Capítulo 17 #2
La subida empezó suave y luego dejó de serlo con bastante mala leche.
El suelo estaba húmedo, cubierto de agujas de pino y piedras pequeñas.
La niebla hacía que los árboles aparecieran de golpe, como columnas oscuras.
Se oían pasos, respiraciones, alguna risa, el crujido de las ramas bajo las zapatillas.
A ratos, Rivas se detenía para explicar algo: líquenes, orientación por curvas de nivel, humedad en la corteza, marcas de sendero.
Valdés insistía en que nadie acelerara solo para demostrar nada.
—La montaña no premia el ego —dijo.
—Hoy todos vienen con frases de taza, pero útiles —murmuré.
Martina sonrió, respirando con dificultad.
—Tú vas bien.
—Voy fingiendo con convicción.
Celia caminaba cerca de nosotras, aunque oficialmente no formaba parte de nuestro grupo.
Mauro iba con Lumbre, algo más atrás, cargando una cámara para una actividad de la revista.
Nora, con el botiquín, se quejaba cada diez minutos por motivos preventivos.
Amina subía sin drama. Claro. Amina probablemente podía atravesar una tormenta con una taza de té y volver con una conclusión moral.
A mitad de camino, la senda se estrechó. A la derecha había una ladera cubierta de árboles. A la izquierda, una caída suave al principio y luego más seria, aunque la niebla impedía calcular exactamente cuánto. Rivas mandó caminar de uno en uno.
—En esta zona, silencio —dijo—. Quiero que escuchéis.
Obedecimos.
Y el bosque apareció.
No visualmente. Sonoramente. Gotas cayendo de las ramas.
Tierra húmeda. Un pájaro lejos. El crujido de los pinos.
Algún sonido que parecía venir de la izquierda y luego de detrás.
La niebla jugaba con todo, como había explicado Rivas.
Te hacía dudar de la distancia, de la dirección, incluso del tamaño de tu propio cuerpo en el espacio.
Entonces oí un golpe.
No muy fuerte.
Uno.
Luego otro.
Me detuve.
Martina, detrás de mí, casi chocó contra mi espalda.
—¿Qué pasa?
—¿Lo has oído?
—¿Qué?
Otro golpe.
Más lejano.
O más cerca.
No supe.
—Eso —susurré.
Rivas, delante, levantó la mano para que el grupo se detuviera. No por mí; ella también lo había oído. Todos nos quedamos quietos. El bosque respiró alrededor.
—¿Es una rama? —preguntó alguien.
—Probablemente —dijo Rivas.
Pero su cara no dijo probablemente. Su cara dijo que estaba escuchando con atención.
Nicolás, unos metros por delante, giró la cabeza hacia mí. Lo vi a través de dos alumnos y una capa de niebla. Él también había reconocido el sonido. O eso me pareció. Últimamente mis certezas venían con goteras.
Valdés subió desde atrás.
—¿Todo bien?
Rivas asintió, aunque tardó un segundo.
—Seguimos. Sin separarse.
La ruta continuó. Nadie comentó el golpe.
Eso lo hizo peor. Los adolescentes comentan cualquier cosa: una piedra con forma rara, una caída, un profesor despeinado, una nube ofensiva.
Pero aquel golpe no lo comentamos. Quizá porque todos preferimos aceptar la versión de la rama.
Las ramas no escriben notas. Las ramas no conocen alumnas desaparecidas.
Las ramas son maravillosas para la salud mental.
Llegamos al mirador alto veinte minutos después.
Era una plataforma natural de piedra, ampliada con una barandilla de hierro y varios bancos.
Junto a ella se alzaba la torre meteorológica: una construcción estrecha, antigua, de piedra gris, con una puerta cerrada con candado y una pequeña ventana en la parte superior.
No era muy alta, pero entre la niebla parecía más grande.
Todo parecía más grande en el Aurora cuando no se veía del todo.
