Capítulo 12 #3
La puerta estaba entornada. En el pasillo, Martina esperaba fingiendo leer un cartel de actividades con una intensidad poco creíble.
—Lo tendré en cuenta —dije.
Otra mentira. O una verdad futura, no lo sé.
Salí de la sala. Martina se separó del cartel enseguida.
—¿Todo bien?
—Me han dado una charla sobre conservar energía y no dejar que el sistema me gane por agotamiento.
—Suena útil.
—Demasiado. Me molesta.
—¿Le dijiste lo de las notas?
Negué.
Martina no me riñó. Casi habría preferido que lo hiciera.
—Tenemos reunión de la revista a las cinco —dijo.
—Sí.
—Podemos preguntar por la promoción 2009.
Asentí.
El resto de la tarde avanzó como avanzan las tardes cuando una espera algo: lento y lleno de cosas irrelevantes.
Estudio obligatorio. Merienda. Un ejercicio de Matemáticas que habría sido difícil incluso sin alumna desaparecida en el fondo.
Nora nos pasó una nota con un dibujo de Prudencia, la sardina, llevando una lupa.
Amina la confiscó con una seriedad impecable y luego, cuando la profesora no miraba, le añadió un sombrero.
Martina y yo nos reímos en silencio. Incluso Celia, dos mesas más allá, miró el dibujo y soltó una sonrisa mínima.
Una parte de mí pensó que eso era el Instituto Aurora también: no solo amenazas, no solo apellidos, no solo secretos.
También una sardina con sombrero circulando entre alumnas que intentaban no hundirse.
A las cinco menos cinco, Martina y yo llegamos al aula de publicaciones.
Estaba junto a la biblioteca nueva, en un pasillo lleno de vitrinas con revistas antiguas, premios literarios internos y fotografías de alumnos leyendo con una concentración sospechosamente fotogénica.
La puerta estaba abierta. Dentro, Nuria Albornoz ordenaba papeles sobre una mesa grande.
Inés Figueroa del Campo estaba sentada junto a la ventana, revisando un ejemplar viejo de El Mirador con un lápiz rojo en la mano.
Nuestra mentora levantó la vista.
—Llegáis puntuales.
—Estamos probando cosas nuevas —dije.
Nuria sonrió.
—Bienvenidas. Hoy solo os enseñaré cómo funciona la revista, dónde se guardan los números antiguos y qué temas están disponibles para primer curso.
Martina y yo nos sentamos. Había otros cuatro alumnos: dos de Lumbre, una de Atlas y un chico de Cumbre que parecía estar allí porque alguien le había dicho que publicar una columna quedaba bien para el expediente.
Nuria habló de secciones, plazos, estilo, permisos y censura institucional, aunque no usó esa palabra.
Dijo “revisión de dirección”. Todos entendimos.
—El archivo de promociones —explicó— es delicado.
No queremos hacer hagiografías de antiguos alumnos, pero tampoco podemos convertir la revista en un tribunal histórico.
La idea es recuperar historias humanas del Aurora: antiguos clubes, tradiciones perdidas, alumnas destacadas, casas, cambios en el colegio.
Inés pasó una página del ejemplar que tenía delante.
—Algunos años están mejor documentados que otros —añadió—. Hay números digitalizados, anuarios y fotografías. También hay huecos.
—¿Huecos? —pregunté.
Nuria me miró.
—Años con menos material. Páginas retiradas. Revistas incompletas. Cosas así.
Sentí a Martina tensarse a mi lado.
—¿Por deterioro? —preguntó ella, muy inocente.
Nuria sonrió.
—A veces.
Inés levantó los ojos del ejemplar.
—A veces por prudencia institucional.
Aquello se quedó en la mesa.
Nuria no la corrigió.
—¿Podemos consultar promociones antiguas para proponer temas? —pregunté.
—Sí, con supervisión. ¿Algún año en particular?
Ahí estaba. La puerta.
No entré corriendo. Pensé en Celia. Pensé en Leire. Pensé en no regalar cada frase.
—Me llamó la atención la vitrina del vestíbulo —dije—. La promoción 2009 de Bruma. Vi la foto al pasar.
Inés dejó de mover el lápiz.
Nuria también se quedó muy quieta, aunque apenas.
—¿Por qué esa? —preguntó Nuria.
—Porque había una placa medio gastada. Y porque Bruma es mi casa.
Mi mentira fue aceptable. No brillante, pero aceptable.
Nuria miró a Inés. Inés cerró lentamente el ejemplar de la revista.
—La promoción 2009 no es buena idea para empezar —dijo.
Martina juntó las manos bajo la mesa.
—¿Por qué?
Nuria respondió antes que Inés.
—Porque hay poco material.
—Precisamente por eso puede ser interesante —dije.
Inés me miró. No con enfado. Con advertencia.
—Alma.
Mi nombre en su boca sonó a mentora, no a compañera.
—Hay historias que parecen más interesantes de lo que son porque tienen huecos. A veces un hueco es solo mala conservación.
—Y a veces es prudencia institucional —dije.
No debería haberlo dicho. Lo supe en cuanto salió.
Nuria apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Has oído algo sobre 2009?
El aula se volvió demasiado silenciosa.
Martina no se movió. Yo tampoco. En el pasillo, alguien pasó hablando y la voz se alejó. Dentro, los papeles de la revista parecían de pronto documentos judiciales.
—No —dije—. Solo curiosidad.
Nuria no me creyó. Inés tampoco. El chico de Cumbre miraba la escena con más interés del que me convenía. La alumna de Atlas bajó los ojos a su cuaderno, pero estaba escuchando. Todo el mundo escuchaba.
Inés se levantó.
—Nuria, ¿puedo enseñarles el archivo básico a Alma y Martina? Así ven cómo se organiza antes de proponer nada.
Nuria tardó un segundo en contestar.
—Claro.
Inés nos hizo un gesto. La seguimos hasta una sala pequeña anexa al aula. Había estanterías metálicas, cajas etiquetadas por años, anuarios encuadernados y varias carpetas. Cuando entramos, cerró la puerta detrás de nosotras.
Esta vez sí.
Martina me miró.
Inés se volvió hacia mí.
—No preguntes por Lucía Mansilla delante de nadie más.
Sentí que el suelo se movía medio centímetro.
Martina dejó escapar un sonido mínimo.
Yo apenas pude hablar.
—Entonces existió.
Inés sostuvo mi mirada.
—Sí.
—¿Y se fue antes de la nieve?
Su cara cambió.
No mucho. Pero lo bastante.
—¿Quién te ha dicho esa frase?
No contesté.
Inés cerró los ojos un segundo, como si acabara de confirmar algo que no quería confirmar.
—Escúchame bien, Alma. No sé qué has visto, qué te han contado o quién está jugando contigo, pero si alguien ha usado esa frase, no es una broma de primero.
Martina dio un paso hacia mí.
—¿Qué pasó con Lucía?
Inés miró la estantería de cajas antiguas. Luego la puerta cerrada. Luego a nosotras.
—La versión oficial dice que su familia la retiró del centro en noviembre de 2009, antes de la primera nevada.
—¿Y la otra versión? —pregunté.
Inés tardó demasiado en responder.
—La otra versión dice que Lucía Mansilla salió una noche de Bruma y nunca volvió a dormir en su cama.
El silencio que vino después no fue de miedo.
Fue peor.
Fue de confirmación.