Capítulo 25 #2
Pensé en mi habitación. En Dani. En el dibujo. En la frase. En Lucía. En Sergio. En Beltrán, Leire, Inés, Celia, Nora, Amina, Martina. En la puerta, la piedra, la cama limpia, el libro azul oscuro. Pensé en el futuro que me esperaba si me quedaba. Y en el futuro que me esperaba si me iba.
—No —dije al fin—. No quiero irme.
—Yo tampoco.
Lo dijo como si acabara de descubrirlo.
—Aunque tenga miedo —añadió.
—Eso es casi siempre cuando más cuenta.
Martina me miró.
—¿Eso es de Beltrán?
—No. Creo que es mío.
—Pues está bien.
—No te acostumbres. Mi ego está sensible.
La tarde siguió sin grandes incidentes, lo cual fue en sí mismo sospechoso.
La propuesta salió del aula de publicaciones hacia supervisión.
Nuria nos informó por correo interno, con copia a todos los firmantes, que había solicitado autorización urgente para cubrir la cena del patronato.
El asunto del mensaje era perfecto: Cobertura positiva de memoria institucional y tradiciones vivas .
Nora respondió solo a nosotras, no al hilo oficial:
Tradiciones vivas. Algunas demasiado vivas. Me inquieta la palabra vivas.
Celia respondió:
No contestes hilos institucionales con ironía.
Nora:
No ha sido al hilo institucional. He madurado.
Amina:
Parcialmente.
Yo no escribí nada. Estaba intentando cumplir mi papel de cebo visible y quieto, que era muchísimo menos divertido de lo que prometía.
A última hora, antes de la cena, llegó la aprobación.
La señora Vionnet autorizaba a El Mirador a cubrir la cena del patronato con un equipo reducido de alumnos.
La cobertura incluiría fotografías, crónica breve y recopilación de testimonios sobre “tradiciones positivas y evolución del espíritu Aurora”.
Todo material debería ser revisado antes de publicación.
Equipo autorizado: Nuria Albornoz, Inés Figueroa del Campo, Héctor Paredes de la Fuente, Mauro Peña, Martina Echevarría Prado, Celia Roldán, Amina Diop, Nora Vidal Castaño y Alma Vera García.
Mi nombre estaba el último.
Pero estaba.
—Nos dejaron entrar —dijo Martina, leyendo el correo por tercera vez.
Estábamos en la sala común de Bruma. Nora se dejó caer en un sofá.
—No sé si alegrarme o escribir testamento.
—Ambas cosas no son incompatibles —dijo Amina.
Celia leyó el mensaje sin expresión.
—Nos dejaron entrar porque creen que pueden controlar lo que preguntemos.
—¿Y pueden? —pregunté.
—Un poco.
—Gran motivación, gracias.
—Por eso necesitaremos preguntas limpias. Nada de Lucía, nada de Sergio, nada de puertas.
Nora levantó la mano.
—¿Podemos preguntar por nieve con cara inocente?
—No —dijo Celia.
—¿Por invierno?
—No.
—¿Por meteorología emocional?
—Nora.
—Vale.
Inés apareció en la puerta de la sala común poco después.
Traía una lista de tareas asignadas para el evento.
Nuria haría coordinación general. Héctor ayudaría en recepción de antiguos alumnos de Cumbre y patronato.
Mauro, fotografía junto a un alumno de Lumbre mayor.
Amina y Nora, registro de testimonios breves en tarjetas.
Celia, orden y clasificación de respuestas.
Martina y yo, apoyo a entrevistas de memoria de casas con Inés.
—O sea —dije—, nos ponen a preguntar a adultos recuerdos bonitos sin parecer que buscamos una alumna desaparecida.
—Exacto —dijo Inés.
—Me encanta la adolescencia.
Inés se sentó con nosotras.
—Hay una cosa más.
Nora cerró los ojos.
—No, por favor. Esa frase está maldita.
—La cena tendrá una sección de homenaje a antiguos alumnos destacados —continuó Inés—. Entre ellos, el padre de Nicolás.
—Por supuesto —murmuré.
—Y antiguos miembros del patronato. Puede que se mencione la promoción de Rafael.
—¿Rafael viene? —preguntó Martina.
—No está en la lista oficial.
—Eso no significa que no venga —dije.
Inés asintió.
—No. Pero si aparece, no lo abordéis como si fuera un testigo de juicio.
—¿Y cómo se aborda a un hermano roto que quizá sabe qué pasó con Lucía Mansilla? —pregunté.
—Como a una persona —dijo Amina.
La respuesta me desarmó.
Sí.
Como a una persona.
A veces se me olvidaba. Entre pistas, notas, libros, fechas y frases, se me olvidaba que Rafael Arriaga no era una puerta.
Era alguien que había vivido con una versión de la historia clavada en algún sitio durante años.
Sergio no era una pista. Era un chico que guardaba barritas para estudiar tarde.
Lucía no era un misterio. Era una niña que tocaba el piano y escribía frases en los márgenes de un libro.
Como a una persona.
Lo apunté en mi cabeza, donde empezaban a amontonarse cosas que sí importaban.
Esa noche, antes de dormir, encontré una nota nueva.
No estaba en mi mesa. Ni en mi taquilla. Ni dentro del cuaderno azul.
Estaba bajo la puerta de la 226.
Un papel doblado una sola vez.
Me quedé mirándolo desde la cama durante varios segundos, como si el papel fuera a moverse solo y ahorrarme la decisión de tocarlo. Luego me levanté, cerré mejor la bata sobre el pijama y lo recogí.
La letra era la misma de las primeras notas. Pequeña. Apretada. Cuidadosa.
En la cena no miréis al padre. Mirad a la madre.
Leí la frase tres veces.
El padre de Nicolás. La madre de Nicolás. Rafael quizá viniendo por llevarle la contraria a su padre. Una familia que decía “complicado”, “ingrato”, “sensible” para no decir roto.
Mirad a la madre.
Sentí un escalofrío lento.
Fui directa a la habitación de Martina.
Sin pensarlo.
Sin orgullo.
Sin quedarme sola.
Llamé con tres golpes suaves. Abrió casi enseguida, como si tampoco estuviera durmiendo.
—¿Qué ha pasado?
Le tendí la nota.
Martina la leyó. Su cara perdió color.
Jimena, desde su cama, se incorporó.
—¿Otra?
Asentí.
Martina abrió la puerta del todo.
—Entra.
Esta vez no dije que no.
No hice chistes sobre allanamiento emocional ni alfombras ilegales ni Beatriz sufriendo un colapso normativo. Entré, cerré la puerta detrás de mí y me senté en el borde de la cama de Martina con el papel entre las manos.
En la cena no miréis al padre.
Mirad a la madre.
La noche anterior a la cena del patronato, el Instituto Aurora volvió a parecerme una casa llena de puertas.
Solo que ahora empezaba a sospechar que algunas no estaban cerradas para que no entráramos.
Estaban cerradas para que no viéramos quién había estado dentro todo el tiempo.