Capítulo 16 #2
Otra vez esas palabras.
Sí, profesora.
Me estaba volviendo peligrosamente funcional.
Rivas cogió la maceta y la colocó en una estantería alta, fuera de nuestro alcance.
—Seguimos.
Y seguimos. Claro que seguimos. La vida en el Aurora siempre seguía justo después de dejarte una frase clavada entre las costillas.
Nos explicó cómo preparar una bandeja de semillas, cómo etiquetar correctamente una muestra, cómo registrar humedad.
Nos hizo trabajar por parejas. A mí me tocó con Mercedes, que se esforzó muchísimo en no preguntarme qué demonios acababa de pasar. Le agradecí el esfuerzo en silencio.
—¿La etiqueta va con fecha completa? —preguntó ella.
—Sí. Día, mes, año. Y nombre o iniciales del grupo.
La palabra iniciales me hizo mirar otra vez hacia la estantería alta.
Mercedes también miró.
—Perdón —dijo.
—¿Por qué?
—No sé. Por mirar.
—No pasa nada.
Mercedes bajó la vista a la bandeja.
—Mi primo estuvo en el Aurora hace años. En Cumbre. Decía que el invernadero daba mala suerte.
Levanté la cabeza despacio.
—¿Tu primo?
—Sí. Alonso. Pero decía muchas tonterías. Una vez dijo que un profesor de Latín era inmortal porque tenía la misma cara en dos fotos separadas por veinte años.
—Eso parece científicamente relevante.
Mercedes sonrió apenas.
—Lo del invernadero lo decía en serio. Creo.
—¿Por qué daba mala suerte?
—No lo sé. Solo decía que allí era mejor no quedarse después del cierre. Que algunas cosas del colegio estaban pensadas para mirarlas de día.
No sabía si Mercedes era consciente de lo que acababa de decir. Probablemente sí. Probablemente no. En el Aurora la información llegaba así: incompleta, envuelta en rumores familiares, dicha por gente que no quería saber demasiado de lo que sabía.
—Gracias —dije.
—No he dicho nada útil.
—En este sitio, eso ya es bastante.
Terminamos la actividad a las seis y diez.
La profesora Rivas nos asignó una tarea sencilla para la semana: elegir una planta del invernadero, observarla durante un mes y escribir un diario de cambios.
Nora eligió la planta carnívora por motivos de “afinidad espiritual”.
Amina eligió una lavanda. Martina, un helecho pequeño.
Yo elegí una maceta de romero cerca de la entrada, por la sencilla razón de que estaba lejos de la lona verde y de la tentación de hacer algo idiota.
Cuando salimos, el aire frío me golpeó la cara con tanta fuerza que casi lo agradecí. El calor del invernadero me había dejado la piel húmeda y los pensamientos pegados.
—L.M. —dijo Martina en cuanto estuvimos lejos.
—Y 11/09.
—Noviembre de 2009.
—Antes de la nieve.
Nora se abrazó a sí misma.
—Cada vez odio más las estaciones.
Amina miró hacia el camino del mirador bajo.
—Ahora tienes que hablar con Nicolás.
—Tenemos —corrigió Martina.
—Tenemos —dije.
Nora levantó la mano.
—Yo también voy.
—No —dijo Amina.
—¿Cómo que no?
—Alguien tiene que avisar si aparece Beatriz, Iriarte, Rivas o cualquier adulto con vocación de interrupción. Tú eres buena detectando catástrofes sociales.
Nora pareció halagada contra su voluntad.
—Es verdad.
—Y yo me quedo contigo —añadió Amina.
Nora abrió la boca para protestar, luego miró a Amina y decidió que la vigilancia compartida era una forma aceptable de aventura.
—Vale. Pero si os asesinan, me enfadaré muchísimo.
—Reconfortante —dije.
Martina y yo seguimos hacia la galería del mirador bajo.
Era una zona lateral, cubierta por arcos de piedra, desde la que se veía el valle cuando la niebla lo permitía.
Esa tarde no permitía gran cosa. La barandilla se perdía a pocos metros, las montañas eran sombras y las farolas empezaban a encenderse una a una, creando círculos amarillentos sobre el suelo húmedo.
Nicolás estaba allí.
Solo.
Apoyado contra una columna, con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en la niebla. Al oírnos, se giró. Sus ojos fueron primero a mí, luego a Martina. No pareció sorprendido.
—Bien —dijo—. No has venido sola.
—Me lo han prohibido varias personas con distintos niveles de autoridad.
