La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Dormir en una habitación que olía a flores no solucionó mis problemas, pero al menos hizo que parecieran tener mejor ambientación.

Martina dormía hecha un ovillo, con una mano debajo de la mejilla.

En reposo parecía más pequeña. No frágil exactamente, pero sí menos protegida por esa educación suave que llevaba puesta casi todo el tiempo.

Jimena estaba despierta en su cama, leyendo sin pasar página.

O sea, no leyendo. Me miró por encima del libro.

—Buenos días —susurró.

—Eso sigue siendo discutible.

Sonrió apenas. Tenía ojeras. Menos que yo, porque hay gente que incluso duerme mal con clase, pero ojeras.

—¿Has dormido algo?

—Lo suficiente para no ver cosas moverse. Creo.

—Anoche dijiste algo dormida.

Me incorporé despacio.

—Por favor, dime que no confesé un crimen.

—Dijiste “no cierres desde fuera”.

Se me secó un poco la boca.

Martina se movió en la colchoneta, pero no despertó. Miré hacia la ventana. La niebla estaba baja, pegada al jardín, cubriendo la fuente hasta la mitad. Todo parecía quieto, como si el Instituto Aurora todavía no hubiera decidido qué clase de sitio iba a ser ese día.

—Sería por el sueño —dije.

—Sí.

Jimena cerró el libro. No me preguntó más. Eso me sorprendió. Jimena, que al principio me había parecido una chica hecha de protocolo y pendientes de perla, empezaba a tener una delicadeza muy concreta: sabía cuándo no tocar algo para que no se rompiera.

—Gracias por dejarme dormir aquí —murmuré.

—No tienes que dar las gracias.

—Eso lo decís mucho los que hacéis cosas agradecibles.

Jimena bajó la mirada, pero sonrió.

—Puedes quedarte más noches si quieres.

—No.

La respuesta salió demasiado rápida. Ella no se ofendió.

—Vale.

—No porque no quiera. Bueno, sí quiero, un poco. Pero no puedo convertir vuestra habitación en un refugio de emergencia cada vez que el Aurora se pone gótico.

—No sería tan grave.

—Jimena, si Beatriz descubre que he dormido aquí, se le licua el reglamento.

—Beatriz no es tan mala.

La miré.

—¿Has dicho eso porque la admiras o porque la temes?

Jimena tardó demasiado.

—Un poco las dos.

Eso era el Aurora resumido en una frase.

Martina despertó con un sobresalto pequeño, como si su cuerpo hubiera recordado tarde que estaba en el suelo.

—¿Qué hora es?

—Hora de quejarse —dije.

—Eso siempre.

Se sentó, despeinada, con la manta alrededor de los hombros.

—¿Has dormido?

—En términos legales, sí.

—¿Pesadillas?

—Nada que no pueda venderse como actividad de integración.

No insistió. Me miró, eso sí. Esa mirada suya de “voy a dejarte respirar, pero no te pierdo de vista”. Era una mirada peligrosa porque una podía acostumbrarse.

Bajamos a desayunar juntas. Nora y Amina nos esperaban en el descansillo del primer piso, como si aquello hubiera quedado pactado aunque nadie lo hubiera dicho. Nora llevaba el pelo sujeto a toda prisa y una expresión profundamente ofendida por la existencia de la mañana.

—Informe —dijo—. Nadie ha muerto durante la noche, salvo mi paciencia.

—Gran noticia —contesté.

Amina me observó con calma.

—¿Tu habitación?

—Cerrada con llave.

—¿Has mirado si alguien entró?

—Todavía no.

—Después vamos contigo.

No fue pregunta.

—Amina, ¿alguna vez pides permiso para organizar la vida ajena?

—Cuando hay tiempo.

—¿Y ahora?

—No.

Nora asintió.

—Me gusta esta dictadura. Es eficiente.

Desayunamos en una mesa lateral, con tostadas, fruta, café para quienes tenían edad emocional de necesitarlo y cacao para quienes todavía confiaban en la infancia.

Yo bebí leche y comí pan con aceite, intentando no mirar demasiado hacia la zona de Cumbre.

Fracasé, claro. Nicolás estaba sentado con Jaime Montero de Urquijo y Héctor Paredes de la Fuente.

Los tres hablaban con un prefecto mayor.

Nicolás parecía atento, pero no cómodo. Héctor, en cambio, reía con facilidad.

Al verme, levantó la barbilla en saludo. Yo respondí con un gesto mínimo.

—¿Desde cuándo saludas a Héctor? —preguntó Nora, siguiendo mi mirada con una rapidez indecente.

—Desde que compartimos una experiencia traumática con un mapa.

—Qué romántico.

—Mercedes llevó el mapa.

—Más romántico todavía. Triángulo cartográfico.

Martina sonrió contra su taza. Jimena se rio bajito. Amina untó mantequilla en una tostada como si no acabara de oír una estupidez.

Celia apareció unos minutos después. No se sentó con nosotras, claro. Celia todavía no era de sentarse con nadie sin parecer que había calculado la distancia social adecuada. Se acercó a la mesa con su bandeja y se quedó de pie.

—Después de desayunar, revisamos tu habitación.

—Buenos días a ti también —dije.

—Buenos días. Después de desayunar, revisamos tu habitación.

—Mucho mejor. Cálido, humano, casi mediterráneo.

