Capítulo 26
La nota pasó por tantas manos aquella noche que casi acabó teniendo comité propio.
Martina la leyó tres veces. Jimena la leyó dos, aunque hizo como que con una bastaba. Nora apareció en la habitación en pijama, con una coleta deshecha y cara de haber sido arrancada de un sueño muy ofensivo, y al leerla dijo:
—Vale. Oficialmente odio las cenas.
Amina llegó después, porque Nora había ido a buscarla con la delicadeza de quien llama a una puerta como si viniera a anunciar un incendio pequeño.
Celia fue la última. Entró en la habitación de Martina y Jimena con una chaqueta sobre el pijama, el pelo recogido deprisa y una expresión que decía que nos iba a matar si la nota resultaba ser una tontería. No lo era.
La leyó en silencio.
En la cena no miréis al padre. Mirad a la madre.
Celia no dijo nada durante varios segundos. Eso, en Celia, era casi un discurso.
—La madre de Nicolás —dijo al fin.
—Eso parece —respondí.
—O cualquier madre —dijo Nora—. Hay muchas madres en una cena del patronato. Madres con perlas, madres con agendas, madres que preguntan si has comido mientras firman donaciones.
—La nota habla del padre —dijo Amina—. Singular. El padre al que todos miraríamos.
—El padre de Nicolás —dijo Martina.
Todas lo sabíamos. El padre de Nicolás era patronato, apellido, poder y probablemente una mano metida en demasiadas versiones oficiales. Era lógico mirarlo a él. Demasiado lógico. Por eso la nota decía que no.
—¿Cómo se llama la madre? —preguntó Jimena.
—Leonor de la Serna —dijo Celia—. Creo.
—Qué nombre de mujer que sabe llevar un abrigo caro —murmuró Nora.
—Leonor de la Serna Azcárate —añadió Celia, porque Celia no podía dejar un apellido sin completar aunque fueran las once de la noche y estuviéramos al borde de una conspiración familiar.
—Por supuesto —dije—. Una madre con tres niveles de acceso.
Martina tenía la nota entre los dedos y la miraba como si pudiera sacar algo más de la letra.
—¿Y si la nota intenta separarnos de lo importante?
—Puede —dijo Celia.
—¿Y si intenta protegernos? —preguntó Jimena.
Nadie respondió enseguida.
Ese era el problema de quien nos escribía. A veces parecía empujarnos hacia la verdad. A veces parecía empujarnos hacia un precipicio con buena caligrafía. Y a veces, lo más inquietante de todo, parecía hacer ambas cosas a la vez.
—Mañana no improvisamos —dijo Celia.
La miré.
—¿Has probado alguna vez a decirme eso y que funcione?
—Mañana tiene que funcionar.
No sonó a orden. Sonó a miedo. Eso me hizo callar, que ya era casi un milagro de convivencia.
Celia organizó el plan en voz baja, con la precisión de quien debería haber nacido con una pizarra portátil.
Nuria e Inés llevarían la cobertura oficial de El Mirador .
Héctor se encargaría de acercarnos a ciertos antiguos alumnos de Cumbre sin que pareciera raro.
Mauro estaría con las fotografías. Amina y Nora recogerían testimonios breves en tarjetas.
Martina y yo, con Inés, haríamos preguntas de apoyo sobre tradiciones de casas.
Celia clasificaría respuestas y vigilaría reacciones.
Lo de mirar a la madre, explicó, no significaba abalanzarnos sobre Leonor de la Serna como si fuera un cofre con contraseña.
Significaba observar. Ver con quién hablaba, a quién evitaba, qué hacía cuando se mencionaran ciertas palabras.
—Tradiciones —dijo Celia—. Nieve. Música. Primer ciclo. Torre. Invernadero. Bruma.
—Has dicho no improvisar y luego has enumerado media lista de minas —dijo Nora.
—Por eso no improvisamos.
—Celia, contigo hasta saltar por los aires tendría planificación.
—Gracias.
—No era un cumplido del todo.
—Lo acepto del todo.
Yo escuchaba, sentada en el borde de la cama de Martina, con la nota sobre las rodillas.
Por una vez, no discutí cada punto. No porque no quisiera, sino porque algo de la frase me había dejado un cansancio raro.
Mirad a la madre. Mi madre estaba en casa, probablemente planchando ropa para la semana, preguntándose si yo comía bien y creyendo que mi mayor problema era adaptarme a un sitio de ricos con niebla.
La madre de Nicolás iba a estar en una cena del patronato, quizá con un vestido perfecto, quizá fingiendo que Rafael no era una herida familiar, quizá sabiendo algo que nadie se atrevía a decir.
Las madres, pensé, tenían esa desgracia: muchas veces eran las que veían la verdad cuando ya era tarde para impedirla.
A la mañana siguiente, el Instituto Aurora amaneció en modo escaparate.
Las galerías olían a cera reciente. Habían colocado flores blancas en el vestíbulo principal, faroles en el jardín central y manteles nuevos en el comedor de gala.
En los pasillos aparecieron alumnos voluntarios con cajas, profesores con listas y personal del centro moviéndose con esa eficacia invisible que hacía posible que los apellidos importantes encontraran todo perfecto sin preguntarse quién había estado dos horas doblando servilletas.
