Capítulo 26 #2
Era alta, delgada, con un vestido azul oscuro y un abrigo claro sobre los hombros.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y unas perlas pequeñas en las orejas.
No tenía la belleza llamativa de una mujer que quiere ser vista, sino la elegancia discreta de quien ha aprendido a desaparecer sin dejar de estar perfecta.
Saludó a Vionnet con dos besos. A Alderete, con una sonrisa.
A Iriarte, con un leve movimiento de cabeza.
Ahí.
Fue mínimo.
Cuando vio a Iriarte, sus dedos se cerraron sobre el bolso durante una décima de segundo.
Mirad a la madre.
La miré.
Nicolás también.
—¿Lo has visto? —susurré.
—Sí —dijo él.
No sonaba sorprendido. Sonaba triste.
Leonor miró después hacia su hijo. Nicolás se acercó. Ella le tocó la cara con la punta de los dedos, un gesto rápido, casi escondido.
—Estás más delgado —le dijo.
Lo oí porque estábamos cerca.
—Estoy bien, madre.
Madre. No mamá. No mami. Madre. Qué frío daban algunas familias incluso cuando se querían.
Alonso Arriaga se acercó a ellos y apoyó una mano en el hombro de Nicolás.
—Nico.
—Padre.
La familia completa parecía una foto bonita con demasiadas grietas detrás del marco.
Nuria nos hizo una señal. Tocaba movernos.
Empezamos con antiguos alumnos fáciles. Una mujer de Lumbre que recordaba obras de teatro y dijo que el Aurora le había enseñado a hablar en público sin temblar.
Un señor de Atlas que mencionó debates interminables, profesores exigentes y “la importancia de sostener una idea aunque nadie la aplauda”.
Una antigua alumna de Bruma que habló de la sala común, de cartas escritas a mano y de una tradición de intercambiar libros durante el invierno.
—¿Intercambiar libros? —pregunté.
La mujer sonrió.
—Sí. Una tontería preciosa. Dejábamos libros con notas para otras alumnas. Creo que ya no se hace.
Martina y yo nos miramos.
Libros con notas.
—¿Recuerda cuándo dejó de hacerse? —preguntó Martina, con una suavidad impecable.
—No sabría decirte. Yo terminé en 2008. Después algunas tradiciones cambiaron bastante. Hubo una época más estricta.
—¿Por algún motivo? —pregunté.
Inés me pisó el pie. Suave, pero claro.
La mujer dudó.
—Supongo que por seguridad. Siempre es por seguridad, ¿no?
Sí.
Siempre.
Seguimos.
Celia recogía tarjetas y clasificaba respuestas cerca de la mesa de testimonios.
Amina estaba con Nora, pero sus ojos no dejaban de moverse por la sala.
Mauro fotografiaba grupos, sonrisas, copas, faroles.
Héctor nos acercó a dos antiguos Cumbre.
Uno habló de competiciones deportivas. Otro de una antigua prueba nocturna en la torre meteorológica.
—¿Prueba nocturna? —pregunté, quizá demasiado rápido.
El hombre se rio.
—Nada peligroso. Subíamos hasta el mirador a ver la primera helada. Chiquilladas de internado. Ahora todo está reguladísimo.
—¿Era de Cumbre? —preguntó Martina.
—Cumbre y Bruma compartían algunas cosas. Antes las casas se mezclaban más en ciertas tradiciones. Luego se separaron. Ya sabes, incidentes, padres preocupados, seguros escolares...
—¿Incidentes? —dije.
Héctor me miró.
El hombre bebió un sorbo de agua.
—Nada grave, que yo recuerde.
Mentira.
O memoria cómoda.
En el comedor de gala, la cena empezó con discursos.
Alderete habló de futuro, excelencia, responsabilidad social y continuidad.
Alonso Arriaga habló después, en nombre del patronato.
Tenía una voz magnífica, claro. Cálida, firme, entrenada para que las palabras obedecieran.
Dijo que el Aurora no formaba alumnos perfectos, sino personas capaces de sostener el peso de decisiones difíciles.
Dijo que la tradición era una brújula, no una cadena.
Dijo que toda institución grande debía aprender sin renunciar a su esencia.
Todo precioso.
Todo tan bien dicho que daba ganas de revisar debajo de cada frase.
