La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La profesora de Ética se llamaba Sara Montalvo, aunque no parecía pariente directa de Beatriz o, si lo era, había escapado de la rama humana de la familia.

Tenía el pelo corto, gafas grandes y una manera de escuchar que hacía que una quisiera mejorar la frase antes de decirla.

Nos colocó en círculo, como anunciaba el aula, y escribió en la pizarra:

¿Cuándo una tradición deja de ser tradición y se convierte en abuso?

Nora, detrás de mí, susurró:

—Hoy el horario nos está troleando.

No pude evitar sonreír.

La profesora Montalvo no empezó con teoría.

Empezó preguntando. Qué era una tradición.

Quién la decidía. Quién podía negarse. Qué pasaba cuando algo “siempre se había hecho así” dañaba a alguien.

Los alumnos participaron con prudencia. Demasiada prudencia.

Era evidente que todos pensábamos en las casas, en Bruma, en las pruebas, en la caja, en las preguntas.

Pero nadie quería ser el primero en señalar el elefante con insignia.

Hasta que Jaime Montero de Urquijo, que parecía tener un talento especial para formular problemas desde el lado cómodo de la mesa, dijo:

—Pero también hay que distinguir entre abuso y sensibilidad excesiva. Si todo nos ofende, ninguna tradición sobrevive.

Aquello no era una barbaridad completa. Eso la hacía más molesta. Varias personas asintieron. Yo respiré hondo. Martina me miró de reojo. Celia, al otro lado del aula, me miró también, pero esta vez no parecía decir cállate. Parecía decir mide.

Levanté la mano.

La profesora Montalvo me dio la palabra.

—Creo que el problema es quién decide qué es sensibilidad excesiva —dije—.

Porque normalmente lo decide quien no está pagando el precio.

Si una tradición humilla siempre a los mismos, igual no es que los mismos sean muy sensibles.

Igual es que la tradición está diseñada para que parezca juego desde arriba y vergüenza desde abajo.

Silencio. Otra vez. Me estaba haciendo especialista.

Jaime se giró hacia mí.

—Pero si entras voluntariamente en una institución, aceptas sus normas.

—¿Todas?

—Las que forman parte de su identidad, sí.

—Entonces si una institución tiene una identidad cruel, mala suerte para quien entra.

—No he dicho eso.

—No así.

La profesora Montalvo levantó una mano, pero no para cortar. Para sostener.

—Seguid. Con cuidado.

Con cuidado. Bien. Leire habría estado orgullosa.

Jaime se recolocó en la silla.

—Lo que digo es que a veces las tradiciones buscan fortalecer. Sacarte de tu zona de confort.

—Hay gente cuya vida entera ya está fuera de una zona de confort —respondí—. Igual no necesita que un colegio carísimo le enseñe incomodidad con velas y una caja.

Nora bajó la cabeza. Martina se mordió el labio. Celia cerró los ojos un segundo. Me pasé, pensé. Un poco. Pero la profesora Montalvo no parecía molesta.

—Interesante —dijo—. ¿Puede una misma práctica tener significados distintos según quién la viva?

Amina levantó la mano.

—Sí. Para alguien seguro, una prueba puede ser un reto. Para alguien que ya siente que su lugar es condicional, la misma prueba puede parecer una amenaza.

La profesora asintió.

—Exactamente.

Jaime no parecía convencido, pero tampoco furioso. Nicolás, sentado a dos sillas de él, me observaba con una expresión rara. No divertida. No crítica. Rara. Como si algo de lo que habíamos dicho estuviera tocando una puerta que él también conocía.

La clase siguió por ahí. No fue una batalla. Fue mejor: una conversación incómoda que no se rompió. Hablamos de consentimiento, presión de grupo, pertenencia, ritos de paso, bromas, humillación. La profesora Montalvo cerró con una frase que me apunté sin querer:

—Una comunidad sana no se reconoce por las tradiciones que conserva, sino por las que se atreve a revisar cuando descubre que hacen daño.

Pensé en Bruma. En la Vigilia de la Primera Nieve. En Lucía Mansilla. En la caja donde habíamos dejado objetos personales. En lo fácil que era llamar tradición a cualquier cosa si quien sufría no tenía poder para ponerle otro nombre.

Después de comer, hubo una excitación rara en los pasillos. Al principio pensé que era por alguna competición de casas, pero Nora llegó corriendo —bueno, caminando rápido, porque correr en Bruma era pecado venial— con la noticia.

—Esta noche hay fiesta.

—¿Perdón? —dije.

—Fiesta de bienvenida no oficial. Para primer curso. En la sala vieja de música, después del estudio.

Martina se puso rígida.

—¿No oficial?

—Muy no oficial. Eso la hace más oficial socialmente.

Jimena bajó la voz.

—La Fiesta de los Nombres.

—Qué bien —dije—. Otra tradición con pinta de necesitar abogado.

—Mi hermana me habló de ella —dijo Jimena—. No es de Bruma, es de todos los nuevos. La organizan alumnos de segundo y tercero. Vas, dices tu nombre completo, juegan a preguntas, retos pequeños, bromas...

—¿Humillaciones? —preguntó Celia, que había aparecido por detrás con su discreción de cuervo académico.

Jimena dudó.

—Depende.

—Traducción: sí —dije.

Nora parecía emocionada y aterrada a partes iguales.

