Capítulo 21 #2
—A veces —añadí—. No en plan… no sé. No como algo raro. Solo si hay fruta o pan o algo que pueda servir después. Me lo guardo. Aunque sepa que luego habrá más. Supongo que una parte de mí no termina de creerlo.
No miré a Martina. Ni a nadie.
—Eso no es raro —dijo Valdés.
Me reí por la nariz.
—Bueno, depende de dónde lo hagas. En casa era previsión. Aquí parece contrabando.
—Puede ser una memoria de escasez.
Memoria de escasez.
Qué frase tan limpia para algo tan incómodo.
—No tienes que avergonzarte de eso —dijo.
Ahí sí levanté la vista.
—Ya.
No le creí del todo. Todavía. Pero se agradecía que alguien lo dijera en voz alta sin convertirlo en limosna.
Jaime miraba su hoja. Héctor también. Nicolás me miraba a mí, pero no de esa forma irritante de antes. No como si me estuviera descifrando para ganar. Más bien como si hubiese entendido algo que no quería usar.
Martina apoyó su zapato contra el mío debajo de la mesa.
No me miró.
Solo dejó el contacto ahí.
Y yo no lo aparté.
Valdés cerró la actividad con una explicación práctica: sueño, nutrición, hidratación, recuperación muscular, señales de ansiedad, límites sanos.
Habló de comer antes de actividad física, de no entrenar en ayunas por presumir, de no usar el cuerpo como campo de batalla de la autoestima.
Dijo cosas que sonaban útiles de verdad, no a cartel motivacional.
Después nos dividió por grupos para una parte práctica suave en el pabellón: movilidad, respiración, control postural. Yo agradecí moverme. Pensar tanto dentro de una silla empezaba a darme alergia.
Al final de la clase, cuando todos recogíamos, Héctor se acercó a mí. No venía con sonrisa de siempre. Venía más serio.
—Lo de antes —dijo.
—¿Lo de guardar comida o lo de que si paras te sustituyen?
—Las dos cosas.
—Clase ligera, ¿eh?
Casi sonrió.
—Quería decirte que Sergio guardaba barritas en su taquilla.
Me pilló sin defensas.
—¿Qué?
—No sé si importa. Pero las guardaba. Después de los entrenamientos. Decía que le venían bien si se quedaba estudiando tarde. Tenía siempre dos o tres.
—¿Y?
—Cuando retiraron sus cosas, Diego dijo que no quedaba nada. Ni las barritas.
—Igual se las llevaron.
—Igual.
No sonaba convencido.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Héctor miró hacia Valdés, que hablaba con Mauro al otro lado del pabellón.
—Porque cuando dijiste lo de guardar comida, me acordé. Sergio era muy ordenado. Demasiado. Si pensaba irse, habría dejado las barritas para Diego. Lo hacía siempre antes de vacaciones.
Eso era pequeño.
Ridículamente pequeño.
Una barrita que no estaba. Como la cama demasiado limpia. Como una silla reacomodada. Como un nombre que desaparecía de una lista. Cosas que no probaban nada y, precisamente por eso, podían pasar por debajo de todas las puertas.
—Gracias —dije.
Héctor asintió.
—Jaime está nervioso.
El cambio de tema no lo fue del todo.
—¿Por Sergio?
—Por la cámara. Por lo que dijo. Por lo que pudo haber hecho.
—¿Avisar a Iriarte?
Héctor no contestó.
—Héctor.
—No quiero hundirlo.
—No te estoy pidiendo que lo hundas.
—No, me estás pidiendo que diga lo que sé y deje que lo hunda solo.
Aquellas palabras fueron tan honesta que me quedé callada.
—Jaime no es malo —dijo—. Es… cree en las estructuras.
—Qué bonito e inquietante.
—Cree que si cada uno cumple su papel, las cosas funcionan.
—Y cuando las cosas no funcionan, ¿qué hace?
Héctor miró hacia la puerta.
—Busca quién se salió del papel.
Ahí estaba.