Mientras hablaba, yo miré a Leonor.
No al padre.
A la madre.
Leonor no miraba a su marido. Miraba sus manos. En concreto, el anillo que giraba lentamente en el dedo anular. Cuando Alonso dijo “decisiones difíciles”, ella dejó de girarlo. Cuando dijo “tradición”, levantó la vista hacia la mesa de profesores. No hacia Alderete. No hacia Vionnet. Hacia Iriarte.
Y cuando Alonso dijo “aprender sin renunciar a su esencia”, Leonor miró hacia la puerta lateral del comedor.
Allí, medio oculto entre sombras y personal del evento, había un hombre joven.
No llevaba uniforme, claro. Tendría unos treinta y pocos. Pelo oscuro, barba de varios días, abrigo negro, una expresión cansada y unos ojos demasiado parecidos a los de Nicolás.
Rafael Arriaga de la Serna.
No hizo falta que nadie me lo dijera.
Leonor lo vio.
Su rostro no cambió casi nada, pero el anillo se le quedó quieto.
Nicolás, sentado unas mesas más allá con Cumbre, también lo vio. Se quedó inmóvil.
Alonso no.
Seguía hablando de liderazgo.
Rafael desapareció por la puerta lateral antes de que el discurso terminara.
Me levanté sin pensarlo.
Martina me agarró la muñeca.
—No sola.
—No voy sola.
Ella se levantó conmigo. Inés nos vio y abrió mucho los ojos, pero no pudo detenernos sin llamar más la atención. Celia, desde la mesa de tarjetas, nos siguió con la mirada. Amina también. Nora hizo un gesto como de “por favor, no muráis antes del postre”.
Salimos por la puerta lateral con la excusa de llevar unas tarjetas a Nuria. Fue una excusa débil, pero las excusas débiles sobreviven mejor si una camina con seguridad. Eso me lo estaba enseñando el Aurora, mira tú.
El pasillo lateral estaba menos iluminado. Olía a comida, flores y piedra húmeda. Rafael estaba junto a una ventana abierta, respirando como si el aire del comedor le hubiera hecho daño.
—Rafael —dije.
Se giró.
De cerca parecía todavía más cansado. No viejo. Cansado. Había una clase de cansancio que no tenía que ver con dormir poco, sino con haber sostenido durante años una puerta cerrada dentro de la cabeza.
—Tú eres Alma —dijo.
No preguntó.
Se me heló algo.
—¿Nicolás te habló de mí?
—No.
Martina se acercó un paso.
—¿Entonces?
Rafael miró hacia el comedor. Desde allí llegaba la voz de Alonso, amortiguada por la puerta.
—Mi madre.
Mirad a la madre.
El pasillo pareció encajar alrededor de esa frase.
—¿Su madre le dijo que viniera? —preguntó Martina.
Rafael sonrió sin alegría.
—Mi madre no dice las cosas así. Mi madre deja puertas entreabiertas y espera que alguien entienda que no puede abrirlas del todo.
—¿Ella escribió la nota? —pregunté.
—¿Qué nota?
No parecía fingir. O fingía muy bien.
Saqué el papel del bolsillo. Sí, lo llevaba encima. Claro que lo llevaba encima. Soy idiota, pero organizada en mi idiotez. Rafael leyó la frase.
En la cena no miréis al padre. Mirad a la madre.
Su cara cambió.
Muy poco.
Lo suficiente.
—No es su letra —dijo.
—Pero entiende lo que significa.
Rafael dobló la nota con cuidado y me la devolvió.
—Significa que alguien sabe que mi madre vio más de lo que contó.
—¿Qué vio?
Rafael miró a Martina. Luego a mí.
—A mí.
No entendí.
—¿Cómo?
—La noche de Lucía, mi madre me vio volver al pabellón. Empapado. Con barro. Con sangre en las manos.
Martina soltó un sonido mínimo.
A mí se me secó la boca.
—¿Sangre de quién?
—Mía —dijo Rafael—. De arañarme intentando abrir una puerta que no se abría.
Aquello me golpeó en todas partes.
Beatriz. Sus cicatrices. La puerta. Las manos. Las uñas.
—¿Qué puerta? —pregunté.
Rafael cerró los ojos un segundo.
