La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 13
38%

Capítulo 13

Inés dijo aquello y el archivo pareció encogerse.

No físicamente, claro. Las estanterías siguieron donde estaban, las cajas siguieron ordenadas por años y el olor a papel viejo continuó haciendo lo suyo, que era recordarte que todo documento antiguo parece inocente hasta que alguien lo abre.

Pero la sala cambió. O cambié yo. De pronto, las cajas etiquetadas con fechas dejaron de parecer material de revista escolar y empezaron a parecer ataúdes administrativos.

Martina estaba tan pálida que sus pecas se le notaban más.

—¿Nunca volvió? —preguntó.

Inés respiró hondo. No parecía arrepentida de haberlo dicho, pero sí de tener que seguir.

—Eso decían algunas alumnas.

—¿Alumnas de Bruma? —pregunté.

—Sobre todo.

—¿Y nadie hizo nada?

Inés me miró con una tristeza breve, adulta, impropia de una chica que todavía llevaba uniforme.

—No lo sé, Alma. Yo no estaba aquí en 2009. Tenía tres años.

Vale. Punto para la lógica. Aun así, me molestó. No a ella. A la realidad. La realidad tenía esa mala costumbre de no organizarse para que una pudiera enfadarse con alguien concreto.

—Pero sabes cosas —dije.

—Sé rumores. Sé versiones. Sé lo que se cuenta cuando alguien baja la voz y cree que no debería estar contándolo.

—Entonces cuéntalo.

Martina me tocó el brazo.

—Alma.

Pero yo no podía parar. No del todo. Había pasado dos días intentando convencerme de que aquello era una broma, una novatada, una sugestión mía, y ahora una alumna veterana acababa de confirmar que Lucía Mansilla no era una marca vieja en un cajón ni una cara perdida en una foto.

Era una alumna. Una alumna de Bruma. Una alumna que, según la versión oficial, se había ido antes de la nieve, y según la otra, no había vuelto a dormir en su cama.

No todos vuelven.

Joder.

Inés apoyó la espalda contra una estantería.

—Lucía Mansilla era becada.

Aquello hizo que algo dentro de mí se quedara quieto.

Martina bajó los ojos.

—Como Alma.

—Como nosotras —dije, aunque Martina no era becada.

No sé por qué lo dije así. Quizá porque en ese momento el miedo se expandía, y cuando el miedo se expande una intenta meter dentro a la gente que quiere proteger. Martina no me corrigió.

Inés asintió despacio.

—Era de Bruma. Entró con una beca completa. Expediente brillante, por lo que se decía. Procedía de un pueblo pequeño, creo que de Castilla. No tengo claro cuál. En noviembre, la dirección informó de que su familia la retiraba del centro por motivos personales. Oficialmente, no hubo nada más.

—Pero hubo algo más.

—Hubo preguntas.

—¿De quién?

—De sus compañeras. De una profesora. Puede que de alguien del personal. Y hubo respuestas suficientes para que dejaran de preguntar.

Aquello sonó peor que si hubiera dicho amenazas.

Las respuestas suficientes podían ser muchas cosas: una sanción, una llamada a casa, una beca en peligro, un padre poderoso, una madre asustada, un expediente cerrado con cinta bonita.

—¿Murió? —pregunté.

La palabra salió seca.

Martina cerró los ojos un instante.

Inés no contestó enseguida.

—No hay cadáver, que yo sepa. No hay denuncia pública. No hay noticia. No hay nada que pueda enseñarte y decir: mira, esto prueba algo. Hay una ausencia.

—Una ausencia no desaparece una noche de su cama.

—No. Pero tampoco basta para acusar a nadie.

Me reí sin ganas.

—Eso parece una frase de adulto.

—A veces los adultos tienen razón por motivos insoportables.

Miré las cajas. 2009 estaba en una estantería baja, entre 2008 y 2010, como si fuera un año cualquiera. Inés siguió mi mirada y negó con la cabeza.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Tu cara lo ha dicho con mayúsculas.

—Quiero ver la caja.

—No puedo dejarte.

—¿Porque no quieres o porque no debes?

—Ambas.

—Qué cómodo.

Inés apretó los labios. Se notó que había tocado algo.

—Tú crees que estoy protegiendo al colegio.

—Estoy intentando averiguarlo.

—Estoy intentando protegerte de entrar corriendo en una historia que lleva años cerrada por gente que sabe cerrar cosas mejor que tú abrirlas.

Me dolió porque era buena. Y porque probablemente era cierta. Yo llevaba cuarenta y ocho horas en el Aurora y ya estaba siguiendo notas anónimas como si la prudencia fuera una asignatura optativa que no pensaba cursar.

Martina dio un paso hacia Inés.

—Alguien está buscándola a ella. A Alma. Entraron en su habitación. Dejaron una nota en su taquilla. No es curiosidad.

Inés se quedó helada.

Su mirada pasó de Martina a mí.

—¿Qué?

Saqué el cuaderno azul. No quería hacerlo. Me pareció que cada vez que sacaba el dibujo de Dani lo ensuciaba un poco más con aquel sitio, pero ya no tenía sentido guardarme piezas por orgullo. Abrí la página y le mostré la frase.

Inés no tocó el papel.

Leyó.

No todos vuelven.

Luego le enseñé la nota del vestuario.

Pregunta por la alumna que se fue antes de la nieve.

Inés se llevó una mano a la boca. No como en las películas, no con teatralidad. Fue un gesto pequeño, casi infantil, que me impresionó más que cualquier grito.

—¿Quién más ha visto esto?

—Martina. Celia. Nora. Amina.

—¿Celia Roldán?