Celia ignoró el comentario, pero vi que la comisura de su boca se movía un milímetro. En ella eso ya era una fiesta patronal.

—Inés me escribió por el correo interno —añadió.

Eso sí me enderezó.

—¿Qué dice?

—Que no encontró más sobre Lucía en los números digitalizados. Pero va a mirar anuarios físicos y revistas incompletas.

—¿Te escribió a ti?

—Sí.

—¿Por qué?

Celia me miró como si la pregunta fuera tonta.

—Porque le pedí que me avisara.

—Ah.

—¿Te molesta?

—No.

Me molestaba un poco, pero no por ella. Me molestaba que todos parecieran moverse mejor que yo dentro del misterio que había empezado en mi cajón.

Celia escribía a Inés. Amina organizaba guardias sin llamarlas guardias.

Martina sostenía. Nora hacía chistes que mantenían el aire respirable.

Jimena sabía cosas de Bruma y de Beatriz.

Yo tenía las notas, la habitación y la capacidad estratégica de un ciervo ante faros.

—Bien —dije—. Después revisamos.

Fuimos a la 226 en grupo reducido, porque seis chicas entrando en mi habitación habría parecido una intervención.

Subimos solo Martina, Celia y yo. Nora protestó por quedarse fuera, pero Amina la convenció con una frase seca sobre no llamar la atención, y Nora, que se quejaba mucho pero entendía rápido, aceptó quedarse vigilando el pasillo con ella y Jimena.

Mi habitación estaba exactamente igual.

Eso fue lo inquietante.

La cama hecha como la había dejado. El escritorio ordenado. La ventana cerrada. El armario igual. La mancha de humedad en su esplendor. Nada fuera de sitio. Ninguna nota nueva. Ningún objeto movido. Ninguna señal. Una habitación normal, pequeña y fría, que parecía ofendida por nuestras sospechas.

Celia revisó la cerradura sin tocar demasiado.

—No parece forzada.

—Qué bien. Mi intruso es educado.

Martina abrió el cajón con cuidado. Las iniciales seguían allí, medio ocultas bajo la ropa doblada.

L. M. — 2009

Celia se inclinó para mirarlas.

—No parece reciente.

—No.

—¿Has comprobado si hay más marcas?

—No quería convertirme en arqueóloga de madrugada.

Celia sacó la ropa del cajón con una delicadeza inesperada y revisó el fondo, los laterales, la parte interior. No encontró nada más. Luego miró debajo de la cama, detrás del escritorio, el marco de la ventana. Martina sostuvo la puerta entreabierta, vigilando el pasillo.

—Esto no tiene sentido —dijo Celia.

—Te agradezco la actualización.

—Si alguien quería asustarte, ya lo hizo. Si quería que preguntaras por Lucía, ya lo hiciste. ¿Por qué no dejar otra nota?

—Igual el servicio de amenazas descansa los jueves.

Celia me miró.

—O igual quería que nos obsesionáramos con una habitación mientras la pista está en otro sitio.

Me quedé callada.

Martina giró la cabeza desde la puerta.

—El invernadero.

No lo dijo como una ocurrencia. Lo dijo como si la palabra ya estuviera esperando en la habitación.

El invernadero. Lucía, botánica, cinta de no pasar, iniciales junto a Marta Soler e Irene Pardo, el golpe junto al acceso del ala norte. La pieza era tan evidente que daba miedo tocarla.

—No vamos a ir solas —dijo Celia.

—Ya empezamos.

—No vamos a ir solas —repitió—. Y no vamos a ir hoy sin saber horarios, accesos, quién lo usa y cuándo está cerrado.

—Celia, estás arruinando mi impulso suicida con planificación.

—Ese es mi objetivo.

Martina se acercó.

—Podemos preguntar en Ciencias Naturales. O apuntarnos al club botánico.

La miramos.

—¿Qué?

—Ayer Jimena dijo que existía. Si el invernadero lo usan ellos, podríamos entrar sin colarnos.

Celia asintió lentamente.

—Eso es inteligente.

Martina se puso roja.

—No tanto.

—Sí —dije—. Mucho. Legal, discreto y con plantas. Casi ofensivo.

Martina sonrió, pero todavía con nervios.

—Podríamos ir a la mesa del club hoy. O preguntar a la profesora Rivas.

—No a Rivas directamente —dijo Celia—. Primero club. Menos exposición adulta.

—Estás disfrutando esto —le dije.

—Estoy intentando que no nos expulsen.

—Cada una tiene sus hobbies.

Antes de bajar, recogí algunas cosas para llevar al estudio: cuaderno azul, apuntes, las pastas que Martina me había dado y el billete de diez euros, que decidí no dejar nunca más en ningún cajón, caja, bolsillo externo o universo accesible.

Cerré la habitación con llave y comprobé dos veces.

Celia me vio hacerlo y no dijo nada. Eso fue casi una muestra de cariño.

El resto de la mañana transcurrió con una normalidad ofensiva.

Matemáticas, donde Ángela Ferrer consiguió que las ecuaciones parecieran menos amenazantes que nuestros pasillos; Inglés, donde el profesor escocés nos hizo debatir sobre si los internados eran una buena herramienta educativa y Nora casi provoca un incidente diplomático al decir, en un inglés bastante decente, que dependía de si el internado tenía vocación de colegio o de castillo con problemas de apego; y Ética, la clase que yo esperaba con una mezcla de ganas y miedo.