La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

La palabra constructiva nos salvó la vida.

Bueno, quizá exagero. A esas alturas yo llamaba salvar la vida a cualquier cosa que no terminara con Vionnet confiscando una carpeta, Iriarte apareciendo en una esquina o Beatriz mirándome como si yo fuera una falta disciplinaria con pelo.

Pero lo cierto es que la propuesta de Celia, vestida con frases educadas y olor a burocracia escolar, entró en el despacho de Nuria Albornoz como una bomba envuelta en papel de regalo.

Nuria la leyó dos veces.

La primera, como editora de El Mirador .

La segunda, como alguien que estaba calculando cuántos adultos podían ponerse nerviosos si aquello salía adelante.

Estábamos en el aula de publicaciones: Inés, Celia, Martina, Amina, Nora, Mauro, Héctor y yo.

Nicolás no había venido. Dijo, por medio de Héctor, que era mejor no aparecer en todas partes donde el nombre de Lucía flotara en el aire como una cerilla encendida.

Tenía razón, y eso me molestó, porque últimamente demasiada gente tenía razón en cosas que me dejaban fuera de la acción.

Jaime tampoco estaba, gracias a Dios, porque habría sido capaz de redactar una contra-propuesta titulada La importancia de no incomodar al mobiliario institucional .

Nuria dejó la hoja sobre la mesa y se echó hacia atrás en la silla.

—Esto es muy bueno —dijo.

Celia no sonrió, pero su carpeta pareció ensancharse de orgullo.

—Gracias.

—Demasiado bueno.

Ahí sí se le tensó un poco la cara.

—¿Por qué?

Nuria señaló el título con el lápiz rojo.

— Tradiciones del Instituto Aurora: memoria, evolución y comunidad . Suena a proyecto oficial. Suena a que no buscáis sangre, sino patrimonio. Suena a que si dirección lo rechaza, queda como si tuviera miedo de su propia historia.

—Esa es la idea —dije.

Celia me miró.

—Una parte secundaria de la idea.

—La parte divertida.

—La parte que no diremos en voz alta.

—Ya la he dicho.

—Lo sé.

Nuria se rio por la nariz. Tenía una risa seca, de persona que corregía comas y disfrutaba viendo arder cosas pequeñas con elegancia.

—Me gusta —dijo—. Pero esto no puede llevar tu nombre en primer lugar, Alma.

—Ya me han relegado al final por inflamable.

—Bien hecho.

—Qué bonito sentirse valorada.

Inés, sentada junto a la ventana, tenía peor cara que todos. Desde lo de la carpeta de Marta, parecía moverse con un peso nuevo. O quizá no era nuevo. Quizá solo lo veíamos ahora.

—Lo presento yo como mentora de archivo —dijo—. Nuria lo respalda como editora. Héctor firma por Cumbre. Mauro por Lumbre. Celia por Atlas. Martina, Amina y Alma como equipo de primer curso de Bruma.

—¿Y Nora? —preguntó Nora.

—También —dijo Celia.

—Ah, menos mal. Por un segundo pensé que mi papel era solo aportar caos y patatas.

—Tu papel es aportar una voz que haga que el cuestionario parezca menos redactado por una comisión funeraria —dijo Nuria.

Nora se llevó una mano al pecho.

—Nunca me habían definido con tanta precisión.

Nuria cogió la propuesta y empezó a marcar algunas frases.

—Hay que ajustar esto. Donde dice “tradiciones suspendidas”, pondremos “tradiciones transformadas o en desuso”. Menos acusatorio. Donde dice “versiones alternativas”, pondremos “recuerdos personales no recogidos en documentos oficiales”.

—Eso es larguísimo —dije.

—La longitud tranquiliza a los adultos —respondió Nuria—. Si una frase tiene muchas palabras, parece menos peligrosa.

—Qué deprimente.

—Bienvenida a la escritura institucional.

Celia asintió, concentrada.

—La pregunta clave sería esta —dijo, señalando una línea—: “¿Hay alguna tradición, actividad o anécdota del Instituto que recuerdes de forma distinta a como quedó registrada oficialmente?”

Nuria la leyó.

—Es buena. Demasiado frontal si va al primer formulario. La pondremos al final, como pregunta opcional.

—La gente no responde preguntas opcionales —dijo Mauro.

—La gente que tiene algo que decir, sí —respondió Inés.

Aquello nos dejó callados un segundo.

Amina apoyó los dedos sobre la mesa.

—Necesitamos que llegue a antiguos alumnos antes de la cena del patronato.

—Eso es mañana —dijo Héctor.

—Lo sé.

Nuria levantó la vista.

—Mañana es imposible conseguir respuestas amplias.

—No necesitamos respuestas amplias —dije—. Necesitamos que alguien sepa que estamos preguntando.

Celia me miró como si quisiera negarlo, pero no pudo. Porque era verdad. La propuesta no era solo una forma de conseguir información. Era una piedra en el agua. Queríamos ver qué ondas hacía. Quién se movía. Quién intentaba detenerla. Quién se ponía nervioso. Quién recordaba.

Nuria tamborileó el lápiz contra la hoja.

—Puedo enviar hoy una solicitud interna para cubrir la cena del patronato desde El Mirador . Fotografías, crónica institucional y una pieza sobre memoria de tradiciones. Eso sí puede aprobarse rápido porque les conviene tener una nota bonita del evento.

—¿Y el formulario? —preguntó Martina.

—Lo presentamos como parte de la cobertura. “Invitamos a antiguos alumnos asistentes a compartir recuerdos sobre tradiciones del Aurora.” Nada de Lucía. Nada de 2009. Nada de Vigilia de la Primera Nieve.

