La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Nicolás no se acercó durante el desayuno.

Lo vi en su mesa, hablando con Héctor y Jaime.

O más bien escuchándolos. Tenía una expresión cerrada.

Al verme, no saludó. Yo tampoco. No porque no quisiera.

Porque la noche anterior había dicho “no aquí” cuando le pregunté por Lucía Mansilla, y esa frase seguía entre nosotros como una puerta entornada.

La mañana fue una sucesión de clases con el cuerpo presente y la cabeza en otra parte.

Literatura pasó sin grandes incendios porque Beltrán nos hizo trabajar en silencio sobre la redacción de la puerta.

Ciencias Naturales nos llevó al laboratorio y la profesora Rivas habló de muestras de suelo, humedad y raíces.

Cuando mencionó el invernadero, casi se me cayó el lápiz.

—El club botánico abre inscripciones esta tarde —dijo—. Quienes se apunten tendrán acceso supervisado al invernadero los martes y jueves.

Martina me miró.

Celia, desde otra mesa, también.

Nora levantó la mano.

—¿Es necesario saber algo de plantas o vale con tener miedo al suspenso?

—El miedo al suspenso es un fertilizante muy común —contestó la profesora Rivas—. Pero no suficiente.

Nora asintió con gravedad.

—Entonces iré con humildad.

Al terminar la clase, Martina y yo nos apuntamos al club botánico. También Amina. Nora dijo que ella prefería apoyar moralmente desde una distancia segura, pero cuando vio que Amina escribía su nombre, añadió el suyo debajo con un suspiro teatral.

—Si muero atacada por una begonia, decid que fui valiente.

—Lo diremos, aunque no sea verdad —prometí.

Celia no se apuntó. Dijo que era demasiado evidente si todas lo hacíamos. Tenía razón, como casi siempre, lo cual empezaba a ser una falta de educación por su parte. Mauro tampoco, pero prometió averiguar si alguien de Lumbre conocía historias del invernadero.

A la hora de la comida, Inés nos interceptó en la galería.

—Hoy tenéis castigo de biblioteca de Bruma, ¿no?

—Tareas de apoyo —corregí—. El castigo viene vestido de aprendizaje.

—Bien. Yo estaré allí.

Martina se relajó un poco.

—¿Encontraste algo más?

Inés miró alrededor. Había alumnos pasando, profesores, un prefecto de Atlas consultando una lista.

—No aquí.

Otra vez.

Empezaba a odiar esa frase con mucha dedicación.

Por la tarde, después del estudio, nos presentamos en la biblioteca de Bruma para cumplir la primera jornada de tareas.

La biblioteca de casa no era la biblioteca nueva del edificio principal, sino una sala más pequeña dentro del pabellón este, con estanterías antiguas, mesas de lectura, lámparas verdes y un olor a polvo noble.

Había novelas, ensayos, anuarios, archivos de la casa, fotografías enmarcadas y una chimenea que no estaba encendida pero daba prestigio igual.

Beatriz nos esperaba con varias cajas de libros.

—Ordenaréis estas donaciones por materia y estado de conservación —dijo—. Sin dañar lomos, sin doblar páginas, sin conversaciones innecesarias.

Nora levantó la mano.

—¿Cómo distinguimos conversación necesaria de conversación que salva la salud mental?

—Usad el criterio que no usasteis anoche.

—Justo.

Beatriz salió de la sala. Inés, sentada en una mesa del fondo, levantó la vista desde un anuario. Esperó a que la puerta se cerrara.

—Conversación necesaria —dijo.

Nora señaló hacia la puerta.

—Voy a pedirle que revise la definición.

Nos acercamos a Inés como si fuéramos a consultar un diccionario. Ella abrió el anuario que tenía delante. En la portada se leía Instituto Aurora — Curso 2009-2010 . Sentí que se me apretaba el pecho.

—No puedo sacarlo de aquí —dijo—. Y no debería enseñároslo sin autorización.

—Pero lo harás —dije.

—Pero lo haré durante tres minutos.

