La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

A las ocho y cuarto, el despacho de la señora Vionnet olía a madera cara, café recién hecho y advertencia.

Era una mezcla muy Aurora.

El despacho estaba en la primera planta del edificio principal, al final de un pasillo donde las paredes tenían retratos de antiguos directores, todos hombres salvo dos mujeres, todos con cara de haber prohibido alguna vez una alegría.

La puerta era de madera oscura, con una placa discreta: Elvira Vionnet — Dirección académica de primer ciclo .

No ponía “aquí se archivan adolescentes problemáticas”, pero tampoco hacía falta.

Llegamos juntas, porque a esas alturas separarnos habría sido una falta de respeto al sentido común.

Martina caminaba a mi lado, con las manos agarradas a la carpeta.

Nora iba detrás, murmurando que si la expulsaban esperaba al menos una carta elegante.

Amina no decía nada. Celia, que había venido desde Atlas con puntualidad quirúrgica, parecía haber dormido menos que yo, lo cual ya era bastante grave.

Su coleta estaba perfecta, su uniforme también, pero tenía las ojeras de alguien que había pasado la noche discutiendo con sus propias conclusiones.

Beatriz nos esperaba junto a la puerta.

—Entrad —dijo.

—Buenos días también —murmuré.

Martina me pisó suavemente.

Ya era casi una tradición nuestra. La única que me gustaba.

Dentro estaban Vionnet, sentada detrás de su mesa, y Leire Santamaría, de pie junto a la ventana.

Eso me sorprendió y me alivió a partes iguales.

Leire no sonreía. Tampoco parecía cómoda.

Llevaba una carpeta contra el pecho y la bufanda verde mal enrollada, como si se la hubiera puesto deprisa.

Vionnet, en cambio, estaba impecable. Moño perfecto, chaqueta gris, pendientes pequeños, una taza de café intacta sobre la mesa.

La clase de mujer capaz de redactar una sanción sin arrugar una vocal.

—Sentaos —dijo.

Había cinco sillas delante de la mesa. Cinco. Ni una más. Ni una menos. El Aurora no improvisaba ni la intimidación.

Nos sentamos. Yo quedé entre Martina y Celia, con Nora y Amina al otro lado. Beatriz permaneció de pie junto a la puerta. Me pareció excesivo, como si temieran que intentáramos escapar por la ventana o montar una revolución con clips.

Vionnet apoyó las manos sobre la mesa.

—Imagino que sabéis por qué estáis aquí.

Nora abrió la boca.

Amina le tocó la muñeca.

Nora la cerró con una dignidad admirable.

—Por Sergio Lamas —dije.

Leire bajó apenas la mirada. Vionnet no.

—Por vuestra conducta en relación con la salida del alumno Sergio Lamas —corrigió.

Conducta en relación con la salida. Qué maravilla. Podrían empapelar un crimen con esas frases y quedaría precioso.

—¿Salida? —pregunté.

Celia tensó la mandíbula.

Vionnet me miró.

—Sí. Salida.

—Creía que era una retirada temporal por decisión familiar.

—Ambas cosas son compatibles.

—En este colegio casi todo parece compatible si se dice con suficiente calma.

—Alma —dijo Leire.

No fue una reprimenda. Fue un cuidado. Y precisamente por eso me callé. Un poco.

Vionnet deslizó una hoja sobre la mesa. No hacia nosotras, solo lo bastante para que viéramos que existía.

—Sergio Lamas se encuentra bien. Su familia ha decidido retirarlo temporalmente del centro por motivos personales. Esa es toda la información que corresponde compartir con el alumnado.

—¿Podemos escribirle? —preguntó Amina.

Vionnet giró la cabeza hacia ella.

—No por ahora.

—¿Por qué? —insistió Amina, tranquila—. Si se encuentra bien y es una decisión familiar, un mensaje de compañeros no debería ser un problema.

Amina tenía esa manera de clavar una pregunta sin levantar la voz. Era casi un talento ofensivo.

—La familia ha solicitado privacidad —respondió Vionnet.

—¿La familia o el centro? —pregunté.

El silencio que siguió tuvo muebles.

Leire cerró los dedos sobre su carpeta. Beatriz se movió apenas junto a la puerta. Celia me rozó el brazo con el codo, pero ya era tarde. Lo mío con llegar tarde a mi propia prudencia empezaba a preocuparme.

Vionnet no levantó la voz. Ni siquiera endureció el gesto.

—Señorita García, entiendo que esta primera semana haya sido intensa para ti. Llegar a un entorno nuevo, adaptarse a sus códigos, encontrar tu lugar... todo eso puede generar una necesidad de interpretar cada movimiento como parte de una hostilidad general.

—Qué forma tan larga de decir que estoy paranoica.

—No he dicho eso.

—No así.

Martina respiró hondo a mi lado. Nora miraba sus propias manos como si estuviera intentando no aplaudirme ni matarme. Celia tenía los ojos fijos en Vionnet, no en mí. Eso me inquietó más. Celia no estaba preocupada por mi frase. Estaba escuchando otra cosa.

Vionnet se inclinó un poco hacia delante.

—Lo que digo es que hay límites. La preocupación por un compañero no os autoriza a difundir rumores, investigar asuntos familiares ni interrogar a otros alumnos. Mucho menos cuando ese comportamiento puede alterar la convivencia y perjudicar a una familia que ya atraviesa una situación delicada.

—¿Qué situación? —preguntó Martina.