—Si alguien menciona la Vigilia por su cuenta… —dijo Amina.

—Entonces no lo habremos buscado —terminó Celia.

Nuria sonrió.

—Vosotras dais miedo.

—Somos menores con buena supervisión —dijo Nora.

—Eso da más miedo.

Héctor, que hasta entonces había estado callado, se inclinó hacia delante.

—Mi padre vendrá a la cena.

La sala se quedó un poco más quieta.

—¿Y? —pregunté.

—Estuvo en el Aurora. Cumbre. Es de los que hablan mucho en este tipo de eventos. Si le preguntan por tradiciones, responderá encantado. Si alguien menciona algo que no debería, quizá también reaccione.

—¿Tu padre conoce a la familia de Sergio? —preguntó Celia.

Héctor asintió.

—Sí. Y a la de Jaime. Y a la de Nicolás. Todos se conocen más o menos.

—Qué lugar tan pequeño para tener edificios tan grandes —murmuré.

Héctor me miró.

—Mañana habrá muchos padres. Muchos antiguos alumnos. Mucha gente que cree que el Aurora es lo mejor que le pasó y otra que viene porque no sabe cómo dejar de venir.

—¿Y tú cuál crees que es tu padre? —preguntó Martina.

Héctor tardó en contestar.

—Mi padre cree que el Aurora lo hizo fuerte.

—¿Y tú?

Se encogió de hombros, pero no con indiferencia.

—Yo empiezo a pensar que a algunos les enseñó a llamar fortaleza a no mirar atrás.

Nadie hizo bromas.

Ni siquiera Nora.

Nuria cerró la propuesta con varias marcas.

—Bien. La presento en media hora. Inés viene conmigo. Héctor, necesito que firmes ahora. Mauro, tú también. Celia, firma como coordinadora de investigación de primer curso.

Celia levantó una ceja.

—¿Coordinadora?

—Te pega demasiado como para desperdiciarlo.

Nora levantó la mano.

—¿Yo puedo ser directora de caos aplicado?

—Puedes ser redactora de apoyo.

—Acepto, pero por dentro usaré mi título.

Firmamos.

Ver mi nombre al final de la hoja me produjo una sensación rara.

No orgullo exactamente. Más bien vértigo.

Como si una versión mía, la del primer día, la de los contenedores y el asiento del autobús, no hubiera imaginado jamás que en menos de una semana estaría firmando una propuesta para meterle una pregunta venenosa al pasado de un internado de élite.

A veces la vida avanza tan rápido que ni siquiera te da tiempo a hacer un chiste decente.

Después de la reunión, Celia nos obligó a separarnos.

—Nada de grupos grandes —dijo—. Nada de pasillos largos juntas. Nada de hablar en susurros mirando alrededor como si lleváramos encima un cadáver administrativo.

—Qué específica —dijo Nora.

—Porque lo hacemos fatal.

Tenía razón. Nuestro grupo, cuando intentaba disimular, parecía una pandilla de delincuentes literarias con problemas de coordinación.

Martina y yo fuimos a la biblioteca nueva.

No a investigar. A estudiar. De verdad. O esa era la teoría.

Nos sentamos en una mesa junto a una ventana desde la que se veía el jardín central.

La niebla había aflojado un poco y la fuente aparecía casi entera, como si el colegio quisiera recuperar su cara bonita antes de la cena del patronato.

Todo estaba siendo preparado: personal colocando faroles, jardineros repasando setos, alumnos voluntarios transportando cajas con decoraciones discretas, una profesora dando instrucciones junto a la escalinata principal.

—Parece una boda —dijo Martina.

—Una boda entre dinero y reputación.

—Eso suena a muchas bodas.

La miré.

Martina sonrió, y me gustó verla hacer un comentario así. Un comentario un poco ácido. Pequeño, pero suyo. Estaba cambiando. Todas lo estábamos. No sé si para bien, no sé si para peor, pero el Aurora nos estaba moviendo por dentro y ya no podíamos fingir que seguíamos en el mismo sitio.

Abrí el libro de Matemáticas.

Lo cerré tres minutos después.

—No puedo.

—Yo tampoco.

Martina miraba la fuente.

—¿Crees que Rafael vendrá?

—No lo sé.

—¿Y si viene y no quiere hablar?

—Entonces Nora fingirá un desmayo.

Martina me miró, horrorizada.

—Es broma.

—Con Nora nunca se sabe.

—Cierto.

Se hizo un silencio.

—¿Tú crees que Sergio está en su casa? —preguntó.

La misma pregunta que Nora, con otra voz.

—Quiero creerlo.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Martina se tocó la moneda bajo la camisa.

—Ayer escribí a mis padres. Les dije que el colegio era intenso, pero que estaba bien.

—Yo llamé a mi madre y le dije lo mismo.

—¿Mentimos igual?

—Las pobres tenemos menos vocabulario, pero sí.

Martina no se rió.

—Me da miedo que si les cuento algo, me saquen.

La miré.

No esperaba eso.

—¿Tus padres?

—Sí. Mi madre se asusta con todo. Mi padre diría que quizá el Aurora no es para mí. No porque no pueda pagarlo, claro, sino porque no le gustan los sitios donde hay “ambiente raro”. Usaría esa frase. Ambiente raro. Como si una institución elitista con secretos fuera humedad en una pared.

—Mi madre vendría a buscarme aunque tuviera que vender la lavadora poseída.

—¿Y quieres?