Martina se sentó a mi lado. Amina se colocó cerca de la puerta. Nora fingió ordenar una caja de libros con una concentración absolutamente falsa.

Inés pasó varias páginas hasta llegar a Bruma.

Allí estaban las fotos de la casa, actividades, competiciones, textos de alumnas.

Encontró la sección de primer curso. La foto de grupo tenía un hueco raro.

No un hueco literal, sino una composición extraña: alumnas colocadas en dos filas, una silla vacía en un extremo, como si alguien hubiera salido de la imagen justo antes de disparar.

—¿Dónde está Lucía? —pregunté.

—No está.

—Pero en la fotocopia sí estaba.

—La fotocopia era de una página preliminar, de inicio de curso. Este anuario es final.

La habían quitado.

O no había estado para la foto final.

Ambas cosas eran malas.

Inés pasó a una página de actividades de Ciencias Naturales. Había una fotografía del invernadero. Varias alumnas sonreían entre plantas y mesas de cultivo. Inés señaló tres rostros.

—Marta Soler. Irene Pardo. Lucía Mansilla.

Ahí estaba otra vez. Lucía no sonreía mucho, pero miraba a cámara. A su lado, Marta Soler era una chica rubia, de sonrisa abierta. Irene Pardo llevaba gafas y tenía el pelo recogido en dos trenzas.

—Las tres estaban en el club botánico —dijo Inés.

—¿Qué pasó con Marta e Irene? —preguntó Martina.

—Marta terminó el curso, pero se marchó al año siguiente. Irene siguió hasta graduarse.

—¿Sigue vinculada al Aurora? —pregunté.

Inés pasó otra página, buscando algo.

—No lo sé. Pero aquí hay una nota de una actividad musical. Irene Pardo tocaba el violín.

—Lucía también tenía interés en música —dijo Martina.

—Sí.

Nora dejó caer un libro en una caja con demasiado ruido.

—Perdón —dijo hacia la puerta, aunque no había nadie.

Inés siguió pasando páginas hasta una sección de textos literarios de alumnos. Se detuvo.

—Esto no lo había visto.

En la página había un texto breve, firmado por L. Mansilla .

El título:

Antes de que nieve

Nadie habló.

Inés miró hacia la puerta de la biblioteca.

—Leed rápido.

Me incliné sobre el anuario. El texto era corto, casi una prosa poética.

Hablaba de una chica que esperaba la primera nieve en una casa demasiado grande, donde todos le decían que la nieve era hermosa, pero nadie le explicaba qué tapaba cuando caía.

Hablaba de huellas que desaparecían, de ventanas empañadas, de voces que no llegaban al jardín. La última frase me dejó helada:

Cuando nieve, dirán que nunca estuve en el camino. Por eso escribo antes.

Martina se llevó una mano al pecho.

—Alma…

—Copia la frase —dije.

—No podemos.

—Martina.

Inés arrancó una hoja de su cuaderno y escribió la frase ella misma, rápido, con letra pequeña. Luego cerró el anuario.

—Ya está.

—¿Ese texto estaba publicado en el anuario final? —pregunté.

—Sí.

—Entonces no lo borraron todo.

—O no entendieron lo que decía.

—O alguien quiso que quedara.

Inés me miró.

—No saques conclusiones todavía.

—No estoy sacando conclusiones. Estoy recogiendo horrores.

Nora se acercó con un libro en la mano, fingiendo que venía a clasificarlo.

—Beatriz vuelve.

Nos dispersamos con la velocidad de alumnas culpables y medianamente entrenadas. Yo cogí una pila de libros y empecé a separarlos por materia sin ver los títulos. Beatriz entró un segundo después. Miró la sala. A Inés. A nosotras. A las cajas.

—¿Todo en orden?

—Sí —dijo Inés, tranquila.

Beatriz sostuvo la mirada sobre ella un segundo más de lo normal.

—Bien.

Luego se acercó a la mesa donde yo fingía ordenar libros. Cogió uno que yo había puesto en Ciencias cuando era claramente teatro.

