. No pensé…
—No pensaste que lo sacarían del colegio —dije.
Beatriz me miró.
—No.
—Pero pasó.
—Sí.
Y ahí se rompió un poco.
No mucho. Beatriz no se derrumbó. No lloró de forma bonita. Solo se le llenaron los ojos y apretó los dientes como si quisiera castigarse por necesitar lágrimas.
—Lo siento —dijo—. Por Sergio. Por ti. Por todo. Yo pensé que si conseguíamos una prueba visual, una reacción, algo… pensé que ya no podrían seguir cerrando carpetas. No pensé que fueran a actuar tan rápido.
Celia habló con dureza:
—Porque subestimaste lo que protegen.
Beatriz asintió.
—Sí.
Inés se acercó a la mesa.
—¿Alguien más lo sabía?
—No. Claudia ya no está en el centro. No quise implicar a nadie.
—Demasiado tarde para eso —dijo Mauro.
Beatriz aceptó el golpe sin moverse.
Yo miré la nota de la cena, que seguía en mi bolsillo. La había escrito ella. Beatriz. La prefecta que parecía parte del muro. La chica que había aprendido a ser muro para no volver a quedarse encerrada.
—¿Por qué mirar a la madre? —pregunté.
—Porque Leonor estuvo allí en 2009. No en la torre. En el edificio. Su nombre aparecía en una lista de invitados del patronato. Y porque encontré una anotación antigua: “La madre de R. vio las manos.” No sabía más.
Rafael. Las manos. La sangre.
Beatriz había unido piezas como nosotras. Con menos apoyo. Con más llaves. Con peor método.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nora.
Nadie respondió enseguida.
Porque la respuesta era fea.
Ahora Beatriz había confesado que manipuló pruebas actuales, entró en mi habitación, dejó notas y abrió la torre para provocar una reacción.
Eso podía destruirla. Podía permitir que Vionnet, Iriarte y todos los demás desviaran la atención: no había misterio, solo una prefecta obsesionada recreando viejos rumores; Sergio no vio un secreto, vio una puesta en escena; Lucía volvía a quedar enterrada debajo de la imprudencia de otra alumna.
Celia lo entendió al mismo tiempo que yo.
—No podemos decir esto todavía —dijo.
Mauro la miró.
—¿Qué?
—Si lo decimos ahora, dirección usará a Beatriz para invalidarlo todo.
—Pero la figura era ella.
—Sí. Pero la puerta de 2009 no. La carta de Marta no. El testimonio de Irene Pardo no. Rafael no. Las camas limpias no. Sergio retirado no. Iriarte con la cámara y el libro no.
Beatriz bajó la cabeza.
—No voy a esconderme.
—No se trata de esconderte —dijo Amina—. Se trata de no regalarles una salida sencilla antes de que Sergio hable.
Eso era.
Sergio.
La pieza viva.
Necesitábamos su voz.
Yo miré a Mauro.
—Hay que hablar con él.
—Su familia no deja.
—Entonces encontramos otra forma.
Celia me miró.
—Alma.
—No digo colarnos en su casa. Digo que Sergio quería hablar contigo.
Si puede acceder a correo, quizá responda.
Si no puede, quizá Diego tenga su teléfono personal.
O Héctor. O alguien de Lumbre. Necesitamos una frase suya.
Una sola. Que diga que no quería irse. Que diga qué vio. Que diga si escribió en el libro.
Mauro asintió despacio.
—Puedo intentarlo.
—No solo —dijo Celia.
—No solo —respondió él.
Beatriz se levantó.
—Yo puedo conseguir el teléfono que figura en su ficha familiar.
—No —dijimos varias a la vez.
Ella se detuvo.
—No más llaves maestras —dijo Amina.
Beatriz aceptó aquello como si se lo mereciera.
Porque se lo merecía.
Pero también se quedó.
Y quizá eso importaba.
Esa noche dormimos todas en la habitación de Martina y Jimena.
Todas menos Celia, que volvió a Atlas después de hacernos jurar que nadie movería un dedo sin avisar, y Amina, que se quedó en la puerta hasta que Beatriz se fue por el pasillo.
La 226 quedó vacía. Cerrada. No me dio pena.
Tampoco alivio. Solo sentí que ya no era el centro del miedo.
El miedo se había mudado al colegio entero.
Antes de apagar la luz, Martina me preguntó:
—¿La perdonas?
No hizo falta preguntar a quién.
Miré el techo.
—No.
Martina no dijo nada.
—Pero la entiendo un poco —añadí.
—Eso es peor.
—Sí.
Era mucho peor.
Porque odiar a los malos era fácil. Lo difícil era descubrir que algunas personas hacían daño intentando abrir una puerta que a ellas también les había dejado marcas.
A la mañana siguiente, Mauro consiguió hablar con Sergio.
Fue antes del desayuno.
Llegó a Bruma con la cara blanca, escoltado por Inés como si trajera un documento de guerra. Nos reunió en la sala común. Beatriz no estaba. Mejor.
—Me escribió desde un correo personal —dijo Mauro—. Diego le pasó un mensaje a escondidas por un grupo viejo de Lumbre. Sergio contestó hace diez minutos.
Celia apareció por la puerta, sin aliento. Alguien la había avisado. Amina y Nora detrás.
—Lee —dije.
Mauro abrió el papel donde había copiado el mensaje.
Su voz tembló, pero leyó:
Estoy en casa. No me dejaron escribir antes.
Mi padre dice que exageré y que el colegio quiere evitarme problemas.
Yo no quería irme. La foto era real. La puerta estaba abierta.
La figura no me asustó tanto como otra cosa: en la siguiente foto, antes de que la puerta se cerrara, se ve una mano dentro de la torre.
Se me paró el corazón.
Mauro siguió:
No sé si era alguien escondido o alguien saliendo. Pero había una mano en el marco. No se veía en la cámara pequeña hasta ampliar. Por eso quería enseñártela. No era solo la chica del uniforme. Había alguien dentro.
Silencio.
La figura era Beatriz.
Pero la mano no.
Alguien estaba dentro de la torre mientras Beatriz hacía su puesta en escena.
Alguien más había abierto aquella puerta.
Alguien que no queríamos que miráramos.
Celia fue la primera en hablar.
—Entonces la foto no era solo una provocación.
Amina asintió.
—Era una respuesta.
Yo sentí que el aire se volvía fino, difícil.
La torre no estaba vacía.
Y, de pronto, la historia de 2009 dejó de ser solo pasado.
Porque alguien actual había estado dentro.
Alguien que quizá había visto a Beatriz.
Alguien que quizá había dejado que Sergio viera más de la cuenta.
Alguien que seguía moviéndose por el Aurora con llaves, silencio y memoria.
Miré hacia la ventana. La niebla cubría el jardín.
—Hay que encontrar esa mano —dije.
Y esta vez nadie me dijo que tuviera cuidado.
Porque todos lo entendimos a la vez.
Ya no estábamos abriendo una puerta antigua.
Alguien, desde dentro, acababa de empujarla hacia nosotros.