Rivas nos explicó que la torre se había usado décadas atrás para observaciones meteorológicas y registro de nevadas. Ahora estaba cerrada por seguridad. La palabra cerrada hizo que varias cabezas giraran hacia mí, o eso sentí. Igual la paranoia también tenía ego.
—Aquí haremos una pausa de quince minutos —dijo Valdés—. Bebed agua, tomad notas del entorno y no crucéis la barandilla.
Nora se sentó en un banco con el botiquín sobre las rodillas.
—No cruzar la barandilla. No entrar en la torre. No tocar lonas. No abrir puertas. Este sitio es básicamente una lista de tentaciones.
—Y tú sin desayunar suficiente —dijo Amina.
—Una tragedia anunciada.
Martina sacó su cuaderno de campo. Yo también, aunque en vez de describir líquenes dibujé un plano rápido de la torre, la barandilla y el camino. Celia se acercó mirando la puerta cerrada.
—No —dijo.
—¿Qué?
—Te he visto mirar el candado.
—Estoy apreciando la metalurgia.
—Alma.
—Vale. No.
Beatriz caminaba junto a Rivas, hablando en voz baja. De vez en cuando miraba hacia el grupo de Bruma. O hacia mí. O hacia todas. Era difícil saberlo y facilísimo sospecharlo.
Nicolás apareció a mi lado cuando Martina se alejó unos pasos para hablar con Mercedes sobre una planta que crecía junto a la roca. Celia seguía cerca. No se fue. Bien por ella.
—El sonido de antes —dijo Nicolás.
—También lo oíste.
—Sí.
—¿Rama?
—Quizá.
—Qué entusiasmo.
Miró hacia la torre.
—Mi hermano decía que la noche que Irene Pardo se desmayó también hubo golpes.
Celia dio un paso más cerca.
—¿Golpes dónde?
Nicolás la miró. No pareció sorprendido de que estuviera escuchando.
—Detrás del escenario. Eso oyó él. Golpes antes de que Irene apareciera temblando.
—¿Y “la dejaron fuera” tenía que ver con eso? —pregunté.
—No lo sé.
—Sabes decir eso de muchas maneras.
—Porque es verdad de muchas maneras.
Me enfadé. No con él del todo, pero sí con la sensación de estar siempre frente a una puerta con una rendija y una persona detrás diciéndome que no podía abrir más.
—¿Por qué no llamas a tu hermano y le preguntas?
Me salió más brusca de lo que merecía.
Nicolás se quedó quieto. Celia bajó la mirada, incómoda, que ya era decir.
—Porque no me coge el teléfono cuando pregunto por el Aurora —dijo.
Ah.
Genial, Alma. Fantástico. Muy humano todo.
—Perdón —murmuré.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Nicolás miró hacia el valle invisible.
—La última vez que intenté hablar de Lucía, me dijo que si seguía tirando de ese hilo iba a acabar pareciéndome a mi padre.
No supe qué significaba eso, pero sonaba peor que un insulto común.
—¿Tu padre quiso ocultarlo?
—Mi padre cree que hay cosas que se gestionan en privado por el bien de todos.
Celia soltó una risa seca.
—Traducción: sí.
Nicolás no la contradijo.
Antes de que pudiera decir nada más, Mercedes nos llamó desde la barandilla.
—Alma, venid un momento.
Fuimos. Martina estaba agachada junto a una piedra grande, parcialmente cubierta de musgo. A su lado, Mercedes señalaba algo grabado en la parte baja, casi escondido.
No eran iniciales.
Era una fecha.
24-11-09
Debajo, mucho más tenue, alguien había marcado tres letras:
L / M / I
Lucía. Marta. Irene.
O no.
Podía ser cualquier cosa. Una broma antigua. Una marca de ruta. Una coincidencia con muy mala leche.
Pero nadie dijo “coincidencia”.
—No lo toquéis —dijo Celia enseguida.
Nora, que se había acercado con Amina, se inclinó.
—Veinticuatro de noviembre.
