Capítulo 28 #2
—No eran amigos íntimos —dijo Nora, de pronto.
Todos la miramos.
Ella tragó saliva, pero siguió.
—Sergio y Mauro. No eran amigos íntimos. Apenas estaban empezando a hablar. Y aun así Sergio le escribió porque necesitaba a alguien que no le dijera que mirara para otro lado. Eso no es interferir. Eso es lo mínimo que se supone que hacemos las personas cuando alguien nos pide que miremos.
Nora Vidal Castaño. La chica de la sardina Prudencia. La del caos aplicado. La que hablaba demasiado cuando tenía miedo. Acababa de decir una de las cosas más serias de la noche.
Amina la miró como si quisiera sonreír, pero no fuera el momento.
Iriarte no contestó.
Porque contestar habría sido darle valor.
Y ya lo tenía.
—La cámara está custodiada —dijo Vionnet.
—¿Por quién? —preguntó Celia.
—Por dirección.
—Entonces puede revisarse ahora —dijo Héctor.
Su padre giró hacia él.
—Héctor.
Pero Héctor no se calló.
—Si no hay nada extraño, se revisa y se acaba el rumor.
Jaime lo miró, dolido.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí —respondió Héctor—. Estoy diciendo lo que tú deberías haber dicho cuando Sergio te lo contó.
Jaime se quedó sin color.
Eso fue cruel. Pero quizá era verdad. En el Aurora, la verdad muchas veces llegaba tarde y con mala educación.
—Yo hice lo correcto —dijo Jaime.
Su voz sonó más joven que nunca.
—Avisé al profesor Iriarte porque Sergio estaba alterado. Dijo que había visto una persona con uniforme antiguo. ¿Qué querías que hiciera? ¿Seguirle el juego?
—Podrías haberle escuchado —dijo Mauro.
Jaime no lo miró.
—Lo escuché.
—No —dijo Héctor—. Lo gestionaste.
Otra palabra que sonó a despacho, a familia, a centro, a cama limpia.
Jaime bajó la mirada.
No me dio pena exactamente. O sí. Me dio rabia que me diera pena. Jaime no era Iriarte. No era Vionnet. No era Alonso Arriaga. Era un chico que había aprendido demasiado bien dónde se entregaban los problemas para no tener que tocarlos. Y ahora tenía las manos limpias y la cara rota.
Alderete habló al fin, con una autoridad que intentó envolverlo todo.
—La cámara será revisada por dirección y, si procede, por la familia de Sergio. No vamos a convertir una cena institucional en un espectáculo.
—Ya es un espectáculo —dijo Nuria Albornoz desde el fondo.
No Irene Pardo.
La editora.
Levantó varias tarjetas de testimonios.
—Y además uno con muchas versiones.
Alderete la miró.
—Irene.
—Director, somos la revista del centro. Hemos recogido testimonios esta noche sobre tradiciones transformadas o en desuso.
Varias personas han mencionado la Vigilia de la Primera Nieve.
Varias han mencionado el cierre de la torre.
Varias han mencionado que después de 2009 hubo cambios en Bruma, en Cumbre y en el acceso al mirador.
Vionnet dio un paso hacia ella.
—Ese material debe ser revisado antes de cualquier uso.
—Por supuesto —dijo Nuria Albornoz—. Como todo lo que se quiere corregir antes de que diga algo.
Madre mía.
La chica corregía comas, sí, pero también podía clavar cuchillos con membrete.
Beltrán se acercó entonces a Mauro.
—La cámara —dijo— debería quedar custodiada por más de una parte.
Alderete giró hacia él.
—Emilio, no alimentes esto.
—No alimento nada. Sugiero que, para proteger al centro, a Sergio, al profesor Iriarte y a todos los presentes, el material sea duplicado y registrado ahora, delante de dirección, un representante del patronato, un tutor y dos alumnos de la revista.
Aquello fue una jugada.
Hasta yo lo entendí.
Beltrán no estaba diciendo “no confío en vosotros”. Estaba diciendo “si os negáis, parecéis culpables”. Burocracia con filo. Celia debió de sentir orgullo profesional.
Alonso Arriaga miró a Alderete.
—Quizá sea lo más prudente.
Rafael soltó una risa breve.
—Claro. Ahora prudencia.
Alonso lo ignoró.
—Si hay rumores que afectan al centro y al patronato, conviene cerrarlos con transparencia.
Transparencia.
Qué palabra preciosa cuando se usa justo antes de elegir qué cristal mostrar.
Vionnet no parecía contenta. Iriarte, menos. Pero Alderete, que quizá entendía mejor que nadie el peligro de una verdad sin cauce, asintió.
—De acuerdo. Se revisará la cámara.
El pasillo volvió a murmurar.
Mauro abrió los ojos como si no esperara haber llegado tan lejos.
Yo tampoco.
—Ahora —dijo Leire.
Alderete la miró.
—Leire.
—Ahora —repitió—. Si se hace mañana, ya no será transparencia. Será otra cosa.
Vionnet sostuvo la mirada de Leire durante un segundo larguísimo.
Luego dijo:
—Traeré la cámara.
—Yo la acompaño —dijo Beltrán.
—No es necesario.
—Precisamente por eso.
Alderete hizo un gesto.
—Emilio irá contigo.
Iriarte no dijo nada.
Vionnet y Beltrán se marcharon por el pasillo hacia dirección.
El resto nos quedamos allí, atrapados en una espera imposible.