—Por una vez, has hecho caso.
—Estoy tan sorprendida como tú.
Martina se colocó a mi lado. No detrás. A mi lado. Me gustó más de lo que dije.
Nicolás miró hacia el extremo de la galería.
—¿Quién más sabe que estás aquí?
—Nora y Amina están vigilando.
—¿Roldán?
—Celia sabe que no voy sola, pero no que era contigo.
—Mejor.
—Eso suena fatal.
—Lo es un poco.
Nicolás sacó un papel doblado del bolsillo interior de la americana. No nos lo dio todavía.
—Antes de nada, necesito saber qué sabes.
—No funciona así —dije.
—Tiene que funcionar así.
—Pues cambia el guion, Arriaga. Yo también estoy cansada de que todo el mundo me mida información como si fueran migas para pájaros pobres.
Me salió más dura de lo previsto. Martina me tocó el brazo, no para frenarme, sino para anclarme. Nicolás no se ofendió. O no lo mostró.
—Sé que Lucía Mansilla fue de Bruma —dije—.
Becada. 2009. Club botánico. Literatura, música y plantas.
Sé que oficialmente su familia la retiró del centro en noviembre, antes de la primera nieve.
Sé que hay una versión que dice que salió una noche y no volvió a dormir en su cama.
Sé que escribió un texto titulado “Antes de que nieve”.
Sé que había iniciales suyas en un cajón de mi habitación, que oficialmente quizá ni siquiera era habitación entonces.
Sé que alguien me dejó dos notas con la misma letra. Y sé que tu hermano la conoció.
Nicolás escuchó sin interrumpir. Eso, en él, ya era una forma de admitir que la cosa era grave.
—¿Y tú qué sabes? —preguntó Martina.
Él miró el papel doblado.
—Mi hermano Rafael estaba en tercer curso cuando Lucía desapareció. Cumbre. Tenía quince años. No eran amigos íntimos, pero coincidían en música. Él tocaba el violonchelo. Ella, piano.
Lucía M. — piano.
La tarjeta dentro de Poemas de invierno .
—¿Te habló de ella? —pregunté.
—No al principio. Cuando yo entré aquí, hace dos años, me dijo algunas cosas. Consejos. A quién evitar, qué profesores valían la pena, qué tradiciones eran una estupidez, dónde no perder el tiempo.
—Y Beltrán era peligroso.
Nicolás me miró.
—Sí. Porque hacía preguntas que luego no se iban.
—¿Y Lucía?
—Me dijo que si alguna vez oía su nombre, no hiciera bromas.
Martina tragó saliva.
—¿Eso es todo?
—No.
Nicolás desplegó el papel.
Era una fotocopia vieja. O una copia impresa de algo escaneado.
La imagen mostraba un programa de audición musical del Instituto Aurora.
Año 2009. Salón de actos. Nombres de participantes.
Rafael Arriaga de la Serna aparecía en una pieza de violonchelo.
Irene Pardo, violín. Lucía Mansilla Ortega, piano.
Al lado del nombre de Lucía, alguien había escrito a mano:
No llegó a tocar.
Sentí un pinchazo.
—¿La audición fue antes o después de que se fuera? —pregunté.
—El programa es de la última semana de noviembre. Según la versión oficial, ella ya no estaba.
—Entonces alguien la había apuntado antes.
—O alguien no quitó su nombre a tiempo.
—¿Y eso qué prueba? —preguntó Martina.
—Nada —dijo Nicolás—. Pero mi hermano guardó esto.
—¿Por qué?
Nicolás dobló el papel otra vez, más despacio.
—Porque esa noche él estaba allí. En el salón de actos. La audición se canceló a mitad.
—¿Por qué?
—Por un incidente.
La niebla pareció acercarse a la galería. O quizá fui yo, que dejé de sentir bien la distancia.
—¿Qué incidente?
Nicolás miró hacia los arcos, asegurándose de que no hubiera nadie. Bajó la voz.
—Una alumna de Bruma se desmayó detrás del escenario. Irene Pardo. La amiga de Lucía.
Martina me miró.
Irene Pardo. Violín. Una de las iniciales. I. P.
—¿Qué dijo Irene? —pregunté.
—Mi hermano no lo oyó todo. Pero oyó una frase antes de que se la llevaran.
—¿Cuál?
Nicolás dudó. Por primera vez desde que lo conocía, parecía no querer decir algo no por estrategia, sino porque decirlo lo obligaba a recordarlo como propio.
—Dijo: “La dejaron fuera.”
