La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Beatriz no dijo nada aquella noche.

Eso fue lo peor.

Si me hubiera detenido en el pasillo, si me hubiera preguntado qué hacía con Nicolás en la galería del mirador, si hubiera soltado una de sus frases sobre el criterio, la prudencia y la tradición, al menos habría sabido dónde estaba el golpe.

Pero Beatriz Montelar de la Hoz tenía una forma mucho más fina de hacer daño: no lo hacía cuando una lo esperaba.

Nos dejó pasar.

A Nora, a Amina, a Martina y a mí. Nos vio llegar a la galería principal con la respiración un poco demasiado rápida y la cara de alumnas que acababan de estudiar muchísimo la arquitectura lateral del centro.

Nos miró desde el otro extremo, junto a Iriarte, y luego siguió caminando como si no nos hubiera visto.

Ni una palabra. Ni una ceja. Ni una amenaza envuelta en cortesía.

Nada.

Y en el Instituto Aurora, nada casi nunca significaba nada.

—Nos ha visto —susurró Martina cuando ya estábamos en la escalera de Bruma.

—Sí —dijo Amina.

—A lo mejor no —intentó Nora.

Las tres la miramos.

—Vale —admitió—. Nos ha visto con toda la cara.

Yo no dije nada. Tenía la frase de Rafael Arriaga clavada en la cabeza.

Si alguien pregunta algún día, decid que no fue la nieve.

No fue la nieve.

Entonces, ¿qué fue?

Esa noche dormí en mi habitación. No porque me apeteciera, sino porque había un punto en el que el miedo empezaba a organizarte la vida, y yo no quería que el miedo se pusiera cómodo.

Cerré con llave, arrimé la silla de forma inútil, metí el cuaderno azul debajo de la almohada y dejé la lámpara del escritorio encendida.

Fue una decisión valiente durante aproximadamente siete minutos.

Luego me arrepentí, pero ya estaba en la cama y me dio pereza moral levantarme para ir a refugiarme en la habitación de Martina.

No pasó nada.

No hubo notas. No hubo ruidos. No hubo pasos. No hubo dibujos movidos ni frases nuevas ni golpes en la puerta. Solo el zumbido leve de la calefacción, la mancha de humedad vigilando desde la esquina y mi cabeza fabricando teorías con la eficiencia de una fábrica en plena temporada alta.

A la mañana siguiente, Beatriz seguía sin decir nada.

En el desayuno, me observó desde la mesa de prefectas con una calma insoportable.

Yo unté una tostada intentando no parecer culpable, lo cual era difícil porque desde que había llegado al Aurora parecía culpable incluso de respirar.

Martina estaba sentada a mi lado, callada.

Nora cortaba una pera con una concentración dramática.

Amina bebía té. Jimena nos miraba a todas como si notara que había una parte de la historia que todavía no le habíamos contado, y Celia, desde la mesa de Atlas, me fulminaba con los ojos cada vez que podía.

En cuanto salimos del comedor, Celia me interceptó junto a la vitrina de premios.

—Me lo vas a contar ahora.

No preguntó. Celia no preguntaba cuando ya había decidido tener razón.

—Buenos días, Celia. Yo también he dormido regular, gracias.

—Nicolás Arriaga te habló de Lucía.

Miré a Martina. Ella hizo una mueca de disculpa.

—No se lo he dicho yo —susurró.

—No hacía falta —dijo Celia—. Tenéis todos cara de haber empeorado el problema.

Nora, que venía detrás, levantó una mano.

—Eso es bastante exacto.

Nos metimos en un rincón del claustro cubierto, junto a una columna donde la niebla entraba en ráfagas frías.

Amina se colocó de manera natural mirando hacia el pasillo, como si vigilar hubiera sido su función desde nacimiento.

Le conté a Celia lo mínimo y lo suficiente: Rafael Arriaga, la audición de música, Irene Pardo desmayada, “la dejaron fuera”, el programa, la frase escrita detrás.

Celia no interrumpió ni una vez.

Eso, en ella, era como si otra persona hubiera llorado.

Cuando terminé, apretó la carpeta contra el pecho.

—Esto es peor.

—Qué alivio. Pensaba que igual nos habíamos apuntado a botánica por gusto.

—No bromees.

—Necesito hacerlo para no subirme por una pared.

Celia miró hacia el patio. Los alumnos cruzaban de un edificio a otro, con mochilas, uniformes, conversaciones de viernes.

Todo seguía funcionando. Ese era el detalle más perturbador.

El Instituto Aurora no se detenía porque una alumna de 2009 hubiera escrito una frase inquietante antes de desaparecer, ni porque alguien estuviera dejando notas en mi habitación, ni porque el hermano mayor de Nicolás llevara años roto en Barcelona.

Las campanas seguían sonando, las tostadas seguían saliendo calientes y los profesores seguían pidiendo redacciones de quinientas palabras como si el mundo no tuviera sótanos.

—No podemos seguir añadiendo gente —dijo Celia.

—Nicolás ya estaba añadido antes de que yo llegara.

—No sabemos de qué lado está.

—¿Hay lados?

—Siempre hay lados.

