Capítulo 19 #2
—Ella tiene nombre, por si en Cumbre no os han llegado las últimas reformas sociales —dije—. Martina.
Martina me apretó el brazo.
—Quería venir —dijo ella.
Héctor asintió, incómodo.
—Vale.
—¿Qué sabes de Sergio? —pregunté.
—Poco.
—Mal comienzo.
—Poco seguro —corrigió—. Mucho oído.
—Entonces empieza por lo seguro.
Héctor miró hacia la galería. A lo lejos, vi una sombra que podía ser Celia. O una planta con mala postura. Esperaba que fuera Celia.
—Sergio estaba nervioso después de la excursión. En la ruta hizo fotos para Lumbre. No solo del grupo. También de la torre, del mirador, de la niebla. Al volver, revisó algunas en la cámara y vio algo raro.
—Alguien junto a la torre.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Héctor.
—No lo sé, Alma. No me la enseñó. Me dijo que había una figura junto a la torre, cerca de la puerta. Al principio pensó que era un profesor, pero luego amplió la imagen y dijo que no podía ser.
—¿Por qué?
Héctor se pasó una mano por el pelo.
—Porque llevaba uniforme antiguo.
El jardín quedó en silencio.
No porque no hubiera sonidos. Había viento, grava, voces lejanas, una puerta cerrándose en algún edificio. Pero, durante un segundo, todo eso se volvió decorado.
—¿Uniforme antiguo? —repitió Martina.
—Eso dijo.
Sentí que la piel se me llenaba de frío.
—¿Antiguo como de otra época?
—No sé. Dijo que la chaqueta no era como la nuestra. Que parecía de una foto vieja.
—Eso suena a fantasma —dijo Martina, en voz baja.
—No era un fantasma —dije rápido.
Demasiado rápido.
Héctor me miró.
—Yo tampoco creo en fantasmas.
—Qué bien. Ya somos dos personas razonables en un jardín a oscuras hablando de una figura con uniforme antiguo junto a una torre.
—Sergio tampoco creía. Por eso se asustó.
—¿Te dijo algo más?
—Que al ampliar la foto, detrás de la figura se veía la puerta de la torre abierta.
Martina se llevó una mano a la boca.
La puerta de la torre.
Cerrada con candado cuando subimos. Cerrada por seguridad. Cerrada desde hacía años, según Rivas.
—¿Y después? —pregunté.
—Le dije que se lo enseñara a Valdés. Él dijo que primero quería preguntarle a Mauro, porque Mauro estaba con lo de los archivos de Lumbre y sabría descargar la imagen sin que se perdiera calidad.
—¿Y por qué no lo hizo?
Héctor miró al suelo.
—Porque Jaime lo oyó.
Ahí cambió todo.
—Jaime Montero —dije.
—Sí.
—¿Y?
—Jaime le dijo que no montara una película. Que si la cámara era del club, las fotos pasarían por revisión antes de publicarse. Que no se metiera en líos con material del centro.
—Muy considerado.
—Jaime es… —Héctor buscó una palabra— prudente.
—Jaime es un apéndice con gomina del reglamento.
Martina me miró, pero no me corrigió. Buena señal.
Héctor casi sonrió. Casi.
—Sergio se enfadó. Discutieron. Yo los separé. Después, Sergio me escribió diciendo que igual Jaime tenía razón, pero que había algo en la foto que no encajaba. Me dijo que si al día siguiente seguía pareciéndole raro, hablaría con Mauro.
—Y por la noche lo retiraron.
—Sí.
—¿Jaime pudo contárselo a alguien?
Héctor no contestó.
—Héctor.
—Jaime habla con Iriarte.
Lo dijo bajo.
—¿Por qué?
—Iriarte es tutor académico de su familia desde hace años. Su hermano mayor también lo tuvo. Son cercanos.
—Claro —dije—. Aquí todo el mundo hereda hasta los profesores.
Martina respiró hondo.
—¿Crees que Jaime avisó a Iriarte?