Se me heló la espalda.
—¿Fuera de dónde?
—No lo sé.
—¿Del invernadero? —preguntó Martina.
—No lo sé.
—¿Del ala norte?
—No lo sé, Alma.
Otra vez Alma. Sin García. Sin defensa.
Respiré hondo. La galería olía a piedra húmeda y niebla. Abajo, el valle no existía. Solo blanco.
—¿Qué hizo tu hermano?
Nicolás soltó una risa seca.
—Tenía quince años. Hizo lo que le dijeron los adultos. Callarse, volver a su residencia, no repetir rumores.
—¿Y ahora?
—Ahora no habla del Aurora.
—Pero te dio el programa.
—No me lo dio. Lo encontré en una caja suya.
—¿Lo sabe?
—No.
—Nicolás.
—Mi hermano se fue de casa hace tres años —dijo.
Martina y yo nos callamos.
Nicolás miró hacia la niebla, como si fuera más fácil hablarle a ella.
—No literalmente de desaparecer. Vive en Barcelona.
Trabaja. Llama a mi madre por Navidad, a veces.
Pero no viene, no habla con mi padre, no pisa actos del Instituto, no permite que se mencione el Aurora delante de él.
Mi familia dice que es complicado. Mi padre dice que es ingrato.
Mi madre dice que es sensible. Yo creo que algo aquí le rompió una pieza y nadie quiso mirar dónde cayó.
No supe qué decir.
Eso era nuevo: Nicolás sin brillo, sin ironía elegante, sin apellido como armadura suficiente. Un chico hablando de un hermano roto por un lugar que a él todavía le tocaba habitar. Por primera vez, el apellido Arriaga de la Serna no sonó a privilegio, sino a jaula con buena calefacción.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté.
—Porque preguntaste por Lucía.
—Eso no es una razón.
—Porque alguien te está empujando hacia algo que mi hermano lleva años evitando.
—Eso tampoco.
Nicolás me miró.
—Porque cuando llegaste pensé que eras otra becada lista, enfadada y demasiado orgullosa para durar mucho aquí.
—Gracias. Qué retrato tan encantador.
—Y ahora creo que quizá eso fue exactamente lo que pensaron de Lucía.
Aquello me dejó sin aire.
Martina se abrazó a sí misma.
—No sabemos si fue así.
—No —dijo Nicolás—. No lo sabemos. Pero mi hermano escribió algo detrás del programa.
Nos tendió el papel.
Lo giré.
En el reverso, con una letra distinta, más grande y nerviosa que la de las notas, había una frase:
Si alguien pregunta algún día, decid que no fue la nieve.
No fue la nieve.
Antes de la nieve.
La dejaron fuera.
No todos vuelven.
No sé cuánto tiempo nos quedamos callados. Seguramente fueron unos segundos. A mí me parecieron muchos más.
Entonces, desde el extremo de la galería, Nora silbó.
Un silbido breve, agudo. La señal más discreta que Nora Vidal Castaño podía ofrecer, lo cual ya era bastante milagroso.
Nicolás guardó el papel de golpe.
—Alguien viene —susurró Martina.
Amina apareció primero entre la niebla, caminando rápido pero sin correr. Nora venía detrás, con cara de emergencia.
—Iriarte —dijo Nora, casi sin voz—. Por el pasillo del mirador. Y Beatriz con él.
Nicolás se enderezó.
—Vosotras id por la escalera lateral.
—¿Y tú?
—Yo tengo permiso para estar aquí.
—Qué maravilla —dije—. El privilegio, por fin, haciendo algo útil.
Sonrió apenas. Muy poco.
—Vete, Alma.
No discutí.
Martina me cogió de la mano y tiró de mí hacia la escalera lateral.
Amina iba delante. Nora detrás, murmurando que odiaba las actividades al aire libre, las galerías, los secretos y a todos los adultos con zapatos silenciosos.
Bajamos deprisa, sin correr, porque en el Aurora incluso escapar requería conservar cierto decoro.
Antes de perder de vista la galería, miré atrás.
Nicolás seguía junto a la columna, solo, con las manos en los bolsillos y la niebla detrás. Iriarte apareció por el otro extremo con Beatriz a su lado. No alcancé a oír qué decían.
Pero sí vi algo.
Beatriz miró hacia la escalera lateral.
Hacia nosotras.
Como si supiera perfectamente que acabábamos de estar allí.
Y, por primera vez, pensé que quizá Beatriz no estaba solo vigilando las normas.
Quizá estaba vigilando una historia.