La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

La cinta azul parecía poca cosa.

Eso fue lo que pensé, de una forma absurda, mientras la imagen seguía proyectada en la pantalla y todos la mirábamos como si acabara de aparecer un cadáver en mitad de una clase de buenos modales.

Era solo una cinta. Un trozo de tela, quizá desteñido, quizá mal enfocado por la cámara de Sergio, colgando de la mano de una figura con uniforme antiguo.

Una cinta que, en cualquier otro contexto, no habría significado nada.

Un adorno. Un recuerdo. Una tontería que se guarda en un cajón y se olvida hasta que alguien la encuentra años después y no sabe por qué le duele.

Pero allí, en esa sala pequeña junto al comedor de gala, aquella cinta azul tenía más fuerza que todos los discursos del patronato.

Irene Pardo no apartaba los ojos de la pantalla.

—Lucía la llevaba en el pelo aquella noche —repitió, más bajo—. Se la quité yo antes de que la sacaran de la torre. Tenía el pelo empapado y se le había enredado. Me la quedé en la mano. Ni siquiera sé por qué.

Rafael la miró.

—Nunca me lo dijiste.

—No sabía cómo decir nada de aquello.

Vionnet seguía muy cerca de la pantalla.

No parecía estar actuando. Eso fue lo que me inquietó.

Hasta entonces, Vionnet había sido calma, control, frases limpias, versiones pulidas.

Pero al ver la cinta, algo en ella se había agrietado de verdad.

No muchísimo. No lo suficiente para derrumbarla.

Pero sí para que se viera que aquella imagen no entraba en ninguna carpeta preparada.

—Esa cinta fue devuelta a sus pertenencias —dijo.

Irene giró hacia ella.

—No.

—Sí —insistió Vionnet—. Recuerdo el inventario.

—Entonces recuerdas mal.

Iriarte habló desde el fondo, con la voz áspera:

—Una cinta azul no prueba nada.

—Prueba que alguien la guardó —dijo Celia.

No levantó la voz. No hacía falta. Celia hablaba como si estuviera poniendo una chincheta en un mapa.

—Y prueba que alguien la llevó al mirador —añadió Mauro, todavía con la mano sobre el ratón de la cámara—. El día que Sergio hizo la foto.

—También podría no ser la misma cinta —dijo Iriarte.

Irene Pardo soltó una risa breve, rota.

—Claro. Otra cinta azul. Otro uniforme antiguo. Otra puerta abierta. Otra casualidad.

Iriarte apretó los labios. Su mirada fue hacia la cámara, luego hacia Mauro, luego hacia mí.

No sé por qué hacia mí, pero la sentí como una mano fría.

Quizá porque yo era el origen visible de todo ese desastre, la becada de la habitación equivocada, la chica con notas, la que no sabía callarse a tiempo.

O quizá porque, para gente como él, siempre hacía falta una culpable menor para no mirar al culpable grande.

Alderete se acercó a la mesa.

—Mauro, continúa con las imágenes.

Mauro pasó a la siguiente.

La figura seguía allí, pero la niebla la cubría más. La puerta de la torre continuaba abierta. En la siguiente foto, la figura ya no estaba. La puerta aparecía cerrada de nuevo.

—¿Cuánto tiempo pasó entre una y otra? —preguntó Beltrán.

Mauro revisó la información del archivo.

—Treinta y siete segundos.

Treinta y siete segundos.

En treinta y siete segundos, una persona había aparecido con uniforme antiguo y una cinta de Lucía junto a una puerta que llevaba años cerrada.

O eso parecía. En treinta y siete segundos, Sergio Lamas había fotografiado algo que no debía, había querido contarlo y había terminado fuera del colegio con una frase elegante encima.

—La puerta estaba abierta —dijo Rafael.

No lo dijo para nosotros. Lo dijo para sí mismo, como si esa imagen estuviera reescribiendo algo dentro de él.

Leonor se acercó un paso a su hijo mayor.

—Rafael…

—No —dijo él, sin mirarla—. Déjame.

Nicolás estaba junto a la pared, con los brazos cruzados y la cara rígida.

No miraba a su padre. No miraba a Vionnet.

Miraba la pantalla. Supongo que también estaba intentando entender qué parte de su familia era real y qué parte había sido un decorado bien iluminado.

Qué asco crecer así. Qué asco crecer así, si el sitio que te prometía altura tenía sótanos.

Alderete respiró hondo.

—La prioridad ahora es identificar quién aparece en la imagen.

—Y encontrar a Sergio —dijo Mauro.

El director lo miró.

—Sergio está con su familia.

Mauro no bajó la vista.

—Entonces llámenlo.

La sala se quedó quieta.

Fue una petición tan simple que casi dolió.

Llamarlo. Si Sergio estaba bien, si la familia solo quería privacidad, si todo era tan limpio como decían, bastaba con una llamada.

Un minuto. Su voz. Una confirmación. No hacía falta revelar secretos, ni invadir intimidades, ni romper protocolos. Solo llamarlo.

Alderete miró a Vionnet.

Vionnet no miró a Iriarte.

Eso también lo vi.

—Podemos solicitar a su familia una confirmación de bienestar —dijo ella.

—No —dijo Leire—. Podemos llamar ahora.

—No corresponde.

—Sí corresponde —dijo Beltrán—. Después de esto, corresponde.

