Capítulo 19
La mentira de la corbata tuvo consecuencias inmediatas.
No grandes, claro. El Instituto Aurora no era de esos sitios donde las consecuencias se presentaban dando portazos.
Allí llegaban en forma de avisos escritos, cambios de horario, miradas más largas de lo habitual y frases como “por motivos de organización interna”.
La clase de Historia se suspendió aquella tarde.
El aula de informática quedó cerrada por mantenimiento.
La sala de Lumbre donde guardaban cámaras, focos y material audiovisual apareció con un cartel nuevo: ACCESO RESTRINGIDO TEMPORALMENTE .
Temporalmente. Otra palabra preciosa para ponerle perfume a una cerradura.
Sergio Lamas no volvió al comedor.
Tampoco al estudio.
Tampoco a la residencia de Lumbre, según Mauro, que consiguió preguntarle a un chico de su casa sin parecer demasiado desesperado.
Sus cosas habían sido retiradas durante la mañana.
No todas, quizá. Nadie sabía. Nadie había visto a sus padres.
Nadie había visto maletas. Nadie había visto a Sergio subir a un coche.
Pero todos repetían una versión parecida con ligeras variaciones, como si alguien hubiera sembrado una frase y cada alumno la estuviera regando a su manera.
—Su familia vino temprano.
—No, creo que fue anoche.
—Dicen que estaba mal.
—Dicen que se había metido en un lío.
—Dicen que sus padres ya dudaban de que siguiera.
—Dicen que volverá después de unos días.
—Dicen.
Eso era lo que más había en el Aurora: gente que decía sin haber visto.
Nos reunimos en la biblioteca nueva durante el descanso de la tarde.
No en una mesa escondida, porque Celia dijo que esconderse llamaba más la atención que estudiar con mala cara.
Así que ocupamos una mesa normal, con libros abiertos, cuadernos y varias expresiones de concentración falsa.
A nuestro alrededor había alumnos leyendo, subrayando, consultando ordenadores del centro, murmurando fórmulas o copiando esquemas.
Todo parecía académico. Todo parecía normal.
Y en medio estábamos nosotros, intentando averiguar si un compañero había sido sacado del colegio por ver algo que no debía.
Nosotros. La palabra también era rara.
Martina estaba a mi derecha, con el cuaderno de Lengua abierto por una página que no miraba.
Amina se sentaba frente a mí, recta, seria, con un libro de Ciencias Naturales entre las manos.
Nora fingía leer un diccionario de sinónimos, que era una elección muy suya.
Celia había colocado una carpeta de Atlas sobre la mesa como si aquello fuera una reunión oficial de eficiencia académica.
Mauro estaba al otro lado, pálido, con el mensaje impreso de Sergio guardado dentro del cuaderno.
Nicolás se había sentado dos mesas más allá, solo, con un libro abierto, haciendo como que no nos conocía. Héctor no estaba.
—La cámara la tiene Iriarte —dijo Mauro en voz muy baja.
—Eso dijo Nicolás —contestó Celia—. No lo sabemos.
—¿Crees que miente?
—Creo que no podemos permitirnos creer nada solo porque nos convenga.
Nora levantó la vista del diccionario.
—Esta frase tuya habría que ponerla en una taza horrible de tienda de aeropuerto.
Celia la ignoró, pero menos que otras veces.
—Aunque sea verdad —continuó—, no podemos ir a Iriarte y pedirle una cámara.
—Qué pena —dije—. Yo ya tenía preparado un discurso amable.
—Tampoco podemos colarnos en dirección —añadió Martina.
Todas la miramos.
—¿Qué? —dijo ella—. Había que descartarlo.
—Me encanta que ya pienses en delitos antes de que yo los proponga —dije.
—No era una propuesta.
—Todavía.
Amina apoyó el libro sobre la mesa.
—La foto puede no estar en la cámara. Si Sergio la vio, quizá la copió en algún sitio. O la mandó.
Mauro negó.
—En el mensaje dijo que la enseñaba hoy. No la adjuntó.
—¿Usan tarjetas de memoria? —preguntó Nora.
—Sí —dijo Mauro—. Las cámaras del club tienen tarjetas. Se descargan en el ordenador de Lumbre.
—Y ese aula está cerrada —dijo Celia.
—Por mantenimiento temporal —añadí—. Qué casualidad tan trabajadora.
Martina bajó la voz aún más.
—¿Y si Sergio se la mandó a alguien más?
—Héctor —dije.
Mauro me miró.
—Pero Héctor dijo que no llegó a verla.
—Héctor dice muchas cosas con cara de anuncio. No sabemos si todas son verdad.
—No parecía mentir —dijo Martina.
—A mí tampoco —admití—. Lo cual me molesta porque tenía buen sitio en mi lista de posibles idiotas.
Celia abrió su carpeta.
—Hay que separar hechos de interpretaciones.
—Otra vez Atlas —murmuró Nora.
—Hechos —dijo Celia, ignorándola—. Uno: Sergio escribió a Mauro diciendo que había visto a alguien junto a la torre en una foto.
Dos: dijo que enseñaría la foto hoy. Tres: hoy la dirección anuncia que su familia lo retira temporalmente.
Cuatro: su cámara o la cámara que usó está en manos de Iriarte, según Nicolás.
Cinco: Héctor confirma que Sergio no quería irse y que también le había hablado de la foto.
—Seis —dije—: esto se parece demasiado a Lucía.
