La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Martina abrazó sus libros contra el pecho.

—¿Crees que le pasó algo durante esa Vigilia?

—No lo sé —dijo Inés—. La frase “antes de la nieve” puede referirse a que se marchó antes de que ocurriera. O a que no llegó a verla. O a que alguien lo usa porque sabe que esa tradición existía.

La sala se quedó en silencio.

Yo volví a mirar la foto de Lucía.

Literatura, botánica y música.

Becada.

Bruma.

Catorce años, quizá quince.

Una habitación al final del pasillo, tal vez. Un cajón donde escribió sus iniciales como quien intenta dejar constancia de que estuvo allí. Una salida antes de la nieve. Una ausencia convertida en versión oficial. Y ahora alguien escribiendo en mis cosas para que preguntara por ella.

—¿Por qué yo? —dije.

La pregunta salió más baja de lo que esperaba.

Inés me miró con cuidado.

—Porque estás en su habitación, quizá.

Sentí que la frase me tocaba la nuca.

—¿La 226 era de Lucía?

—No lo sé.

—Sus iniciales están en el cajón.

—Entonces es posible.

Martina se pasó una mano por la cara.

—Pero ¿por qué ahora? Han pasado años.

Inés negó despacio.

—No tengo respuesta.

Yo sí tenía una, pero era absurda.

Porque otra becada había llegado a la habitación.

Porque otra chica de Bruma había empezado a mirar.

Porque alguien quería que Lucía Mansilla volviera al relato antes de que el Instituto la borrara del todo.

O porque alguien estaba usando a una muerta, o a una desaparecida, o a una chica que quizá se había ido de verdad, para jugar conmigo.

No sabía cuál de las opciones era peor. Estaban compitiendo fuerte.

Inés guardó la fotocopia en la carpeta, pero antes de cerrarla yo puse la mano encima.

—Espera.

Miré otra vez la página. Había algo en la esquina inferior, una anotación a lápiz junto a la lista de alumnas de Bruma. Estaba cortada por la fotocopia, apenas visible.

L. M. / M. S. / I. P. — invernadero

—¿Qué es esto?

Inés se inclinó.

—No lo había visto.

—Hay otras iniciales.

Martina leyó despacio.

—M. S. e I. P.

—¿Alumnas? —pregunté.

Inés buscó en la lista. Pasó el dedo por los nombres.

—Marta Soler. Irene Pardo. Las tres eran de Bruma.

—¿Y el invernadero?

—Puede ser una actividad del club.

—O algo que pasó allí.

Inés cerró la carpeta de golpe, pero no con enfado. Con miedo.

—Ya basta por hoy.

—No.

—Sí, Alma. Ya basta. Estás en tu tercera jornada de clase, alguien te está dejando notas y ahora acabas de encontrar tres iniciales vinculadas al invernadero en una fotocopia que ni siquiera debería estar aquí. Basta por hoy.

—Eso no suena a razón para parar. Suena a razón para seguir.

—Suena a razón para no ser estúpidas.

Martina me miró con súplica silenciosa. Y, por una vez, no tuve fuerzas para discutir.

Inés guardó la carpeta en su sitio.

—No habléis de esto en pasillos. No preguntéis por Lucía a profesores al azar. No vayáis al invernadero solas. No mencionéis las notas a nadie más sin pensarlo antes.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo voy a buscar en la revista antigua de 2009. Con discreción.

—¿Por qué nos ayudas?

Inés se quedó un segundo con la mano sobre la carpeta.

—Porque mi hermana mayor fue de Bruma.

—¿Y?

—Y cuando yo entré aquí, me dijo lo mismo que Celia te dijo a ti.

No te quedes sola.

No hizo falta que lo repitiera. La frase estaba en la sala con nosotras.

—¿Tu hermana sabía algo de Lucía? —pregunté.

—Mi hermana sabía cuándo callarse. Y eso, en este sitio, casi siempre significa que sabía algo.

Volvimos al aula de publicaciones como si nada.

Esa era una habilidad que el Aurora parecía enseñar desde el primer día: volver de una conversación inquietante con cara de haber discutido márgenes y comas.

Nuria nos miró al entrar. Inés le hizo un gesto mínimo.

Nuria no preguntó nada. Siguió explicando calendarios, estilos, secciones, como si la carpeta azul oscuro no acabara de abrir una grieta debajo de mis pies.

Me apunté oficialmente al archivo de promociones.

Martina también, aunque su cara decía que no estaba segura de si acababa de elegir una actividad extraescolar o una condena moderada.

Al salir, el pasillo junto a la biblioteca estaba casi vacío. Los demás alumnos se dispersaron hacia estudio, clubes o residencias. Inés se quedó en la puerta.

—Alma.

Me detuve.

—¿Sí?

—Una cosa más.

Claro. Siempre había una cosa más. En el Aurora las cosas no venían solas, venían con anexos.

—La habitación 226 no aparece en los planos antiguos de Bruma como habitación de alumna.

—¿Cómo?

—Antes era una sala auxiliar. Almacén pequeño, quizá cuarto de costura, no lo sé. Empezó a usarse como habitación después de una reforma.

—¿Cuándo?

Inés me miró.

—Después de 2009.

La garganta se me cerró.

—Entonces Lucía no pudo dormir allí.

