La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Beatriz caminaba delante de nosotras con la carpeta marrón bajo el brazo.

No la llevaba como quien transporta unos papeles.

La llevaba como quien acaba de rescatar un animal peligroso de unas manos torpes.

Inés iba a mi izquierda, rígida, con la boca cerrada y esa expresión de alumna excelente que sabe que está a punto de comerse una sanción con cubiertos de plata.

Martina caminaba a mi derecha, pálida, pero no llorosa.

Eso me llamó la atención. Martina se asustaba, sí, pero cada vez se rompía menos.

O se rompía hacia dentro, que también era una faena.

Yo miraba la muñeca de Beatriz.

No podía evitarlo.

La manga volvía a cubrirla casi por completo, pero ya había visto las marcas.

Tres líneas finas, viejas, demasiado paralelas para ser una caída normal.

Podían ser cualquier cosa, claro. Un accidente con cristal.

Un gato con ambiciones criminales. Una mala suerte doméstica.

Pero en el Instituto Aurora una marca en la piel nunca parecía solo una marca en la piel, y eso era agotador, porque una empezaba a echar de menos el mundo sencillo donde una cicatriz significaba “me corté pelando patatas” y no “quizá hay una tradición secreta vinculada a una puerta donde una alumna desapareció antes de la nieve”.

Además, había otro detalle.

Beatriz no podía haber estado en 2009.

Era mayor que nosotras, sí, pero no tanto. Tendría diecisiete, quizá dieciocho. En 2009 habría sido una niña pequeña, o ni eso. Así que aquellas marcas no podían venir de Lucía Mansilla. No directamente. Y eso, lejos de tranquilizarme, hizo que se me formara una idea mucho peor.

Si Beatriz tenía cicatrices parecidas a lo que yo imaginaba, quizá la puerta no había sido una sola.

Quizá algunas tradiciones no desaparecían. Solo cambiaban de nombre, de forma, de víctima, de promoción.

Joder.

A veces mi cabeza necesitaba una pausa sindical.

El despacho de Vionnet estaba igual que por la mañana: madera cara, café, retratos y esa sensación de que incluso las sillas esperaban que una se sentara con argumentos jurídicos.

La diferencia era que ahora no estaban Leire ni Nora ni Amina ni Celia.

Solo Vionnet, de pie junto a la ventana, y Beatriz, que dejó la carpeta sobre la mesa con una obediencia demasiado limpia.

—Gracias, Beatriz —dijo Vionnet.

Beatriz no se fue.

Claro que no.

Nosotras nos quedamos de pie.

Vionnet miró la carpeta. No la abrió enseguida. Eso fue peor. Sabía lo que había dentro, o al menos sabía lo suficiente como para no necesitar comprobarlo delante de nosotras.

—¿Podéis explicarme por qué estáis consultando material no autorizado del archivo interno de Bruma? —preguntó.

Inés contestó antes de que yo pudiera hacer lo que mejor se me daba, que era empeorarlo todo.

—La carpeta estaba en la biblioteca de casa.

—No he preguntado dónde estaba.

—La encontré revisando documentación para la revista.

—La revista no tiene autorización para trabajar con testimonios personales no catalogados.

Testimonios personales. No “papeles viejos”.

No “rumores”. Testimonios. Vionnet acababa de confirmar que sabía muy bien lo que había en esa carpeta.

Me dieron ganas de señalarlo, pero Martina me tocó con dos dedos la muñeca.

Ni siquiera me agarró. Solo un contacto pequeño: no te tires de cabeza todavía.

Estaba aprendiendo a salvarme con gestos mínimos. Era molesto y útil.

—No íbamos a publicar nada —dijo Inés.

—Eso espero.

Vionnet abrió por fin la carpeta. Pasó las hojas sin prisa hasta llegar a la carta de Marta Soler.

La leyó en silencio. O fingió leerla. Yo observé su cara, buscando algo.

Culpa, miedo, rabia, reconocimiento. Nada.

Vionnet tenía una cara estupenda para sobrevivir a interrogatorios imaginarios de adolescentes.

—Marta Soler era una alumna impresionable —dijo al fin.

Ahí sí.

Ahí algo dentro de mí hizo clic.

Impresionable. Qué palabra tan cómoda. Servía para coger a una chica asustada, con una amiga desaparecida y otra vomitando en un pasillo, y convertirla en una exagerada.

Una chica impresionable. Una niña nerviosa.

Una alumna incapaz de entender. Una fuente poco fiable.

La Historia, según Iriarte, era obediencia a los hechos.

Pero los hechos, por lo visto, dependían muchísimo de quién tenía derecho a narrarlos.

—¿La conoció? —pregunté.

Inés me miró de reojo. Martina dejó de tocarme la muñeca. Beatriz se quedó quieta junto a la puerta.

Vionnet levantó la vista de la carpeta.

—Sí.

La respuesta me descolocó. Esperaba un rodeo. Una negación. Una frase institucional. No un sí.

—Fui tutora adjunta de primer ciclo aquel curso —añadió—. Conocí a muchas alumnas.

—¿También a Lucía Mansilla?

—Sí.

El nombre quedó en el despacho.

No explotó nada. No se abrió ningún armario. Ningún retrato se cayó de la pared. Vionnet dijo Lucía Mansilla con la misma calma con la que habría dicho “el jueves no hay tutoría”. Y eso me dio más rabia que si hubiese temblado.