Héctor levantó los ojos. Parecía dividido. Por primera vez desde que lo conocía, no tenía esa seguridad cómoda. Parecía un chico atrapado entre proteger a su amigo y aceptar que quizá su amigo había hecho algo horrible con buenas maneras.
—No sé si lo avisó para hacer daño —dijo.
—Eso no responde.
—No lo sé. Jaime cree en el colegio. Cree de verdad. Cree que si algo parece raro, lo correcto es llevarlo a un adulto. Y cree que algunos adultos saben qué hacer con las cosas raras.
—Qué bonito —dije—. Un niño de anuncio entregando pruebas al sistema que quizá acaba de borrar a Sergio.
Héctor apretó la mandíbula.
—No sabes si lo borraron.
—¿Tú crees que Sergio quería irse?
—No.
—Entonces.
No hizo falta terminar.
Héctor se apoyó contra el tronco del ciprés.
La niebla le humedecía el pelo. De pronto parecía más joven.
No el chico de Cumbre, no el de la muñequera, no el que sonreía con facilidad.
Solo un alumno de catorce o quince años que acababa de entender que las reglas de su mundo podían usarse para tragarse a alguien.
—Su padre vino —dijo.
—¿Qué?
—El padre de Sergio. O eso creo. Anoche, después del estudio, vi un coche en la entrada lateral. No era de los habituales. Sergio estaba con Vionnet y con un hombre. Discutía. No gritaba, pero… —se detuvo— No parecía alguien que se estuviera yendo voluntariamente.
—¿Dijo algo?
—No oí.
—¿Y el hombre era su padre?
—Lo he visto en una foto en su habitación. Creo que sí.
Martina habló muy bajo:
—Entonces la familia sí vino.
—O la hicieron venir —dije.
Héctor me miró.
—Eso no lo sabemos.
—No. Pero ya sabemos que aquí las familias pueden decidir cosas después de que el colegio las convenza de cuál es la versión correcta.
Él no respondió.
Una sombra se movió cerca de la galería. Celia apareció entre la niebla, no del todo, solo lo suficiente para hacernos una señal mínima. Alguien venía.
—Tenemos que irnos —dijo Martina.
Héctor se irguió.
—Una cosa más.
—Rápido —dije.
—Sergio me dijo que la figura de la foto estaba mirando hacia el grupo. No hacia la torre. Hacia vosotros.
Sentí un hueco debajo de las costillas.
—¿Hacia nosotros?
—Hacia Bruma, creo. No estaba seguro.
Martina me agarró la mano.
—¿Hacia Alma?
—No lo sé.
Otra vez esas cuatro palabras. No lo sé. Odié lo útiles que eran.
Desde la galería llegó la voz de Beatriz.
—¿Hay alguien ahí?
Héctor se separó del ciprés.
—Id por el sendero de servicio.
—¿Y tú?
—Yo puedo decir que estaba paseando.
—Qué gran invento, poder estar en sitios sin parecer sospechoso —murmuré.
—Úsalo y vete.
Martina tiró de mí. Corrimos, o casi. Caminamos rápido por el sendero lateral, agachadas junto a los setos como dos delincuentes de bajo presupuesto. Celia apareció al final y nos empujó hacia la galería secundaria.
—No corráis —susurró—. Si os ven, caminad como si supierais adónde vais.
—No sé adónde voy desde que llegué —dije.
—Pues finge mejor.
Salimos a la galería secundaria justo cuando Beatriz entraba en el jardín con una linterna pequeña. A su lado estaba Jaime Montero de Urquijo.
No Iriarte.
Jaime.
Se acercaron a Héctor. No oí la conversación completa, pero sí vi la cara de Héctor: una sonrisa breve, una explicación casual, las manos en los bolsillos. El papel de chico cómodo en su mundo, vuelto a poner como una chaqueta.
Jaime miró alrededor.
Durante un segundo, sus ojos fueron hacia la galería secundaria.
Nos escondimos detrás de una columna.
Martina apenas respiraba. Celia estaba rígida. Yo tenía la mano cerrada alrededor de la suya sin darme cuenta.
Beatriz dijo algo. Jaime contestó. Héctor se encogió de hombros. Después los tres volvieron hacia el edificio.
