La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El sábado por la tarde, el Instituto Aurora hizo lo que mejor sabía hacer después de ponerse inquietante: fingir normalidad.

El Aurora tenía un talento admirable para convertir cualquier cosa en una oración limpia.

La tarde transcurrió como si no hubiera pasado nada.

Los alumnos se repartieron entre las residencias, la biblioteca, las salas comunes y los clubes.

Los de Cumbre entrenaron en las pistas cubiertas porque, al parecer, descansar después de una excursión era una debilidad moral.

Los de Atlas se encerraron a estudiar con la alegría de quien ha confundido productividad con religión.

En Bruma, Beatriz reforzó el horario de silencio “para favorecer la recuperación tras la actividad física”.

Traducción: no quería alumnas hablando de la piedra, de la torre ni de la cara que había puesto Rivas cuando vio la fecha.

Yo intenté hacer los deberes de Literatura.

Escribí el título: Una puerta que creía abierta .

Luego me quedé mirando la hoja.

La puerta era demasiado evidente. Podía escribir sobre el Aurora, sobre la beca, sobre mi casa, sobre la habitación 226, sobre el hecho de que el futuro parecía abierto hasta que una se acercaba y descubría que había que saber claves, normas, apellidos, modales, silencios y la forma exacta de coger el pan.

Podía escribir sobre Lucía Mansilla y la puerta que alguien quizá le cerró.

Podía escribir sobre mi madre diciéndome que lo hiciera por mí, aunque las facturas tuvieran otra opinión.

Al final escribí tres líneas y taché dos.

Muy productivo todo.

Martina vino a verme antes de la cena. No entró. Se quedó en la puerta, como si la habitación hubiera adquirido una reputación contagiosa.

—¿Has escrito algo?

—He contemplado el papel con intensidad.

—Eso cuenta como borrador emocional.

—Entonces voy avanzadísima.

Martina llevaba el pelo suelto, algo raro en ella, y una rebeca gris sobre el uniforme. Parecía cansada. Todas lo parecíamos. El Aurora nos estaba dando demasiada vida interior para una sola semana.

—Celia dice que esta noche no hagamos nada —dijo.

—Celia debería fundar una religión llamada No Hagamos Nada.

—Creo que tendría muchos fieles vivos.

—Golpe bajo.

Martina sonrió, pero enseguida se puso seria.

—Inés tampoco encontró más hoy. Dice que mañana intentará revisar revistas de diciembre de 2009.

—Domingo de archivos. Qué juventud más salvaje.

—Y Nicolás no ha escrito nada.

—No esperaba que lo hiciera.

Mentira. Había mirado el correo interno tres veces, aunque no pensaba admitirlo ni bajo amenaza de poesía.

Martina me observó.

—¿Estás enfadada con él?

—No.

—¿Con Beatriz?

—Sí.

—¿Con el colegio?

—Desde que llegué. Eso ya es una relación estable.

—¿Contigo?

Ahí levanté la vista.

Martina no apartó los ojos. La muy traidora estaba aprendiendo a preguntar sin pedir perdón.

—Un poco —dije.

—¿Por qué?

—Porque todo esto empezó conmigo. Con mi habitación, mis notas, mi cajón, mi manía de no cerrar la boca.

—No empezó contigo.

—Pero me encontró a mí.

—Eso no es culpa tuya.

Quise responder algo irónico, pero no me salió. O me salió y lo retuve, que ya era casi una madurez.

—Me voy a duchar antes de la cena —dije.

Martina entendió que la conversación había llegado a su límite del día.

—Te espero abajo.

—Vale.

Cerré la puerta cuando se fue. Luego la abrí otra vez para comprobar que el pasillo estuviera vacío. Luego la cerré con llave. Me di cuenta de lo que estaba haciendo y me odié un poco. No por tener miedo. Por notar cómo el miedo empezaba a enseñarme rutinas.

La cena fue tranquila, o todo lo tranquila que podía ser una cena en un internado donde la mitad de los alumnos parecían saber secretos por vía hereditaria.

Me senté con Martina, Nora, Amina y Jimena.

Celia apareció más tarde, se sentó en una mesa de Atlas y nos miró lo justo para confirmar que seguíamos respirando.

Mauro pasó junto a nosotras con una bandeja, se detuvo un segundo y murmuró:

—Mañana, biblioteca nueva. Tengo algo.

—¿Algo útil o algo de Lumbre con bollos? —pregunté.

—Las dos cosas no son incompatibles.

Siguió caminando antes de que pudiera preguntarle más.

Vi a Nicolás en la mesa de Cumbre. Estaba con Héctor, Jaime y otros dos chicos.

No parecía estar hablando mucho. Héctor sí.

Héctor siempre parecía tener facilidad para estar donde estaba, como si cada sitio le ofreciera una silla antes de que la pidiera.

Jaime estaba más serio de lo habitual. Sergio Lamas, el chico de Lumbre que había estado en mi equipo de orientación, pasó por detrás de ellos con una bandeja y se detuvo un momento para decir algo a Héctor.

No oí qué. Héctor se rio. Sergio no. Me llamó la atención porque Sergio era de esos que sonreían incluso cuando estaban incómodos. Esa noche tenía la cara cerrada.

No le di importancia.

Ese fue mi error favorito de la semana.

Después de cenar tuvimos estudio obligatorio. La sala de Bruma estaba en silencio, salvo por bolígrafos, páginas y alguna tos. Yo seguía con la redacción de la puerta. Esta vez conseguí escribir un párrafo entero:

Creía que el Instituto Aurora era una puerta abierta porque nadie me había dicho que no podía entrar.

