La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Mauro abrió una carpeta digital.

—En Lumbre tienen acceso a algunas grabaciones antiguas de eventos. Audiciones, obras, competiciones. Están digitalizando material para el archivo audiovisual. Me tocó ordenar etiquetas.

—Mauro —dijo Celia—, por favor, dime que no has robado nada.

—No he robado. He copiado una referencia.

—Eso suena a robar con pasos extra —dijo Nora.

Mauro nos mostró una pantalla con una lista de archivos.

Audición otoño — 24/11/2009 — Salón de actos. Archivo incompleto.

Sentí que el corazón me golpeaba una vez.

—¿Hay vídeo? —pregunté.

—No accesible. Está marcado como dañado.

—Claro —murmuré.

—Pero hay metadatos. Duración original: una hora y veinte. Duración conservada: treinta y siete minutos.

Amina se inclinó.

—Falta más de la mitad.

—Sí. Y hay una nota en el registro.

Mauro giró el portátil.

La nota decía:

Interrupción por indisposición de alumna. Material restante no incorporado por indicación de dirección.

—Indisposición de alumna —leyó Martina.

—Irene Pardo —dije.

Mauro asintió.

—Eso pensé.

Celia se llevó una mano al puente de la nariz.

—Esto ya es demasiado.

—¿Demasiado prueba o demasiado problema? —pregunté.

—Ambas.

—Hay más —dijo Mauro.

Nora lo miró.

—Esa frase debería estar prohibida.

Mauro abrió otra ventana.

—Busqué el nombre Lucía Mansilla en el sistema de revistas. Aparece en septiembre, octubre y noviembre de 2009. Después no. Pero en diciembre hay un artículo sin firma sobre la primera nevada. Mirad la primera letra de cada párrafo.

Nos enseñó una imagen escaneada de una página antigua de El Mirador . El artículo parecía inocente: una crónica sobre la llegada de la nieve al Instituto, las actividades suspendidas, la belleza del jardín cubierto de blanco. Pero las letras iniciales de los primeros párrafos formaban algo.

L U C I A

Lucía.

Me quedé sin hablar.

—¿Quién escribió el artículo? —preguntó Celia.

—Sin firma —dijo Mauro—. Pero está en la sección de música y casa Bruma.

—Irene Pardo —dijo Martina.

—O Marta Soler —añadió Amina.

—O alguien más —dijo Celia—. No nos enamoremos de la primera explicación.

La profesora Rivas estaría orgullosa. Qué asco.

Mauro nos dio una copia impresa del artículo doblada entre apuntes de Lumbre. Celia casi se lo impidió, pero al final lo guardó ella misma en su carpeta, porque si alguien iba a custodiar pruebas con criterio paranoico, esa era Celia.

—Gracias —dije.

Mauro se encogió de hombros.

—No me gusta que borren cosas.

—¿Por qué?

—Porque si borran a alguien de un sistema, los demás aprendemos que también se puede hacer con nosotros.

Lo dijo sin dramatismo. Por eso dolió más.

El domingo por la tarde, intenté hacer vida normal.

Fallé, pero con actitud. Fuimos al estudio, al comedor, a la sala común.

Martina leyó. Nora escribió una reflexión sobre responsabilidad y límites que empezaba con “Desde el punto de vista jurídico, emocional y de supervivencia básica...”, lo cual prometía sanción extra o premio literario.

Amina la obligó a reescribir el primer párrafo.

Celia desapareció un rato para estudiar, aunque yo sospechaba que estudiar en su idioma también significaba ordenar pruebas internas.

Jimena volvió de su llamada familiar más callada de lo normal, pero dijo que estaba bien con una sonrisa tan frágil que nadie la creyó.

Por la noche, en Bruma, Beatriz anunció que la semana siguiente habría cambios menores en algunas habitaciones por ajustes residenciales.

Me miró.

Solo un segundo.

La habitación 226, al parecer, iba a dejar de ser mía pronto.

Y yo no supe si alegrarme o asustarme.

El lunes por la mañana, Sergio Lamas no estaba en el desayuno.

No me di cuenta al principio. Sergio no era parte de mi grupo cercano.

