Capítulo 14 #3
—¿Mayor virtud? —preguntó la chica de Cumbre.
—La paciencia.
Varias risas. Yo también casi, porque mentira cochina.
—¿Mayor defecto?
Nicolás miró un segundo hacia donde estábamos.
—Creer que la tengo.
Bien. Eso fue bueno. Maldita sea.
Después llamaron a Lumbre. Mauro Peña se levantó con cara de preferir una extracción dental.
—Mauro Peña.
—¿Solo? —preguntó alguien.
La sala rió.
Yo noté que algo me subía por el pecho.
Mauro sonrió apenas.
—Solo. Pero compensa, ocupa poco en formularios.
Buena respuesta. Muy buena. Nora aplaudió con entusiasmo. Yo también. Celia incluso golpeó dos dedos contra la palma, que en ella era ovación.
Luego tocó Bruma.
Jimena Olarte Sáinz respondió con elegancia a una pregunta sobre su hermana.
Martina Echevarría Prado tuvo que decir algo que nadie supiera de ella y contestó, muy seria, que una vez había fingido estar enferma para no ir a un cumpleaños y luego enfermó de verdad por culpa.
Nora Vidal Castaño fue obligada a improvisar un brindis y lo hizo por “los que todavía no sabemos dónde queda nada, pero hemos desarrollado un vínculo emocional con las señales de salida”.
Amina Diop pronunció su nombre con una calma firme, corrigiendo a quien intentó repetirlo mal, y cuando le preguntaron qué esperaba del Aurora dijo:
—Que aprenda a merecer algunas de las cosas que promete.
La sala se quedó callada un segundo. Luego alguien aplaudió. Fui yo, creo. O quizá Martina. O las dos.
Entonces me tocó.
—Alma Vera —empezó la chica de Cumbre, leyendo una lista.
—García —dije, levantándome.
Varias personas sonrieron. Algunas ya esperaban la corrección, como si mi nombre se hubiera convertido en una pequeña función programada.
—Alma Vera García —repetí—. Vera es mi segundo nombre. García es mi apellido. Lo aclaro ahora por si alguien quiere equivocarse con fundamento.
Hubo risas. Más de las que esperaba.
La chica de Cumbre sonrió.
—Pregunta para Alma Vera García. ¿Qué es lo primero que pensaste al llegar al Instituto Aurora?
Podría haber dicho algo gracioso. Algo fácil. Que parecía un castillo, que la niebla tenía contrato, que los zapatos de la gente daban miedo. Pero tal vez por cansancio, por la clase de Ética, por la foto de Lucía o por la manía de mi boca de abrirse antes que mi prudencia, dije:
—Que algunos sitios son tan bonitos que tardas un poco en darte cuenta de que también pueden hacer daño.
Silencio.
No tan largo como en clase. Pero silencio.
Luego Nora aplaudió.
—¡Vamos!
Otros se sumaron. Héctor levantó su vaso. Mauro sonrió desde la pared. Martina me miraba como si quisiera decirme algo y no pudiera. Celia tenía la cara de quien acababa de ver a una persona caminar sobre hielo fino y no caerse, pero tampoco salir del lago.
La chica de Cumbre inclinó la cabeza.
—Intenso.
—Me lo están diciendo mucho.
Me senté. El corazón me iba rápido.
Nicolás se acercó un poco después, cuando la atención pasó a otros alumnos.
—Buena respuesta.
—A este paso vas a desgastar el elogio.
—Era verdad.
—Peor.
Él miró alrededor. La fiesta seguía, más suelta, más ruidosa.
Un chico de tercero intentaba convencer a Mercedes de contar algo sobre Apolo.
Mercedes, sorprendentemente, lo estaba gestionando bien.
Nora había encontrado una bolsa de patatas y parecía haber establecido con ella una relación profunda.
Celia hablaba con Mauro en un rincón. Martina estaba junto a Jimena, pero no dejaba de mirarme cada pocos segundos.
—Ten cuidado con decir verdades en fiestas —dijo Nicolás.
—¿También hay protocolo para eso?
—Sí. Las verdades deben servirse frías y lejos de testigos.
—Qué triste.
—Útil.
Lo miré. La música baja, las voces, la luz tibia de la sala vieja hacían que todo pareciera menos peligroso. Eso era peligroso en sí mismo.
—Tú sabes algo de Lucía Mansilla —dije.
No sé por qué lo solté ahí. Quizá porque me cansé de rodear puertas. Quizá porque Nicolás acababa de hablar de verdades. Quizá porque era idiota.
Su cara cambió.
No mucho. Nicolás había sido educado para no regalar reacciones. Pero cambió.
—¿Quién te ha hablado de ella?
—Eso no es un no.
—Alma.
Primera vez. Alma, no García.
Me dio más miedo que si hubiera gritado.
—¿Qué sabes? —pregunté.
Nicolás miró hacia los demás. Luego bajó la voz.
—No aquí.
—Todo el mundo me dice eso. Empiezo a pensar que este colegio no tiene ningún sitio bueno para hablar.
—Porque no lo tiene.
Antes de que pudiera responder, la puerta de la sala se abrió de golpe.
La música se cortó.
Beatriz Montelar de la Hoz estaba en el umbral, con otras dos prefectas y el profesor Iriarte detrás.
No hizo falta que nadie dijera nada. La fiesta entera se convirtió en estatua.
Iriarte recorrió la sala con la mirada. Su rostro no mostraba sorpresa. Eso fue lo peor. Parecía haber sabido exactamente lo que encontraría.
—Qué interesante —dijo—. Tantos futuros líderes reunidos para practicar el incumplimiento de normas básicas.
Nadie respiró demasiado alto.
Beatriz miró primero a las alumnas de Bruma. A Jimena. A Martina. A Nora. A Amina. A mí. En mí se detuvo un poco más.
Claro.
Iriarte dio un paso dentro.
—Todos a sus residencias. Ahora. Los prefectos tomarán nombres.
La palabra nombres sonó de pronto menos festiva.
Nicolás se inclinó hacia mí, apenas.
—No digas nada.
—No pensaba.
—Eso sí que no me lo creo.
Y, en circunstancias normales, habría contestado. Algo brillante, seguro. Algo para no quedarme debajo.
Pero entonces vi que Iriarte miraba hacia la mesa lateral, hacia los vasos, hacia las botellas, hacia la lista que la chica de Cumbre había dejado sobre el piano. La lista de nombres completos. La lista donde, seguramente, acabábamos de escribirnos todos con apellidos y casas.
Y pensé en Lucía Mansilla Ortega.
En un nombre que había estado en una lista y luego había dejado de estarlo.
Por primera vez en toda la noche, cerré la boca.
No por miedo.
Por memoria.