Pero una puerta abierta también puede ser una prueba.

Puede estar abierta para que todos vean cómo dudas antes de cruzarla.

Puede estar abierta para que, si tropiezas, nadie pueda decir que te empujaron.

Lo leí dos veces.

No estaba mal.

Me dio rabia.

A las once, la residencia entró en horario de silencio. Nora nos dio las buenas noches desde su puerta con una solemnidad absurda.

—Que ninguna muera ni descubra una inscripción nueva sin avisar.

—Dulces sueños a ti también —dijo Jimena.

Celia no apareció. Amina sí, para recordarme que cerrara con llave, como si yo fuera capaz de olvidarlo a esas alturas. Martina dudó en mi puerta.

—¿Segura?

—Sí.

—Si pasa algo…

—Voy.

—No esperes a decidir si es grave.

Eso era nuevo. Y bueno.

—No espero —prometí.

Dormí mejor que la noche anterior. No bien, pero mejor. A veces el cuerpo se cansa de estar alerta y apaga luces aunque la cabeza siga haciendo guardia. Soñé con la torre meteorológica, pero esta vez no había golpes. Solo nieve cayendo hacia arriba, como si el cielo estuviera devolviendo algo.

El domingo amaneció con lluvia fina.

El Aurora los domingos parecía una versión más humana de sí mismo.

No había clases, aunque sí estudio, clubes voluntarios, misa para quien quisiera, llamadas familiares, paseos supervisados y una comida más larga.

Los alumnos hablaban más bajo, vestían ropa informal permitida y se movían con esa lentitud de quien todavía no quiere admitir que el lunes existe.

Llamé a mi madre después del desayuno.

Había una sala de llamadas en el pabellón este, con pequeñas cabinas acristaladas y un horario estricto. Qué considerado el Aurora, organizando incluso la nostalgia. Me senté en una de las cabinas, cerré la puerta y marqué.

Mi madre contestó al tercer tono.

—Alma.

La voz me hizo algo raro en el pecho.

—Hola.

—¿Estás bien?

—Sí.

Qué fácil salió la mentira. Demasiado.

—¿Comes bien?

—Muchísimo. Este sitio tiene pan con jerarquía, pero comida tiene.

—¿Pan con qué?

—Nada. Cosas mías.

Al fondo oí a Dani gritar:

—¡Pregúntale si ya es rica!

Mi madre se apartó del teléfono.

—¡Dani, no grites!

—Dile que todavía no —respondí—. Pero estoy investigando.

—Dice que todavía no —repitió mi madre, y la oí reír.

Me dolió un poco esa risa. No porque fuera triste.

Porque era de casa. Porque al otro lado del teléfono seguían existiendo la cocina pequeña, la lavadora poseída, Dani en pijama a horas indebidas, mi madre haciendo varias cosas a la vez.

Y yo estaba allí, en una cabina de un internado de piedra, sin poder decirle que alguien había escrito en el dibujo de su hijo.

—¿Y la habitación? —preguntó.

—Pequeña.

—¿Pero bien?

Miré el cristal de la cabina. En el reflejo vi mi cara con uniforme informal, ojeras y la expresión de alguien que estaba aprendiendo demasiadas formas de no preocupar a su madre.

—Sí. Bien.

—¿Compañeras?

—Hay una chica, Martina. Es buena.

—Qué bien.

—Y Nora. Es un peligro, pero de los buenos. Amina, que parece que podría gobernar un país sin despeinarse. Jimena, que tiene difusor.

—¿Difusor?

—Da igual. Cosas de ricos.

Mi madre se rio otra vez.

—Me alegra que estés haciendo amigas.

Amigas.

La palabra me dio miedo de una forma bonita.

—Sí —dije—. Creo que sí.

Hubo un silencio corto.

—Alma.

—¿Sí?

—No tienes que hacerte la fuerte todo el tiempo.

Cerré los ojos.

Madres. Qué falta de respeto esa capacidad de acertar desde kilómetros.

—No me hago la fuerte.

—Claro.

—Estoy bien, mamá.

—Vale.

No me creyó. Me dejó mentir. A veces el amor también era eso: no arrancarle a alguien la verdad si todavía la necesitaba dentro.

Dani se puso al teléfono después. Me contó que Fermín, su dinosaurio, había sufrido una lesión grave en una batalla contra una silla, pero que estaba estable.

Me preguntó si el colegio tenía mazmorras.

Le dije que todavía no podía confirmarlo.

Me preguntó si había niños idiotas. Le dije que sí, pero con buenos zapatos.

Se rio tanto que mi madre tuvo que pedirle que bajara la voz.

Cuando colgué, me quedé un rato sentada en la cabina.

No lloré.

Punto para mí.

O punto en contra, no sé.

A mediodía, Mauro cumplió su promesa. Nos encontramos en la biblioteca nueva: Martina, Amina, Nora, Celia y yo.

Jimena no pudo venir porque tenía llamada familiar.

Celia había intentado que fuéramos solo dos para no levantar sospechas, pero Nora dijo que si íbamos a conspirar en biblioteca, al menos lo hiciéramos con quorum.

Mauro nos esperaba en una mesa del fondo con un portátil del centro y un bollo envuelto en servilleta.

—Lo del bollo era verdad —dije.

—La información entra mejor con hidratos.

—Habla.