Capítulo 21
El martes por la mañana, el profesor Valdés escribió una frase en la pizarra del aula de Educación Física:
El cuerpo también guarda memoria.
Yo la miré desde mi pupitre y pensé que, si seguíamos así, el Instituto Aurora iba a necesitar menos profesores y más exorcistas.
Entre Beltrán con sus umbrales, Rivas con sus rastros, Montalvo con sus tradiciones y ahora Valdés con cuerpos que guardaban memoria, una no podía ni sentarse en clase sin sospechar que el temario estaba conspirando.
El aula teórica del pabellón deportivo era luminosa, con una pared de cristal que daba a las pistas cubiertas y varias láminas anatómicas colgadas junto a una pantalla.
No olía a tiza ni a libros, sino a goma, madera barnizada y desinfectante.
Sobre la mesa de Valdés había botellas de agua, una maqueta de rodilla, varias bandas elásticas y una bandeja con manzanas, barritas de cereales y frutos secos.
Al ver la comida, Nora se inclinó hacia mí.
—¿Eso es material didáctico o soborno?
—En este sitio puede ser ambas cosas.
—Si la clase acaba con una manzana analizándome emocionalmente, me voy.
Amina, sentada delante, giró apenas la cabeza.
—No te vas.
—No. Pero lo diré con fuerza.
Valdés esperó a que todos estuviéramos sentados.
Esa mañana compartíamos la sesión Bruma, Lumbre y parte de Cumbre.
Sergio no estaba, claro. Su ausencia ya no era un hueco visible porque el sistema se había ocupado de cerrar filas alrededor, pero yo seguía notándola.
Quizá porque Mauro, sentado dos mesas más allá, miraba de vez en cuando hacia la puerta, como si una parte de él esperara que Sergio entrara tarde, pidiera perdón y acabara con aquella película absurda. No entró nadie.
Nicolás estaba al fondo con Héctor y Jaime.
Héctor tenía mala cara. Jaime, en cambio, parecía más firme que de costumbre, como si la desaparición de Sergio hubiera colocado el mundo en una posición que él entendía mejor: adultos decidiendo, alumnos obedeciendo, rumores castigados, orden restaurado.
Me dieron ganas de tirarle una manzana, pero Valdés todavía no había explicado si eso contaba como uso responsable del material.
—Hoy vamos a hablar de rendimiento —dijo el profesor—. Pero no de marcas, ni de tiempos, ni de estética. Vamos a hablar de energía. De hambre. De cansancio. De señales.
La palabra señales hizo que Martina me mirara.
Yo hice como que no.
—Muchos de vosotros venís de entornos donde el cuerpo se ha tratado como herramienta de competición —continuó Valdés—.
Otros quizá venís de entornos donde el cuerpo se ha tratado como algo que debe aguantar.
En ambos casos hay un error común: creer que el cuerpo es una cosa separada de lo que os pasa.
Se apoyó en la mesa.
—No lo es.
El aula estaba más callada de lo habitual. Incluso Nora no dijo nada. Valdés tenía una manera distinta de hablar. No era grandilocuente como Beltrán, ni seca como Rivas, ni afilada como Iriarte. Hablaba como alguien que había visto a demasiados adolescentes fingir que podían con todo.
—Dormir poco no es una medalla. Comer mal no es disciplina. Ignorar el dolor no es fortaleza. Y competir destruyendo al de al lado no es liderazgo, por mucho que algunos adultos se empeñen en llamarlo carácter.
Ahí sí me gustó. Mucho. Casi demasiado.
Jaime levantó la mano.
Cómo no.
—Pero en un entorno exigente hay que aprender a soportar presión.
—Sí —dijo Valdés—. Soportar presión no significa negar que existe. Significa reconocerla, gestionarla y pedir ayuda antes de que os rompa.
—A veces pedir ayuda te coloca en desventaja —dijo Jaime.
No sonó como una provocación. Sonó como una creencia.
Valdés asintió.
—En algunos sistemas, sí. Por eso hay sistemas enfermos.
El silencio cayó de golpe.
Nicolás miró hacia Jaime. Héctor miró a Valdés. Mauro bajó la vista. Yo sentí que el profesor acababa de decir algo que no aparecía en ningún folleto del Aurora y que, sin embargo, explicaba medio colegio.
—Aquí vamos a intentar que no sea así —añadió Valdés—. No siempre lo conseguiremos. Pero lo intentaremos.
No siempre lo conseguiremos.
Me gustó que no mintiera. Me asustó que no mintiera.
Valdés nos repartió una hoja con tres columnas: energía , recuperación , alertas .
Teníamos que rellenarla con ejemplos concretos.
Qué nos daba energía. Qué nos ayudaba a recuperarnos.
Qué señales nos indicaban que estábamos cruzando un límite.
La actividad parecía sencilla, casi tonta, hasta que empecé a escribir.
Energía: dormir, comer, caminar, leer, hablar con Dani, ganar una discusión.
Taché ganar una discusión. Después lo volví a escribir. Tampoco hacía falta mentirme en privado.
Recuperación: estar sola. Estar con Martina. Las galletas de Dani. Reírme con Nora. Que Amina dijera algo sensato cuando todo se iba al demonio. Que Celia organizara el demonio por apartados.
Alertas: dolor de estómago, bromear demasiado, no comer, enfadarme cuando alguien intenta ayudarme, cerrar la puerta tres veces.
Miré esa última frase.
Cerrar la puerta tres veces.