Lo dijo tan bajo que casi no pareció una interrupción. Pero lo fue.

Vionnet la miró. Martina se puso colorada, aunque no bajó la cabeza.

—No me corresponde detallarlo.

—Pero lo menciona para que dejemos de preguntar —dijo Martina.

Ahí sí la miré.

Martina Echevarría Prado, la chica que pensaba las frases perfectas tres horas después en la ducha, acababa de soltar una en el despacho de Vionnet. Sin temblar demasiado. Sin pedir perdón. Joder. Me dieron ganas de abrazarla y de pedirle autógrafo.

Leire también la miró. Algo en su cara cambió. Orgullo, quizá. O preocupación. En el Aurora a veces eran lo mismo.

Vionnet sostuvo la mirada de Martina.

—Lo menciono porque es la verdad.

—Una parte —dijo Celia.

Todas nos giramos hacia ella.

Celia no tenía mi tono, ni el de Nora, ni siquiera esa calma casi cortante de Amina. Lo suyo era distinto. Preciso. Casi administrativo. Si yo lanzaba piedras, Celia archivaba explosivos.

—La verdad completa incluiría si Sergio quería irse —añadió.

Leire cerró los ojos un segundo.

Vionnet se quedó muy quieta.

—La voluntad de un menor no siempre prevalece sobre la de su familia.

—Eso no responde —dije.

—No era una pregunta tuya.

Touché. Formalmente, al menos.

Celia no se movió.

—Si Sergio se encuentra bien, ¿por qué se retiraron sus cosas sin que pudiera despedirse? —preguntó—. ¿Por qué se cerró el aula de material audiovisual? ¿Por qué el profesor Iriarte tiene la cámara que Sergio utilizó en la excursión?

Ahora sí.

Ahí estaba.

Era lo que nadie debía decir en ese despacho, sobre esa mesa, delante de Vionnet, con Beatriz custodiando la puerta y Leire apretando una carpeta como si dentro llevara una bomba.

Vionnet miró a Celia durante varios segundos.

—Veo que no estamos hablando de preocupación. Estamos hablando de especulación organizada.

—Estamos hablando de hechos —dijo Celia.

—No. Estáis uniendo elementos inconexos para construir una versión que se ajuste a vuestra inquietud.

—Eso también podría decirse de la versión oficial —respondí.

Leire intervino antes de que aquello se fuera por el barranco.

—Basta.

No lo dijo fuerte. Pero funcionó.

Nos miró una a una. Su cara ya no era suave. Era seria, cansada y, por primera vez, claramente asustada.

—Esto tiene que parar —dijo—. No porque no tengáis derecho a preocuparos. No porque no haya preguntas. Sino porque estáis caminando sin saber dónde pisáis.

Vionnet giró apenas la cabeza hacia ella.

—Leire.

—No —dijo Leire.

Una palabra.

Una adulta diciéndole no a otra adulta en el despacho de dirección. No fue una revolución, pero en aquel sitio sonó como si alguien hubiera abierto una ventana.

Leire respiró hondo.

—Sergio está con su familia. Eso es cierto. No está encerrado en ningún sótano, ni desaparecido en la montaña, ni nada parecido.

—¿Y por qué no puede escribir? —preguntó Nora.

Su voz salió pequeña. Sin chiste. Eso dolió más que si hubiera soltado una barbaridad.

Leire nos miró.

—Porque sus padres han pedido que no reciba comunicaciones del centro durante unos días.

—¿Por qué harían eso? —preguntó Martina.

Nadie respondió.

Y ahí estuvo la respuesta.

Vionnet recuperó el control como quien cierra una carpeta de golpe.

—Escuchadme bien. A partir de este momento, cualquier intento de acceder a espacios restringidos, material audiovisual, expedientes, archivos internos o habitaciones de otros alumnos será considerado una falta grave.

Cualquier difusión de rumores sobre Sergio Lamas o sobre asuntos antiguos del centro también. ¿Ha quedado claro?

Asuntos antiguos.

No había dicho Lucía Mansilla. No hacía falta.

—Clarísimo —dijo Celia.

—Sí —dijo Amina.

Martina asintió.

Nora también.

Yo tardé medio segundo más.

—Alma —dijo Leire.

—Sí —contesté—. Ha quedado claro.

Vionnet se recostó apenas en la silla.

—Podéis iros.

Nos levantamos. Nadie habló. Al llegar a la puerta, Beatriz la abrió. No me miró. Eso volvió a molestarme. Prefería cuando la gente me miraba mal. Por lo menos no tenía que imaginar.

En el pasillo, caminamos hasta el final antes de respirar de verdad. Nora fue la primera en hablar.

—Bueno. Creo que ha ido fenomenal si el objetivo era confirmar que estamos metidas en algo horrible.

—No ha confirmado nada —dijo Celia.

—Celia, por favor, permite que el horror tenga su momento.

Amina miró hacia el despacho.

—Leire sabe más.

—Leire tiene miedo —dijo Martina.

—También.

Yo apoyé la espalda contra la pared fría. El pasillo estaba vacío, pero aun así bajé la voz.

—Han dicho que no accedamos a habitaciones de otros alumnos.

Celia me miró de inmediato.

—No.

—Ni siquiera he terminado.

—No.

—Eso es censura preventiva.

—Eso es evitar que hagas exactamente lo que estás pensando.

Martina me miró, preocupada.

—¿Qué estás pensando?

—La cama de Sergio.

Nora frunció el ceño.

—Esa frase necesita contexto urgentemente.