Iriarte dio un golpe con los dedos sobre la mesa.

—Lo que no corresponde es que un grupo de alumnos y antiguos alumnos alterados dicte el procedimiento del centro.

—No estamos dictando nada —dijo Celia—. Estamos pidiendo que una persona que dejó un mensaje sobre esta foto confirme que se encuentra bien.

Iriarte la miró con desprecio.

—Tú no tienes ninguna autoridad aquí.

Celia se quedó quieta.

Fue un error de Iriarte.

Porque Celia, cuando alguien intentaba dejarla sin sitio, no se encogía. Se afilaba.

—No —dijo—. Pero tengo memoria de lo que se ha dicho esta noche. Y hay suficientes testigos adultos para que, si mañana Sergio sigue incomunicado y esta cámara desaparece, resulte difícil llamarlo malentendido.

La sala respiró distinto.

Alderete, por primera vez, miró a Celia como si estuviera viendo no a una alumna, sino a una posible consecuencia.

—Llamaremos a la familia —dijo al fin.

No a Sergio.

A la familia.

Pero era algo.

Vionnet salió de la sala con Leire. Esta vez Leire no la dejó ir sola.

Beltrán se quedó junto a la cámara. Nuria Albornoz, que había logrado entrar con el argumento de representar a la revista, anotaba en una libreta con la cabeza baja.

No sabía si estaba escribiendo detalles para no olvidar o para no gritar.

A mí me pasaba algo parecido, solo que yo no tenía libreta suficiente para tanto.

Alonso Arriaga se acercó a Rafael.

—No deberías seguir aquí.

—Qué curioso —respondió Rafael—. Hace doce años dijiste lo mismo y me fui. Mira lo bien que salió.

—No sabes lo que esa noche hizo a tu madre.

Rafael lo miró entonces. Y ahí vi el dolor completo. No solo rabia. Dolor.

—Sí lo sé. Lo vi cada día. La vi apagarse en silencio.

La vi defenderte en público y evitar tu mirada en casa.

La vi fingir que mi problema era sensibilidad, que mi distancia era ingratitud, que el Aurora seguía siendo un lugar magnífico porque, si no lo era, entonces ella tendría que aceptar que dejó a una niña sola y a su hijo también.

Leonor se llevó una mano a la boca.

Nicolás bajó la cabeza.

Alonso no dijo nada.

Porque algunas verdades, cuando entran en una familia, no necesitan gritar. Ya conocen la casa.

Vionnet y Leire tardaron seis minutos en volver. Los conté. No porque quisiera, sino porque mi cuerpo se había convertido en reloj. Vionnet traía el teléfono interno del despacho en la mano. Leire tenía la cara más tensa que antes.

—Hemos hablado con la madre de Sergio —dijo Vionnet—. Sergio está en su casa.

Mauro cerró los ojos.

No fue alivio completo. Fue algo más pequeño. Algo como una cuerda aflojándose sin soltar del todo.

—¿Habló él? —preguntó Amina desde la puerta.

No sabía cuándo había entrado. Tampoco Nora, que estaba detrás de ella. Nadie las echó. Ya éramos demasiados para mantener la ficción de una reunión ordenada.

Vionnet miró hacia ellas.

—No.

—Entonces no sabemos si está bien —dijo Nora.

—Su madre lo confirmó.

—Mi madre también diría que estoy bien si un colegio carísimo la llama con voz de despacho —contestó Nora.

Amina le puso una mano en el brazo, pero no para frenarla. Para sostenerla.

Vionnet se quedó callada.

Leire habló:

—La madre dice que Sergio está descansando. Que no quiere recibir llamadas. Que su padre decidió retirarlo unos días porque estaba nervioso y porque el centro informó de una situación de exposición indebida.

—¿Exposición indebida? —preguntó Mauro.

Iriarte no miró a nadie.

—La foto —dije.

Leire asintió, casi imperceptiblemente.

Ahí estaba el mecanismo. Sergio vio algo.

Sergio se asustó. Jaime avisó a Iriarte.

Iriarte o dirección contactaron con la familia.

La historia se transformó: Sergio no era testigo, sino un alumno alterado por ver algo extraño; no tenía una prueba, sino una exposición indebida a un rumor; no había que escucharlo, había que retirarlo para protegerlo.

Qué fácil era mover una pieza cuando el tablero pertenecía a otros.

—Necesitamos hablar con él —dijo Mauro.

—No esta noche —respondió Leire—. Pero insistiré mañana.

Vionnet la miró. Leire no apartó la vista.

Bien.

Pequeño, pero bien.

Alderete tomó la palabra con el tono de quien quiere convertir un incendio en acta.

—El material de la cámara quedará custodiado. Se hará una copia en presencia de los aquí reunidos. Dirección iniciará una revisión interna sobre la aparición de la figura en el mirador y sobre los hechos mencionados relativos a 2009. Hasta entonces, todos los alumnos regresarán a sus residencias.

—¿Revisión interna? —dijo Rafael.

—Es el primer paso adecuado.

—No. Es el paso cómodo.

Alderete lo miró con paciencia institucional. Esa paciencia que no es virtud, sino muro.

—Si existen elementos que deban trasladarse fuera del centro, se hará.

—Existen —dijo Irene Pardo.

—Se valorará.

—Ya se valoró una vez —respondió ella—. Y ganó el silencio.

Alderete no contestó.