La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

Celia y yo nos miramos sin mover la cabeza.

Eso no era casual.

Mauro con Jaime. Nicolás con Héctor. Celia con Jimena. Amina con Nora. Martina conmigo. Beltrán acababa de repartir piezas en mesas distintas.

—Tenéis doce minutos —dijo.

Martina acercó su silla a la mía. Tenía la cara tensa, pero los ojos despiertos.

—¿Qué hacemos? —susurró.

Miré la pizarra. Persona fuera. Persona dentro. Tercera persona que oye y decide seguir caminando.

—Escribimos —dije.

—¿Sobre Lucía?

—No. Sobre una puerta.

Martina entendió. Empezó a escribir antes que yo.

Su letra era clara, inclinada, más firme que al principio de la semana.

Escribimos una escena de dos niñas en un internado durante una noche fría.

Una estaba fuera de una sala cerrada. Otra, dentro.

Una tercera pasaba por el pasillo, oía un golpe y pensaba que no era asunto suyo, que si fuera grave alguien más se detendría, que las puertas cerradas por los adultos debían de estar cerradas por algo.

No pusimos nombres. Tampoco nieve. Al final, Martina escribió una frase que me dejó quieta:

No fue la puerta lo que la encerró, sino todas las personas que pasaron junto a ella llamándola pared.

La miré.

—Joder, Martina.

Se puso roja.

—¿Está mal?

—Está demasiado bien. Eso es lo peor.

Beltrán pidió leer algunos textos. Yo recé mentalmente para que no nos llamara. No me hizo caso. Qué sorpresa.

—Echevarría Prado y García.

Martina tragó saliva.

—Leo yo —dije.

—No —dijo ella.

La miré.

—¿Segura?

—No.

Se levantó igual.

Y leyó.

Al principio le tembló la voz. Un poco. Luego no. Leyó nuestra escena con una claridad suave, sin dramatizar, sin hacerse pequeña. Cuando llegó a la última frase, el aula estaba tan callada que hasta la niebla parecía haberse pegado al cristal para escuchar.

No fue la puerta lo que la encerró, sino todas las personas que pasaron junto a ella llamándola pared.

Beltrán no dijo nada durante un segundo.

—Excelente —dijo al fin—. Y doloroso. La literatura sirve también para eso: para devolverle a una pared su nombre verdadero.

Martina se sentó muy despacio. No sonrió, pero sus ojos brillaban. Debajo de la mesa, le di un golpecito con la rodilla.

—Bestia —susurré.

—No sé qué ha pasado.

—Has escrito.

—Qué horror.

—Sí. Bienvenida.

Mauro y Jaime leyeron después. Bueno, leyó Mauro, porque Jaime dijo que prefería que lo hiciera él.

La escena era extraña. Se notaban dos manos peleando dentro del texto.

Mauro había escrito imágenes pequeñas, una persona oyendo un golpe y quedándose con la mano en el picaporte.

Jaime había añadido una reflexión sobre normas, responsabilidad y no intervenir sin autoridad.

El resultado era incómodo, casi roto, pero precisamente por eso interesante.

Beltrán escuchó y luego preguntó:

—¿Quién es más culpable en la escena? ¿Quien cierra la puerta o quien cree que no tiene autoridad para abrirla?

Jaime contestó demasiado rápido.

—Quien cierra.

—Respuesta cómoda —dijo Beltrán.

Jaime se puso rígido.

—No cómoda. Lógica.

—La lógica también puede usarse como abrigo. Abriga, pero no siempre deja moverse.

Mauro miró el pupitre.

Jaime no respondió. Esta vez no.

Nicolás y Héctor leyeron una escena brevísima.

Una puerta de vestuario cerrada. Un chico dentro.

Otro fuera que oye, duda y no llama a un profesor porque no quiere meterse en problemas.

El texto no mencionaba a Sergio, pero Sergio estaba sentado en cada palabra.

Héctor apenas habló durante la lectura. Nicolás leyó con voz baja.

Cuando terminó, no miró a Jaime. Eso lo hizo peor.

Beltrán no comentó demasiado.

—A veces —dijo— el miedo a exagerar es la forma más elegante de abandonar a alguien.

Jaime cerró el cuaderno.

La clase siguió, pero ya no era una clase.

Era otra cosa. Una sala llena de adolescentes aprendiendo que las historias no se borran del todo si alguien cambia el ángulo de la luz.

Beltrán nos hizo copiar conceptos: omisión, responsabilidad, testigo, versión oficial, testimonio.

Todo parecía parte del temario. Todo podía justificarse si alguien entraba.

Esa era la maravilla y el peligro de un buen profesor: podía esconder dinamita dentro de una actividad perfectamente evaluable.

A diez minutos del final, llamaron a la puerta.

El aula entera se tensó.

Beltrán cerró el libro.

—Adelante.

Leire Santamaría entró con una carpeta en la mano.

—Perdona, Emilio. La señora Vionnet necesita las listas del trabajo interdisciplinar.

Beltrán asintió.

—Claro.

Le entregó una carpeta azul. Leire la abrió allí mismo, revisó una hoja y, mientras lo hacía, dijo con voz tranquila:

—Por cierto, la biblioteca nueva ha detectado un error en un préstamo. Un ejemplar de Poemas de invierno apareció ayer en una sala que no correspondía. Ya está regularizado.

Nadie respiró.

Nadie normal habría entendido nada raro en esa frase.

Nosotros sí.

Beltrán sostuvo su mirada.

—Qué bien. Los libros, si se los deja solos, siempre acaban encontrando habitaciones indebidas.