Celia cerró la boca.
No quería que lo dijera. Ninguna quería. Pero estaba ahí, respirando entre los libros.
Mauro se pasó una mano por la cara.
—Sergio no era becado.
—No —dijo Amina—. Pero quizá vio algo relacionado con una becada.
Lucía.
No hizo falta decirlo.
—¿Quién podía aparecer junto a la torre? —preguntó Martina.
—Alguien de fuera del grupo —respondió Mauro—. Eso dijo Sergio. “No era de nuestro grupo.”
—Puede ser un profesor —dijo Celia—. Un prefecto. Personal. Otro alumno.
—O alguien que no debería estar allí —dije.
Nora cerró el diccionario.
—Me encanta cómo cada opción es peor que la anterior.
En ese momento, Nicolás pasó junto a nuestra mesa. No se detuvo. Solo dejó caer un papel doblado sobre el libro de Amina, con una naturalidad tan buena que casi me dio rabia. Siguió andando hacia la salida de la biblioteca sin mirar atrás.
Todas miramos el papel.
Amina lo tapó con la mano.
—No aquí.
—Pero está aquí —susurró Nora—. Y yo estoy muriendo aquí.
Celia miró alrededor. Nadie parecía haberse dado cuenta, pero en el Aurora esa frase nunca era tranquilizadora. Amina abrió el papel lo justo para leerlo. Luego lo giró hacia nosotras.
La letra era de Nicolás.
Héctor sabe más. No quiere hablar delante de Cumbre. Jardín lateral, después de la cena.
Nora hizo una mueca.
—Estoy empezando a odiar los mensajes en papel. ¿No puede nadie comunicarse con un emoji tranquilizador?
Celia cogió el papel y lo dobló de nuevo.
—No iremos todos.
—No iré sola —dije.
—Eso ya lo hemos establecido, gracias a la evolución básica.
—Voy contigo —dijo Martina.
—No —dijo Celia.
Martina levantó la vista.
—Sí.
La palabra salió tranquila, pero firme. Tanto que Celia se quedó un segundo sin responder. A mí también me sorprendió. Martina no parecía desafiar. Parecía decidir. Era distinto. Más difícil de discutir.
—Héctor se cierra si se siente rodeado —dijo Celia.
—Entonces vamos Alma y yo —dijo Martina—. Tú vigilas cerca. Amina y Nora pueden estar en la galería. Mauro, con Lumbre, por si alguien pregunta.
—Perdona —dijo Nora—, ¿en qué momento Martina ha tomado el mando y por qué me parece bien?
Martina se puso colorada.
—No he tomado el mando.
—Un poco sí —dije—. Ha sido bonito. Muy de chica que ya sabe qué decir antes de ducharse.
Martina me dio un golpe suave con el codo, pero sonrió.
Celia tardó un poco en aceptarlo. No porque el plan fuera malo, sino porque no era suyo. Al final asintió.
—Vale. Alma y Martina hablan con Héctor. Yo estaré cerca. Amina y Nora vigilan accesos. Mauro intenta averiguar si en Lumbre alguien vio retirar las cosas de Sergio.
Mauro tragó saliva.
—Vale.
—Y nadie improvisa —añadió Celia, mirándome.
—Me ofende que lo digas mientras me miras.
—Me ofendería que no entendieras por qué.
No podía culparla.
La cena fue un ejercicio de paciencia con patatas al horno.
Héctor estaba en la mesa de Cumbre, pero no se reía.
Eso en él era casi una declaración. Jaime hablaba a su lado, insistente, con la cara tensa de quien quiere que el mundo vuelva a sus reglas.
Nicolás comía en silencio. De vez en cuando miraba hacia Héctor.
De vez en cuando hacia mí. Iriarte no estaba en el comedor.
Vionnet sí. También Alderete, en la mesa de profesores, con su serenidad de retrato al óleo todavía vivo.
En Lumbre, la ausencia de Sergio era un hueco pequeño pero visible. Su silla la ocupaba otro alumno, claro, porque las sillas no entienden de duelo. Mauro apenas comió. Nora le pasó un trozo de pan envuelto en servilleta cuando pensó que nadie miraba.
—Para luego —le susurró.
Mauro parpadeó, sorprendido.
—Gracias.
—No te emociones. Es contrabando terapéutico.
Después de la cena, el plan empezó a moverse con una torpeza bastante digna.
Amina y Nora salieron primero hacia la galería del jardín, con la excusa de buscar un libro que Nora había olvidado en la sala común.
Nadie creyó esa excusa, probablemente, porque Nora no parecía una persona capaz de olvidar solo una cosa.
Celia se quedó en el vestíbulo, fingiendo leer un cartel sobre tutorías.
Mauro volvió hacia Lumbre. Martina y yo esperamos dos minutos y salimos por la puerta lateral del comedor.
El jardín lateral estaba menos iluminado que el central.
Los senderos de grava brillaban por la humedad y los setos formaban líneas oscuras entre la niebla baja.
Había bancos de piedra, farolas antiguas y una estatua pequeña de un hombre con un libro abierto que, a esas alturas, parecía estar leyendo los cargos contra nosotros.
Héctor esperaba junto a un ciprés.
Sin muñequera visible esa noche. No sé por qué me fijé. Quizá porque cuando una intenta decidir si alguien miente, empieza por los detalles más absurdos.
—Has venido —dijo.
—Eso parece.
Miró a Martina.
—¿Y ella?