Capítulo 16
Al día siguiente descubrí que el club botánico no era un club.
Era una coartada con plantas.
Al menos para mí, claro. Para el resto quizá era una actividad sana, educativa y ligeramente húmeda donde adolescentes con buenas notas aprendían a distinguir helechos sin convertirlo todo en una investigación encubierta sobre una alumna desaparecida.
Pero yo había llegado a un punto de mi vida académica en el que incluso una maceta me parecía capaz de ocultar antecedentes.
Nos reunimos a las cinco en punto frente al invernadero.
La niebla estaba baja, pegada a los caminos, y el edificio de cristal parecía flotar dentro de ella como una cosa antigua que alguien había olvidado cerrar bien.
La estructura era más grande de lo que parecía desde fuera: hierro oscuro, cristales empañados, una puerta doble con cerradura moderna y un cartel de madera donde se leía Club de Botánica y Ciencias del Entorno .
Muy inocente todo. Mucho entorno. Mucha ciencia.
Mucha posibilidad de encontrar una inscripción inquietante detrás de un ficus.
Martina estaba a mi lado, con una libreta nueva contra el pecho. Amina había venido con el pelo recogido y una expresión tan serena que parecía estar allí por amor verdadero a la fotosíntesis. Nora, en cambio, llevaba una cara de duelo.
—Si alguien me dice que abrace un árbol, me voy —murmuró.
—No creo que en botánica se abracen árboles —dijo Martina.
—Eso dices porque aún conservas la fe.
—Tú te apuntaste voluntariamente —recordé.
—Me apunté porque Amina se apuntó, y porque dejaros solas con plantas y misterios me parecía negligente.
—Tu sacrificio será recordado.
—Quiero placa.
—En el invernadero no —dije—. Las placas aquí dan mal rollo.
Amina me miró.
—Hoy miramos. No tocamos. No preguntamos de más.
—Qué manera tan elegante de señalarme.
—Sí.
No pude ni enfadarme. Amina tenía la mala costumbre de decir las cosas como eran, sin añadirles vinagre.
La profesora Rivas llegó unos minutos después con una carpeta, unas llaves y un termo metálico. Llevaba botas de montaña, el pelo corto ligeramente húmedo por la niebla y esa energía de persona que podría sobrevivir a un temporal con una brújula, dos nueces y una frase seca.
—Buenas tardes —dijo—. Para quienes estéis aquí porque creéis que botánica es una actividad tranquila, lamento decepcionaros. Las plantas no son adornos. Compiten, invaden, se adaptan, engañan, resisten y, en algunos casos, matan con mucha más discreción que los animales.
Nora levantó una mano.
—¿Todavía estamos a tiempo de desapuntarnos?
—No.
—Perfecto. Solo quería conocer mis derechos.
La profesora Rivas abrió la puerta del invernadero.
Una bocanada de aire cálido y húmedo salió hacia nosotras.
Olía a tierra mojada, hojas, madera vieja y algo más dulce, casi medicinal.
Entré detrás de Martina y sentí de inmediato que el mundo cambiaba.
Fuera, el frío de la montaña. Dentro, calor, vapor en los cristales, gotas resbalando por las hojas, mesas de cultivo, macetas, herramientas colgadas, etiquetas con nombres latinos y un pasillo central que se perdía hacia una zona del fondo parcialmente cubierta por una lona verde.
La cinta vieja de NO PASAR seguía allí, pegada en el interior de uno de los cristales laterales.
La vi antes de querer verla.
Martina también. Me rozó la mano con la suya, un gesto rápido, como si quisiera decirme que no era imaginación mía. Amina la vio después. Nora no, porque estaba mirando una planta carnívora con auténtica preocupación moral.
—Ese bicho me está juzgando —dijo.
—Es una Dionaea muscipula —explicó la profesora Rivas—. Venus atrapamoscas.
—Peor. Me está juzgando con nombre de villana.
Éramos unas diez alumnas y tres alumnos.
Entre ellos estaba Mercedes, que saludó con timidez y se colocó cerca de nosotras, quizá porque después de la prueba de orientación le parecíamos menos peligrosas que antes.
También estaba un chico de segundo llamado Tomás, que llevaba una libreta llena de dibujos de hojas, y una alumna de quinto, Salma Benjumea, la mentora de Amina, que parecía saberlo todo sin necesidad de demostrarlo.
—Hoy haremos reconocimiento básico del espacio —dijo Rivas—. Este invernadero tiene tres zonas: propagación, conservación y experimentación. La zona de experimentación está cerrada salvo autorización. No se entra allí, no se mueve la lona, no se tocan herramientas sin permiso. ¿Claro?
Todas miramos, con distintos grados de disimulo, hacia la lona verde del fondo.
—Clarísimo —dijo Nora—. Nada de lonas. Soy muy respetuosa con los textiles sospechosos.
Rivas la miró.
—Vidal, ¿verdad?
—Sí.
—Voy a disfrutar corrigiendo tus informes.
—Me lo dicen mucho.
La profesora empezó la visita. Nos enseñó bandejas de semillas, esquejes, plantas aromáticas, helechos, pequeños árboles en macetas y un armario donde se guardaban muestras de suelo.
Explicó cómo se registraba la humedad, cómo se controlaba la temperatura, cómo algunas plantas podían servir como indicadores del estado del entorno.
Yo intentaba escuchar de verdad, porque era interesante.
