Capítulo 15
Nos sacaron de la sala vieja de música como si hubiéramos estado invocando demonios y no comiendo patatas fritas con culpa.
Aunque, siendo justos, en el Instituto Aurora ambas cosas debían de tener protocolos parecidos.
Nadie gritó. Eso habría sido demasiado vulgar.
Iriarte se limitó a colocarse junto a la puerta con una libreta en la mano mientras Beatriz y los otros prefectos nos ordenaban por casas.
La música había muerto de golpe, los vasos quedaron abandonados sobre la mesa, las botellas sospechosas desaparecieron de la vista con la eficacia desesperada de alumnos acostumbrados a que los adultos llegaran tarde pero llegaran.
La chica de Cumbre que había dirigido la fiesta intentó hablar con Beatriz, pero Beatriz le dedicó una mirada tan fría que hasta yo entendí que la diplomacia había sido suspendida.
—Nombre completo y casa —dijo Iriarte.
Uno por uno.
Qué ironía tan poco sutil. Habíamos ido a una Fiesta de los Nombres y salíamos de allí entregándolos como pruebas en nuestra contra. El Aurora tenía sentido del humor, pero del malo, del que te arranca una muela y luego te pregunta si prefieres agua con gas.
—Jimena Olarte Sáinz. Bruma.
—Martina Echevarría Prado. Bruma.
—Nora Vidal Castaño. Bruma.
—Amina Diop. Bruma.
Cuando me tocó, Iriarte levantó la mirada antes de que hablara, como si ya estuviera disfrutando de encontrarme allí.
—Alma Vera García. Bruma.
—¿Vera es segundo nombre o apellido? —preguntó.
Lo dijo sin sonreír.
Noté a Martina tensarse a mi lado. A Nora se le movió la boca. Celia, unos pasos más atrás, me miró con una advertencia tan clara que casi pude leerla subtitulada: no.
Respiré.
—Segundo nombre, profesor.
—Conviene que conste correctamente, entonces.
—Sí, profesor.
Me supo a metal en la boca, pero lo dije. Sí, profesor. Dos palabras pequeñas, obedientes, horribles. Iriarte apuntó algo en su libreta. No supe si mi nombre, mi casa o el milagro de que hubiera contestado sin morder.
Nicolás estaba unos puestos detrás. Cuando dio su nombre, Iriarte apenas levantó los ojos.
—Nicolás Arriaga de la Serna. Cumbre.
—Señor Arriaga —dijo Iriarte—, esperaba más criterio.
No sé qué me molestó más: que a él le dijera eso y a mí me mirara como si el criterio no hubiera sido nunca una posibilidad, o que Nicolás aceptara la frase con una inclinación de cabeza perfecta.
—Tiene razón, profesor.
Tiene razón, profesor.
Claro. Él también sabía hacerlo. Pero en su boca no sonaba a derrota. Sonaba a una concesión estratégica. Como si obedecer fuera una herramienta más, no una rendición.
Nos enviaron a las residencias en silencio.
Nada de charlas, nada de justificaciones, nada de “solo era una bienvenida”, nada de “no habíamos bebido”, que encima en algunos casos habría sido mentira.
Subimos por la galería en grupos separados, con los prefectos detrás.
La noche estaba tan cerrada al otro lado de los cristales que la niebla no se veía; se intuía, pegada al edificio como un animal blanco.
Nadie dijo nada hasta llegar al pabellón de Bruma.
Allí Beatriz nos reunió en el vestíbulo.
—Mañana a las siete y media, antes del desayuno, todas las alumnas de Bruma presentes en la sala vieja de música acudirán a coordinación de casa. Hasta entonces, a vuestras habitaciones. Sin conversaciones en pasillos. Sin visitas. Sin excepciones.
Miró a Martina, luego a mí. O quizá me pareció. A esas alturas yo ya veía focos policiales donde había lámparas.
—¿Y si alguien tiene una urgencia? —preguntó Nora.
Beatriz la miró.
—Que sea una urgencia real.
—Qué subjetivo.
—Vidal.
—Sí. Callada. Entendido.
Por primera vez desde que la conocía, Nora cerró la boca antes de tiempo. Eso me dio más miedo que Iriarte.
Martina me miró cuando llegamos al segundo piso. Su habitación estaba a mitad de pasillo. La mía, al fondo, esperándome con su aire de error administrativo.
—Puedes quedarte otra vez —susurró.
—Beatriz acaba de decir sin visitas.
—Me da igual.
—A mí no.
Aquello le dolió. Lo vi.
—No por ti —añadí rápido—. Por vosotras. Ya nos han pillado en una fiesta. No voy a sumar allanamiento emocional de habitación.
—No es allanamiento si te invitamos.
—El reglamento no entiende el amor.
Nora, que venía detrás, murmuró:
—Frase para bordar en un cojín.
Amina le tocó el hombro y la empujó suavemente hacia su puerta.
Celia estaba al fondo del pasillo, porque Atlas quedaba en otro pabellón y no tenía ningún motivo oficial para acompañarnos hasta Bruma, pero allí estaba. Tenía los brazos cruzados y cara de haber confirmado todas sus peores sospechas sobre la humanidad.
—Mañana hablamos —dijo.
—¿Eso es una amenaza o una tutoría? —pregunté.
—Las dos.
—Qué eficiente.
Celia se fue. Martina no.
—Alma.
—Voy a cerrar con llave.