—La de la torre meteorológica.
Sentí que el pasillo se inclinaba.
—La torre estaba abierta en la foto de Sergio —susurró Martina.
Rafael abrió los ojos.
—¿Qué foto?
No tuvimos tiempo de responder.
El acceso al comedor se abrió y apareció Leonor de la Serna.
No parecía sorprendida de vernos allí. Esa fue la parte más clara. Tampoco parecía enfadada. Parecía asustada, sí, pero de una forma contenida, antigua. Como si llevara años asustada con buenos modales.
—Rafael —dijo.
Él se quedó rígido.
—Madre.
Leonor nos miró a Martina y a mí. Sus ojos se detuvieron en mi cara, luego en mi insignia de Bruma, luego en mi nombre bordado en la tarjeta de voluntaria.
—Alma Vera García —dijo.
—Sí.
Me miró como si mi nombre le doliera por alguna razón que no era mía.
—No sigáis aquí —dijo.
—Necesitamos saber qué pasó con Lucía —respondí.
Leonor cerró los ojos. Solo un segundo.
—No aquí.
Casi me reí. No porque tuviera gracia. Porque aquella frase iba a terminar siendo el lema real del Instituto Aurora.
Pero Rafael habló antes que yo.
—Sí aquí, madre.
Leonor lo miró.
—Rafael, por favor.
—No. Llevo años haciendo eso. Por favor. En voz baja. Luego. Nunca. No aquí.
Desde el comedor llegó un aplauso. El discurso de Alonso había terminado. Las puertas se abrieron más. Gente moviéndose. Voces. Copas. Risas.
Leonor dio un paso hacia su hijo.
—Si tu padre te ve…
—Que me vea.
—No sabes lo que estás removiendo.
Rafael soltó una risa rota.
—Sí lo sé. Ese es el problema. Que lo sé desde los quince años.
Entonces apareció Nicolás al fondo del pasillo.
Había salido del comedor por otra puerta. Al ver a Rafael, se quedó quieto.
Los dos hermanos se miraron.
No hubo abrazo. No hubo música. No hubo escena bonita. Solo dos chicos, uno ya hombre, otro todavía intentando serlo, separados por años de silencios familiares y por un colegio que seguía brillando detrás.
—Rafa —dijo Nicolás.
Rafael tragó saliva.
—Nico.
Al otro lado del pasillo, vi a Celia aparecer junto a Amina y Nora. Más atrás, Mauro con la cámara. Héctor también. Se habían movido como piezas de un tablero que de pronto entendía el mismo centro.
Y entonces, desde el comedor, salió Alonso Arriaga.
Su sonrisa desapareció al ver a Rafael.
No mucho. Los hombres como él no dejaban que la cara se les rompiera en público. Pero desapareció.
—Rafael —dijo—. Qué sorpresa.
—Padre.
La misma palabra que Nicolás. Mucho más fría.
Alonso miró a Leonor, luego a sus hijos, luego a nosotras. Su mirada se detuvo en mí el tiempo justo para clasificarme como problema menor o síntoma de uno mayor.
—Creo que este no es el lugar —dijo.
Ahí estaba otra vez.
No aquí.
No el lugar.
Después.
Nunca.
Antes de que yo pudiera decir nada, Rafael dio un paso hacia su padre.
—Lucía tampoco estaba en el lugar correcto, ¿verdad?
El pasillo se quedó mudo.
No todo el comedor. No todavía. Pero el pasillo sí.
Alonso no perdió la calma. Eso fue lo más aterrador.
—No empieces.
Rafael sonrió con una tristeza feísima.
—Eso dijiste entonces.
Leonor llevó una mano a su boca.
Nicolás miraba a su padre como si acabara de ver una grieta en una estatua que llevaba toda la vida encima de la chimenea.
Yo apenas respiraba.
Rafael giró hacia mí.
—Querías saber qué pasó con Lucía Mansilla.
Alonso dio un paso.
—Rafael.
Pero Rafael no se detuvo.
—La dejaron encerrada en la torre durante una prueba que no existía oficialmente. No nevó. No murió de frío. No fue un accidente de montaña.
Miró a su madre. Luego a su padre.
—La oímos golpear.
El pasillo entero pareció contener el aire.
—Y nadie abrió.