Jaime Montero de Urquijo. El chico que preguntaba si bajar el nivel, el que hablaba de normas aceptadas, el que tal vez había avisado a Iriarte porque Sergio había visto algo que no encajaba. No necesariamente malo. Peor: convencido de estar evitando el caos.
—Ten cuidado con él —dijo Héctor.
—Todo el mundo me manda tener cuidado con todo el mundo. Estoy empezando a necesitar una agenda.
—Con él de verdad.
—¿Y contigo?
Héctor me miró.
—También.
No sé por qué esa respuesta me gustó más que si hubiera dicho “conmigo no”.
Se fue con Cumbre antes de que pudiera responder.
En el vestuario, Nora quiso saberlo todo. Yo le conté lo de las barritas y lo de Jaime. Celia, que apareció a mitad del relato con su capacidad habitual de materializarse donde había problemas, escuchó sin interrumpir. Amina se sentó en un banco y empezó a atarse los zapatos con calma.
—Las barritas no prueban nada —dijo Celia.
—Celia, voy a bordarte esa frase en la frente.
—Pero encaja con la cama demasiado limpia —añadió.
—Ah. Giro inesperado.
—Significa que quien retiró sus cosas no retiró solo lo visible. Revisó detalles. O alguien que conocía sus hábitos lo hizo.
Mauro, cuando se lo contamos más tarde en el descanso, se quedó blanco.
—Diego sabría lo de las barritas.
—¿Crees que Diego las quitó? —preguntó Martina.
—No. Diego está muerto de miedo. Pero si se lo preguntaron…
—Pudo decirlo —terminó Amina.
Mauro se sentó en el banco de la galería y se frotó los ojos.
—Esto es una locura.
Nadie dijo que no.
Porque lo era.
Y, aun así, seguía avanzando con una lógica enfermiza.
Durante la comida, la conversación sobre Sergio había bajado.
Eso era lo más horrible. El rumor, cuando no encuentra alimento nuevo, se aburre.
Algunos alumnos ya hablaban de la próxima competición de casas, de los clubes, de la salida de montaña, de la fiesta cancelada, de deberes.
Sergio pasaba a ser un tema incómodo, una silla que no convenía mirar demasiado.
En dos días sería una anécdota. En una semana, una advertencia.
En un mes, quizá una frase: “¿Te acuerdas del chico que se fue?”
Igual que Lucía.
No.
Me negué.
Después de comer, Inés me hizo una seña desde la entrada de la biblioteca de Bruma. Fui con Martina. Celia intentó seguirnos, pero Inés negó con la cabeza.
—Solo ellas dos.
—No me gusta —dijo Celia.
—Lo sé —respondió Inés—. Por eso te lo digo claramente.
Celia me miró. Yo levanté las manos.
—No es culpa mía. Esta vez.
Entramos con Inés en la biblioteca de casa. Estaba vacía. La luz de la tarde entraba por los ventanales, gris y suave. Sobre la mesa había una carpeta marrón, no la azul de la otra vez. Inés la abrió.
—Encontré la nota de Marta Soler.
Me senté despacio.
Martina también.
La hoja era una fotocopia de una carta manuscrita. La letra era inclinada, nerviosa, con tachones. Inés había tapado con un papel parte del encabezado, quizá para proteger alguna referencia. Nos señaló un párrafo.
Leí:
Entramos después de que la señora V. dijera que ya no había nada que ver.
No sé qué esperábamos. Sangre, tal vez. O barro.
O una señal clara que nos permitiera gritar.
Pero su cama estaba demasiado limpia. Las sábanas nuevas, la manta doblada, el escritorio vacío.
Como si Lucía no hubiera dormido allí nunca.
Irene vomitó en el pasillo. Yo no lloré hasta la noche, porque seguía pensando que si no lloraba todavía había tiempo de que volviera.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Martina tenía los ojos llenos de lágrimas.
—La señora V. —dije.
—Puede ser Vionnet —dijo Inés.
—¿Elvira Vionnet ya estaba aquí en 2009?
—Sí. No como directora académica. Era tutora adjunta de primer ciclo.
Vionnet.
La señora V.
La cama limpia.
Lucía.