Amina giró un poco la cabeza.

—No siempre se ven al principio.

Celia aceptó aquello con un silencio. Luego me miró.

—¿Te dio el programa?

—No. Lo guardó él.

—Mal.

—Ya, bueno. Estábamos escapando de Iriarte y Beatriz. Se me olvidó pedir copia compulsada.

—Tenemos que conseguir algo que no dependa de la palabra de Nicolás.

—Inés tiene anuarios. Nuria puede tener revistas. El club botánico tiene el invernadero. Y ahora sabemos que Irene Pardo podría ser clave.

—Si sigue viva y localizable —dijo Nora.

Todas la miramos.

—¿Qué? Alguien tenía que decir la parte práctica horrible.

Martina, que hasta entonces había estado callada, habló muy bajo:

—Quizá Inés pueda buscarla en archivos de antiguas alumnas.

—Sin decirle a Nuria Albornoz demasiado —dijo Celia.

—Menos mal —murmuró Nora—. Este misterio necesitaba menos nombres repetidos. Me afectaba al seguimiento.

No pude evitar reírme. Fue un segundo, nada más. Pero hizo que el aire pesara un poco menos.

A primera hora tuvimos Ciencias Naturales.

La profesora Rivas anunció que el sábado por la mañana habría una salida obligatoria de adaptación al mirador alto y a la antigua torre meteorológica.

Participarían todos los alumnos de primer curso, con Valdés, Rivas y varios tutores de casa.

Objetivo: orientación, observación del entorno, trabajo de grupo y seguridad en montaña.

La palabra mirador me habría dado igual dos días antes. Ahora me sonó a cita con el mal tiempo.

—La ruta es sencilla —dijo Rivas—. Eso no significa que sea un paseo sin normas. Nadie se separa del grupo. Nadie cruza señales. Nadie entra en zonas cerradas. Nadie juega a ser protagonista de una leyenda local.

Nora, detrás de mí, susurró:

—Se nota que no nos conoce.

—Señorita Vidal —dijo Rivas sin girarse—, si tiene energía para comentar, tendrá energía para cargar el botiquín auxiliar.

Nora cerró la boca.

Yo bajé la cabeza para esconder la sonrisa.

La salida fue al día siguiente.

Sábado.

Me desperté con esa mezcla de cansancio y expectativa que tienen las excursiones escolares cuando una todavía no sabe si van a acabar en anécdota o en expediente.

El Aurora había distribuido una lista de material: ropa térmica, chubasquero ligero, zapatillas adecuadas, botella de agua, cuaderno de campo, lápiz, tarjeta de identificación interna.

La lista decía zapatillas adecuadas. Las mías hicieron lo que pudieron con esa información.

En el vestíbulo principal, a las ocho y media, los alumnos de primer curso parecíamos una versión deportiva y mal dormida de nosotros mismos.

Algunos llevaban mochilas técnicas, chaquetas impermeables de marcas caras y botas que parecían capaces de negociar con una avalancha.

Yo llevaba una sudadera bajo la chaqueta del uniforme deportivo y las zapatillas limpiadas por mi madre, que empezaban a resignarse a su inferioridad social.

—Pareces preparada —dijo Martina.

—Para una excursión escolar, sí. Para una guerra contra el clima, no sé.

Nora apareció con el botiquín auxiliar colgado del hombro.

—La profesora Rivas me odia.

—Te ha confiado material médico —dijo Amina—. Eso es respeto.

—Me ha convertido en mula sanitaria.

—También.

Mercedes se acercó a nosotras con una mochila pequeña y una brújula colgada del cuello. Tenía una expresión casi feliz. En la montaña, Mercedes era otra. Menos Apolo, más ella.

—La ruta es bonita —dijo—. Mi primo me habló de la torre.

—¿Tu primo el del invernadero con mala suerte? —pregunté.

Asintió.

—También decía que desde arriba se ve todo el valle cuando no hay niebla.

Miramos hacia los ventanales.

No había valle. Había blanco. Blanco espeso, bajo, paciente.

—Entonces hoy veremos metafísica —dije.

El grupo se organizó en parejas y pequeños equipos.

Rivas encabezaba la salida, Valdés cerraba con otro profesor, y varios tutores iban repartidos.

Iriarte no venía. Punto a favor de la montaña.

Beatriz sí, como prefecta de apoyo de Bruma, lo cual anulaba parte del punto.

Nicolás estaba con Cumbre, hablando con Héctor, pero cuando salimos al exterior nuestras miradas se cruzaron.

No saludó. Yo tampoco. Había demasiada gente, demasiada niebla y demasiadas frases sin sitio.

El camino salía por detrás del pabellón deportivo, bordeaba el invernadero y subía entre pinos hacia el mirador alto.

Al pasar junto al invernadero, intenté no mirar hacia la cinta vieja del cristal.

Fracasé. La vi. También vi, o creí ver, la maceta de L.M.

colocada en la estantería alta, lejos de nuestras manos.

La profesora Rivas caminaba delante, sin mirar hacia allí.

O fingiendo no mirar. En el Aurora todo el mundo fingía con distintos niveles de profesionalidad.