Lo era. Esa era una de las cosas más irritantes del Aurora: hasta cuando una estaba investigando una desaparición, el colegio encontraba la manera de enseñarle algo útil.
—La naturaleza deja rastros —dijo Rivas, mostrando una hoja con manchas—. Otra cosa es que sepamos leerlos. Una hoja dañada puede hablar de falta de nutrientes, exceso de agua, un insecto, un hongo o una mano torpe. Interpretar exige no enamorarse de la primera explicación.
Amina me miró de reojo.
Sí, vale. Mensaje recibido. No enamorarse de la primera explicación. Qué pesados estaban todos, incluidas las plantas.
Mercedes levantó la mano.
—¿Y cómo se sabe cuál es la explicación correcta?
—No se sabe al principio. Se observa, se compara, se descartan hipótesis. La prisa es enemiga de casi todas las ciencias.
—Y de casi todas las investigaciones clandestinas —murmuró Nora.
Martina tosió para tapar una risa.
Yo no dije nada. Estaba mirando una mesa del fondo, cerca de la lona verde. Allí había varias macetas antiguas, vacías, apiladas debajo de un banco. En una de ellas, apenas visible por el barro seco, había una marca hecha con rotulador negro.
L.M.
Sentí un golpe en el pecho.
No podía ser. O podía ser perfectamente. Las iniciales más comunes del mundo, quizá. Una etiqueta de especie, un lote, cualquier cosa. Pero allí estaban: L.M., en una maceta vieja, justo en el invernadero donde Lucía Mansilla había estado en el club botánico.
Di un paso hacia la mesa.
Amina me tocó la muñeca.
—No.
—Solo voy a mirar.
—Eso dices siempre antes de hacer algo peor.
—Qué imagen tan injusta y tan bien documentada.
La profesora Rivas estaba explicando algo sobre esquejes a Mercedes y Tomás. Nora se colocó sin mucha sutileza para taparnos un poco.
—Profesora —dijo—, pregunta botánica genuina. Si una planta carnívora come insectos, ¿eso la convierte en poco vegetariana o en una hipócrita del reino vegetal?
Rivas se volvió hacia ella con una expresión indescriptible.
—Vidal, esa pregunta es tan absurda que casi merece una respuesta.
—Gracias.
Aproveché esos segundos para acercarme a la maceta. Martina vino conmigo, con la libreta abierta como si estuviera tomando notas. La marca estaba allí. L.M. No era reciente. El rotulador se había vuelto grisáceo, comido por la humedad.
Debajo, más pequeño, había otra cosa.
No letras. Una fecha.
11/09
Noviembre de 2009.
Se me helaron las manos a pesar del calor del invernadero.
Martina lo vio. Su cara cambió.
—Alma…
—No la toques —susurró Amina detrás de nosotras.
—No iba a…
Mentira. Sí iba a tocarla. Ya tenía los dedos a medio centímetro.
Amina cogió mi mano con firmeza.
—No.
Esta vez obedecí.
La profesora Rivas dejó de hablar.
Lo noté antes de girarme. El aire cambió. Nora también lo notó, porque cerró la boca en mitad de una frase sobre moral vegetal. Rivas nos miraba desde el pasillo central. Sus ojos fueron primero a nosotras, luego a la maceta, luego a la lona verde.
—Esa zona no está habilitada —dijo.
No levantó la voz. No hizo falta.
—Perdón —dijo Martina enseguida—. Pensé que era parte del registro antiguo.
Rivas caminó hacia nosotras. Cada paso sonó sobre el suelo húmedo. Se detuvo junto a la mesa y miró la maceta. Durante un segundo, solo un segundo, su rostro perdió su calma habitual.
Luego volvió.
—Es material viejo —dijo—. No se usa.
—Tiene iniciales —dije.
Martina cerró los ojos. Amina soltó mi mano despacio, quizá porque ya no podía evitarlo. Nora hizo una mueca de “ahí vamos”.
Rivas me miró.
—Muchas macetas antiguas tienen iniciales. Alumnos, grupos, lotes, especies abreviadas.
—¿Y fechas?
—También.
—¿L.M. era una especie?
La pregunta quedó flotando entre hojas húmedas.
Rivas no respondió enseguida.
—García, ¿verdad?
—Alma Vera García.
—Alma Vera García —repitió, sin perder ni un trozo de mi nombre—. En ciencia, una pregunta sin contexto puede parecer curiosidad. En un colegio, a veces es otra cosa. ¿Qué estás preguntando exactamente?
Buena pregunta. Demasiado buena. Y delante de todo el club.
Celia me habría matado. Leire me habría dicho que cuidara mi fuerza. Inés me habría recordado que no preguntara delante de cualquiera. Martina me miraba con una súplica silenciosa. Amina también, aunque la suya era menos súplica y más orden.
Así que hice algo nuevo.
Medí.
—Pregunto si el material antiguo se conserva por algún motivo —dije—. Para el archivo de promociones. Estoy en la revista.
Rivas me sostuvo la mirada.
No sé si me creyó. Probablemente no. Pero la respuesta era lo bastante decente para no romper nada.
—Parte se conserva por registro de actividades —dijo—. Parte porque nadie ha tenido tiempo de ordenar este invernadero como merece. Si te interesa el archivo, pide autorización a través de la revista. No investigues por tu cuenta en zonas cerradas.
—Sí, profesora.