No la taché.
Martina escribía despacio a mi lado. La moneda de su abuelo asomaba un poco bajo la camisa.
Cada tanto la tocaba con los dedos, como si comprobara que seguía allí.
Nora estaba concentradísima en su hoja, lo cual era tan raro que me preocupó.
Amina escribía poco, pero seguramente con una precisión devastadora.
Mauro mordía el capuchón del bolígrafo. Héctor miraba su hoja sin escribir.
Jaime escribía mucho. Nicolás escribía una línea, paraba, otra línea, paraba.
—Quiero que penséis también en la comida —dijo Valdés—.
No como culpa ni como premio. Como información.
El hambre dice cosas. La falta de hambre también.
Guardar comida, saltarse comidas, comer deprisa, comer a escondidas, controlar demasiado lo que entra en el cuerpo o no poder controlar nada… todo eso habla.
Sentí que me ardía la cara.
La manzana del desayuno. Las pastas de Martina. Los paquetes de galletas de Dani. El pan guardado en servilletas. El billete de diez euros. Las cosas pequeñas convertidas en reservas porque una parte de mí seguía sin creer que mañana también habría comida, ayuda, sitio, amistad.
No miré a nadie.
Error.
Martina sí me miró.
Pequeño, rápido, sin juicio. Pero me miró.
Yo hice como que estaba leyendo la hoja. La hoja, por supuesto, no me ayudó. La hoja ponía alertas en letras limpias, como si la alerta no estuviera sentada en mi garganta.
Valdés dejó unos minutos de silencio y luego pidió comentarios voluntarios. Nadie tenía muchas ganas de ofrecerse. Al final habló una chica de Lumbre, diciendo que cuando estaba nerviosa dejaba de comer. Después Héctor levantó la mano.
Eso me sorprendió.
—Yo entreno incluso cuando estoy lesionado —dijo.
Lo soltó como si no fuera gran cosa.
Valdés lo miró con calma.
—¿Por qué?
Héctor sonrió, pero la sonrisa no llegó a ningún sitio.
—Porque si paro, otro ocupa mi lugar.
Jaime miró hacia él con incomodidad. Nicolás no se movió.
—¿En el equipo? —preguntó Valdés.
—En todo.
El aula se quedó en silencio.
Héctor Paredes de la Fuente, el chico de la muñequera visible, el que sonreía como si la vida tuviera una mesa reservada para él, acababa de decir algo feo con una normalidad que daba pena.
En todo. Si paro, otro ocupa mi lugar. No me cayó bien de golpe.
Tampoco mal. Me cayó más persona, que a veces es mucho más incómodo.
Valdés asintió.
—Eso es una alerta.
—No puedo cambiarlo.
—No hoy. Pero puedes empezar por llamarlo por su nombre.
—¿Cuál?
—Miedo.
Héctor bajó la mirada.
Jaime se removió en su silla.
—A veces es responsabilidad —dijo.
Valdés se volvió hacia él.
—A veces llamamos responsabilidad a un miedo que nos da vergüenza reconocer.
Jaime se quedó callado.
Aquello habría sido suficiente para una clase entera, pero entonces Nora levantó la mano.
—Yo hablo demasiado cuando estoy nerviosa.
Nadie se sorprendió. Nora miró alrededor.
—Ya, no pongáis esa cara de descubrimiento científico. Lo sé. Pero no es solo hablar. Es llenar el sitio para que nadie note que no sé qué hacer dentro.
Amina giró la cabeza hacia ella. No sonrió. Solo la miró con una ternura muy seria.
—Buena observación —dijo Valdés.
Nora asintió, incómoda.
—Gracias. Me siento fatal.
La risa fue suave. Incluso Valdés sonrió.
Mauro habló después, casi sin levantar la mano.
—Yo dejo de dormir antes de los exámenes. Pero no por estudiar. Por pensar que si suspendo, todo lo que hicieron para que llegara aquí no sirvió.
No dijo “mi familia”. No hizo falta.
Celia, que estaba en otra mesa, levantó la vista. Yo también. Mauro miraba la hoja como si hubiera confesado un delito. Valdés no lo convirtió en escena. Eso se lo agradecí.
—Esa es una carga demasiado grande para una nota —dijo.
—Ya.
—No desaparece porque alguien te lo diga. Pero conviene saber cuándo estás estudiando una materia y cuándo estás intentando pagar una deuda emocional.
Mauro tragó saliva.
Yo escribí eso en mi hoja, aunque no iba dirigido a mí. O sí. Quizá casi todo lo que dolía en esa clase iba dirigido a todos, por caminos distintos.
Entonces Valdés miró hacia mí.
No dijo mi nombre.
Pero lo sentí.
Maldita sea.
—Alma —dijo al fin—. ¿Quieres compartir algo?
No. Quería mudarme al interior de una baldosa.
—No especialmente.
—De acuerdo.
Eso me descolocó.
No insistió. No me empujó. No hizo de mi resistencia un espectáculo pedagógico. Solo aceptó el no. Y, por algún motivo, eso hizo que me dieran más ganas de hablar. Qué gente más peligrosa la que respeta tus puertas.
Miré la hoja.
Cerrar la puerta tres veces.
Bromear demasiado.
No comer.
Enfadarme cuando alguien intenta ayudarme.
—Guardo comida —dije.
Salió pequeña. Casi ridícula después de confesiones sobre miedo, presión, lesiones y deuda emocional.
Pero el aula se quedó igual de atenta.