—Sí.

Inés cerró los ojos.

—Claro.

—¿Claro por qué?

—Porque Celia pregunta mucho sin parecer que pregunta. Ya había oído cosas.

—¿También sobre Lucía?

—No lo sé.

—Inés.

—No lo sé, Alma. De verdad.

Por primera vez, la creí completamente.

Inés respiró hondo y fue hacia la puerta. La abrió apenas, miró al aula de publicaciones y volvió a cerrarla. Después se acercó a la estantería de 2009. No sacó la caja. Solo apoyó los dedos sobre la etiqueta.

—No puedo daros la caja. Pero puedo enseñaros una cosa.

—Eso suena a que vas a hacer algo que no debes —dijo Martina.

—Sí.

—Me parece fatal —murmuré—. Sigue.

Inés me lanzó una mirada rápida, casi divertida, pese a todo. Luego se agachó y sacó una carpeta fina de una balda inferior, no de la caja de 2009, sino de una sección sin etiqueta. La carpeta era azul oscuro y estaba cerrada con una goma vieja.

—Esto lo guardamos algunas alumnas de la revista —dijo—. Cosas que no encajan en las secciones oficiales. Recortes, copias, notas, referencias a historias antiguas. Nada concluyente.

—El cajón de las incomodidades —dije.

—Más o menos.

Abrió la carpeta sobre una mesa pequeña. Dentro había fotocopias de páginas de anuarios, listas incompletas, artículos de revistas antiguas, fotografías sueltas y notas manuscritas. Inés buscó con rapidez. Martina y yo nos inclinamos a su lado.

—Aquí.

Nos mostró una fotocopia de mala calidad. Era una página de anuario. Arriba se leía:

Casa Bruma — Primer curso — 2009

Había varias fotos pequeñas, tipo carnet escolar. Algunas estaban borrosas. Los nombres debajo eran difíciles de leer, pero uno aparecía claro.

Lucía Mansilla Ortega.

Me quedé mirando su cara.

No sé qué esperaba. Quizá algo siniestro, una mirada triste, una señal evidente de tragedia.

Pero Lucía Mansilla era una niña. Una niña de catorce o quince años, con el pelo oscuro hasta los hombros, sonrisa tímida y ojos grandes.

Llevaba el uniforme del Aurora como si todavía no se atreviera a ocuparlo del todo.

Podría haber sido Celia con menos armadura.

Podría haber sido yo si mi cara supiera sonreír sin defenderse.

Debajo de su foto había una frase de presentación:

“Beca de excelencia académica. Intereses: literatura, botánica y música.”

Botánica.

Pensé en el invernadero. En la cinta vieja de NO PASAR . En el golpe detrás del muro. En la profesora Rivas hablando de plantas, niebla y sonidos deformados.

—Botánica —dije.

Inés asintió.

—Estaba en el club del invernadero.

Martina me miró.

—La cinta.

—¿Qué cinta? —preguntó Inés.

—En Educación Física vimos una cinta vieja dentro del invernadero. Ponía “No pasar”.

Inés frunció el ceño.

—El invernadero estuvo cerrado un tiempo.

—¿Cuándo?

—No sé exactamente. Hace años. Hubo reformas.

—Todo aquí está en reforma cuando no quieren explicarlo —murmuré.

Inés levantó la mirada.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nicolás.

Su expresión cambió apenas.

—¿Arriaga?

—Sí.

—Ten cuidado con lo que le cuentas.

—¿Por qué? ¿Su familia también tiene una estatua en algún pasillo?

—No. Pero los Arriaga estaban muy vinculados al centro en esa época. Su hermano mayor estudió aquí. Y su padre formaba parte del patronato, o algo parecido.

Fantástico. Cada vez que Nicolás empezaba a parecer una persona, su apellido venía detrás arrastrando muebles.

—¿Su hermano conoció a Lucía? —pregunté.

—Puede. Si coincidieron en cursos cercanos.

—¿Cómo se llama?

—Rafael Arriaga de la Serna.

Rafael. Hermano mayor. Beltrán lo había tenido. Nicolás había dicho que su hermano consideraba peligroso a Beltrán. Otra pieza. No sabía de qué puzzle, pero ahí estaba, con los bordes afilados.

Inés siguió pasando papeles.

—Hay una revista de noviembre de 2009 donde Lucía aparece mencionada en una actividad de Ciencias Naturales. Después, nada. No sale en la revista de diciembre. Tampoco en la de enero. En el anuario final del curso no aparece su foto.

—La borraron.

—O se fue antes de terminar el curso.

—Inés.

—Alma, necesito que entiendas la diferencia entre sospechar y probar.

—La entiendo. Me molesta, pero la entiendo.

Martina tocó una de las fotocopias.

—¿Qué significa “antes de la nieve”? ¿Nevaba mucho aquí?

—Sí —dijo Inés—. Antes más que ahora, según los profesores antiguos. La primera nevada marcaba muchas cosas en el Aurora. Cambio de horarios, cierre de senderos, actividades de invierno. También había una tradición antigua de Bruma: la Vigilia de la Primera Nieve.

—Eso suena fatal —dije.

—Lo era, seguramente. Ya no se hace.

—¿En qué consistía?

Inés dudó.

—Las alumnas nuevas de Bruma pasaban una noche en vela hasta ver caer la primera nieve. Se suponía que era una prueba de paciencia, observación y silencio.

—Claro. Porque dormir era demasiado democrático.

—La tradición se suspendió hace años.

—Después de Lucía.

—No sé si exactamente después.

—Pero cerca.

Inés no contestó. Eso fue respuesta suficiente.