El Aurora se preparaba para recibir a padres, antiguos alumnos, miembros del patronato y benefactores.
Es decir: el público para el que había sido construido.
Nos dieron instrucciones después de comer.
Uniforme impecable. Pelo recogido o arreglado.
Insignia visible. Nada de conversaciones personales con invitados salvo indicación de El Mirador .
Preguntas breves, amables, centradas en memoria institucional positiva.
La palabra positiva apareció tantas veces que empezó a darme alergia.
Nuria Albornoz nos reunió en el aula de publicaciones antes del evento. Llevaba una camisa negra, una libreta en la mano y cara de haber dormido poco, que en ella quedaba casi profesional.
—Recordad —dijo—, esto es una cobertura institucional, no un interrogatorio.
—Qué lástima —murmuró Nora.
—Vidal.
—Perdón. Cobertura institucional, sonrisa moderada, nada de mirar sótanos.
—Exacto.
Nuria nos repartió tarjetas con preguntas.
Algunas eran inofensivas: ¿Qué tradición recuerda con más cariño?
¿Qué profesor le marcó durante su paso por Aurora?
¿Qué consejo daría a los nuevos alumnos?
Otras, gracias al veneno elegante de Celia y Amina, tenían filo bajo terciopelo: ¿Hay alguna tradición que haya cambiado con los años?
¿Qué cree que ha aprendido el Instituto de sus errores?
¿Hay algún recuerdo que no aparezca en los anuarios y que considere importante conservar?
Esa última me gustó.
No decía Lucía.
Pero dejaba una silla para ella.
A las siete empezó a llegar la gente.
La entrada principal se llenó de abrigos buenos, perfumes discretos, risas controladas y esa manera de saludarse que tiene la gente que no pregunta “¿cómo estás?” sino “¿a qué distancia estamos de necesitar algo el uno del otro?”.
Algunos antiguos alumnos parecían felices de volver.
Otros, no tanto. Había padres que miraban el edificio con orgullo, madres que ajustaban corbatas, abuelos que señalaban escaleras, profesores saludando con sonrisas profesionales y alumnos voluntarios intentando no estorbar al dinero.
Yo estaba junto a Inés y Martina, con una libreta pequeña en la mano. Celia nos había obligado a escribir algunas respuestas reales para que, si alguien revisaba nuestras notas, no parecieran una excusa vacía. Muy considerada con nuestras futuras coartadas.
—Respira —me dijo Martina.
—Estoy respirando.
—Con la mandíbula.
—Es una técnica nueva.
Nora y Amina estaban cerca de la mesa de testimonios, con tarjetas y bolígrafos.
Nora sonreía demasiado, lo cual significaba que estaba nerviosa.
Amina sonreía poco, lo cual significaba que estaba viva.
Mauro fotografiaba el vestíbulo con una cámara del centro.
Me dio un vuelco al verlo con una cámara, pero no era la de Sergio.
O eso esperaba. Héctor, con uniforme impecable, recibía a familias de Cumbre junto a un prefecto.
Se le notaba incómodo, pero útil. En el Aurora esas dos cosas se combinaban muy bien.
Nicolás apareció a las siete y veinte.
No venía con sus padres todavía. Caminó hacia nosotras como si simplemente pasara por allí, lo cual nadie creyó, pero todo el mundo habría podido fingir.
—García.
—Arriaga de la Serna.
Miró a Martina.
—Echevarría Prado.
—Nicolás —respondió ella, y me gustó que no se hiciera pequeña.
Él bajó la voz.
—Mi madre acaba de llegar. Mi padre viene detrás, con Alderete.
—Qué cinematográfico.
—Mi madre no sabe que vais a preguntarle nada.
—No vamos a preguntarle nada raro.
—Eso tampoco te lo crees tú.
—No del todo.
Nicolás miró hacia la entrada. Por primera vez desde que lo conocía, parecía de verdad nervioso.
—Si mi padre se acerca, no preguntes por Rafael.
—La nota decía que no miráramos al padre.
Su cara cambió.
—¿Qué nota?
Mierda.
Martina me miró con los ojos muy abiertos. Inés, a mi lado, cerró los labios. Muy bien, Alma. Excelente. Cebo visible y con fuga de información incorporada.
—Luego —dije.
Nicolás no insistió porque en ese momento entraron sus padres.
Primero vi al padre.
Era fácil verlo. Algunos hombres no entran en los sitios: los reclaman.
Alonso Arriaga tenía el pelo entrecano, traje oscuro, una sonrisa medida y esa clase de presencia que hacía que los demás se apartaran medio paso sin darse cuenta.
Saludó a Alderete como un igual, a Vionnet con confianza y a Iriarte con un apretón de manos demasiado familiar.
No parecía malvado. Eso era lo peor. Parecía correcto, educado, casi encantador.
Uno de esos hombres capaces de decir “por el bien de todos” y lograr que media sala asintiera antes de preguntarse quién quedaba fuera de ese todos.
Después vi a la madre.
Leonor de la Serna Azcárate no entró como su marido.
Entró como quien conoce muy bien el lugar y aun así preferiría no tocar las paredes.