—Y si pasa algo…
—Grito.
—No bromees.
La miré. Sus ojos estaban brillantes, no de llanto exactamente, sino de miedo retenido. Me dio una ternura tan fuerte que casi acepté solo por no verla así.
—Si pasa algo, voy a tu habitación —dije—. Aunque Beatriz tenga que llamar a un exorcista normativo.
Martina respiró un poco mejor.
—Vale.
Entré en la 226 y cerré la puerta.
Con llave.
Dos veces.
Luego puse la silla debajo del picaporte, que era una medida ridícula porque la puerta abría hacia dentro y la silla, en realidad, no bloqueaba gran cosa. Pero me hizo sentir menos idiota que quedarme mirando la madera como si pudiera convencerla con la mente de no dejar pasar a nadie.
La habitación estaba igual. Fría, pequeña, quieta.
Dejé la mochila sobre la cama, saqué el cuaderno azul y comprobé que el dibujo y la nota siguieran dentro.
Seguían. Maravilloso. Mi colección de amenazas estaba completa.
Guardé el billete de diez euros dentro del bolsillo interior de la americana y colgué la americana en la silla, luego la volví a coger y la puse debajo de la almohada.
Después me sentí absurda. Después decidí que lo absurdo también podía ser preventivo.
No dormí bien.
Otra vez.
A las siete y media, las alumnas de Bruma que habíamos estado en la fiesta nos sentamos en la sala común con cara de acusadas educadas.
Beatriz estaba de pie junto a Leire Santamaría.
Eso me sorprendió. Esperaba solo a Beatriz, con su libreta, su moño perfecto y su capacidad para convertir una infracción menor en una reflexión sobre el alma.
Pero Leire estaba allí, con su bufanda verde y una taza de café en la mano, y su presencia cambiaba un poco el aire.
Lo hacía menos judicial. No mucho. Tampoco pidamos magia.
—Buenos días —dijo Leire.
Nadie respondió con entusiasmo. Normal.
—Lo de anoche fue una infracción clara de las normas de residencia —continuó—.
No voy a fingir sorpresa. Las fiestas no oficiales existen desde antes de que muchas de vosotras nacierais.
Tampoco voy a fingir que no tienen riesgos.
Salir sin permiso, circular por zonas no autorizadas y reunirse sin supervisión puede parecer una travesura hasta que pasa algo y entonces todos descubren que las normas tenían una función.
Esa última frase me molestó porque era razonable. Qué manía tenían algunos adultos del Aurora de no ser caricaturas cuando una más lo necesitaba.
Beatriz tomó la palabra.
—Bruma no sanciona únicamente el acto. Sanciona la falta de criterio.
Nora bajó la cabeza. Yo no la miré porque si nos mirábamos nos íbamos a reír, y reír en ese momento habría sido elegir la muerte académica.
—Las alumnas implicadas realizarán tareas de apoyo en la biblioteca de casa durante tres tardes —dijo Beatriz—. Además, deberán entregar una reflexión escrita sobre responsabilidad, pertenencia y límites.
Ahí casi se me escapa algo. Una reflexión escrita. Claro. Si el Aurora no podía evitar que rompiéramos normas, al menos podía convertir la culpa en redacción.
—¿Extensión? —preguntó Jimena, porque Jimena era incapaz de no querer hacer bien incluso un castigo.
—Mil palabras —respondió Beatriz.
Nora cerró los ojos como si la hubieran apuñalado con un adverbio.
Leire intervino antes de que aquello se volviera demasiado solemne.
—No es un castigo desproporcionado. Pero sí quiero dejar algo claro: si alguna se sintió presionada para asistir, puede hablar conmigo en privado.
Nadie dijo nada.
Claro.
La presión social, en esos sitios, rara vez dejaba huellas visibles. No te empujaban con las manos. Te dejaban claro dónde quedabas si no caminabas.
Cuando terminó la reunión, Beatriz nos retuvo un segundo más.
—Alma García.
Ahí vamos.
Me detuve. Martina también, pero Beatriz la miró y Martina siguió andando con una resignación furiosa.
—Sí.
—Anoche mostraste contención con el profesor Iriarte.
No esperaba eso.
—Gracias, supongo.
—No era un cumplido. Era una observación.
—Ah. Entonces retiro la gratitud.
La ceja de Leire se movió apenas. Beatriz, por supuesto, no.
—Puedes tener una voz propia sin usarla como arma cada vez que te sientes atacada —dijo.
Leire me miró como diciendo: quizá escúchala aunque te caiga mal. Qué traición.
—Lo tendré en cuenta —dije.
—Haz algo más que tenerlo en cuenta.
—¿Eso era un consejo o una sanción en fase larvaria?
Beatriz sostuvo mi mirada.
—Era una oportunidad.
No supe qué contestar. Y eso, con Beatriz delante, era especialmente molesto.
Me fui al comedor con la sensación de haber perdido una discusión que ni siquiera había empezado.
Las sanciones se repartieron también en otras casas. Cumbre recibió tareas deportivas y apoyo en organización de eventos. Atlas, trabajo de archivo académico. Lumbre, asistencia en el aula de música nueva y limpieza de materiales. Mauro apareció en el desayuno con expresión de tragedia tranquila.
—Tengo que ordenar partituras —dijo.
—Tú no sabes leer partituras.
—Exacto.
—Es un castigo conceptual —dijo Nora—. Muy Aurora.