Cuando desaparecieron, Nora salió de detrás de otra columna con Amina.
—Informe —susurró—: odio los jardines.
—Héctor dice que Sergio vio una figura con uniforme antiguo junto a la torre —dije.
Nora abrió la boca.
—No.
—Sí.
—¿Fantasma?
—No.
—¿Persona disfrazada de fantasma?
—Eso ya es más aceptable.
Amina miró hacia el jardín.
—¿Para qué estaría alguien con uniforme antiguo junto a la torre?
—Para ser fotografiado —dijo Celia.
La miramos.
—¿Qué?
Celia hablaba rápido, pero en voz baja.
—Pensadlo. Si alguien quería llamar la atención sobre 2009, sobre Lucía, sobre el pasado, aparecer con uniforme antiguo junto a una torre marcada con la fecha exacta de la audición no es casual. Es una señal.
—¿Y Sergio la vio por accidente? —preguntó Martina.
—O alguien quiso que la viera.
—Entonces ¿por qué hacerlo desaparecer? —preguntó Nora.
Celia no contestó.
Amina sí.
—Porque quizá la señal no era para Sergio.
Me miraron.
Yo no quería que me miraran.
De verdad que no.
Pero ahí estaba: las notas en mi habitación, mi taquilla, Lucía en mi cajón, la piedra en la excursión, la figura mirando hacia Bruma. Hacia nosotras. Quizá hacia mí.
—No —dije.
—Alma —murmuró Martina.
—No. No sabemos eso.
—No —dijo Amina—. No lo sabemos.
Pero tampoco sonó como si no lo creyera.
Volvimos a Bruma por caminos separados. Celia se fue hacia Atlas. Nora y Amina subieron primero. Martina y yo esperamos unos minutos en la galería, fingiendo mirar un tablón de actividades. Mis manos seguían frías.
—No tienes que cargar con esto sola —dijo Martina.
—Lo sé.
Y esa vez no mentía.
Había tardado, pero lo sabía.
En la residencia, Beatriz estaba en el vestíbulo.
Esperándonos.
No dijo nuestros nombres. No preguntó de dónde veníamos. No necesitaba. Llevaba una carpeta en la mano y su expresión de prefecta perfecta, pero había algo más. Algo tenso.
—Mañana después del desayuno —dijo—, la señora Vionnet hablará con algunas alumnas de primer curso.
—¿Con quiénes? —preguntó Martina.
Beatriz me miró.
—Contigo, Martina. Con Nora. Con Amina. Con Celia Roldán. Y con Alma.
Ahí estaba el golpe.
Elegante. Limpio. Administrativo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por el bien de la convivencia.
Casi me reí.
Por el bien de la convivencia.
Retirado por decisión familiar.
Condiciones meteorológicas poco favorables.
Zona en reforma.
Material restante no incorporado por indicación de dirección.
El idioma del Aurora era precioso. Tan precioso que servía para tapar cualquier cosa.
—¿Y Sergio? —pregunté.
Martina me apretó el brazo, tarde.
Beatriz no parpadeó.
—¿Qué pasa con Sergio?
—¿También fue por el bien de la convivencia?
El silencio se quedó entre las tres.
Beatriz se acercó un paso.
—Ten mucho cuidado, Alma.
—Todo el mundo me dice eso.
—Quizá deberías preguntarte por qué.
—Quizá deberíais preguntaros por qué hace falta decírmelo tanto.
Durante un segundo pensé que Beatriz iba a contestar algo real. Algo suyo. Algo que no viniera del reglamento. Sus ojos se movieron apenas, como si la frase hubiera llegado a una zona cansada.
Pero entonces volvió la prefecta.
—A las ocho y cuarto. Despacho de la señora Vionnet. Puntuales.
Se fue.
Martina y yo nos quedamos en el vestíbulo, sin movernos.
—Nos van a preguntar por Sergio —susurró ella.
—No.
Miré hacia el pasillo por donde Beatriz había desaparecido.
—Nos van a decir que dejemos de preguntar.