Nadie volvió al comedor. La cena del patronato se había deshecho en grupos pequeños, murmullos, miradas, padres intentando entender si aquello era un escándalo, una tragedia o una mancha que convendría limpiar rápido.
Los camareros del centro seguían moviéndose con bandejas, pobres, como si todavía hubiese una cena que servir.
Leonor se acercó a Rafael.
—Lo siento —dijo.
Dos palabras.
Demasiado tarde. Demasiado pequeñas. Demasiado necesarias.
Rafael no la abrazó.
No la perdonó.
Pero tampoco se apartó.
—Yo también —dijo.
Nicolás estaba a su lado. Miraba a su madre con una mezcla de tristeza y furia contenida que me resultó insoportable. No porque me diera pena él, o no solo por eso. Porque entendí que todas las familias tenían habitaciones 226. Sitios pequeños, apartados, donde guardaban lo que no sabían mirar.
Martina me tocó el hombro.
—¿Estás bien?
—No.
—Vale.
Y se quedó.
Sin arreglarlo.
Sin pedirme que lo convirtiera en chiste.
Nora, Amina, Celia y Mauro también estaban cerca. Inés junto a Nuria Albornoz. Héctor a medio camino entre su padre y nosotros. Jaime solo, junto a una columna, con la cara de alguien que estaba descubriendo que hacer lo correcto no siempre te convierte en bueno.
Pasaron diez minutos.
Quince.
Cuando Vionnet y Beltrán volvieron, traían la cámara.
La cámara de Sergio.
Mauro dio un paso involuntario hacia delante.
Vionnet llevaba también una funda con la tarjeta de memoria.
—El material será revisado en la sala de audiovisuales —dijo.
—Aquí —dijo Leire.
—No es apropiado.
—No era apropiado que una alumna golpeara una puerta y nadie abriera —dijo Rafael—. Creo que hemos superado ese umbral.
Alderete cerró los ojos un segundo.
Luego señaló la sala pequeña junto al comedor, usada para presentaciones del patronato. Tenía una pantalla, un proyector y un ordenador.
—Allí. Ahora. Solo dirección, los implicados directos, dos representantes de revista y los alumnos que recibieron el mensaje de Sergio.
—Y Rafael e Irene Pardo —dijo Beltrán.
—Y Rafael e Irene Pardo —aceptó Alderete.
Entramos demasiados, pero menos de los que querían entrar.
Vionnet, Alderete, Iriarte, Beltrán, Leire.
Rafael, Irene Pardo, Leonor y Alonso. Nicolás.
Mauro. Celia. Nuria Albornoz. Y, no sé cómo, yo.
Supongo que porque Mauro dijo que Sergio me había contado parte de lo ocurrido, aunque eso no era exacto, o porque Celia me arrastró con una mirada, o porque a esas alturas sacarme habría sido más llamativo que dejarme.
Martina no pudo entrar.
Antes de que cerraran la puerta, me apretó la mano.
—Luego —susurró.
Luego.
Otra palabra peligrosa.
Mauro conectó la cámara con manos temblorosas. Beltrán se colocó a su lado. Vionnet observaba. Iriarte estaba tan rígido que parecía una estatua mal tallada.
Las fotos aparecieron en la pantalla.
Primero, imágenes normales. Alumnos subiendo el sendero. Niebla entre pinos. Nora con el botiquín y cara de mártir. La torre meteorológica a lo lejos. La piedra marcada, aunque en una foto borrosa. Rivas hablando al grupo. Valdés junto a la barandilla. Más niebla. Más alumnos.
—Pasa a las últimas —dijo Mauro.
Su propia voz le sonó rara, creo.
Pasó.
La torre.
La puerta cerrada.
Otra foto.
La torre desde un ángulo lateral.
La puerta…
Abierta.
Nadie respiró.
Allí estaba.
La puerta de la torre, apenas entornada, oscura por dentro. Junto a ella, una figura.
Uniforme antiguo.
Chaqueta diferente, falda oscura, medias altas, pelo recogido de forma extraña. No se veía la cara. La niebla la envolvía, pero no la borraba.
No parecía un fantasma.
Eso fue lo peor.
Parecía una persona queriendo parecer un fantasma.
—Amplía —dijo Celia.
Mauro amplió.
La imagen perdió calidad, pero ganó intención. La figura estaba de pie junto a la puerta abierta. No miraba a la torre. Miraba hacia el grupo, hacia donde estábamos los alumnos de Bruma.
En una mano sostenía algo.
Una cinta.
Una cinta azul oscuro.
Rafael se llevó una mano a la boca.
—Irene —dijo.
Irene Pardo estaba blanca.
—Es la cinta de Lucía.
—¿Qué cinta? —preguntó Alderete.
Irene habló casi sin voz.
—La llevaba en el pelo aquella noche.
La sala se congeló.
Vionnet se acercó a la pantalla.
—Eso es imposible.
Y por una vez sonó sincera.
No institucionalmente sincera. Sincera de verdad.
Iriarte retrocedió medio paso.
Lo vi.
Todos lo vimos.
La imagen seguía en la pantalla, granulada, gris, imposible de archivar sin explicaciones. Una figura con uniforme antiguo. Una puerta abierta. Una cinta de una chica que, según todos, se había ido con su familia doce años atrás.
Entonces Celia dijo lo que yo no había conseguido pensar todavía:
—Si esa cinta es real, alguien la guardó.
Miró a los adultos.
—Durante doce años.