—No oficialmente.

Oficialmente.

Esa palabra empezaba a darme ganas de romper cosas.

—Pero sus iniciales están en mi cajón.

—Puede que el mueble estuviera antes en otra habitación. Puede que lo trasladaran.

—O puede que la encerraran allí.

Martina soltó un pequeño sonido.

Inés se puso seria.

—No digas eso si no tienes pruebas.

—No las tengo.

—Entonces no lo digas.

—Pero lo has pensado.

Inés no contestó.

No hacía falta.

Esa noche, durante el estudio obligatorio, no pude concentrarme.

Tenía el libro de Matemáticas abierto, el cuaderno al lado y el bolígrafo en la mano, pero mi cabeza estaba en la carpeta azul.

Lucía Mansilla Ortega. Marta Soler. Irene Pardo.

Invernadero. Vigilia de la Primera Nieve. Habitación 226. Oficialmente no.

Martina estaba sentada a mi lado, subrayando un texto de Lengua con más fuerza de la necesaria.

Nora, dos mesas más allá, intentaba estudiar mientras dibujaba sardinas cada vez más sombrías.

Amina le quitó el bolígrafo en silencio.

Celia, al fondo, levantó la vista varias veces hacia nosotras. No se acercó. Todavía.

Cuando terminó el estudio, subimos a Bruma en grupo.

Nadie lo dijo, pero nadie quiso quedarse sola.

Martina caminaba a mi derecha. Nora, a la izquierda.

Amina, detrás. Jimena se nos unió en la escalera.

Incluso Celia apareció al final del pasillo, como por casualidad, con una carpeta contra el pecho y su cara de no haber venido a proteger a nadie porque eso sería demasiado sentimental y poco eficiente.

Al llegar a mi puerta, todas se detuvieron.

—¿Quieres dormir en nuestra habitación? —preguntó Martina.

La pregunta me golpeó con una ternura peligrosa.

—No cabemos.

—Podemos arreglarnos.

—Martina, si Beatriz encuentra una becada refugiada ilegalmente en tu alfombra, se le disloca una tradición.

—Me da igual.

Lo dijo rápido. Firme.

Nora levantó la mano.

—Yo voto por operación alfombra.

—Yo también —dijo Amina.

Jimena asintió.

Celia, desde unos pasos más atrás, murmuró:

—Sería más seguro.

Las miré.

Cinco chicas en el pasillo. Algunas amigas. Una rival en proceso de convertirse en algo más complicado. Todas esperando que yo aceptara no estar sola.

Y yo, naturalmente, estuve a punto de decir que no.

Por orgullo. Por vergüenza. Por esa costumbre estúpida de pensar que si una acepta ayuda queda fichada como necesitada para siempre.

Pero entonces recordé la nota en la taquilla. El dibujo. La puerta. La frase de Celia. La frase de Inés. La limpiadora.

No te quedes sola.

—Vale —dije.

Martina sonrió con alivio.

—Pero solo esta noche —añadí.

—Claro.

—Y si ronco, es culpa del sistema.

—Todo es culpa del sistema —dijo Nora.

Entré a buscar el pijama, el neceser y el cuaderno azul. La habitación 226 estaba fría y quieta. Demasiado quieta. Cerré la mochila con manos rápidas. Antes de apagar la luz, miré el cajón donde estaban las iniciales de L. M. debajo de mi ropa.

No lo abrí.

—Mañana —murmuré.

Al salir, cerré la puerta con llave.

Luego, siguiendo el consejo de una mujer que quizá sabía mucho más de puertas que todos los profesores juntos, comprobé dos veces que hubiera quedado cerrada.

Martina me esperaba en el pasillo.

—¿Lista?

Miré mi puerta. La madera vieja. El número 226. La cerradura. La pequeña distancia entre mi habitación y el resto del mundo.

—No —dije—. Pero vamos.

Dormimos en la habitación de Martina y Jimena.

Bueno, dormir es una palabra optimista. Martina me dejó la cama y ella insistió en ponerse en una colchoneta improvisada con mantas.

Jimena protestó, Nora apareció con otra manta “prestada sin autorización emocional”, Amina organizó todo con eficiencia militar y Celia, contra todo pronóstico, se quedó sentada en la silla durante casi media hora, revisando apuntes como excusa antes de irse a Atlas.

Antes de marcharse, se acercó a mí.

—No hagas nada mañana sin avisar.

—¿Nada como respirar o nada como investigar alumnas desaparecidas?

—Alma.

—Vale. Nada.

—No te creo.

—Haces bien.

Celia suspiró y se fue.

Las luces se apagaron a las once. La habitación olía a flores por el difusor de Jimena, a mantas limpias y a nervios adolescentes. Martina respiraba en la colchoneta junto a la cama. Jimena estaba en su cama, de espaldas. Desde la ventana, la niebla borraba el jardín.

Yo cerré los ojos.

No todos vuelven.

La alumna que se fue antes de la nieve.

Lucía Mansilla Ortega.

Tardé mucho en dormirme.

Y cuando por fin lo hice, soñé con un invernadero cubierto de hielo, tres chicas de uniforme detrás del cristal y una puerta cerrada desde fuera.

Una de ellas golpeaba el vidrio.

Una, dos, tres veces.

Como si todavía creyera que alguien iba a escuchar.