Era el chico de Lumbre de mi equipo de orientación, el que se había reído con mis comentarios, el que había ayudado a Mercedes con el mapa, el que había confirmado respuestas sobre distancia y escala.

Un chico amable, discreto, de esos que una registra en el borde de la historia sin saber todavía si van a importar.

Lo notó Mauro.

Estábamos recogiendo las bandejas cuando miró hacia la mesa de Lumbre y frunció el ceño.

—Qué raro.

—¿Qué?

—Sergio no ha bajado.

—Igual se ha dormido.

—Sergio no se duerme. Tiene miedo a llegar tarde incluso antes de tener sueño.

No le di importancia suficiente.

Tampoco se presentó a Literatura.

Beltrán pasó lista, se detuvo un segundo en su nombre y siguió. No dijo nada. Los profesores del Aurora no dramatizaban ausencias en público. Eso lo aprendimos rápido.

A media mañana, antes de Ciencias Naturales, el rumor ya corría por los pasillos.

Sergio Lamas había sido llamado a dirección el domingo por la noche.

Sergio había recibido una llamada de sus padres.

Sergio había tenido una crisis de ansiedad.

Sergio había sido pillado con alcohol de la fiesta.

Sergio había discutido con Héctor. Sergio había pedido irse. Sergio se había ido.

Las versiones crecían como hongos.

A las doce, la señora Vionnet reunió a primer curso en el salón de actos.

No a todo el colegio. Solo primer curso.

Eso fue lo primero que me dio miedo.

Nos sentamos por casas, igual que el primer día.

Bruma a un lado, Cumbre al otro, Atlas y Lumbre en filas intermedias.

Mauro estaba pálido. Nora ya no hacía chistes.

Martina tenía la mano cerrada alrededor de su moneda.

Celia, desde Atlas, me miraba sin moverse.

Nicolás estaba en Cumbre, con la mandíbula tensa.

Héctor, a su lado, tenía los ojos fijos en el escenario.

Vionnet subió al atril.

No estaba Alderete. No estaba Leire. No estaba Rivas. Solo Vionnet, con su moño perfecto y una carpeta azul oscuro.

—Buenos días —dijo—. Lamento interrumpir la jornada lectiva, pero consideramos necesario evitar rumores innecesarios. El alumno Sergio Lamas, de Casa Lumbre, ha sido retirado temporalmente del centro por decisión familiar.

Sentí que algo se abría debajo de mí.

Retirado.

Por decisión familiar.

Martina dejó de respirar.

Mauro bajó la cabeza.

—Se encuentra bien —continuó Vionnet—. Pedimos respeto por su privacidad y por la de su familia. No se tolerará la difusión de especulaciones, comentarios malintencionados ni versiones no confirmadas. Los tutores de casa están disponibles para cualquier alumno que necesite acompañamiento.

Eso fue todo.

Sergio Lamas pasó de alumno a asunto privado en menos de un minuto.

No hubo preguntas. Claro. ¿Quién iba a preguntar? ¿Quién iba a levantar la mano en un salón lleno de alumnos, prefectos y profesores para decir: perdone, ¿lo han retirado como retiraron a Lucía Mansilla antes de la nieve? No. Nadie. Ni siquiera yo. Sobre todo yo.

La asamblea terminó. Nos levantamos en silencio.

En el pasillo, Nora agarró mi manga.

—No.

Solo dijo eso.

No.

Mauro se acercó a nosotras con la cara blanca.

—Anoche me escribió.

—¿Qué? —pregunté.

—Sergio. Por el correo interno. Me dijo que tenía algo raro de la excursión. Una foto.

—¿Qué foto? —preguntó Celia, apareciendo como si la hubieran invocado las palabras problema y raro.

Mauro tragó saliva.

—No lo sé. Me dijo que me la enseñaba hoy.

—¿Y el mensaje? —dijo Amina.

—Está en mi buzón.

—Vamos —dijo Celia.

Fuimos a la sala de informática de la biblioteca. No todos. Celia no permitió una procesión. Entramos Mauro, Martina y yo. Amina y Nora se quedaron fuera. Celia vino porque intentar impedirlo habría requerido maquinaria pesada.

Mauro inició sesión en un ordenador del centro. Abrió el correo interno.

El mensaje de Sergio estaba allí.