—Entonces sabe que no fue simplemente una alumna retirada por su familia —dije.

—Sé que fue una situación delicada.

—Qué palabra tan amplia.

—Y sé que tú no tienes la información ni la madurez necesarias para interpretarla.

Martina respiró fuerte por la nariz. Inés se enderezó. Yo sonreí, pero no porque me hiciera gracia.

—Ah, claro. Ya salió la madurez.

—No es un insulto. Es un hecho.

—Qué casualidad que los hechos siempre caigan del lado de quien tiene el despacho.

Vionnet cerró la carpeta.

—Alma, voy a hablarte con claridad porque parece que cualquier otra forma de comunicación te invita a discutir.

—Me pasa con las frases que intentan planchar la verdad.

—Lucía Mansilla abandonó este centro por decisión familiar tras una serie de problemas de adaptación, ansiedad y conflictos de convivencia.

Hubo rumores. Hubo alumnas que interpretaron mal lo ocurrido.

Hubo adultos que actuaron para proteger su privacidad.

Y hubo, sobre todo, una menor de edad cuya vida no debería seguir siendo utilizada años después como material para la curiosidad de otras menores.

Aquella línea era buena.

Demasiado buena.

Tan buena que casi podía ser cierta.

Ese era el problema. Vionnet no estaba diciendo una mentira evidente.

Estaba construyendo una versión en la que cada pieza podía encajar si una apartaba la vista de lo que molestaba: la cama demasiado limpia, la frase de Irene, la audición cancelada, la piedra, el invernadero, las notas actuales, Sergio.

—¿Y Sergio Lamas? —pregunté.

Vionnet no se movió.

—Sergio Lamas no tiene nada que ver con Lucía Mansilla.

—Eso ha sido muy rápido.

—Porque es evidente.

—Para usted.

—Para cualquiera que no esté buscando patrones donde solo hay coincidencias.

Inés habló entonces.

—Elvira.

Fue raro oír el nombre de pila de Vionnet en boca de Inés.

No porque no se conocieran. Claro que se conocían.

El Aurora era una telaraña donde todos sabían el nombre de todos antes de decidir si podían usarlo.

Pero Inés lo dijo con una seriedad que no sonó a alumna. Sonó a alguien cruzando una línea.

—La carta de Marta no es curiosidad —dijo—. Y las alumnas tienen miedo.

Vionnet giró hacia ella con una lentitud helada.

—Las alumnas tienen miedo porque alguien les está contando historias incompletas con una irresponsabilidad preocupante.

—Alguien les está dejando notas —dijo Martina.

El despacho se quedó quieto.

Martina se dio cuenta de lo que había dicho después de decirlo. La vi ponerse blanca. Inés la miró, alarmada. Beatriz bajó la vista. Vionnet no cambió de expresión, pero algo se tensó en sus ojos.

—¿Qué notas? —preguntó.

Nadie contestó.

Yo podría haber mentido. De hecho, mi cuerpo estaba preparado para mentir. Pero Martina ya había abierto la puerta y, por una vez, quizá no convenía cerrársela en la cara.

Saqué el cuaderno azul de la mochila.

Le enseñé el dibujo de Dani. No se lo di. Lo sostuve yo. Había cosas que el despacho de Vionnet no merecía tocar.

Vionnet leyó la frase añadida.

No todos vuelven.

Luego le enseñé la otra.

Pregunta por la alumna que se fue antes de la nieve.

Esta vez sí hubo reacción. Muy leve. Pero la hubo.

No en Vionnet.

En Beatriz.

La prefecta apretó la mandíbula y su mano, la de las cicatrices, se cerró alrededor de la carpeta que ya no tenía. Un gesto mínimo. Bastante.

Vionnet miró las notas sin tocarlas.

—¿Cuándo aparecieron?

—La primera, en mi habitación. La segunda, en mi taquilla.

—¿Por qué no lo comunicaste inmediatamente?

—Porque llevo aquí pocos días y aún no sé distinguir entre tradición, amenaza, broma, advertencia, actividad de integración y delito menor. El folleto no era muy claro.

—Alma —susurró Inés.

Vionnet no se molestó en reaccionar al chiste. Eso fue casi peor.

—Estas notas son graves —dijo.

—Mire qué bien. Algo en lo que estamos de acuerdo.

—Y precisamente por eso no deberían haber circulado entre alumnas.

—No han circulado. Las han visto mis amigas.

—Tus amigas no son responsables de seguridad del centro.

—Por ahora me han dado más motivos para confiar que seguridad del centro.

Beatriz levantó la mirada hacia mí. No enfadada. Casi dolida. Eso me confundió.

Vionnet rodeó la mesa y se colocó más cerca de nosotras.

—Entregarás esas notas.

—No.

La palabra salió antes de que pudiera vestirla.

—No era una petición.

—Lo sé. Por eso he contestado claro.

Martina parecía a punto de desmayarse. Inés cerró los ojos un segundo. Beatriz dio un paso, pero Vionnet levantó una mano y la detuvo.

—Son pruebas de una posible vulneración de seguridad —dijo.

—Entonces haga una copia.

—Alma.

—No voy a entregarle el dibujo de mi hermano.

Ahí se me quebró algo la voz. Poco, pero lo suficiente para odiarlo. Vionnet lo notó. Por supuesto que lo notó.

—Puedes quedarte con el dibujo original. Pero necesito copia de las frases.

—Con Martina presente.

Vionnet ladeó la cabeza.