Capítulo 20 #2
—Retiraron sus cosas demasiado rápido. Si él no quería irse, si vio algo, si pensaba enseñarle la foto a Mauro, quizá dejó algo. Una nota, una copia, una tarjeta, no sé. Algo.
—No podemos entrar en su habitación —dijo Celia.
—No he dicho entrar.
—Has dicho cama.
—Puede que lo dijera de forma poética.
—Alma.
—Vale. Sí. Estoy pensando en entrar.
Celia cerró los ojos con una paciencia que empezaba a parecer dolor físico.
—Nos acaban de advertir explícitamente.
—Precisamente. Eso significa que hay algo que no quieren que veamos.
—O significa que no quieren que cinco alumnas de primer curso se conviertan en delincuentes residenciales.
—También.
Amina cruzó los brazos.
—Si vamos, tiene que ser con alguien de Lumbre.
—Mauro —dije.
—No —dijo Celia.
—¿No Mauro o no ir?
—Ambas, pero sé que perderé una.
Nora hizo una mueca.
—Mauro ya está dentro. Sergio le escribió a él.
—Por eso mismo —dijo Celia—. Si le pillan en la habitación de Sergio, no será una travesura. Será relación directa con el asunto.
—Entonces Héctor —dijo Martina.
Nos callamos.
Héctor era de Cumbre. Sergio de Lumbre. Pero Héctor sabía de la foto, había hablado con Sergio, y no estaba en el centro exacto del mensaje como Mauro.
Además, se movía por el colegio con esa facilidad de los alumnos que nadie esperaba ver haciendo algo malo.
Privilegio logístico. Qué asco. Qué útil.
—Héctor podría distraer —dije.
—O avisar a Jaime —dijo Celia.
—No creo.
—Tú no creías que Sergio importara hasta que desapareció del desayuno.
Golpe limpio.
Me lo merecía. Un poco.
—Vale —dije—. Entonces no vamos todavía.
Celia me miró con desconfianza.
—¿Todavía?
—Estoy madurando por fases. No me exijas milagros.
El día siguió raro.
No dramático. Raro. Como si todo el colegio hubiera recibido la orden de comportarse con normalidad y algunos la estuvieran obedeciendo demasiado.
En Literatura, Beltrán no hizo comentarios sobre Sergio, pero al devolvernos la tarea de la puerta se detuvo junto a mi pupitre y dejó mi hoja boca abajo. Encima había escrito solo una frase:
No confundas una puerta cerrada con una pared.
Lo miré. Él siguió caminando como si nada.
En Ciencias Naturales, Rivas evitó mencionar la excursión.
En Ética, la profesora Montalvo nos hizo debatir sobre privacidad y comunidad, y Nora casi se ahoga intentando no mirarme.
En el comedor, la silla de Sergio ya no estaba vacía: la habían reacomodado.
Una mesa no podía conservar un hueco más de un día, al parecer.
El Aurora era muy eficiente administrando ausencias.
Al final de la tarde, Mauro nos encontró en la galería de la biblioteca. Tenía peor cara que por la mañana.
—He hablado con Diego, su compañero de habitación.
—¿Y? —pregunté.
—Dice que entraron dos personas de residencia después del desayuno. Recogieron la maleta, la ropa, los libros. Todo. Le dijeron que la familia lo había autorizado.
—¿Vio a Sergio?
—No.
—¿Y sus cosas personales? —preguntó Celia.
—Todo retirado.
—Demasiado limpio —dije.
Mauro asintió.
—Eso dijo Diego. Que la cama parecía de habitación nueva. Que incluso cambiaron las sábanas.
La cama demasiado limpia.
Sentí algo horrible en el estómago. No porque unas sábanas limpias fueran prueba de nada. Porque una cama recién hecha podía ser una forma de borrar el cuerpo que había dormido allí. Igual que una foto sin alumna. Igual que una lista actualizada. Igual que una frase elegante en un atril.
—Pero Diego encontró algo —dijo Mauro.
Celia se tensó.
—¿Qué?
Mauro sacó un objeto pequeño del bolsillo. Lo dejó en mi mano.
Era una funda de tarjeta de memoria.
Vacía.
De plástico transparente, con una etiqueta blanca pegada. En la etiqueta, escrito con rotulador fino, se leía:
MIRADOR — S. L.