—Hay más —dijo Inés.
Pasó a otro fragmento.
Irene repite que la dejaron fuera. Nadie quiere escucharla. Dicen que estaba nerviosa, que no recuerda bien, que la noche distorsiona, que la nieve cambia los sonidos. Pero no nevó aquella noche. Eso es lo que nadie quiere decir. No fue la nieve. No fue el frío. Fue la puerta.
Martina soltó una especie de suspiro roto.
Yo me quedé mirando la frase.
Fue la puerta.
No fue la nieve.
Fue la puerta.
La frase de Rafael. La de Beatriz. La de Irene.
Todo volvía a lo mismo.
Una puerta.
—¿Qué puerta? —pregunté.
Inés negó.
—La carta no lo dice.
—Tiene que decirlo.
—No lo dice, Alma.
—¿Dónde estaba Lucía esa noche?
—No lo sé.
—¿En el invernadero? ¿En la torre? ¿En el ala norte? ¿En Bruma?
—No lo sé.
Me levanté, incapaz de quedarme sentada.
—Todo el mundo no sabe nada, pero todo el mundo sabe lo justo para tener miedo.
Inés no se enfadó.
—Sí.
Eso me frenó más que cualquier reprimenda.
Sí.
Simple.
Cansado.
Terrible.
Martina se secó los ojos con la manga.
—¿Qué pasó con Irene Pardo?
—Terminó en el Aurora —dijo Inés—. Se graduó. Pero dejó la música ese mismo año.
—¿Y Marta?
—Se fue al curso siguiente.
—¿Y nadie volvió a preguntar?
Inés me miró.
—Quizá preguntaron. Quizá les respondieron.
Respondieron suficiente para que dejaran de preguntar.
Me senté otra vez.
—Necesitamos encontrar a Irene Pardo.
—Estoy intentando buscar contacto de antiguas alumnas, pero no es fácil. Los datos están protegidos.
—¿Y Marta Soler?
—También.
—Alguien escribió esas notas —dijo Martina—. Alguien actual. No puede ser solo el pasado.
Inés asintió.
—Lo sé.
Entonces la puerta de la biblioteca se abrió.
Beatriz entró.
No llamó. Claro.
Inés cerró la carpeta con una rapidez demasiado visible.
Beatriz miró la carpeta. Luego a Inés. Luego a nosotras.
—¿Interrumpo?
—Sí —dije.
Martina me apretó la pierna por debajo de la mesa. Inés cerró los ojos un segundo. Muy profesional todo.
Beatriz no reaccionó.
—La señora Vionnet quiere veros a las tres.
El corazón me dio un golpe.
—¿A las tres? —preguntó Inés.
—A ti, a Martina y a Alma.
—¿Por qué?
Beatriz sostuvo su mirada.
—Por la biblioteca de Bruma.
Yo miré la carpeta marrón cerrada sobre la mesa.
La cama demasiado limpia.
La señora V.
Fue la puerta.
Beatriz también miró la carpeta, pero no la tocó.
—Ahora —dijo.
Nos levantamos.
Inés cogió la carpeta. Beatriz extendió una mano.
—Déjala.
No fue una petición.
Inés se quedó quieta.
—Es material de archivo de la casa.
—Por eso.
Durante un segundo pensé que Inés iba a negarse. No lo hizo. Dejó la carpeta sobre la mesa con una lentitud dolorosa.
Beatriz la tomó.
Y entonces vi algo.
En la muñeca de Beatriz, asomando bajo la manga de la americana, había una cicatriz fina. Una línea blanca, corta, vieja.
No tendría por qué importar.
Pero cuando cogió la carpeta, la manga subió un poco más y vi otra marca, apenas visible, como una quemadura antigua o un corte mal curado.
Tres líneas.
Casi paralelas.
Como si alguien, años atrás, hubiera arañado una puerta hasta hacerse sangre.
Beatriz notó que la miraba.
Bajó la manga.
—Vamos —dijo.
Y esta vez no sonó como una prefecta.
Sonó como alguien que llevaba mucho tiempo intentando no recordar una puerta cerrada.