Asunto: lo del mirador

El texto era breve:

Mauro, sé que suena raro, pero creo que en una de las fotos salió alguien junto a la torre. No era de nuestro grupo. Te la enseño mañana. No se la pases a nadie todavía, ¿vale? No quiero líos.

Fecha: domingo, 21:48.

Después de eso, nada.

—¿Dónde está la foto? —pregunté.

—No adjuntó nada.

—¿Puede estar en su cámara? —dijo Martina.

Mauro negó.

—Usó una cámara del club de Lumbre. La devolvió ayer al aula.

Nos miramos.

—Hay que conseguir esa cámara —dije.

—No —dijo Celia.

—Celia.

—No. Primero pensamos. Si Sergio vio algo en una foto y anoche lo llamaron a dirección o lo sacaron del centro, la cámara puede estar revisada, confiscada o vigilada.

—O puede seguir allí.

—Y si vamos corriendo, sabrán que buscamos lo mismo que él.

Tenía razón.

Otra vez.

Qué agotamiento de persona.

Mauro cerró el correo, pero antes de salir imprimió el mensaje. Celia casi le arrancó la impresora con la mirada.

—No podemos dejarlo solo en el sistema —dijo él.

—Guárdalo bien —respondió ella.

Salimos de la biblioteca con el papel doblado dentro del cuaderno de Mauro.

En el pasillo, los alumnos seguían circulando.

Algunos hablaban de Sergio en voz baja. Otros ya habían cambiado de tema.

Así funcionaba el mundo, supongo. Una persona podía irse y, si no era tu persona, la vida seguía ocupando espacio.

Pero a mí no me salía seguir.

No después de Lucía.

No después de las mismas palabras.

Retirado por decisión familiar.

Cuando llegamos al claustro, vimos a Héctor junto a una columna. Estaba solo, cosa rara. Me miró al pasar. Tenía la cara tensa.

—Alma.

Me detuve.

Celia hizo un sonido de advertencia, pero no me fui.

—¿Qué?

Héctor miró hacia Mauro, luego hacia Celia, luego otra vez a mí.

—Sergio no quería irse.

Nadie habló.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

Héctor apretó los dientes.

—Porque me lo dijo anoche.

—¿Qué te dijo exactamente?

—Que había visto algo en una foto. Algo que no entendía. Y que quizá tenía que ver con lo que pasó en el mirador.

—¿Te enseñó la foto?

Héctor negó.

—No llegó a hacerlo.

—¿Y por qué no lo dijiste en la asamblea?

Me miró como si la pregunta le pareciera ingenua. Y quizá lo era.

—Porque Vionnet acababa de decirnos que no se tolerarían especulaciones. Y porque mi padre conoce al padre de Sergio. Y porque aquí, cuando una familia decide algo, los hijos solemos enterarnos después de obedecer.

Eso sonó demasiado triste para venir de Héctor Paredes de la Fuente.

Nicolás apareció detrás de él.

—Héctor.

No fue saludo. Fue advertencia.

Héctor bajó la mirada.

—Tenéis que encontrar esa foto —dijo.

Luego se fue.

Nicolás se quedó frente a nosotros.

—No deberíais hablar aquí.

—Qué frase tan original —dije, pero me salió sin fuerza.

Él miró a Mauro.

—La cámara de Lumbre ya no está en el aula.

Mauro palideció.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque fui a mirar.

Celia cerró los ojos.

—Perfecto. Todos haciendo exactamente lo que no hay que hacer.

—La cámara la tiene Iriarte —dijo Nicolás.

Sentí un frío muy concreto.

—¿Iriarte?

—Lo vi entrar en dirección con ella esta mañana.

Nadie dijo nada.

La pieza cayó.

No cerró el puzzle. Lo hizo más grande.

Sergio había visto algo en una foto.

Sergio quiso enseñarla.

Sergio fue “retirado temporalmente por decisión familiar”.

La cámara terminó en manos de Iriarte.

La dirección pidió no especular.

Mauro miró hacia el salón de actos, ya vacío.

—Entonces Sergio no se fue.

No era una pregunta.

Nadie le respondió.

Porque todos habíamos oído la versión oficial.

Y todos, por primera vez, habíamos aprendido exactamente cómo sonaba una mentira cuando llevaba corbata.