—Estaba debajo del colchón —dijo Mauro—. Diego la encontró cuando volvió a su cuarto. No sabe si la tarjeta estaba dentro antes. Cree que sí, porque Sergio guardaba ahí las tarjetas usadas hasta descargarlas.
—¿Y ahora está vacía? —preguntó Martina.
—Sí.
Amina cogió la funda con cuidado, por los bordes.
—Alguien sacó la tarjeta.
—O Sergio la sacó antes —dijo Celia.
—Si Sergio la hubiera sacado —dije—, ¿por qué dejaría la funda bajo el colchón?
—Porque no tuvo tiempo —dijo Nora.
Nadie contestó.
La hipótesis quedó ahí. Fea. Posible.
Mauro se apoyó contra la pared.
—Diego está asustado. Dice que no quiere saber nada más.
—Normal —dijo Celia.
—También dice que Sergio dejó un libro en la biblioteca de Lumbre. Uno que estaba leyendo. No se lo llevaron porque no estaba en la habitación.
—¿Qué libro? —pregunté.
—No lo sabe. Dice que tenía una nota dentro.
—¿Dónde está la biblioteca de Lumbre?
Celia me miró con desesperación.
—No.
—No he dicho que vaya a entrar. He preguntado ubicación geográfica.
—Alma.
—Está en el pabellón sur —dijo Mauro—. Pero no podréis entrar. Solo Lumbre.
—Tú sí —dije.
—No voy a coger un libro de Sergio en la biblioteca de mi casa justo después de que lo retiren.
—No te estoy pidiendo que robes.
—Menos mal —dijo Nora—. Porque sonaría mucho a eso.
Mauro miró hacia el claustro.
—Puedo mirar el catálogo. Si está registrado como préstamo interno, quizá aparece el título.
—Haz eso —dijo Celia—. Solo eso.
—Solo eso —repitió Mauro, mirándome a mí.
—Qué fama más injusta tengo.
Nadie me llevó la contraria. Muy feo por su parte.
Esa noche, antes del estudio, Inés me encontró junto a la máquina de agua de Bruma. Venía con dos libros bajo el brazo y una expresión seria.
—He oído lo de Sergio.
—Todo el mundo lo ha oído.
—También he oído que Vionnet os llamó.
—El cotilleo académico funciona muy bien.
—Alma.
Dejé de bromear. Inés miró hacia el pasillo, luego bajó la voz.
—En 2009, después de que Lucía se fuera, también cambiaron sábanas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Lo leí en una nota de una antigua alumna de Bruma. No era oficial. Era una especie de diario, o una carta nunca enviada. Decía: “Cuando entramos, su cama estaba demasiado limpia.”
No sé cuánto tardé en responder. Quizá nada. Quizá demasiado.
—¿De quién era la nota?
—No estaba firmada. Pero creo que era de Marta Soler.
Marta. La M de la piedra. La amiga de Lucía. La que terminó el curso y se marchó al año siguiente.
—¿Dónde está esa nota?
—Guardada. No aquí.
—Necesito verla.
—Lo sé.
—Inés.
—Lo sé, Alma. Pero ahora no. Después de lo de Sergio, van a vigilar más.
—¿Quiénes?
Inés no contestó de inmediato. Miró hacia el extremo del pasillo. Beatriz acababa de aparecer junto a la escalera, hablando con una alumna de segundo.
—Todos los que tengan algo que perder —dijo.
Luego siguió caminando.
Yo me quedé con el vaso de agua en la mano y una frase nueva ocupándome la cabeza.
Su cama estaba demasiado limpia.
La de Lucía.
La de Sergio.
Dos ausencias separadas por años y un mismo gesto pequeño: borrar las arrugas, cambiar las sábanas, dejar una superficie correcta donde antes había una persona.
Durante el estudio obligatorio, escribí muy poco. En realidad, escribí una lista. No para la revista. No para Beltrán. Para mí.
Lucía Mansilla Ortega. Bruma. Beca. 2009. Botánica. Piano. Antes de que nieve. La dejaron fuera. No fue la nieve. Cama demasiado limpia.
Debajo añadí:
Sergio Lamas. Lumbre. Foto mirador. Figura uniforme antiguo. Puerta torre abierta. Retirado por decisión familiar. Cámara en Iriarte. Tarjeta desaparecida. Cama demasiado limpia.
Miré las dos listas.
No eran iguales.
Pero rimaban.
Y en el Instituto Aurora, empezaba a entenderlo, algunas historias no se repetían exactamente.
Solo aprendían a vestirse mejor.