La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—¿Nuestra mentora?

—Está en Bruma, es veterana, está en la revista y no parece tonta. Si alguien sabe algo de historias antiguas, puede ser ella.

—O Beatriz —dijo Nora.

Todas la miramos.

—¿Qué? —se defendió—. Es inquietante, no inútil.

—Beatriz no va a contarnos nada —dijo Martina.

—A lo mejor Inés tampoco —respondió Amina—. Pero quizá nos diga qué no preguntar.

Celia asintió.

—Eso puede servir.

—También está Nuria, la de la revista —añadí—. Dijo que tienen acceso a anuarios y archivos.

—No podemos llegar preguntando directamente por Lucía Mansilla —dijo Celia.

—¿Por qué?

—Porque si alguien está dejando notas, también puede estar mirando quién pregunta.

Qué asco daba cuando tenía razón.

—Entonces preguntamos por la promoción 2009 —dijo Amina—. Por la sección de archivo. Por antiguas alumnas de Bruma. Sin decir que hay notas.

—Ni dibujos —añadió Martina.

—Ni taquillas —dijo Nora.

—Ni sardinas —dije.

Nora me señaló.

—Prudencia queda fuera de esto. Bastante tiene con su nombre.

Una campana sonó en el exterior. El descanso terminaba.

Nos quedaban diez minutos antes de la siguiente clase, Lengua, y después tutoría académica.

El día seguía adelante con una indecencia impresionante.

Una podía estar investigando una posible alumna desaparecida y el horario aun así pretendía que conjugara verbos.

Celia se levantó.

—No vayáis solas.

—Otra vez eso —dije.

—Sí. Otra vez. Porque alguien entra en tu habitación, abre tu taquilla y sabe que estás mirando donde no debes. Así que esta vez, por favor, intenta no convertir el consejo en una broma.

Me mordí la respuesta.

No porque no tuviera una. Tenía tres. Buenas, además. Pero Celia estaba asustada y, de pronto, eso pesaba más que mi necesidad de ganar la frase.

—Vale —dije.

Celia parpadeó, casi sorprendida.

—Bien.

—No te acostumbres.

—No pensaba.

Salimos del aula en grupos separados, por pura prudencia. O por paranoia organizada, que venía a ser lo mismo con mejor actitud. Martina caminó conmigo hacia el edificio principal. Durante un rato no dijo nada. Yo tampoco. La mochila me rozaba la espalda. Dentro, el cuaderno azul parecía latir.

—Ahora sí tienes que contármelo todo —dijo al fin.

—Ya lo he contado.

—No todo. Lo de la limpiadora, por ejemplo.

Me detuve.

Martina también.

—¿Cómo sabes que hay algo con una limpiadora?

—Porque antes dijiste “las puertas escuchan” como si estuvieras repitiendo algo.

Mira qué bien. Mi nueva amiga era sensible, amable y, por lo visto, peligrosamente observadora. Fantástico. Una no podía ocultar un misterio en paz.

—Ayer, una mujer del personal me dijo que no dejara cosas importantes en los cajones. Y que cerrara con llave aunque estuviera dentro. También dijo que aquí las puertas servían para escuchar.

Martina se puso más pálida.

—Alma.

—Sí. Ya. Muy normal todo.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque estaba ocupada siendo una idiota secreta.

—No eres idiota.

—Se puede ser lista e idiota a turnos. Es más común de lo que parece.

Martina respiró hondo.

—Tenemos que saber quién es.

—La limpiadora.

—Sí.

—No sé su nombre.

—Podemos averiguarlo.

Miré a Martina. Había miedo en su cara, pero también otra cosa.

Decisión. Pequeña, todavía nueva, pero real.

La chica que la noche anterior no sabía qué decir ahora estaba eligiendo meterse en un problema conmigo.

Me dieron ganas de decirle que no. Que se apartara.

Que yo tenía experiencia cargando cosas feas y ella no tenía por qué aprender tan rápido.

Pero eso habría sido decidir por ella. Y, además, para qué mentir, me alivió no estar sola.

—Vale —dije—. Pero sin hacer locuras.

Martina me miró con una ceja levantada.

—¿Tú me estás diciendo eso a mí?

—Estoy probando cómo suena desde fuera.

—Fatal.

Llegamos tarde a Lengua por dos minutos.

La profesora, una mujer llamada Elena Montes, nos miró por encima de las gafas y apuntó algo en su cuaderno.

No dijo nada. Eso fue peor. En el Aurora, los adultos habían perfeccionado el arte de no decir nada con valor sancionador.

Pasé toda la clase intentando concentrarme en sintaxis mientras mi cabeza hacía conexiones como una central eléctrica barata.

Lucía Mansilla.

Bruma.

2009.

Antes de la nieve.

No todos vuelven.

Puertas que escuchan.

Taquilla abierta.

Ala norte.

Celia asustada.

La sintaxis perdió por goleada.

Al terminar la clase, Leire Santamaría nos interceptó en el pasillo. No a todas. A mí.

—Alma, ¿tienes un minuto?

Martina se quedó a mi lado.

—Solo Alma —dijo Leire, suave.

La miré. Martina dudó. Yo asentí apenas, intentando parecer tranquila. Ella se alejó unos pasos, pero no demasiado. Buena chica. Peligrosamente buena.

Leire me condujo a una sala pequeña junto a la biblioteca nueva. No cerró del todo la puerta. Ese detalle me tranquilizó más de lo que quería admitir.

—Siéntate.