Martina sacó la hoja que Inés había copiado.
—La audición era la última semana de noviembre.
—El programa no tenía día exacto —dije.
Nicolás se puso pálido.
—Sí lo tenía.
Lo miramos.
—La audición fue el veinticuatro de noviembre.
La niebla pareció cerrar el círculo alrededor del mirador.
—Entonces ellas estuvieron aquí ese día —susurró Martina.
—O alguien marcó la piedra después —dijo Celia.
—La Vigilia de la Primera Nieve —dije—. ¿Podría haber sido aquí?
Nicolás negó despacio.
—La tradición era de Bruma. Mi hermano decía que era en el jardín o en la sala común.
—Quizá oficialmente —dijo Amina.
Todas la miramos.
Amina seguía observando la piedra.
—Si una tradición se sale de control, la versión oficial casi siempre empieza antes que el daño.
No hizo falta añadir nada.
—¿Qué estáis haciendo?
La voz de Beatriz nos cayó encima como agua helada.
Nos giramos.
Ella estaba a unos pasos, con la chaqueta cerrada hasta el cuello y la insignia de Bruma brillando en la niebla. Detrás, la profesora Rivas también miraba, seria. Valdés venía desde la torre.
—Mercedes encontró una marca —dijo Martina antes de que yo abriera la boca.
Bien. Martina. Rápida. Verdad parcial. Muy bien.
Rivas se acercó, miró la piedra y frunció el ceño.
—Eso lleva años ahí.
—¿Sabe qué significa? —pregunté.
Beatriz me miró de inmediato.
Rivas tardó en contestar.
—Los alumnos marcan piedras desde que existen piedras y alumnos. No debería estar ahí, pero no es extraño.
—La fecha es de 2009 —dijo Celia.
Otra que no pudo callarse. Me sentí menos sola en mi pésimo autocontrol.
Beatriz dio un paso.
—Roldán, García, Arriaga. Alejaos de la piedra.
Los tres nombres juntos sonaron a expediente compartido.
—Solo estábamos mirando —dijo Nicolás.
—Mirad el paisaje —respondió Beatriz—. Para eso habéis subido.
Casi dije que no había paisaje, que solo niebla, pero mi boca, por una vez, tuvo miedo suficiente para no suicidarse.
Rivas se quedó observando la marca unos segundos más. Luego miró a Valdés.
—La ruta termina aquí. Bajamos en cinco minutos.
—¿No íbamos a hacer el ejercicio de orientación desde la torre? —preguntó Jaime, que no sabía leer ambientes o no quería.
—Cambio de plan —dijo Rivas.
Y aquello fue todo.
Cambio de plan.
Volvimos antes de lo previsto. Nadie explicó por qué. Rivas caminaba delante con más prisa. Valdés cerraba el grupo. Beatriz se quedó cerca de Bruma todo el descenso. Yo sentía la piedra detrás de mí como si siguiera en mi bolsillo.
24-11-09.
L / M / I.
La dejaron fuera.
No fue la nieve.
Mientras bajábamos, la niebla empezó a abrirse por primera vez en toda la mañana. Durante unos segundos, entre los árboles, se vio el valle. Muy lejos. Hermoso. Demasiado bajo.
Martina caminaba a mi lado.
—¿Estás bien? —susurró.
—No.
—Yo tampoco.
Me gustó que no intentara arreglarlo.
Al llegar al Instituto, nos hicieron entrar por el acceso del pabellón deportivo. Los alumnos se dispersaron hacia vestuarios y residencias. Beatriz se acercó a mí antes de que pudiera escaparme con las demás.
—Alma García.
Martina se detuvo, pero Beatriz levantó una mano.
—Solo Alma.
—No —dije.
La palabra salió sola.
Beatriz se quedó quieta. Martina también. Celia, unos metros atrás, giró la cabeza. Nicolás, cerca de Cumbre, nos oyó.
—¿Perdón? —dijo Beatriz.