—También dicen que si no vas, te marcan como rara.

—Ya voy tarde para evitar eso.

—Como cobarde —corrigió Jimena.

Ahí sí.

La palabra cayó de otra manera. No porque yo temiera parecer cobarde ante Jimena o Nora, sino porque entendí la función de la fiesta.

No era obligatoria. Por eso era peor. Si ibas, aceptabas exponerte.

Si no ibas, aceptabas que te nombraran por tu ausencia.

Otra puerta abierta con candado invisible.

—¿Va todo el mundo? —preguntó Martina.

—Casi —dijo Jimena.

Celia apretó su carpeta.

—No conviene ir.

—Tampoco conviene no ir —dijo Nora.

Amina, que había escuchado en silencio, habló al fin:

—Entonces vamos juntas.

Todas la miramos.

—No para gustarles —añadió—. Para que ninguna esté sola.

Celia no pudo discutir eso. Lo intentó con la cara, pero no con palabras.

La Fiesta de los Nombres fue a las diez y media, después del estudio obligatorio, cuando las residencias ya deberían estar entrando en modo silencio y el Instituto Aurora empezaba a fingir que los adolescentes obedecían porque las normas estaban escritas en papel grueso.

Nos reunimos en el pasillo de Bruma: Martina, Jimena, Nora, Amina y yo.

Celia apareció al final, con una chaqueta sobre el uniforme y cara de estar traicionando todos sus principios.

—No digáis nada —advirtió.

—No íbamos a decir nada —dijo Nora.

—Yo sí —respondí—, pero me lo guardo por respeto a este milagro.

Celia me fulminó con la mirada. Casi con cariño. Casi.

Bajamos por la escalera lateral, evitando el vestíbulo principal.

Jimena conocía el camino. Eso me sorprendió hasta que recordé que su hermana había sido de Bruma y que en el Aurora los secretos también se heredaban.

Atravesamos una galería poco iluminada, pasamos junto a la sala de música nueva y bajamos por una escalera estrecha hasta un corredor donde el suelo de piedra estaba más frío.

La sala vieja de música estaba en una zona del edificio que no llegaba a estar restringida, pero tampoco parecía invitada a los folletos.

Tenía una puerta doble, pintura oscura y una placa antigua medio suelta.

Desde dentro llegaban voces, risas y música baja.

—Última oportunidad para fingir un desmayo —susurró Martina.

—Guárdala —dije—. Puede hacer falta dentro.

Entramos.

La sala era grande, con techos altos, un piano cubierto por una tela, sillas apiladas contra una pared y lámparas encendidas a medias.

Había unos cuarenta alumnos, quizá más, de primero, segundo y tercero.

Algunos llevaban uniforme completo; otros se habían quitado la americana o aflojado la corbata.

En una mesa lateral había vasos, refrescos, bolsas de patatas, galletas, chocolate y varias botellas que preferí no identificar porque mi beca tenía oído sensible.

La atmósfera era distinta a la de Bruma.

Menos solemne. Más peligrosa de una forma conocida: adolescentes intentando parecer mayores en un sitio donde no deberían estar.

Nicolás estaba allí.

Claro.

También Héctor, Jaime, Mercedes, Mauro, varios Lumbre, varios Atlas y muchas caras que todavía no ubicaba. Nicolás me vio entrar con el grupo y se acercó.

—García.

—Arriaga de la Serna.

—No pensé que vinieras.

—Yo tampoco. Ha sido una decisión de equipo y falta de juicio.

Miró al grupo: Martina, Nora, Amina, Jimena, Celia. Sus ojos se detuvieron un segundo en Celia.

—Roldán.

—Arriaga.

Aquello sonó como dos países firmando una tregua incómoda.

Héctor apareció detrás de Nicolás con un vaso en la mano.

—La coalición del mapa —dijo al verme.

—La muñequera visible.

—Veo que los apodos avanzan.

—No prometo que mejoren.

Una chica de segundo, alta, con pelo rubio oscuro y una insignia de Cumbre, golpeó una copa con una cucharilla. El sonido se extendió por la sala.

—Bienvenidos a la Fiesta de los Nombres —anunció—. Si estáis aquí, es porque habéis sobrevivido a los discursos, a la comida con cubiertos absurdos y a vuestras primeras veinticuatro horas sin llamar a vuestros padres para que os rescaten.

Nora murmuró:

—Yo solo no llamé por orgullo.

—Las reglas son sencillas —continuó la chica—. Cada nuevo dirá su nombre completo. Sin esconder apellidos, sin abreviar, sin ponerse interesante. Después responderá una pregunta o hará un reto. Nada grave. Nada que no podamos negar si entra un profesor.

Risas.

Celia se inclinó hacia mí.

—Mala idea.

—Ya estamos dentro.

—Eso no la mejora.

Nos fueron llamando por casas. Cumbre primero, por supuesto.

Los nombres empezaron a desfilar como títulos nobiliarios disfrazados de adolescentes: Jaime Montero de Urquijo, Rodrigo Alcázar de Santillana, Valeria Cifuentes Lora, Héctor Paredes de la Fuente.

Cada nombre recibía silbidos, bromas internas, preguntas sobre familias, deportes, expectativas.

Cuando Nicolás dijo el suyo, hubo aplausos.

—Nicolás Arriaga de la Serna.