—Shakespeare —dijo— no suele clasificarse como botánica.

—Depende de la tragedia.

Nora tosió desde una estantería.

Beatriz me devolvió el libro.

—Atención, Alma.

—Sí.

No añadió nada más. Pero antes de irse, miró el anuario cerrado sobre la mesa de Inés. Solo un segundo. Suficiente.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, nadie habló durante un rato.

Seguimos ordenando libros de verdad, quizá porque necesitábamos hacer algo con las manos.

Yo aparté novelas, manuales viejos, ensayos, obras de teatro, libros de poesía con dedicatorias de antiguas alumnas.

En uno de ellos, al abrirlo para revisar el estado, cayó una tarjeta.

Era una invitación antigua a una audición musical.

Año 2009. Salón de actos. Participantes de primer ciclo.

La recogí.

No era importante. No tenía por qué serlo. Pero vi un nombre escrito a lápiz en el reverso:

Irene Pardo — violín.

Lucía M. — piano.

Se la enseñé a Martina. Martina miró hacia Inés. Inés se acercó.

—Guárdala dentro del libro —dijo en voz baja.

—¿Qué libro es?

Miré la cubierta.

Poemas de invierno.

No pude evitar una risa seca.

—Claro.

Inés tomó la tarjeta, la miró y la volvió a meter entre las páginas.

—Mañana seguiré con esto.

—Yo también —dije.

—Tú mañana tienes club botánico.

—También.

—No puedes estar en todas partes.

—Díselo a mi ansiedad.

Inés no sonrió.

—Alma, escúchame. Si Lucía escribió ese texto antes de irse, quizá tenía miedo. Pero no sabemos de quién. Ni de qué. Y si alguien está dejando notas ahora, puede estar ayudándote o empujándote.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Quieres saberlo. Es distinto.

Me molestó porque me encontró.

Terminamos la tarea a las siete. Beatriz revisó las cajas y nos permitió marcharnos. Al salir de la biblioteca de Bruma, Nicolás estaba en el pasillo.

No debería estar allí. Cumbre tenía su propio pabellón. Sus propios castigos. Su propia colección de apellidos en circulación. Pero estaba apoyado junto a una ventana, con un libro en la mano que no estaba leyendo.

Beatriz lo vio.

—Señor Arriaga, este no es su pabellón.

—Venía a dejar un libro al profesor Beltrán. Me dijeron que podía encontrar a Inés aquí.

Mentira. O no. En el Aurora las mentiras venían muy bien vestidas.

Inés se adelantó.

—Yo se lo doy.

Nicolás le entregó el libro. Sus ojos se cruzaron con los míos un instante.

—García.

—Arriaga de la Serna.

Beatriz miró de uno a otro. No dijo nada, pero me dio la sensación de que estaba archivando la escena en una carpeta mental con mi nombre mal puesto.

Cuando Beatriz se alejó, Nicolás bajó la voz.

—Necesito hablar contigo.

—Qué novedad. ¿Aquí tampoco?

—No.

—Estoy empezando a pensar que hablar contigo requiere coordenadas secretas.

—Mañana, después del club botánico. Galería del mirador bajo.

—¿Por qué iba a ir?

Nicolás miró hacia Inés, luego hacia el pasillo, luego volvió a mí.

—Porque preguntaste por Lucía Mansilla. Y porque mi hermano la conoció.

Todo el ruido del pasillo se apagó de golpe.

Martina, a mi lado, se quedó inmóvil.

—¿Rafael? —pregunté.

Nicolás no pareció sorprenderse de que supiera el nombre. Eso también me inquietó.

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver contigo?

La mandíbula se le tensó apenas.

—Más de lo que me gustaría.

No dijo nada más. Se alejó antes de que pudiera preguntarle, dejándonos allí con otra puerta cerrada, otra cita y otra frase que pesaba demasiado.

Martina me miró.

—No vas a ir sola.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Y era verdad.

Por primera vez, no tuve ni que pensarlo.