Tragué saliva. Ya estaba. Ya lo había dicho. Ahora tocaba no morir de cobardía a mitad.
—Prefiero que Martina se quede.
El silencio fue breve, pero suficiente para que notara todos mis órganos.
Beatriz me miró durante unos segundos. Luego miró a Martina.
—De acuerdo.
Eso me inquietó más que una negativa.
Nos apartó hacia un lateral del vestíbulo deportivo, lejos del flujo de alumnos.
—Voy a ser clara —dijo.
—Qué innovación.
Martina me pisó el pie.
Merecido.
Beatriz no reaccionó.
—Hay alumnas que confunden curiosidad con inteligencia. Y otras que confunden valentía con falta de instinto. Tú pareces estar intentando combinar ambas cosas.
—¿Eso es una acusación?
—Es una descripción.
—Ah. Entonces retiro mi abogado imaginario.
—Alma —susurró Martina.
Beatriz se inclinó apenas hacia mí.
—El Instituto Aurora tiene más de un siglo de historia. En más de un siglo hay accidentes, errores, rumores, injusticias y tragedias pequeñas. No todas las historias antiguas son misterios. Algunas son heridas cerradas.
—¿Cerradas por quién?
Sus ojos se endurecieron.
—Por gente que sabía más que nosotras.
—Eso no significa que supieran mejor.
Martina dejó de respirar. Yo también, casi.
Beatriz no apartó la mirada.
—No busques pertenecer aquí convirtiéndote en la chica que remueve lo que no entiende.
Me dolió.
No por la amenaza. Por la precisión.
—Yo no busco pertenecer removiendo nada.
—Entonces aprende a estar sin hacer ruido todo el tiempo.
Ahí fue donde algo se me rompió un poco.
No mucho. Lo justo.
—No puedo —dije—. Me habéis puesto en una habitación que sobraba, me habéis corregido el nombre, me habéis metido en tradiciones donde hay que entregar cosas personales, alguien ha entrado en mi cuarto, alguien ha dejado una nota en mi taquilla y ahora resulta que mirar una piedra antigua también es culpa mía.
Si queríais que no hiciera ruido, igual podríais haber empezado por no hacerme sentir que todo aquí está diseñado para que las que venimos de fuera pidamos perdón por ocupar aire.
Salió entera. Sin chiste. Sin barniz. Sin inteligencia bonita.
Solo rabia.
Martina me cogió la mano. No para frenarme. Para quedarse.
Beatriz no habló enseguida.
Cuando lo hizo, su voz fue más baja.
—No todo lo que te incomoda está diseñado contra ti.
—Ya lo sé.
—No. Todavía no.
—¿Y tú sí?
Por primera vez, Beatriz pareció cansada.
Cansada de verdad.
No perfecta. No afilada. Cansada.
—Yo aprendí tarde —dijo— que algunas puertas no se abren desde fuera.
Aquello me atravesó.
Fuera.
La dejaron fuera.
—¿Qué significa eso?
Beatriz se recompuso al instante. Como si hubiera dicho más de lo que quería.
—Significa que vuelvas a tu residencia. Y que dejes de confundir advertencias con desafíos.
Se marchó antes de que pudiera responder.
Martina y yo nos quedamos allí, en el vestíbulo deportivo, con las manos unidas y el frío de la mañana pegado a la ropa.
—Ha dicho desde fuera —susurró Martina.
—Sí.
—Como Irene Pardo.
La miré.
La dejaron fuera.
Algunas puertas no se abren desde fuera.
No fue la nieve.
Y de pronto la frase de Rafael cambió de forma.
No fue la nieve lo que mató, hirió o hizo desaparecer a Lucía.
Quizá fue una puerta.
Una puerta cerrada.
Una puerta que alguien no abrió.
Una puerta que alguien cerró desde dentro.
O desde fuera.
No sabía cuál era peor.
Pero, por primera vez, tuve la sensación de que Beatriz sí lo sabía.