Me senté. La sala tenía una mesa redonda, dos sillas, una ventana al jardín y una estantería con diccionarios. Nada amenazante, salvo que los diccionarios siempre parecen saber más de una.

Leire dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quería preguntarte cómo está siendo la adaptación.

Ah. La adaptación. Esa palabra elástica donde cabía todo menos decir la verdad completa.

—Bien —dije.

Leire me miró.

—Alma.

—Bueno. Intensa.

—Eso se acerca un poco más.

—Es un sitio intenso.

—Lo es.

—La gente aquí usa mucho la palabra carácter.

—También.

—Y tradición.

—Demasiado.

Sonreí sin poder evitarlo. Leire también. Luego se puso seria.

—Beatriz me comentó lo de la cena.

—Claro.

—Y lo de la actividad de anoche.

—¿Qué parte? ¿La caja de secretos o mi éxito general como alumna discreta?

—Me comentó que tiendes a responder con ironía cuando te sientes observada.

—Qué raro. Yo pensaba que era mi encanto natural.

—Puede ser ambas cosas.

No supe qué hacer con eso. La gente que no te quitaba del todo la razón era muy difícil de combatir.

Leire abrió la carpeta. Dentro había una hoja con mi nombre. Alma Vera García. Al menos ahí también existía entera.

—No quiero que sientas que se te está llamando la atención por tener voz propia.

—Pero.

—Pero este centro tiene dinámicas complejas. Algunas son explícitas. Otras no. Hay alumnos que llevan años preparándose para estar aquí incluso antes de entrar. Tú vienes de otro contexto y eso puede darte una mirada muy valiosa, pero también puede exponerte.

—¿Exponerme a qué?

Leire guardó silencio un segundo.

—A cansarte antes de tiempo.

Esa respuesta me desarmó un poco. Esperaba algo sobre sanciones, convivencia, prudencia, respeto. No eso.

—No estoy cansada.

Mentira. Estaba cansadísima. Pero no se lo iba a regalar tan fácil.

—Lo estarás —dijo ella—. Si conviertes cada comentario en una batalla, lo estarás. Si intentas demostrar todo en cada clase, lo estarás. Si cada injusticia, grande o pequeña, tiene que atravesarte entera, lo estarás. Y no quiero que este sitio te gane por agotamiento.

Me quedé mirándola.

Esa frase sí dio.

No quiero que este sitio te gane por agotamiento.

—¿Eso se lo dice a todos los becados? —pregunté.

—Se lo digo a todos los alumnos que llegan con hambre de no fallar.

Tragué saliva.

—Yo no tengo hambre de no fallar.

Leire inclinó un poco la cabeza.

—No.

Su voz fue amable. Demasiado.

—Tienes pánico.

No contesté.

La ventana mostraba el jardín cubierto de niebla.

Dos alumnos cruzaban por un sendero, apenas sombras.

Pensé en mi madre diciéndome que lo hiciera por mí también.

En Dani dibujándome con espada. En la señora Amparo metiéndome diez euros en la mano.

En Celia diciendo que no nos iban a perdonar nada.

En Martina leyéndome sin querer. En el dibujo con la frase ajena.

—Mi familia necesita que esto salga bien —dije.

No pensé decirlo. Salió.

Leire no cambió la cara.

—Lo sé.

—No. No lo sabe.

No lo dije con rabia, pero sí con algo afilado.

—No sabe lo que es que una oportunidad venga con tanta gente encima.

Mi madre dice que estudie por mí, pero si yo fallo, no fallo sola.

Mi hermano cree que esto es como una aventura.

Mi vecina me dio diez euros como si me estuviera dando una beca dentro de la beca.

Todo el mundo me mira como si yo hubiera salido ya, pero todavía estoy en la puerta.

Y aquí dentro todo el mundo habla de mérito como si el mérito no pesara distinto dependiendo de quién lo carga.

Leire me dejó terminar. No me interrumpió. No me corrigió. No me dio un pañuelo. Bendita sea por eso, porque si me daba un pañuelo igual me desmontaba.

—Tienes razón —dijo.

Qué frase tan rara en boca de un adulto.

—Pero precisamente por eso tienes que cuidar tu fuerza. No regalarla en cada mesa, en cada comentario, en cada provocación.

—Celia estaría encantada con esta tutoría.

—Celia Roldán también tiene miedo.

—Todo el mundo me lo dice hoy.

—Porque es verdad.

Leire cerró la carpeta.

—Hay profesores que te van a exigir porque creen en ti. Hay profesores que te van a exigir porque quieren comprobar si mereces estar aquí. Aprende a distinguirlos.

Pensé en Beltrán. En Valdés. En Rivas. En Iriarte mirándome como si una alumna fuera una fuente dudosa.

—¿Y usted cuál es?

Leire sonrió apenas.

—Yo intento no olvidarme de que todos sois niños aunque este sitio se empeñe en entrenaros como adultos pequeños.

Niños.

La palabra me molestó y me alivió al mismo tiempo. En mi casa, yo era casi adulta por necesidad. Allí, quizá, seguía siendo una niña con una maleta vieja, una habitación fría y demasiado futuro apretado en los hombros.

—¿Puedo irme? —pregunté.

—Sí. Pero una cosa más.

Ya me había levantado.

—¿Sí?

—Tu habitación será revisada mañana. Intentaremos cambiarte en cuanto haya disponibilidad.

No supe qué responder.

—Gracias.

—Y Alma.

—¿Sí?

Leire dudó apenas.

—Si alguna tradición, comentario o situación cruza una línea, no esperes a que parezca grave desde fuera para pedir ayuda.

La miré.