Leire no sonrió.

—O lectores indebidos.

—Eso no existe.

—Depende de a quién preguntes.

La conversación duró diez segundos. Pareció una obra entera.

Leire se marchó con la carpeta azul. Beltrán volvió a la clase como si nada. Pero, al pasar junto a mi mesa, dejó caer una hoja boca abajo sobre mi cuaderno.

—Corrección de la tarea anterior —dijo.

No la miré hasta que sonó la campana.

Cuando el aula empezó a vaciarse, la giré.

No era una corrección. O sí, pero no solo. Arriba había una nota sobre mi redacción de la puerta: Buena imagen, concreta, con voz propia. Debajo, en una línea separada, Beltrán había escrito:

Los archivos no siempre están donde los guarda el centro. A veces están en quienes se fueron.

Martina leyó sobre mi hombro.

—Irene Pardo —susurró.

—O Marta Soler.

—O Rafael Arriaga.

Miré hacia la puerta. Nicolás estaba saliendo con Héctor. Antes de irse, se giró y me miró. No fue un saludo. Fue una pregunta.

Yo doblé la hoja y la guardé.

No habléis antes.

Ahora ya era después.

Pero tampoco podíamos hablar allí.

Salimos al pasillo con el resto. Nora apareció a mi lado con la cara de quien llevaba cuarenta y cinco minutos conteniéndose y estaba a punto de combustionar.

—Necesito decir unas quince cosas.

—No aquí —dijo Amina.

Nora se detuvo.

—Odio que tengas razón de forma tan inmediata.

Celia se acercó desde la otra puerta del aula. Jimena iba con ella, seria, como si la escena que habían escrito juntas le hubiera removido algo. Mauro salió detrás de Jaime. Jaime caminaba deprisa, solo. Mauro se quedó junto a nosotros.

—Beltrán sabe —dijo.

—Sí —respondió Celia.

—Leire también —añadió Martina.

—O están intentando saber sin que Vionnet los cierre —dijo Amina.

Miré la hoja doblada dentro de mi cuaderno.

Los archivos no siempre están donde los guarda el centro. A veces están en quienes se fueron.

—Necesitamos encontrar a alguien que se fue —dije.

—Rafael —dijo Nicolás detrás de nosotras.

Todas nos giramos.

Había vuelto. Héctor estaba a unos metros, vigilando el pasillo con una naturalidad demasiado ensayada.

—Mi hermano —añadió Nicolás—. Si queréis hablar con alguien que se fue, hay que empezar por él.

Celia cruzó los brazos.

—Dijiste que no te coge el teléfono cuando preguntas por el Aurora.

—A mí no.

—¿Y a quién sí? —pregunté.

Nicolás me miró.

—A mi madre.

—¿Tu madre nos va a ayudar?

Soltó una risa sin humor.

—No. Pero mi madre viene el viernes.

—¿Al colegio?

—Cena del patronato. Familias, dirección, antiguos alumnos. Mi padre también.

Nora abrió mucho los ojos.

—Eso suena a evento con canapés y secretos.

—Es exactamente eso —dijo Héctor desde su puesto.

Nicolás siguió:

—Si Rafael sabe que mi padre va a estar aquí, quizá venga. No por mí. Por llevarle la contraria.

—Qué dinámica familiar tan sana —murmuré.

—Lo sé.

—¿Y si no viene?

Nicolás metió las manos en los bolsillos.

—Entonces tendré que llamarlo delante de mi madre.

—Eso suena fácil.

—No conoces a mi madre.

—Tú no conoces a la mía y aun así sobrevivirías. Probablemente.

Casi sonrió. Casi.

Celia intervino:

—Aunque Rafael venga, no podemos acercarnos sin más. Si está vinculado a 2009 y al patronato, lo estarán mirando.

—La cena del patronato tendrá alumnos voluntarios —dijo Héctor—. Servicio de apoyo, recepción, música, revista, fotografía.

—El Mirador —dije.

Celia me miró.

—La propuesta de la revista.

—Si la aceptan rápido, podemos cubrir el evento.

—No la aceptarán rápido —dijo Celia.

—A menos que les convenga que parezca que todo está bajo control —dijo Amina.

Nora sonrió despacio.

—Celia, tu burocracia acaba de conseguir invitaciones a la fiesta de los adultos.

Celia no sonrió, pero se le notó en los ojos que ya estaba corriendo el tablero.

—Tenemos que mover la propuesta hoy —dijo.

—Con Inés y Nuria —añadí.

—Y Héctor como firma de Cumbre —dijo Martina.

Héctor asintió.

—Puedo firmar.

—¿Seguro? —pregunté.

Me miró.

—No. Pero lo haré.

Aquello, en el Aurora, valía más que cualquier “seguro”.

La campana del siguiente periodo sonó. El pasillo empezó a moverse. Profesores, alumnos, carpetas, voces. La vida retomando su ritmo, empujándonos hacia Matemáticas, Ciencias, comedor, deberes, normas. Todo seguía. Otra vez.

Pero algo había cambiado.

No porque supiéramos la verdad. No la sabíamos. Ni de lejos. Pero la historia ya no estaba enterrada solo en notas anónimas, habitaciones pequeñas y libros escondidos. Había llegado a la pizarra. A una clase. A una frase que treinta alumnos habían copiado sin saber del todo qué estaban copiando.

Lo que una historia calla también forma parte de la historia.

Y por primera vez pensé que quizá Lucía Mansilla no había desaparecido del todo.

Quizá solo había estado esperando suficientes voces para que el hueco empezara a gritar.